lunes, 16 de marzo de 2020

Con las botas puestas


Ahora me llevan a mí pero ya es tarde
Bertold Bretch

Lo habían traicionado. Un fogonazo de lucidez le reveló la gravedad de lo ocurrido y una oleada de angustia empapó su cuerpo en sudor. La guardia cósmica interceptaba su camino, rodeaba por ambos lados al Atlantis y amenazaba destruir la nave si el capitán no deponía su actitud. «¡Qué ingenuo!», musitó él con desaliento. Había creído, al divisar los primeros escuadrones, que acudían en su ayuda, que eran la respuesta a la llamada de socorro que el radiotransmisor había estado lanzando sin pausa desde que iniciaron la misión. Pero no. Las patrullas policiales llegaban cargadas de malos presagios y una advertencia descarnada y feroz latía entre sus haces de luz.
 En la soledad del puesto de mando, el capitán Clarck calculaba ahora sus opciones. Pocas. Ninguna, rectificó sin ironía. Lo detendrían, lo acusarían de alta traición, perdería su licencia de piloto, lo desterrarían al más diminuto asteroide de la galaxia.
Una rabia sorda lo invadió de pronto. Negarle el acceso al paso interestelar fronterizo quebrantaba la suprema ley de la Alianza y de la Federación Planetaria que regía. No podían impedirles la entrada y sin embargo...
Respiró hondo y trató de serenarse. Le mortificaba la injusticia. Las centurias de vigilancia cercaban la nave y no le daban tregua, lo trataban como a un criminal, atacaban con asombrosa frialdad a quien deberían proteger. Cumplían órdenes, reconoció al fin con un apunte de amargura, pero ¡qué órdenes tan equivocadas las suyas!
El rescate de astronáufragos y su traslado a una base segura no era cuestión potestativa; al contrario: se trataba de una obligación elevada a rango de derecho fundamental por la Convención para la Asistencia Espacial Intergaláctica. Una obligación de ayuda que, tras el colapso del tercer planeta, la Federación había matizado mediante incontables protocolos para concluir al cabo en un hipócrita e impune incumplimiento de su propia normativa. Aliviar la presión en la ruta de los migrantes, evitar lo que habían dado en nombrar «efecto llamada» era la repulsiva excusa que justificaba el cierre fronterizo y las durísimas sanciones a que quedaban expuestas las unidades de salvamento.
Clarck conocía los riesgos, también su tripulación, pero había vencido en ellos,  al acudir a aquella misión de rescate, el grito espantado de sus conciencias. Un grito colectivo contra la injusticia de una ley  ciega y despiadada.
La Tierra era un planeta arrasado, yermo y sin vida del que, a la menor oportunidad, sus habitantes −refugiados climáticos los denominaban ahora con apático desdén− escapaban en busca de un mundo mejor. «No −decidió Clarck finalmente, − no lo haría». Devolver esa gente a su planeta como exigía aquel maldito ministro de asuntos interplanetarios, era enviarles a una muerte segura y no lo haría. Pero tampoco estaba el Atlantis en condiciones de luchar.
Con calma de hielo comunicó su decisión al agente al mando del operativo y se dispuso a afrontar las consecuencias. El cierre fronterizo entre Júpiter y Marte los condenaba a hundirse en la densa negritud del universo. Sin testigos. En silencio.
«Anillo exterior de Saturno −ordenó con firmeza−. Nuevo plan de vuelo».
Extinguirse lentamente en la polvorienta oscuridad de una prisión nunca fue alternativa para sus valientes cosmonautas, se consoló con una sombra de sonrisa bailándole en los labios.
A la voz del capitán, todos los hombres se dirigieron a sus puestos, conscientes de haber sido abandonados a su suerte; pretendiendo olvidar que las reservas de oxígeno y alimento se agotaban, que el pasaje estaba exhausto, que resultaba prioritario desembarcar; fingiendo, pese al inevitable aire de fatalidad que asomaba a sus rostros, una esperanza que estaban  lejos de sentir. Satisfechos de no ceder al miedo. Orgullosos de caer sin rendirse.





