jueves, 24 de diciembre de 2020

Feliz Navidad

 


Faltaban dos días para Navidad y Berta aún no había escrito su carta. Ya era una niña grande y conocía el secreto de Papá Noel. Lo había descubierto por casualidad y todo había sido culpa de Guille. Un año atrás, la tarde que estaban decorando el árbol, su hermano se empeñó en jugar al escondite y, aunque a ella no le apetecía  nada, el crío se puso tan pesado que, antes de darse cuenta, habían abandonado los adornos sobre el suelo y se había encontrado metida dentro de un armario atiborrado de juguetes. Al principio no lo entendió. ¿Qué era aquello? ¿Qué hacían todos esos regalos escondidos tras los abrigos de mamá? ¿Quién los había llevado hasta allí? Salió de su escondrijo sin hacer ruido, sorprendida y algo asustada; cerró la puerta del armario con cuidado y, junto al montón de dudas que rugía en su cabeza, se metió  bajo la cama a esperar a que el niño la encontrara.

Berta no contó a nadie lo que había visto −era un secreto y ella era realmente buena guardando secretos− pero esa noche no logró dormir. Dio vueltas y más vueltas en la cama hasta que, de pronto, ya de madrugada, su mente exhausta encajó por fin las piezas del puzle. ¡Cómo habían podido engañarla de esa manera! Y sobre todo ¡cómo ella no se había dado cuenta! ¡Qué vergüenza! ¡Con lo lista que era...!

La mañana de Navidad confirmó sus sospechas, aunque tampoco entonces dijo nada. Sonrió, celebró con palmas los regalos y olvidó el asunto. Si sus padres querían mantener aquel embuste, sus motivos tendrían y no iba encima a ganarse una regañina por curiosear donde no debía.

Pero una cosa era ser prudente y otra muy distinta que la tomaran por tonta. Por eso este año ni había escrito la carta ni pensaba hacerlo. Tal vez así papá y mamá confesarían.

***

Mientras tanto, en el Polo Norte, el viejo Noel se preparaba para el viaje. Trineo, renos, saco... todo parecía estar en orden, no olvidaba nada. Y sin embargo, justo en el momento de partir, cuando ya  se despedía de Mamá Noel con un beso, una punzada de tristeza arañó su corazón. Dudó un instante, sintió como el hielo se resquebrajaba en pequeñas grietas a sus pies y fue entonces cuando comprendió lo que ocurría. Corrió de nuevo a su despacho −¡maldita sea!, ¡está sucediendo otra vez!, murmuró con impotencia−, regresó al cabo de unos minutos con un sobre y una llave y se dirigió al almacén. Poco después estaba de vuelta con una caja enorme entre los brazos y una sonrisilla traviesa asomándole a las barbas. Colocó la caja sobre el resto de paquetes, sujetó a su tapa el sobre con un lazo y −JO-JO-JO− marchó a cumplir su misión.

***

Un alegre repique de campanas despertó a Berta muy temprano. Era  Navidad y la ciudad festejaba el nacimiento de Jesús. Abrazada a la almohada, la niña no se atrevía a correr hacia el árbol como siempre hacía esa mañana. ¿Y si no había regalos para ella? No había escrito la carta y, a lo mejor...

⸺¡Berta, Berta...! −escuchó gritar a Guille de repente, al fondo del pasillo.

⸺...

⸺ ¡Mamá, papá...!

⸺...

⸺¡Corre, Berta, ven!

Saltó de la cama con un chispazo de temor atravesado en los ojos y fue en busca de su hermano. El chiquillo no podía contener la emoción y ya había deshecho un buen montón de paquetes cuando ella entreabrió con timidez la puerta del salón.

⸺¡Mira qué grande, Berta! ¡Y pone  tu nombre! ¡Es para ti! −aplaudió con entusiasmo al verla llegar− ¡Ábrelo, venga, ábrelo!

Bajo las luces del árbol, una caja de cartón rodeada por un inmenso lazo rojo se bamboleaba a uno y otro lado con un desconcertante temblor −¿qué era aquello?, ¿era su regalo?− Un quejido suave pareció escapar del interior. Buscó con la mirada el consentimiento de mamá, se acercó a la caja muy despacio y, al levantar la tapa...

«¡Ay!, ¡qué susto!», chilló dándose de bruces contra el suelo, arrastrada por una bolita lametona y  peluda que se abalanzó de golpe sobre ella.

Se puso de pie entre carcajadas, sin poder creer lo que veía. ¡¿Un perro?!, ¡¿Papá Noel le había traído un perro?! ¡¿En serio?! ¡¿Ese cachorrito era suyo?! ¡Imposible!

Con el pequeño cócker aún enredado al cuello, lamiéndole la oreja con descaro, rasgó el sobre que acompañaba a su regalo y empezó a leer:

Berta, querida niña, creces y comienzas a olvidarme. La ilusión es una magia poderosa. Poderosa pero frágil. Y tu corazón duda. Es inevitable. Pero, pequeña, no destruyas la ilusión, cuídala. Su fuerza rescatará tu alma de la decepción, aliviará el desconsuelo y hará florecer en ti nuevas esperanzas. No creas solo lo que tus ojos ven.

Cada vez que un niño pierde la fe y niega la magia, una esquirla de tristeza atraviesa el corazón del Polo. Lo agrieta y lo desgarra. Un efímero iceberg nace entonces de las aguas. Y, a la deriva, sin alivio ni consuelo, escarcha sobre el mar sus lágrimas de hielo.

Crees haber desenmascarado mi secreto. Tal vez sí. Tal vez no. Los milagros se esconden en lo inesperado y la capacidad de asombro es infinita. No renuncies al hechizo de este día, niña, el más bello, el más dulce y delicado, el más feliz entre todos los del año. Cede ante su embrujo y déjate apresar por su misterio.

Con amor,

Noel

P.D.: ¿Existe la emoción, la bondad, la alegría, la poesía, la ternura...? No las vemos pero están y, si alguna vez me necesitas, ellas te devolverán mi nombre.

