sábado, 19 de enero de 2019

La vuelta de Nora - Reseña



"He sido una muñeca grande en casa de papá"

Una llamada a la puerta, la misma puerta que la protagonista cerró de un portazo quince años atrás, marca el punto de partida de una función −segunda parte del clásico de Ibsen "Casa de Muñecas", escrita por Lucas Hnath y dirigida por Andrés Lima− que, tras su regreso al hogar, sitúa a Nora frente a las consecuencias que para la familia tuvo su abandono. Convertida ahora en famosa escritora de éxito ella regresa a casa al cabo del tiempo para formalizar finalmente el divorcio, provocando así un tremendo terremoto emocional, plasmado primero en el dolor y la incredulidad de hijos y marido, que habían llegado incluso a darla por muerta y en los reproches y recriminaciones de que la harán objeto poco después.
Es esta una obra que, manteniendo en todo momento el espíritu de la original, reivindica claramente el papel de la mujer en la sociedad, que cuestiona los roles de pareja y ciertos convencionalismos contra los que los que los personajes se rebelan. Ambientada en los primeros años del S.XX muestra lo próxima que, pese a lo que en ocasiones pudiera parecer, en muchos aspectos se encuentra todavía nuestra sociedad respecto a la de aquellos años y lo poco que hemos avanzado en realidad en materia de igualdad.
Impecables Aitana Sánchez Gijón y Roberto Enríquez como protagonistas. También Elena Rivera en el papel de hija enfrentada a una madre a quien no comprende ni todavía perdona y Mª Isabel Díaz Lago como la tata que renuncia a su vida por Nora y sus hijos.
Texto intenso y descarnado, sin alegatos ni juicios, sin buenos ni malos. Muy acertada la escenografía (sencilla y muy clásica) y la música que acompaña y por momentos realza el caos emocional en que, por un motivo u otro, se encuentran inmersos todos los personajes.

miércoles, 16 de enero de 2019

El pintor y su musa



"Es tan corto el amor y es tan largo el olvido..."
Pablo Neruda

Sólo en la quietud de su estudio, entre telas, acuarelas, témperas y pinceles, el viejo pintor hallaba consuelo. Frente a su atril, sentado sobre un destartalado taburete que sin duda había conocido tiempos mejores, inmerso siempre en un silencio absorto y melancólico, dejaba la vida pasar. Sus manos artríticas y unos ojos casi por completo ciegos a causa de las cataratas, hacía ya mucho le impedían pintar. El espectro de la pobreza y la soledad rondaba sus días y una tristeza helada desbordaba su alma. Sentía el aire cargado de ausencia y un frío extraño, un frío que de su propio interior brotaba y no desaparecía jamás, hacía su cuerpo temblar. Habitaba un mundo de sombras, de recuerdos y añoranzas. Iguales eran todas sus horas ahora y él un hombre hueco que a nadie nada podía ofrecer, un viejo solitario que abrazaba fantasmas y quizá, sólo quizá, de cuando en cuando, soñaba.
Una vez había estado enamorado. Y ese amor su mundo entero puso del revés.