Relato publicado en el nº 8 (abril 2020) de la revista "El Tintero de Oro Magazine"

martes, 10 de marzo de 2020

El final del affaire. Graham Greene - Reseña




Cuando uno no ve la desdicha no cree en ella

Reeditada en 2019 por Libros del Asteroide, "El final del affaire" es la que suele ser considerada mejor novela de Graham Greene y también, al parecer, una de las más autobiográficas del autor. Ambientada en el Londres de la Segunda Guerra Mundial, la trama narra la relación amorosa que Maurice Bendrix, mediocre novelista sin ningún éxito literario hasta el momento, mantiene durante unos meses con  Sarah Miles, esposa de un alto funcionario amigo suyo. Pasado el tiempo y ya concluida la aventura, Bendrix tratará de reconstruir lo sucedido y hallar explicación a un abandono para el que no encuentra motivo.
Desde ese punto de partida y con una aparente pero engañosa sencillez argumental, la  peripecia de los personajes va poco a poco girando hacia una debate espiritual y religioso que atrapa sin apenas darse cuenta al lector y lo enfrenta al tema de fondo latente en la novela: la confrontación entre el amor humano y una fe religiosa que, por una u otra circunstancia, obliga siempre a la renuncia de ese amor.
Ateo convencido, Bendrix se ve de pronto sorprendido por la recobrada fe de una Sarah que, sin explicación alguna, al instante hace de ella el centro de su existencia hasta llegar a una extraña y mística sublimación del amor compartido. Tarde y con inmensa amargura, él irá conociendo el contexto de ese proceso, rebelándose entonces contra un Dios en quien dice no creer y cuya presencia, sin embargo, no logra dejar de sentir.
La fragilidad del amor y su proximidad al odio, la fugacidad de los momentos felices y la crueldad del destino, el sufrimiento y la esperanza,  la fe y las dudas que inevitablemente la circundan son los grandes temas de una novela que deja a juicio del lector las conclusiones sobre los interrogantes que plantea y que ha llegado a ser considerada obra maestra de su autor: «Nunca volvió a estar tan cerca de la obra maestra Graham Greene como en "El final del affaire"», afirma Mario Vargas Llosa en el epílogo con el que concluye esta edición.
 Una historia que, con extraordinaria sencillez, recorre todo el arco de las pasiones humanas (amor, odio, lealtad, traición, celos, remordimientos...) profunda, compleja y muy conmovedora.

Reseña publicada en el nº 5 (julio 2020) de la revista Valencia Escribe 

sábado, 7 de marzo de 2020

Y te marchas con el alba



¡Oh estrellas, y sueños, y delicada noche!
¡Oh noche y estrellas, volved!
¡Y escondedme de la luz hostil
que no calienta, sino que quema!
Emily Brontë

Noche tras noche, en ese vago espacio que la vigilia del sueño separa, tu sonrisa invoco. Es entonces, en tan inasible frontera, tenue trasluz de una realidad desdibujada, que un repentino chispazo de emoción −¡oh, conjuro feliz!− mi mundo ilumina. Sueño contigo, bello espejismo siempre inalcanzable. Estás en mí. Escondida en algún rincón de mi cabeza. Una sombra del pasado. Un duendecillo burlón que se ríe de mí y no se deja atrapar aunque, a veces... sí, por un momento, casi creo a veces poder sujetarte. Luego te desvaneces, la magia desaparece y el día comienza. Llora el poeta su dolor. Sangran sus versos.





Texto para el reto "Homenajeando autoras" propuesto desde el blog "Nosotras que escribimos".

jueves, 5 de marzo de 2020

Alas de cristal




¿Qué saben los sueños de límites?
A.E.