Había comenzado a nevar. El cielo tejía entre los copos su mensaje: «¡Feliz Navidad!»


jueves, 17 de diciembre de 2020

Días de Navidad. Jeanette Winterson - Reseña

 

¿Por qué las cosas auténticas, las que de verdad importan, se confunden con tanta facilidad con las que apenas tienen importancia?

Doce cuentos alternados con recetas, reflexiones y anécdotas de la vida de la autora integran esta bellísima edición de Lumen dedicada a la Navidad. Una antología al más puro estilo de los clásicos navideños, donde Jeanette Winterson recopila los textos escritos durante años por estas fechas y muestra la ilusión y el entusiasmo que la fiesta despierta en ella.

Fantasía, terror, drama, comedia, humor, misterio... es lo que encontramos en un conjunto de relatos que entrelaza lo cotidiano con la magia en una combinación perfecta, repleta de creatividad y delicadeza. Cuentos de fantasmas, casas encantadas, niños huérfanos −claro homenaje a la narrativa del S.XIX− pero también historias de aire más moderno como crítica al consumismo y aislamiento de las sociedades actuales, siempre desde un planteamiento amable, con un mensaje final de esperanza y redención y un exquisito espíritu navideño.

Con los recuerdos y reflexiones que articula en torno a las recetas (la comida siempre tan importante en este tiempo), nos asoma la autora a momentos muy especiales de su vida, comparte fragmentos de su intimidad, de sus recuerdos, historias familiares, algunos desencuentros.... Todo ello con una prosa deslumbrante, ingeniosa y muy divertida, a medio camino entre la emoción y la ironía.

Un libro que es pura magia. Una auténtica delicia.

jueves, 10 de diciembre de 2020

Rebeca. Daphne Du Maurier - Reseña

 

Anoche soñé que había vuelto a Manderley

Pocos meses después de enviudar, Maxim de Winter, afamado aristócrata inglés de viaje por Europa, conoce en Montecarlo a la joven dama de compañía de una peculiar americana. Tras una breve relación y, pese a la gran diferencia de edad existente entre ellos, la pareja contrae matrimonio y se instala en Manderley, la mansión familiar de los De Winter. La sombra de Rebeca, primera esposa de Maxim muerta en extrañas circunstancias y obsesiva presencia todavía en cada rincón de la casa, no tardará sin embargo en caer sobre ellos, asfixiando por completo cualquier atisbo de felicidad.

Así comienza "Rebeca", la novela más exitosa de la británica Daphne Du Maurier (1907-1981), a cuyo reconocimiento contribuyó sin duda en gran medida la adaptación cinematográfica que en 1940, dos años después de su publicación, Alfred Hitchcock hiciera de la historia. Inolvidable ese «anoche soñé que había vuelto a Manderley» con que arranca la película y que es también la primera frase de una novela de gran potencia psicológica y referente del suspense.

 Narrada en primera persona, mediante los recuerdos años después de esta segunda esposa cuyo nombre en ningún momento llegará a ser desvelado, Du Maurier va tejiendo una historia con elementos de novela gótica y un misterio en torno a lo sucedido con Rebeca y el cariz de las relaciones con De Winter, que atrapa de inmediato al lector.

La crítica ha comparado en alguna ocasión esta novela con la Jane Eyre de Charlotte Brönte y es cierto que ambas comparten elementos comunes: tímidas y jóvenes protagonistas desbordadas por los acontecimientos, el peso de las dudas y el pasado, apartadas mansiones en parajes desolados, amores problemáticos... pero la singularidad de esta historia radica en el protagonismo de un personaje  que, sin llegar a aparecer en ella en ningún momento como tal, la marca por completo y llega a dominarla.

Con una prosa muy cuidada, incluso poética en algunas descripciones, Du Maurier recrea ambientes, reacciones y mundo interior de sus personajes con detalle, los hace evolucionar conforme avanza la historia y los enfrenta a dilemas y situaciones que crean un clima y dan a la novela un tono muy particular.

 Todo ello se traduce en un relato magníficamente construido, con una información muy bien dosificada y una atmósfera de tensión creciente que muestra a la perfección los estados de ánimo, el desconcierto y la angustia con que la voz narradora se enfrenta a cada nuevo descubrimiento.

Al margen del triángulo protagonista (De Winter y sus dos esposas), el icónico personaje del ama de llaves, la señora Danvers, sirve a la autora para armar en torno a él y su dañina obsesión con el recuerdo de Rebeca, un inquietante universo de oscuridad y de maldad.

Señalar finalmente, respecto a la adaptación de Hitchcock (óscar a la mejor película en 1941), la fidelidad que mantiene en todo momento hacia el relato original (muchos de los diálogos, en la primera parte sobre todo, son prácticamente literales), pese a prescindir de ese mundo interior de los personajes que tan bien refleja la novela: las dudas, los miedos, las vacilaciones, la soledad e incomunicación que, por diferentes motivos, los aleja y aísla a uno del otro..., acentuar los rasgos y  la perversidad de la señora Danvers y cerrar con un final, probablemente a causa de las exigencias del Hollywood de la época, algo menos oscuro.

jueves, 3 de diciembre de 2020

Autorretrato




Alguien más listo o más valiente dejaría de beber. Tengo un problema con el alcohol, no lo niego, pero me aterra sufrir. Por eso bebo. Para  eludir la desesperación.

El Edelweis' Club es mi refugio. El escondite donde guardo el desconsuelo. Su indolencia canalla, la complicidad sigilosa del barman, ese aire entre lánguido y decadente con que ganó una fama discreta, me abisma poco a poco en el ensueño y me rescata del dolor.

Me siento siempre en el mismo lugar: al fondo a la izquierda, detrás de la barra. No hablo, no me muevo, no consulto el móvil. Escucho conversaciones, ahogo en whisky tu recuerdo, calmo poco a poco los rabiosos puñetazos de mi corazón y bebo.