***

El palacio resplandecía, mágico, romántico, casi irreal, tan bello como escapado de un cuento de hadas. Una luna llena y espléndida iluminaba los jardines, destellos de plata refulgían en lagos, alamedas y parterres y Josefa era aquella noche una mujer radiante y feliz.  Deambulaba con calma al son de la música entre sus invitados con esa elegancia suya −corpiño azul bordado en oro, falda amplia a la moda de Versalles, brazos desnudos, peinado a la Caramba− que media ciudad admiraba y la otra media envidiaba, sonreía, se detenía un instante, cruzaba con cada uno de ellos algún gesto, una palabra... Perfecta anfitriona pendiente siempre del detalle más nimio, contemplaba satisfecha su obra. Su capricho, decía ella. El palacio más bello de todo Madrid.
Osuna acababa de ser nombrado embajador en Viena. Muy pronto habría el duque junto a su familia de abandonar la corte y era aquella la fiesta −mitad despedida, mitad celebración− por la que tanto le había rogado su esposa y que durante días había ella preparado con ahínco.
 Todo marchaba a la perfección, hasta el momento. Moratín, Jovellanos, Bocherinni... los más queridos amigos de la duquesa, sus más rendidos admiradores, se encontraban allí. Ninguno había fallado a la cita. Nadie se había excusado. Incluso D. Francisco, tan hosco y reacio siempre a tales ceremonias, había abandonado aquella noche sus  pinceles y aceptado con agradecimiento sincero la invitación. Le unía a los duques mucho más que una amistad, su palacio había sido para él, cuando más lo necesitó, una segunda casa y gracias a ellos −no lo olvidaba− se  había convertido en el retratista más afamado de todo Madrid, el más reclamado y el principal pintor de la corte del rey Carlos. Nunca podría agradecerles suficientemente su apoyo y la inmensa confianza que en él habían depositado y nadie como él habría de lamentar ahora su ausencia.
En eso pensaba D. Francisco de Goya y Lucientes cuando aquella recién estrenada noche de otoño y luna llena la vio por primera vez.
Hablaban las malas lenguas de la Villa de una enemistad honda y oscura, de una rivalidad amarga y celosa que el nada protocolario abrazo entre Josefa y Cayetana −Pepa y Tana− desmintió de inmediato. Espontánea y pícara fue la alegría de ambas por el reencuentro, por el desconcierto y la estupefacta sorpresa que en algunos rostros su afecto manifiesto dibujó y que ellas advirtieron de inmediato.
Tomadas del brazo cruzaron el salón de baile. Duquesas de Alba y Osuna riendo como dos chiquillas despreocupadas, descaradas y traviesas, centro cierto de todas las miradas, objeto indudable de las habladurías maliciosas con que a la mañana siguiente una legión de aburridos cortesanos entretendría la gris monotonía de sus horas.
Castiza una, enamorada de sainetes y fandangos, afrancesada la otra, devota de Haydn y Rousseau, era sin duda la suya una extraña pareja pero eran ellas por encima de todo y mucho más allá de tantas cosas que hubieran podido distanciarlas, buenas amigas, las más cómplices y leales.
Ajeno por completo a los infundios que sobre las duquesas ya corrían por el salón, conversaba Goya con Osuna sobre su nuevo destino y los enojosos preparativos que mudanza y viaje ocasionaban cuando el sonido de una risa a su espalda captó su atención. Una risa franca y mundana, desafiante y provocadora que sin pretenderlo guió su mirada hacia una mujer vestida de muselina blanca, centro indiscutible de un corrillo donde todos disputaban sin disimulo su atención, que reía junto a Pepa algún comentario, quizá algún requiebro galante, susurrado con descaro a su oído. Esa risa desordenaba con gracia una cascada de rizos negros que al instante −coqueta irredenta− acomodaba ella de nuevo sobre la curva perfecta de su delicado y larguísimo cuello disfrutando con una malévola pizca de picardía ese pequeño instante de gloria que, sabía, su sola presencia causaba.
Tras aquella risa descubrió poco después el pintor unos ojos.
Y esos ojos lo llevaron al abismo.
⸺ Querido D. Francisco −se apresuró la de Osuna a presentarles, al caer en la cuenta de su olvido− creo que no conoce usted a mi amiga Cayetana. La más indómita duquesa de nuestra Villa y Corte, bromeó Pepa divertida.
La luz de las velas destellaba en los espejos y de blanco y oro vestía la estancia.
El viento arrastraba aromas a lima y jazmín.
⸺ Qué alegría, maestro y qué honor −sonrió ella acogiendo su mano entre las suyas− si supiera cuan ansiosa esperaba yo la ocasión de conocerle y tener por fin oportunidad de invitarle a Buenavista. Nada haría más feliz a esta entusiasta admiradora suya que tenerle unos días con nosotros. Nada me complacería más, se lo aseguro.
El corazón de un hombre un instante detuvo su latido y el tiempo de golpe se paró.
Lo que aquellas palabras, sin duda mera cortesía y amabilidad, despertaron en su ánimo y cuánto lo torturaría luego su torpeza, sólo él lo supo y ni ante sí mismo, por mucho que lo intentó, acertaría después a explicarlo. Ofuscado como nunca estuvo, atónito por la absurda conmoción que el contacto fugaz de aquellas manos sobre su piel había causado en su espíritu, herido de súbito por un rayo inmisericorde y letal, nunca recordaría Goya su respuesta.
Consciente del triste espectáculo que a tales alturas debía ofrecer su pobre persona −levita arrugada, cabellera enmarañada, pulso desbocado, trémula sonrisa en los labios− apenas si atinó a balbucear alguna palabra de agradecimiento para retirarse después mudo de asombro a su rincón, náufrago de unos ojos ardientes como brasas, cautivo su corazón de un rostro de mujer que a ningún otro se parecía y al que su propia leyenda en modo alguno hacía justicia.
Pasó luego el tiempo. Lento, perezoso e implacable como suele, serenó pasiones y esperanzas. El dulce veneno de los amores platónicos durante años bebió el pintor, de amistad disfrazó resignado su pasión y a su musa, juventud, fama y belleza eterna, la inmortalidad por la que tantas veces ella suspiró, con su arte y sus pinceles regaló.
La tiranía de sus ojos, el sabor de su risa, el vértigo imprevisto que lo sacudía al verla aparecer, el temblor de su cuerpo si por azar la rozaba, las noches de insomnio, la certeza de arder en un fuego sin llamas... La tentación de pensar que tal vez ella también lo amara, fue su consuelo y su botín. La memoria íntima de un amor que en su alma guardaría siempre con celo como inmerecido regalo de la suerte y que a nadie revelaría  jamás.