«Las damas no saltan rejas, niña», la voz de la abuela Mary tronó con severidad en su cabeza y lo inoportuno del recuerdo la hizo sonreír. «¡Pobre abuela! −pensó mientras se inclinaba levemente hacia la izquierda para mirar por la ventanilla−, ¡si pudiera verme ahora...!». El cielo estaba sereno y cuajado de estrellas. Pronto amanecería. Contempló el inmenso espacio que tenía frente a sí y un sentimiento de grandeza y libertad se adueñó de su espíritu. Todo en torno a ella era vacío y silencio, aislada por completo como estaba del ruido y la vanidad; ajena a un mundo que la adoraba, que tenía del todo rendido a su valor, a su inteligencia, a su encanto; frágil excepción de un tiempo −tiempo de hombres− que con feroz intransigencia rechazaba esa independencia por la que algunas mujeres tanto habían luchado para sin compasión reducirla a triste objeto de burla.
Pero por algún motivo ella lo había logrado. Demostrar a ese mundo ingrato su valía había sido siempre su obsesión y lo había logrado. Un incontrolable anhelo de aventura latía en su corazón, tóxico como un veneno: ir donde nadie había ido, hacer lo que nadie había hecho. Sin  importar el riesgo. Sin importar el precio.
El parpadeo intermitente de una alarma en el panel de control deshiló el curso de sus pensamientos y la trajo de vuelta a la realidad. El combustible se agotaba con rapidez y el islote donde debía repostar antes de alcanzar Australia aún no aparecía. Conectó con inquietud el micrófono del radiotransmisor e intentó contactar con el Itasca, el viejo guardacostas que había de guiarla en la operación de aterrizaje:
⸺Altitud trescientos metros. Volando norte-sur. Determinen posición.
⸺ ...
Electra volando norte-sur. Repito: determinen posición.
El silencio al otro lado de la radio resultaba atronador. Se había desviado de su rumbo, ninguna frecuencia emitía señal y no hallaba referencia que pudiera orientarla.
Perdida entre el azul (tan oscuro a esa hora todavía muy temprana) del cielo y el océano, una mezcla de miedo y de placer se apoderó de ella. El futuro no existía. Solo el vuelo. Y la gloria. Y la alegría del aviador.  
Circunnavegar el mundo a través del Ecuador era algo que nadie, ni mujer ni hombre, había intentado jamás. California, Florida, Puerto Rico, Venezuela, África, el Mar Rojo, Pakistán, Birmania, Indonesia... Había recorrido ya más de treinta y cinco mil kilómetros. Apenas restaban otros doce mil, un par de etapas, poco más. Casi rozaba el triunfo. Estaba a su alcance. Lo tenía tan cerca...
El amanecer la sorprendió con su caleidoscopio de colores y cambios de luz mientras a lo lejos se formaba una tormenta. Un denso banco de nubes grises e ingrávidas flotaba en el horizonte y corría veloz hacia ella.
Insistió de nuevo:
Electra volando hacia Howland Island. Combustible agotado. ¿Pueden oírme?
⸺...
⸺¡¿Puede alguien oírme?!
Una sonrisa triste, un raro gesto mitad insolencia mitad desamparo, asomó a sus labios. Había intentado lo imposible y había perdido. No se arrepentía. La aviación había sido siempre su pasión, una experiencia única, romántica, trascendente; un afán que la atravesó como un flechazo y marcó sin remedio el rumbo de su vida. Preparada en todo momento para lo imprevisto, acostumbrada a lo inesperado, coqueteaba sin escrúpulos, día tras día, con el riesgo y la aventura. Era feliz. Y si atreverse significaba morir, entonces moriría.
«No, las  damas no saltan rejas, abuela −musitó mientras el Electra se desvanecía despacio entre la niebla−, atraviesan océanos, ganan mundos y conquistan cielos».
En algún lugar del Pacífico, una mañana de julio de 1937, la reina de las nubes, Amelia Earhart, se adentraba entre las brumas del enigma y la leyenda. Aún arrastra el viento la  huella de su estela. Y su nombre silba con el alba a las estrellas. 

Relato publicado en la Antología "Cada vez más iguales". Valencia Escribe. Octubre 2020.