 «¿Por qué soy tan desgraciado?», me pregunto noche tras noche con  autocompasión de criatura. Soy desgraciado porque soy cobarde y soy cobarde porque soy débil. Porque fue más fuerte el miedo que el deseo de felicidad y no logro ahora desandar el camino. ¡Qué tremenda equivocación!

Todo ha sido en vano. Esta vida nuestra del revés, estos horarios insensatos...

Una  historia de lo más banal, lo reconozco. Vulgar y manida como nunca mereciste. Te enredé a mi existencia con promesas que no cumplí. Con abrazos robados y un mezquino simulacro de amor, con mentiras e ilusiones dañadas que tiñeron tu cuerpo de bruma y hollín.

 No me  gustan los hombres que hacen desgraciadas a las mujeres. Detesto a la gente que engaña. Y sin embargo...  

Algo torcido me roe por dentro. Algo que es indecisión, que es fracaso e impostura.

Mil veces lo intenté y mil veces me detuve. Las palabras huían de mis labios, perpetuaban con su fuga mi agonía y me enquistaban el secreto. No supe sincerarme.

Su ingenuidad, su ternura, su calma...

Las niñas.

Mi silencio, mi frustración, mi sentimiento de culpa...

 Las niñas.

A ti te condené a la clandestinidad. A ella la obligué a vivir un espejismo.

«Quererte me envenena», murmuraste en nuestro último encuentro, sin lágrimas ni reproches. Y esa serenidad mató de un soplo mi esperanza y me enfrentó a la magnitud de la derrota. Supe entonces que había sido feliz, lo supe en el momento mismo en que dejé de serlo. Y un enjambre de abejas anidó en mis tripas. Mi universo se rompía.

A mi lado tú te ahogabas. Tus días eran una instantánea de momentos robados, una sucesión de horas perdidas, una guardia constante frente al teléfono esperando un mensaje, una llamada que te devolviera la vida. Y lo habías intentado, dijiste, habías intentado conformarte, adaptar tu mundo al pequeño papel que yo le asigné en el mío. Pero no. No podías. Tú no eras esa mujer pasiva que yo había inventado, querías aventura, ligereza, poder tomar la iniciativa, escapar de aquel esquema sórdido tan trillado y tantas veces repetido. Hablaste luego de falsas alegrías, de falsa intimidad, de decepción, de humillaciones y amarguras calladas. Y, al entrever aquel castillo de sueños rotos con tus ojos, una losa de tristeza me desplomó el alma.

Enmudecí. Nada pude alegar en mi defensa y lo clamoroso del silencio te alejó de mí.

Era cierto: te reduje al más feo estereotipo, sin saberlo. Transformo en dolor la belleza. Mi amor es cianuro. Y mata.

Daño a las personas que quiero. Labro con esmero su infelicidad a golpe de ausencias y egoísmos. Mi insignificancia las devora y tú vales mucho más que eso. Mis demonios no te merecían.

Si fuera más listo o más valiente gritaría tu nombre, correría a buscarte, te diría que regreso a casa cada noche ebrio de llanto y melancolía, que no concibo la vida sin ti, que la dulzura de mi esposa (hilo a hilo se descose nuestro disfraz de estabilidad y sé que tampoco ya ella me mira como antes) me acuchilla el corazón, que no te supe querer, que las risas de mis hijas apenas logran camuflar los remordimientos, que te sueño, que te espero, que te anhelo...

Pero soy idiota y soy cobarde.

Y bebo.


martes, 1 de diciembre de 2020

Momo. Michael Ende - Reseña

 

Porque el tiempo es vida. Y la  vida reside en el corazón

Momo, una pequeña huérfana que vive entre las ruinas de un anfiteatro a las afueras de la gran ciudad, es una niña con un don muy especial: sabe escuchar de un modo que alivia al instante el corazón de quien le cuenta sus problemas. Y así, rodeada siempre de amigos que recurren a ella en cualquier situación, entre juegos y sin preocupaciones, su vida transcurre tranquila y feliz.  Pero un día todo cambia. Unos extraños seres, los Hombres de Gris, llegan a la ciudad, el tiempo comienza entonces a desaparecer misteriosamente y Momo se queda sola sin comprender  porqué ya nadie la visita. Tratando de recuperar a sus amigos e impedir que los perversos hombres grises cumplan su objetivo, la niña se verá inmersa en una emocionante aventura que, de la mano del Maestro Hora y su fiel tortuga Casiopea, la llevará a conocer el lugar de donde procede el tiempo y el secreto que guarda su existencia.

Clásico de la literatura fantástica que disfraza de cuento infantil la crítica hacia el modo de vida en las sociedades modernas que contiene, "Momo" es una historia cargada de reflexiones y enseñanzas en torno a la bondad, la amistad, la generosidad, la importancia que tiene el saber disfrutar las pequeñas cosas de la vida y la ceguera que inevitablemente provoca la ambición y la obsesión por el dinero o el éxito profesional, camino seguro hacia el egoísmo y la infelicidad.

Un cuento precioso, dulce e imaginativo que, al igual que ocurre por ejemplo con "El Principito", solo entiende por completo un lector adulto; que plantea cuestiones plenamente vigentes todavía (pese a haber sido publicado por primera vez en 1973) y refleja una sociedad con unos valores y unas motivaciones, en muchos aspectos, tristemente idénticos a los actuales. Todo ello a través de una narración ágil, una aventura ingeniosa y muy amena y un personaje inolvidable que Ende ofrece como antídoto contra oscuras tentaciones y malos sentimientos.

viernes, 20 de noviembre de 2020

Leonora

 

No tuve tiempo de ser la musa de nadie. Estaba demasiado ocupada rebelándome contra mi familia y aprendiendo a ser una artista.

Leonora Carrington

«Nanny, nanny, ¿dónde estás? Nanny, ¡no me dejes sola! ¡Nannyyy...!»