***

Apunta ya el alba y la madrugada es húmeda y muy fría. Sobre las aguas del Garona se reflejan ahora las primeras luces de la ciudad, alguna estrella matutina y el rostro de un hombre acodado en la penumbra de un ventanal al borde mismo del río.
La melancolía se filtra por los cristales, ecos y sombras de otras vidas quiebran silencio y soledad y una extraña pesadumbre todo lo inunda.
Absorto en sus abismos, vencidos los hombros por un peso grande e invisible, ajeno a cuanto le rodea y sin apenas haber dormido, una y otra vez, esboza el pintor en su mente −trazos a carboncillo, líneas suaves, ligeros toques de blanco, azules y grises para definir el color de la pérdida y la nostalgia− un rostro de mujer.
 Pinta el paso del tiempo, el silencio y el olvido. El dolor de una ausencia. La belleza de un amor a destiempo que trastocó sus horizontes y le abrigó toda una vida.
Y así, al dulce arrullo de su musa, herido por un sueño el corazón, sus días y sus noches transcurren en esta lejana y acogedora ciudad de Burdeos que ampara su destierro, la sinrazón de su olvido, su cansancio, su tristeza, su infinito desconsuelo y su trágica derrota.






 Este relato aparece publicado en el nº 35 (enero 2019) de la revista "El Narratorio" y en el blog "Tertulia de Escritores" (octubre 2018).


martes, 15 de enero de 2019

Reto "Serendipia recomienda 2019"



De nuevo participo este año en el reto de lectura propuesto por Mónica Gutiérrez Artero (Serendipia). Cada participante debe recomendar  tres libros no muy conocidos y previamente reseñados en su blog añadiendo una entrada como esta y enlazando las reseñas correspondientes. En una segunda fase habrá que elegir tres de los libros recomendados por el resto de participantes, leerlos y reseñarlos en el propio blog.

Estas son las bases: Serendipia

Estas mis recomendaciones:

"Tras la máscara". Relato de intriga escrito por Louisa May Alcott (autora de la célebre "Mujercitas") protagonizado por una mujer inteligente y ambiciosa que en absoluto se ajusta a los cánones del momento.

"Viaje con Clara por Alemania" de Fernando Aramburu. Divertidísima crónica del viaje que emprende la pareja protagonista de la novela a fin de que Clara, profesora de instituto y escritora vocacional, pueda cumplir el encargo de su editorial respecto a la redacción del libro de viajes que le ha sido encomendado.

"La librería" de Penélope Fitzgerald. Novela breve y muy delicada en torno a la lucha de la protagonista por abrir una librería en un pequeño pueblo de pescadores al Este de Inglaterra, cargada de profundas reflexiones sobre relaciones personales y sociales. 

Y estas mis reseñas para la segunda parte del reto:

"Pero... ¿quién mató a Harrry? de Jack Trevor Story, propuesto por Un Libro en un Tris.

"Los millones de Brewster" de George Barr McCutcheon, propuesto por Las Inquilinas de Netherfield.


