lunes, 26 de septiembre de 2016

A destiempo

Le manchaba los dedos de harina al entregarle el paquete que, puntual, le llevaba cada semana y la ternura que siempre sorprendía en ese gesto la conmovía de un modo extraño. Aquella mujer menudita de mirada transparente le tenía robado el corazón.
-Su paquete, doña Adela. Hasta el lunes.
-Adiós, hija, muchas gracias.
Doña Adela apretaba contra el pecho su tesoro, rasgaba con cuidado el envoltorio y, muy atenta, leía las notas de María. Esa chiquilla tan dulce, tan cariñosa siempre. Su maestra. Ecuaciones y poesía. ¡Ay, Adela, quién lo hubiera dicho...!, pensaba, mientras muy al fondo de sus ojos cansados una mujer más joven y menos deshecha sonreía feliz. 


           
Microrrelato para el concurso Relatos en Cadena del programa la Ventana de la Cadena Ser. 

domingo, 18 de septiembre de 2016

Sueños de cartón


      
Podría deciros que soy o tal vez fui una caja mágica; que mi interior guarda un misterio, un poder que a nadie jamás revelé; que alguna vez encubrí inconfesables secretos o que en un tiempo ya lejano y quizá más feliz protegí con fervor mil sueños de amor imposible, pasiones, deseos y esperanzas que al fin la vida, como suele, traicionó. Podría, sí. Y tentada he estado de hacerlo, no creáis, habría sido tan pero tan fácil... La historia era perfecta: magia, misterio, romanticismo... todo encerrado entre mis cuatro paredes de cartón, circunstancia ésta que, no podéis negarlo, me otorgaba el papel estelar, el protagonismo absoluto de la historia, vaya. Y ¡cómo habría disfrutado mi ego maltrecho de ese minutito de gloria!, debo reconocer. ¿Qué me ha frenado, entonces? os estaréis preguntando a estas alturas de tan extraña confesión. Os lo diré. Un único, ridículo, chiquitísimo detalle. La historia sería perfecta con la sola excepción de que no sería cierta. Y puede que yo un pelín fantasiosa sí sea pero mentirosa ¡jamás!. Así que, como seguro que ya habréis adivinado, sí, tan sólo soy lo que aparento, un embalaje antiguo y olvidado, una triste caja de cartón con aires de grandeza y cierta tendencia a la autocompasión, no lo niego, que de tanto en tanto sueña otras vidas para olvidar su desdicha, su mísera y callejera existencia (¿veis?, ¿qué os había dicho?: autocompasiva de libro, esa soy yo) y que en el fondo, muy en el fondo de su corazón, mantiene viva la esperanza de que, como en el mejor de los cuentos, en cualquier momento algo inesperado ocurrirá, algo mágico y maravilloso que la llevará a cumplir al fin su eterna y hasta ahora siempre frustrada vocación de cofre del tesoro. El cofre del tesoro de un pirata con suerte, por supuesto. ¿Sueño imposible?. Tal vez. Pero tremenda tristeza sería una vida sin imposibles que luchar.



Microrrelato para los Viernes Creativos de elbicnaranja.wordpress.com

   https://elbicnaranja.wordpress.com/2016/09/16/viernes-creativo-escribe-una-historia-157/comment-page-1/#comment-5401

lunes, 12 de septiembre de 2016

Encrucijada

     El masajista no tardó en reconocer aquel lunar bajo la nuca y cuando lo hizo un escalofrío recorrió su cuerpo. La memoria de un tiempo antiguo, doloroso y oscuro, un tiempo que durante toda una vida quiso olvidar, lo asaltó de golpe. Supo en ese momento que la suerte estaba echada y un cansancio infinito que tal vez fuera resignación, tal vez alivio por haber de afrontar al fin lo que siempre y tanto temió, fue lo único que sintió. Años eternos de espanto infantil, chispazos de horror revividos en un instante mientras sus manos, siempre asépticas y profesionales, luchaban ahora contra aquella pulsión irrefrenable sobre la piel del mismísimo diablo.