 La angustia escapó de su garganta en un grito herido que la impulsó con fuerza hacia la realidad. Despertó desorientada, empapada en llanto y con el corazón encogido. Temblaba, apenas podía respirar y una expresión extraña retorcía sus facciones. Las pesadillas torturaban, inclementes, sus sueños, aumentaban la confusión de su cabeza y −crueles emisarias del pasado− la devolvían cada noche a sus peores miedos de infancia.

Se incorporó sobre la cama, secó de un manotazo las lágrimas que corrían por su rostro y trató de serenarse. «No ha sido más que un sueño, Leonora, tranquilízate», musitó con valentía. Sus visiones siempre habían sido aterradoras. Solo su nana cuando niña y luego la pintura exorcizaban sus demonios pero ahora... Hacía ya tantos años que no podía pintar... El pincel tiritaba entre sus manos, sus ojos desdibujaban colores y formas, la mente se le enredaba en la nostalgia y su cuerpo entero traicionaba una pasión.

Era vieja. Una pobre vieja cercada por la muerte y el olvido y tenía tanto miedo... El tiempo le había ido arrebatando poco a poco todo cuánto amaba pero lo que ella más había adorado siempre no era otra cosa que la vida. Por eso, amanecer cada mañana, notar de nuevo en el pecho el arrítmico latir de su corazón cansado, escuchar el repiqueteo de la lluvia en los cristales o sentir la caricia del sol tras la ventana, era cada día un milagro y un regalo. No comprendía qué podría ser la muerte y no, no quería morir. No todavía.

«Tú existencia será larga, muchacha, escaparás de la jaula de oro que te apresa y hechizarás al mundo con tu encanto», le vaticinó un día de lluvia una anciana pitonisa, al adivinar en el centelleo de sus iris de azabache la rabia de niña insumisa y rebelde en que se ahogaba. Si el augurio se había cumplido por completo, no era ella quién para juzgarlo pero sus más de noventa años de vida y el vuelo inasible de sus alas, al menos, lo ratificaba en parte.

No había sido fácil pero lo había logrado. Había nacido en un tiempo que, por algún insondable misterio, negaba a las mujeres la posibilidad de hacer lo mismo que los hombres, que las educaba para el matrimonio, para complacer a padres y maridos y mantenerse luego al margen. No lo aceptó. Ella quería ser igual que sus hermanos: nadar desnuda en el estanque, trepar a los árboles, montar a caballo... La acusaban por ello de no medir las consecuencias de sus actos, de comportarse como una criatura temperamental y en exceso retadora, cuando nunca había sido esa su intención. Con su comportamiento, la chiquilla solo pretendía no sentirse despreciada por aquella azarosa condición de niña que, al parecer, definía por entero su existencia.

«¿De dónde habrá salido esta hija?», se quejaba el padre una y otra vez, sin alcanzar nunca a entender a la pequeña Leonora.

«¡Pobre papá!», lo compadecía ella ahora en sus noches de insomnio. Su incomprensión y su orgullo los separaron para siempre pero no lo culpaba; ya no. No supo ver la inquietud que consumía su alma, que algo más fuerte que ella misma la obligaba a emprender un camino que era solo suyo y no podía adulterar.

«¡Ningún hijo mío se dedicará a la pintura! −chilló el hombre con furia aquella última noche− ¡El arte es cosa de pobres!».

Leonora preparó desafiante su equipaje y, sin una palabra, abandonó la casa familiar de los Carrington para marchar de Lancashire a París. Ceder ante su padre le hubiera impedido crecer y no lo consintió.

El pájaro había volado.

Una nueva vida comenzó entonces para ella. El torbellino del surrealismo la envolvió en su maraña, fue la novia del viento, habitó buhardillas, pintó fantasmas, enloqueció por amor...

Vivió la pasión y el embrujo, la dependencia y la obsesión; declinó ser musa de nada ni nadie; lloró las ruinas de una Europa en guerra; exilió en México su inconsolable desazón. Pintando, siempre pintando, se hizo vieja, escapó de la rutina, combatió arbitrariedades y, sin imposturas, las venció.

«Sorteé con astucia las trampas del destino −desde su atalaya de años, se complace a menudo la anciana Leonora−. A golpe de sueños, capturé en mis lienzos lo imposible. Desafié al mundo y gané mis días».

 El esfuerzo rindió su recompensa. Y la lucha mereció la pena.






Relato publicado en la Antología "Mujeres en el Arte". Visibiliz-ARTE. Noviembre 2020. 

Imagen: La reina del tarot.  Leonora Carrington.



domingo, 15 de noviembre de 2020

La prima Phillis. Elizabeth Gaskell - Reseña

 

Es tan inteligente que parece un hombre...

Inicialmente publicada por entregas, "La prima Phillis" es una de las últimas obras de Elizabeth Gaskell (1810-1865) y, pese a su brevedad, una auténtica joya de la literatura. La trama cuenta la relación que Paul Manning, un joven que llega a la pequeña población de Eltham como ayudante del ingeniero del ferrocarril, entabla con unos primos de su madre, el pastor Holman, su mujer y su hija Phillis, a quienes por cortesía social se ve obligado a visitar. El modo de vida que allí descubre irá cautivándolo poco a poco y lo irá introduciendo, pese a sus reticencias iniciales, en un  mundo hasta entonces para él desconocido.

Narrada en primera persona a través de los ojos de Paul, es esta prima Phillis, sin embargo, la protagonista absoluta de la historia: una muchacha de apenas diecisiete años culta, inteligente y sensible, con unas aspiraciones intelectuales impropias de una época que relegaba el papel de la mujer al ámbito del hogar (muy clara en este sentido la contraposición entre Phillis y su madre). Sobre esa base y con un argumento más sorprendente de lo que, en principio, quizá pudiera esperarse, Gaskell construye una historia donde, como suele ser habitual en sus novelas, enfrenta las virtudes de una vida rural sencilla y repleta de espiritualidad, a los peligros de una modernidad que avanzaba imparable y que aparece representada en este caso por la construcción del ferrocarril y los personajes que con él llegan desde la ciudad.