"A la deriva" de Penélope Fitzgerald, propuesto por Keren Verna

martes, 1 de enero de 2019

Cuento de invierno



Anochecía sobre la batalla. La oscuridad temprana del invierno difuminaba lentamente brumas y horizonte y un día para la historia −mortífera y sangrienta como pocas aquella jornada de diciembre, encarnizada y tristísima− dejaba tras ella. Había comenzado a nevar y muy pronto habría de borrar la tempestad las huellas del horror, la borrasca inclemente del combate todavía a esa hora tan visible en la llanura. Hoyos de lodo, charcos de lluvia, caminos destrozados, pasos de hombres a pie o a caballo, carros pesados...  Austerlitz ardía entre las sombras.  
Un viento furioso y glacial recorría el corazón de Europa y el eco lejano de un redoble de  tambores, de un clamor de trompetas y clarines, de una trágica confusión de cascos, gritos, estandartes, sables y bayonetas, arrastraba en su estela.
Un tumulto de lodo y sangre empapaba la tierra a la espera de que al fin, poco a poco, con su inmaculado manto, la nieve o la escarcha lo cubriera.
Caían los copos en ráfagas espesas, muy lentas, muy suaves, muy pesadas, cuando el espíritu de la Navidad, recién apenas iniciado su cándido periplo, en aquellos bosques un instante se detuvo. Miró en torno a sí e, impotente y herido, rumbo a más acogedores o menos inciertos destinos prosiguió su camino.
Ya de regreso en sus tiendas, al calor y la luz de las hogueras, extenuados e insomnes, sobrecogidos y confusos, vivos casi por milagro y por ello a la Providencia agradecidos tras aquella larguísima, casi interminable, jornada de infierno, las tropas napoleónicas celebraban exultantes su victoria.
Bebían y reían entremezclados reclutas y oficiales, confundidos en una intimidad que muy pocas veces antes tuvieron, ebrios de alivio, camaradería y euforia, sin alcanzar todavía en ese instante a sospechar que nunca más vivirían otra noche como aquella, sin poder en ningún momento imaginar que brindaban todos juntos entonces por última vez.
El mundo era blanco y a la vez muy negro y muy oscuro. A un tiempo cálido y helado.
 Esa misma madrugada, sin motivo, sin explicación, sin ataque ni advertencia que pudiera justificar lo que estaba a punto entonces de ocurrir, uno tras otro, los más valientes y leales soldados de cada división −infantería, caballería, artillería− comenzaron misteriosamente a desparecer. Entre la neblina y la llovizna con que despuntaba el nuevo día, para siempre se desvanecieron. Sin rastro. Diluidas sus huellas en el aire. Sombras fugaces eclipsadas por el alba. Humo y cenizas de inocencia perdida.
Imposible resultó ocultar por mucho tiempo tan inquietante y extraño suceso. Rauda como la pólvora, la noticia se propagó y con ella el horror y la angustia frente a lo desconocido −infructuosas resultaron todas las pesquisas− sin piedad acamparon entre los restos de aquel ya tan maltrecho regimiento.
 Pese a ello, al desgarro y al infinito desconcierto que en lo más hondo de su corazón sin duda sintieron, sin haber alcanzado nunca a comprender a qué  se enfrentaban o contra qué luchaban, como héroes −victoria o muerte siempre su consigna, el deshonor su peor condena− cumplieron todos ellos su misión y juntos, imperturbables, tenaces, sin flaquezas, sin llantos ni lamentos, afrontaron el inevitable final.
En mil batallas victoriosos, al cabo vencidos por el silencio, el desamparo y el olvido, amarga y muy cruel resultó su derrota.
 Nuevos inviernos y nuevas nieves llegaron. Inexorables, inmisericordes y monótonos se sucedieron los días, las estaciones, los años... Tiempo sobre tiempo pasó y muy triste es que ya nadie ahora en el mundo los recuerde.
Sólo una lágrima helada y antigua brilla todavía, perpetuamente detenida, en la mirada de cuatro soldaditos abandonados a su suerte que, junto a una desportillada casa de muñecas y un balancín herido, quejumbroso, muy decrépito, muy polvoriento y desvencijado, yacen al fondo de un viejo desván, sin consuelo lloran su deserción y cada diciembre, justo cuando apenas bosteza el invierno, atónitos y expectantes, hechizados por la eterna magia de la mañana santa de Navidad, deslumbrados por la divina pobreza de un pesebre y la luz inalcanzable de su estrella, al Cielo suplican la esquirla de un milagro. Con ella sueñan. Y de continuo anhelan la infantil casualidad que −poderoso e infalible conjuro− quiebre al fin su triste destino de juguetes rotos y olvidados.