domingo, 1 de marzo de 2020

Lo que el viento se llevó. Margaret Mitchell - Reseña



Dios es testigo de que nunca volveré a pasar hambre

Galardonada en 1937 con el premio Pulitzer de novela (única que escribiría su autora, la periodista Margaret Mitchell) y uno de los mayores best-sellers de la historia de la literatura, es "Lo que el viento se llevó" retrato perfecto de un mundo que agoniza, de un modo de vida, el de los estados americanos del sur, condenado a desparecer tras la guerra civil que durante cuatro largos años (1861-1865) mantuvo enfrentados norte y sur.
Estructurada en cinco partes, la narración aborda la vida de la familia O´Hara, dueña de una rica plantación (Tara) en el estado de Georgia, durante los convulsos años de la guerra y la posguerra y más allá de su conocidísimo argumento: del amor frustrado entre Scarlett y Ashley, de la dulzura e inagotable comprensión de Melanie con quien él acabará casándose o de la desfachatez y cínico oportunismo del capitán Butler, recorre meticulosamente  la historia de los Estados Unidos durante esos años.
De la mano de los O'Hara asistimos al desmoronamiento de un mundo que muere y al nacimiento de la nueva época destinada a sustituirlo. La melancolía por ese mundo perdido, la decadencia y el romanticismo que hay siempre en ella, impregna gran parte de un relato que al narrar también con todo detalle la guerra y sus miserias (piojos, miedo, disentería...) desmitifica el halo de heroicidad que tiende a envolverla y contiene en realidad una crítica feroz hacia sus finalidades y motivos.
«Cualquiera que sea el noble fin que le asignen a la guerra, la razón de esta es siempre una sola: el dinero», argumenta por ejemplo Rhett Butler para criticar cómo políticos y hombres de estado engañan sin ningún remordimiento a unos soldados siempre dispuestos a combatir con valentía en una guerra equivocada.
O en una de las cartas que escribe desde el frente, consciente de la inutilidad de la lucha, se lamenta también Ashley con su esposa: «Combato por los viejos tiempos, por las viejas costumbres que amo tanto y que temo desaparezcan para siempre. Porque venciendo o perdiendo, nosotros perdemos de todos modos. Temo que, una vez terminada la guerra, no volvamos ya a los tiempos antiguos. No sé lo que nos traerá el futuro pero ciertamente no podrá ser tan bello como el pasado».
Otro de los grandes temas de la novela es el de la esclavitud. Cuestión que con absoluta honestidad Mitchell plantea huyendo de la habitual dicotomía entre buenos y malos. Sin ocultar el salvajismo de algunas prácticas esclavistas o el nacimiento incluso del mismo Ku Klux Klan, la autora muestra una familia que trata con extrema corrección a sus esclavos hasta el punto de considerarlos un miembro suyo más. A ello enfrenta luego la hipócrita actitud de las esposas yankies que, dueñas en este asunto de una posición moral superior, tras la ocupación de Atlanta, rechazarán sin embargo entre otras cosas dejar sus hijos al cuidado de niñeras negras por desconfianza y un mal encubierto racismo.
Interesante también el sistema de clases que se establece entre los propios esclavos donde los trabajadores domésticos se atribuyen con orgullo un rango superior a los del campo y tanto lo defienden que, pese a la devastación y la situación límite en que se encuentra Tara durante los últimos meses de la guerra, se niegan a ayudar a Scarlett y la dejan sola en lo que respecta a esa labor.
La tradición, el honor, la lealtad, el amor, el respeto a la tierra y los ancestros son cuestiones que subyacen bajo la historia de Scarlett O´Hara, absoluta protagonista de la novela y personaje al que su autora dota de unos rasgos impropios y muy poco habituales para la época en una figura femenina, dando así vida a una mujer fría, fuerte, calculadora, práctica y sin escrúpulos, que nunca busca la aprobación social de su conducta y cuyas acciones parecen en todo momento regidas por la conveniente idea de que el fin justifica los medios; una mujer anclada al presente, que mira al futuro y se niega a sufrir el daño que provoca la nostalgia de lo perdido, de lo irremediable, de lo pasado... Significativo en ese sentido el continuo «ya lo pensaré mañana» que adopta como lema.
Hija de una conocida sufragista y sensibilizada sin duda con el tema de la mujer, entre líneas pero de forma evidente, introduce también con su relato Margaret Mitchell una crítica a los convencionalismos y limitaciones a que de continuo se han encontrado sujetas las mujeres. Así con muchísima ironía hace decir en un fragmento a Rhett Butler: «¡Pero Scarlett! ¡Usted ha leído un periódico! No lo vuelva a hacer; es una lectura que crea confusión en el cerebro de las mujeres», o respecto a la actitud de la propia Scarlett: «Se esforzó en no llorar. El llanto no servía ahora de nada. La única ocasión en que podía servir el llanto era cuando se tenía cerca a un hombre de quien se quisiera obtener algún favor». Con más claridad la hará indignarse luego: «¡las mujeres pueden hacer cualquier cosa, todo, sin el auxilio masculino... excepto parir hijos y Dios sabe que ninguna mujer con los sentidos cabales tendría hijos si pudiese evitarlo!».
Destacar finalmente la magnífica película que sobre esta historia rodó en 1939 Victor Fleming (gran parte de ese rodaje pertenece a George Cukor pero fue Fleming quien lo concluyó), tan exitosa que acabó por eclipsar a la novela y que para siempre regalaría a Scarlett el bellísimo rostro de Vivien Leigh. 


        Reseña publicada en el nº 7 (marzo 2020) de la revista "El Tintero de Oro Magazine".