      
     Microrrelato para el concurso "Relatos en Cadena" del programa la Ventana de la Cadena Ser.

sábado, 10 de septiembre de 2016

Confesión


He matado a un hombre. Otro. Uno más. Hace exactamente dos horas y diecisiete, no, dieciocho minutos. No ha sido el único, ya digo. Hubo otros antes. Muchos. Siempre con premeditación y alevosía. A sangre fría. Así actúo. Lo confieso ahora sin dolor, sin culpa ni arrepentimiento. Y no busco perdón. Tampoco acallar mi conciencia. Sólo ocurre que por alguna extraña razón que ni yo misma del todo comprendo, sentí de pronto el impulso de contar lo sucedido. Quizá busque en el fondo −sí, todo es posible− algo de comprensión. Quién sabe.
Difícil, en cualquier caso, me resulta precisar con exactitud cuántos hombres murieron o quedaron, a lo largo de los años, malheridos por mi causa. Pero sé, y absoluta es mi certeza, que este último que tal vez ahora aún se debata entre la vida y la muerte, agonizante, atónito, espantado, sin todavía dar crédito (nunca lo hacen) pese a la evidencia a lo ocurrido,  no será el último.   
<<¡Mi corazón!>>, <<¡devuélveme, ten piedad, el corazón!>>, suplicaba el pobre diablo mientras yo, cumplida ya mi misión, de su lado y de mi crimen, sin volver la vista atrás, con aquella víscera sangrienta aún latente entre mis dedos, me alejaba.
Incrédulo y deshecho en llanto, manos al pecho, extraviada la mirada, pintado en el rostro espanto y desconcierto, quizá por un instante creyó −¡criatura ingenua!− podrían sus lágrimas conmoverme.
Y sí, suena cruel, terrible y cruel, lo sé, pero es lo cierto que también esta vez, como las anteriores, como tantas, como siempre, resultó todo tan melodramático, tan penoso, tan patético y sobreactuado.
Diré en honor a la verdad que no fue su culpa, justo es y así lo reconozco. Nunca sospechó de mí, no hubo motivo. Nunca intuyó a lo que se enfrentaba y en modo alguno, hubiera podido aquel triste infeliz adivinarlo. En ningún momento advirtió −ese fue mi triunfo− que desde el primer instante, mucho antes del primer beso o la primera caricia, del primer saludo o el primer pícaro y en absoluto casual cruce de miradas y sonrisas, como cualquier buen sicario que se precie y yo lo hago, ya era yo por entonces inmune a su dolor, a todo dolor.
Y no, no persigo compasión, tampoco piedad. No las quiero. Si nunca, ni aun en los primeros y peores momentos de mi infortunio y mi odisea, las quise, mucho menos habré de hacerlo ahora. Sólo sucede −y éste, no la venganza como seguro muchos pronto pensarán, es el móvil de mi ruindad y de mis infamias− que también yo un día, en tierra hostil, extravié mi corazón. Lo entregué a quien no debía y al instante sin remedio lo perdí. Sólo mía fue la culpa. Si lo regalé o con malas artes lo robaron, no soy quien para juzgarlo y, en cualquier caso, poco ya importa. Jamás lo encontré. Con él, de mi mundo, de mis días y mis noches, de mis horas y minutos, de cada uno y todos mis segundos, para siempre marchó la esperanza, el amor, la compasión, la belleza y la ternura... la vida.
Un hueco inmenso, un agujero oscuro e insondable es la huella que quedó en mi pecho. Nada más. Busco, con furia ciega persigo desde entonces, algún digno sucedáneo, un latido ajeno y mercenario, apenas un eco, un murmullo leve y cálido que al fin quiebre el mortal hechizo que me apresa y llene el extraño y durísimo vacío que desde hace tanto habita mi alma, que sane el rastro amargo de esta antigua y dolorosa cicatriz y logre hacer palpitar entre mis venas, de nuevo, tibio y poderoso, un hálito de vida. Pero pasa el tiempo y nada hallo. Tampoco esta vez lo conseguí. No me rindo. Nunca lo hago. Sigo buscando.