 Las rutinas de la granja de los Holman, la paz que allí se respira, la pureza de carácter de sus habitantes, la honestidad de sus trabajadores... resuenan como ecos de un mundo antiguo que pronto habrá de chocar con los cambios nacidos de la Revolución Industrial e irá desapareciendo sin remedio.

Repleto de lirismo, diálogos brillantes y bellísimas descripciones, la autora muestra en su relato una forma de vida basada en la espiritualidad, en la sencillez y el amor a la naturaleza, explora la fragilidad del corazón humano y se adentra en lo más íntimo del alma de sus personajes (magníficamente perfilados en cuanto a caracteres y pensamientos). Todo ello con enorme sutileza, una pizca de  ironía y desde una perspectiva innovadora y muy moderna para la época.

martes, 10 de noviembre de 2020

Fugitivas

 

«Ya estoy en casaaaa...»

El redoble de un trueno en los cristales la sacó del sueño y rompió la pesadilla.

«Lauraaaa, Cristinaaaa...»

Despertó sobresaltada, presa del pánico y empapada en sudor.

 «Niñaaas...»

Secó de un manotazo las lágrimas que corrían por su rostro y trató de serenarse. Si tan solo lograra extirpar aquella maldita voz de su mente...

Respiró hondo. A su lado, las chiquillas se removieron inquietas. También ellas lloraban en sueños cada noche pero pronto olvidarían, se consoló con un suspiro. Todo: el miedo, el monstruo, las heridas...

«Solo ha sido un sueño, pequeñas −musitó la madre con dulzura−, un mal  sueño».

 El espectral destello de un relámpago tiritó en la habitación y tiñó las sombras de ceniza. Se incorporó para arroparlas y entonces...

Un espasmo de terror enmudeció de pánico su garganta.

Quiso gritar y no pudo.

 Y lo que vio la dejó paralizada.

(Continuará)






domingo, 8 de noviembre de 2020

El libro de Miguel Delibes. Vida y obra de un escritor - Reseña

 

Un hombre, un paisaje, una pasión

Con motivo del centenario de su nacimiento, la editorial Destino homenajea a Miguel Delibes con una publicación que, a partir de una serie de documentos extraídos de su archivo personal: cartas, fotografías, recortes de prensa... y pequeños textos introductorios redactados por Jesús Marchamalo (comisario de la exposición organizada también en torno a él por la Biblioteca Nacional), recorre la vida y trayectoria de uno de los autores más importantes de la literatura española del S.XX.

Una edición cuidada al extremo, delicada y tremendamente respetuosa que, más allá del novelista, reivindica a la persona: la figura de un hombre honesto, sin imposturas estilísticas ni pretensiones literarias fuera de su alcance.

A través de pequeños fragmentos de entrevistas, reflexiones y extractos de sus obras más conocidas, de la mano del propio Delibes, nos adentramos en las preocupaciones, intereses, aficiones y universo narrativo de un escritor obsesionado por el lenguaje, por la precisión y exactitud de la palabra, por dar testimonio y ser testigo fiel de un mundo y un tiempo que, en el momento mismo de plasmarlo, él ya intuye al borde de la extinción.

Un relato que, sin ser una biografía al uso, revela el alma de un hombre comprometido, íntegro, leal y sencillo, enamorado de las tierras y las gentes de Castilla, apasionado de la Naturaleza y devoto de una mujer, Ángeles de Castro, cuya muerte no superó jamás y a quien, en su discurso de ingreso en la Real Academia Española de la Lengua, llegó a definir como la mejor mitad de sí mismo.

Un libro bellísimo, elegante y repleto de matices.  Exquisito en la forma, sobrio en los textos, sereno en el recuerdo y muy conmovedor.

jueves, 5 de noviembre de 2020

Fantasmas contra el alba

 

Amanece. La cenicienta luz del alba quiebra poco a poco la negrura de la noche y una sombra de sonrisa rompe un instante la mueca de sus labios. La esperanza combate a muerte contra el miedo, una lágrima tirita en sus pestañas y un redoble de tambor resuena atronador entre su pecho. Debe ser valiente, lo sabe, pero está tan asustada...

Agarra con fuerza la mano de su padre y pregunta de nuevo:

⸺¿Seguro que llegaremos pronto, papá?

⸺Claro, cariño −traga el hombre el desconsuelo anudado a su garganta y le guiña un ojo− muy pronto, ya lo verás.

Una madre acuna con dulzura a su bebé. Las siluetas de diez hombres aterrados se recortan a la tenue luz de la mañana. El borde del bote de goma cabecea entre las olas y a punto está de zozobrar. Aún no hay tierra a la vista.

sábado, 31 de octubre de 2020

El Golem. Gustav Meyrink - Reseña

 

¿Quién puede decir que sabe algo sobre el Golem?

«Todo en este libro es extraño», así definió Borges esta enigmática historia, considerada obra maestra de su autor, el austriaco Gustav Meyrink (1868-1932), que toma como punto de partida el mito judío del Golem: un ser artificial hecho de barro, capaz de cobrar vida gracias al poder de las palabras y cometer los actos más atroces.

El protagonismo de esta criatura en la novela no va más allá, sin embargo, de representar la conciencia colectiva del barrio judío de Praga donde transcurre la acción y servir de metáfora para mostrar los peores demonios que esconde en su interior el ser humano.

El argumento adentra al lector en la vida de Athanasius Pernath, un hombre que tratando de trascender desde el mundo material al espiritual, se encuentra de pronto habitando un tiempo y una realidad treinta y tres años anterior a la suya. Pernath es un hombre perplejo ante su propia existencia que, tras haber sido sometido a hipnosis por algún tipo de trastorno mental (indeterminado), no recuerda su pasado y se lanza por ello a una búsqueda que le ayudará poco a poco a reconstruirlo e ir comprendiendo determinadas circunstancias. Una serie de sucesos, asesinatos, apariciones del Golem en las que él siempre parece estar implicado y encuentros con personajes de extraños poderes místicos, marcarán ese recorrido vital e irán conduciendo la trama hacia un desenlace sorprendente e inesperado, aunque  no del todo exento de interpretación.

La narración aparece envuelta, casi desde el principio, en una atmósfera onírica, opresiva y algo tenebrista que la carga de un terror psicológico sutil pero muy perturbador.

Repleta de reflexiones que muestran el mundo interior, los miedos e inquietudes del protagonista pero también de magia y esoterismo, es esta una historia oscura e inquietante, con un universo muy particular que no resulta fácil de entender. Realidad y ficción se entremezclan continuamente y resulta difícil en ocasiones distinguir si lo que ocurre es sueño, delirio o realidad.

La narración en primera persona y el desconcierto en que, desde el inicio, se halla sumido el narrador, genera una sensación de claustrofobia y desasosiego que da al relato un tono muy especial. Las situaciones, los olores, el ambiente del gueto judío y, sobre todo, las dudas y los atormentados sentimientos del protagonista aparecen muy bien reflejados pero la historia, por momentos, resulta algo confusa quizá por el exceso de simbolismo que hay en ella y por la exigencia, para una adecuada y total comprensión, de ciertos conocimientos previos sobre el mundo y los ritos judíos. Al carecer de explicación ni referencias, muchas escenas resultan incomprensibles.

Clásico al que merece la pena acercarse por lo que tuvo de innovador y arriesgado para la época (fue publicado por primera vez en 1915 y se dice que ejerció luego una gran influencia sobre Kafka)  pero complejo y muy exigente en su lectura.


sábado, 24 de octubre de 2020

La noche se detiene. Ovidio Parades - Reseña

 

Solo siento miedo y dolor

Julia Aguado, la protagonista de esta novela, es una mujer próxima a los cincuenta que, tras haber visto truncadas una y otra vez sus expectativas profesionales y pese a su licenciatura en Historia, trabaja como cuidadora nocturna de una octogenaria algo demenciada y cascarrabias en una pequeña ciudad del norte.

 Una noche de primavera y a raíz del ruego que, en un momento de lucidez, la anciana le formula, Julia se verá sumida en un dilema moral que la enredará en el torbellino de la duda y la llevará a evocar un tiempo sino más feliz, al menos sí más ingenuo y esperanzado.

Así, saltando continuamente del presente al pasado, a través de los recuerdos y pensamientos que la acechan durante esa interminable madrugada, iremos conociendo, poco a poco, las circunstancias de la vida de Julia: sus ilusiones, desengaños, alegrías, decepciones...; sus miedos, su fragilidad, su valentía, su ternura... y comprendiendo con ello determinados comportamientos y actitudes.

Tercera novela de Ovidio Parades, "La noche se detiene" es una historia profundamente reflexiva, impregnada de un halo de melancolía que la recorre de principio a fin. Una historia en torno a la amistad, al amor, la vida y la muerte que no oculta el dolor frente al paso del tiempo, el desamparo frente a lo inesperado o el vértigo de vivir que en algún momento todos sentimos y entre cuyas líneas se hace evidente la crítica hacia una sociedad que da de lado y fuerza a marchar a una juventud sin oportunidades a la altura de su preparación; el reproche hacia ciertos prejuicios que, aunque pueda parecerlo, nunca logran ser extirpados por completo o la perplejidad por el abandono y la soledad en que se deja morir de decadencia a las pequeñas ciudades.

La contraposición entre el pasado y el presente de Julia es clara en ese sentido: la inocencia y despreocupación de la juventud representada por esa canción de Tom Waits que durante toda la noche resuena en su cabeza como eco de lo perdido, frente a la resignación y apatía con que ahora ella enfrenta la realidad, asume lo que no pudo ser y acepta su casi invisible papel de cuidadora.

Importante y muy acertado también el personaje de Milagros, la anciana de quien se ocupa Julia y de quien se sirve el autor para apuntar la negrura de un tiempo paralelo y muy distinto a lo vivido por la protagonista. Una mujer que en el quebranto de la vejez aún conserva su elegancia y cierto aire a lo Lauren Bacall pero a quien se intuye en sus años más jóvenes intolerante, dura y exaltada. 

Novela lúcida e intensa, bellísima, elegante y muy conmovedora.

jueves, 15 de octubre de 2020

Peces muertos

 


El sol brillaba con fuerza, las hojas de los árboles tiritaban al ritmo del viento y un alegre coro de grillos y mirlos saludaba la mañana. Con un cigarrillo entre los labios y precisión de matemático, el abuelo calibraba la ribera. Las aguas del río se mecían al compás de nuestros remos, nubes de polen amarillo culebreaban sobre ellas y el aire arrastraba aromas de espliego y hierbabuena. Al fin, al hallar un tramo de su gusto, él frenaba poco a poco nuestro avance, asentía satisfecho y, sin una palabra, hermético y taciturno como era, comenzaba a preparar el aparejo: sacaba los gusanos de la lata, los enganchaba a la caña como cebo y me la entregaba luego con un guiño, en un tozudo empeño de contagiar al nieto una pizca de ilusión por el oficio. Todos  los veranos cumplíamos con esmero aquella tradición: ensimismado el hombre en el proceso; rezando el niño en secreto por no sentir un tirón en el sedal.

El abuelo había gastado su vida a orillas del río, conocía su bravura, la rapidez de las corrientes, la engañosa calma de sus  aguas. «Al río no se le fuerza, zagal, hay que ser paciente −me consolaba sin motivo, al confundir con decepción mi desasosiego−. No te apures, la tenacidad siempre obtiene recompensa». No sospechaba mi espanto y a mí me faltaba voluntad para mostrarlo. Nuestras pequeñas escapadas lo alegraban de tal modo que nunca fui capaz de confesar el desgarro que aquel espectáculo provocaba en mi alma: el miedo con que observaba apagarse los ojos moribundos de las truchas, la impresión que me causaba el sonido de sus desesperados coletazos al fondo de la barca, la angustia anudada a mi garganta tras asistir con pavor a sus últimas bocanadas en un mundo sin agua.

Yo era entonces un chiquillo de ciudad de vuelta al pueblo en vacaciones y estar con el abuelo me gustaba más que nada. Con él aprendí a distinguir el gorjeo de las aves, a estudiar el cielo y adivinar sus intenciones, a construir tirachinas y navegar barcos pirata, a contar perseidas, prender hogueras o danzar a lo indio a la luz de las luciérnagas. Él arraigó en mi espíritu la devoción por la naturaleza y yo jamás le confesé mis aprensiones.

Pasó luego el tiempo, los años, la vida... Nuevas gentes y caminos aflojaron vocaciones y, en algún recodo, me pudo la ambición. Todo se torció. El recuerdo se diluyó en olvido y el pueblo durmió durante décadas en la ingratitud de mi memoria.

Y si hoy de nuevo regreso a sus calles, si en el silbido del viento descubro un eco de infancia y una lágrima desborda mis ojos al evocar los remansos del río, es por culpa y no es nostalgia. Es una fábrica en la ladera, es veneno entre las aguas, es un caudal de truchas muertas y una firma con mi nombre traicionando sin reparo la evidencia. Es el reproche de una voz en mi cabeza que musita: «¡Ay, zagal!».


Relato para Zenda #historiasrurales

martes, 13 de octubre de 2020

1.280 almas. Jim Thompson - Reseña


Todos los hombres matan lo que aman

Publicada por primera vez en 1964, "1.280 almas" es la que suele ser considerada mejor novela de su autor, Jim Thompson, escritor y guionista  estadounidense que, junto a Raymond Chandler y Dashiell Hammett, fue uno de los grandes maestros del género negro, pese a encontrarse su obra en la actualidad mucho más olvidada que la de aquellos.

El narrador de esta  historia, Nick Corey, es el sheriff  de un pequeño pueblo del sur de los Estados Unidos, una localidad anclada en la ignorancia y el racismo donde  malviven esas 1.280 almas a que alude el título y donde aparentemente nunca pasa nada.

Corey se presenta a sí mismo como un tipo tranquilo, alguien que no quiere problemas, que incumple con frecuencia su trabajo y a quien sus vecinos apenas toman en cuenta.

La proximidad de las elecciones y el deseo de ser reelegido a toda costa para el puesto, pronto revelarán sin embargo su verdadera personalidad. El riesgo cierto de perder la elección hará aflorar en él una naturaleza despiadada e inmoral, mostrándolo como un hombre astuto y calculador, muy alejado de la simplicidad que todos le suponen.

Sin límite ni escrúpulos de conciencia, siguiendo un plan perfectamente trazado y al margen siempre de cualquier sospecha, el sheriff irá deshaciéndose poco a poco de todo aquel que se interponga en su camino, siendo su comportamiento el de un auténtico psicópata, justiciero y manipulador.

Es la voz del propio protagonista quien relata en todo momento sus actos, quien los justifica y se adentra en su psicología sin remordimiento, casi orgulloso de  su perversidad, para explicar su cansancio, sus miedos, su misantropía.... Todo ello en un tono tragicómico que dota al personaje de un  patetismo y una sinceridad que nos hace saltar de la sonrisa al escalofrío a cada  pensamiento o cada reacción.

Construye así el autor una novela oscura e intensa, sin héroes ni esperanza, con un trasfondo de crítica hacia las corruptelas políticas y las hipocresías sociales (hacia ese sueño americano transformado ahora en pesadilla) que deja un inevitable sentimiento de impotencia y desolación.

Una mirada, la de Thompson, muy amarga hacia el ser humano que invita a reflexionar sobre los motivos de la maldad, los abusos del poder o las consecuencias de ciertos privilegios.

jueves, 1 de octubre de 2020

En mi defensa

 

...Por encima de todo, no debo jugar a ser Dios

Juramento hipocrático

Orden, belleza, equilibrio, pureza...

Hubo un tiempo en que rozamos el cielo con los dedos. Un tiempo que huyó de la mediocridad y luchó por la excelencia, que fue mejor porque nosotros tomamos las riendas. Yo lo viví. Yo −último caballero de un reino sin corona− fui su artífice. Mi cuerpo decrépito mantiene intacta su memoria y no, de nada me arrepiento. No me atormenta lo que hice sino lo que dejé de hacer. Un orden superior, más allá del bien o del mal, justificó mis actos. A él me atuve. A mantenerlo destiné mi inteligencia y ofrecí mi lealtad.

¿De qué sirven culpa o remordimientos? No son más que absurdos desatinos. Insensateces que anidan en la mente de los débiles, que frenan el progreso de la humanidad y lo encharcan todo con su llanto.

Orden, belleza, equilibrio, pureza...

El viento me trae a veces aromas de ese mundo naufragado. Estuvimos tan cerca...

Presiento, sin embargo, que no todo se perdió. No alcanzamos a ver el resultado y es el resultado cuánto importa, bien lo sé, mas no por eso reniego de mis investigaciones. Al contrario, las reivindico con orgullo. Hubieran sido exitosas de haber podido concluir. Les faltó maduración y quizá... quizá en el futuro... quizá en una sociedad más valiente...

Tachan ahora de locura lo que hice, sin comprender que todo fue en nombre de la Ciencia, en cumplimiento de un deber. Claman venganza los verdugos, me persiguen, me fuerzan a huir, a disfrazar mi identidad, a borrar la huella de mis pasos (¿qué será de mi hijo?, ¿quién cuidará de mi mujer?, ¡maldita sea!). Pero yo nunca fui un fanático y algún día, en algún momento, la Historia reparará la injusticia, validará mis hallazgos, rescatará mi nombre de la infamia y el olvido.  

¿Acaso no ha de preservar siempre un científico la plena libertad de sus ensayos? ¿Y entonces? Porque... ¿cómo, díganme, cómo experimentar sin cobayas?, ¿cómo descubrir nuevos tratamientos sin comprobar su efecto sobre los órganos, la reacción que producen en los cuerpos, el daño o la sanación?

Orden, belleza, equilibrio, pureza...

Breves chispazos de luz alumbran esta vejez cansada y solitaria a la que estoy condenado, mi mente lúcida nunca descansa y si hace años que me escondo no han de ver en ello miedo sino honor. Jamás darán conmigo. Ese será mi triunfo.  

La pérdida de mis notas es sin duda lo que más lamento de la  enojosa situación en que me hallo. Mis cuadernos. Mis conclusiones. Mi trabajo. Un trabajo al que dediqué mi vida entera, que murió inconcluso y cuyas incógnitas, aun en sueños, todavía me torturan. ¡Lo echo tanto de menos!: la rutina del laboratorio −música de  Wagner siempre como fondo−, la impecable bata blanca sobre el uniforme gris, las botas relucientes, perfectamente lustradas y aquellos rostros... ¡Ah! aquel raro gesto, algo parecido al miedo, tal vez desconcierto, en la mirada de los elegidos −¡oh, Dios!, ¡qué momento!, ¡qué delicia!− Los gemelos eran mis favoritos, el conocimiento preso en su código genético todo un desafío y, al ir desentrañando poco a poco su misterio, al borde estuve de crear un ser perfecto, de demostrar la supremacía de esta raza ingrata a la que ahora mis logros avergüenzan, que me niega y me desprecia.

No hay rencor en lo que digo, aunque sí duele la ignorancia que me acusa de romper el juramento hecho como médico y considera al Ángel de la Muerte, al brillante doctor Mengele, un asesino. Pero siempre fue la incomprensión −sin falsa humildad así lo reconozco− el destino de los genios.

Orden, belleza, equilibrio, pureza...    

¡Tanto saber perdido por la cobardía de unos mojigatos que todo lo confunden! ¡Aquellos no eran seres humanos, por amor del Cielo! Eran números dentro de un registro. Carne de crematorio cuya muerte nadie lamentó. Miserables y anónimos despojos.  Simples judíos.  




sábado, 26 de septiembre de 2020

Carta a D. Historia de un amor. André Gorz - Reseña


A ninguno de los dos nos gustaría sobrevivir al otro

Nacido en Viena en 1923, amigo y discípulo de Sartre y de Marcuse, André Gorz (pseudónimo de Gérard Horst) fue uno de los intelectuales más influyentes de la izquierda europea durante la segunda mitad del S.XX. De formación marxista iría alejándose con el tiempo de muchos de aquellos planteamientos para denunciar los errores y abusos del comunismo. Ello, pese a la huella con que marcó su pensamiento, le llevaría finalmente a enemistarse con Sartre. Mantuvo siempre, sin embargo, una postura muy crítica respecto al capitalismo industrial y llegó a ser uno de los principales teóricos de la ecología política.

En 1983 abandonó por completo su trabajo para dedicarse a cuidar de su mujer, Dorine, aquejada de una rara enfermedad degenerativa.

 "Carta a D." (Ático de los Libros, 2019) es la preciosa declaración de amor que en 2006, tras casi sesenta años de vida en común, Gorz escribe a su esposa, ya muy enferma, agradeciéndole el tiempo y los sentimientos compartidos.

Acabas de cumplir ochenta y dos años, has encogido seis centímetros, no pesas más de cuarenta y cinco quilos y sigues siendo bella, así comienza un relato cargado de sensibilidad y de ternura que es testimonio de un amor y reflejo de un devoción tan grande y absoluta que hace inimaginable para el autor la posibilidad de enfrentar una existencia sin su esposa, única patria −la define él mismo en algún momento− de un hombre acostumbrado a la pérdida y empujado desde niño al exilio.

En poco más de cien páginas Gorz recorre los recuerdos de toda una vida, nos asoma a su intimidad más profunda, a su dolor, a su desconcierto pero también a su ilusión y su alegría.

 Texto sincero y muy conmovedor, bellísima carta de despedida entre cuyas líneas late el presagio de una decisión quizá ya tomada; de un plan que, de común acuerdo, llevarían a la práctica apenas un año después: el 24 de septiembre de 2007 la policía hallaría en su domicilio los cuerpos de André Gorz y su mujer, tendidos uno junto al otro, unidos en la muerte como lo estuvieron en la vida.

lunes, 21 de septiembre de 2020

Corazón de rock´n roll

 


Se llamaba Silvia y tenía una banda de rock. Los niños morían por sus huesos, las niñas imitaban con descaro su aspecto de gótica displicente −ojos ahumados, melena azabache, piercings y botas de soldado, calaveras y tachuelas...−, las madres maldecían impotentes tan temible y fatal influencia.

Su voz desgarrada, sus provocaciones de artista transgresora, la rebeldía que apenas disfrazaba la adolescente fragilidad que aún hería su mirada, la convirtieron en estrella de la noche a la mañana. Las radios repetían sus canciones sin cesar, reporteros sin escrúpulos la acosaban inclementes, sus conciertos agotaban en minutos el aforo...

Hasta que, de pronto, un día, la supernova implosionó. Desapareció. Sin rastro. Sin explicación. Abandonó los focos y nadie volvió jamás a saber de la cantante.

«Una carrera truncada, otro juguete roto...», se especuló durante meses. Pero nuevas chicas ocuparon su lugar y, poco a poco, el mundo la olvidó.

A salvo ahora, tantos años después, de aquel extravío, Silvia sueña a veces ese tiempo. Los recuerdos resquebrajan entonces su coraza, rasgan su antifaz de ejecutiva y dejan en su rostro un surco amargo de melancolía. Rehuyó la fama por ganar la vida. No se arrepiente. Pero a veces... algunas veces...