domingo, 29 de abril de 2018

Daños colaterales



Presiento −y no preciso para ello recurrir a la dotes adivinatorias que tantos me adjudican− son ustedes parte de ese tipo de personas que adora la primavera. No es un reproche, no ¿cómo iba a serlo? se trata sólo de una simple observación. Y es que son legión los entusiastas de tal estación. Tal vez hasta ahora no hubieran reparado ustedes en ello o no hubieran prestado al asunto la atención que a mi juicio merece pero, créanme, yo sé bien de lo que hablo. Pregunten, pregunten a cualquiera y verán como de inmediato y sin el más leve pestañeo todas las respuestas, sin apenas excepción, se inclinan a favor de la bellísima, fresca, flamante y cautivadora primavera. Conste que lo digo sin atisbo alguno de ironía, no se confundan y no atribuyan a mis palabras un sentido del que por completo carecen. No, nada más lejos. Muy al contrario, entiendo su éxito a la perfección: luminosa, alegre, aromática, poética, romántica a rabiar... La reina de la fiesta, vaya. Aunque, si vamos a ser sinceros, hemos de reconocer también que tras los larguísimos, grises y lluviosos meses invernales que la preceden, mucho mérito tampoco tiene la cosa ¿no creen? Bien fácil ha de resultarle ejercer su hechizo, su calidez y su dulzura bajo esos espléndidos e inmensos cielos azules, tibias y brillantes tardes de sol y mágicas noches estrelladas sobre los que, poco a poco, la muy pícara ha tejido su leyenda.
En fin. El caso, como seguro ya habrán adivinado, es que pese a todas sus excelencias, su belleza, su magia, su poesía... yo la odio. Sí, odio la maldita primavera con toda la fuerza de mi pequeño ser.
Comienza el buen tiempo, alargan los días, se llenan los parques de enamorados cándidos y almibarados hasta la náusea y de rabia e impotencia −también algo de miedo, no lo negaré− tiembla sin remedio mi pobre corazón.
 Y sé que no es su culpa ni mucho menos su intención pero ¡ay! tan crueles e irreparables son los efectos secundarios que, con su aparente inocencia, la muy traidora ejerce sobre mí...  
Deshojada, dolorida y marchita, estupefacta, horrorizada y al límite de mis fuerzas, la luna llena me encuentra cada noche. Sólo con ella desahogo mis penas y aunque, cómplice y comprensiva, en silencio y con paciencia infinita, siempre me escucha, muy leve es el alivio que en tal confesión mi martirizada alma halla e incurable a estas alturas parece la ansiedad y la angustia que, día tras día, mes tras mes, primavera tras primavera, mi maltrecho espíritu corroe.
Hace ya mucho que perdí la esperanza de transitar en paz mis días y eso, me temo, es lo peor. Y es que, aunque de mil modos diferentes lo intenté, esos tontorrones de sonrisa bobalicona, lánguidos ojillos y mirada perdida en sus amorosos abismos, que agotan inclementes mi paciencia, no escarmientan. Por más que siempre a su pregunta −¿romántica, dicen? ¡Ja! ¡Absurda y empalagosa como ninguna!− respondo con un "NO" quizá en exceso rotundo y sin duda −reconozco− algo malévolo, imperturbables y esperanzados, ellos insisten e insisten... ¡Pues van listos! Tan humilde y sencilla como parezco, ni a sospechar han comenzado todavía, lo rencorosa y vengativa que, cuando con interés me lo propongo, puedo llegar a ser.
¿Oráculo del amor yo? ¡Qué ocurrencia! ¡Vamos, hombre!







Este relato aparece publicado en el nº 42 (mayo 2.018) de la revista "Valencia Escribe".

martes, 24 de abril de 2018

Eterna condena




Lo ha conseguido. Por fin. Dos mitades exactas de una misma pieza. Contempla su obra con cierta pesadumbre mientras se dice que no ha sido aquello venganza sino justicia. Imposible era dejar impune tamaña osadía y única culpable de su desgracia ha sido esta raza vanidosa e imperfecta que desgajada entre sus manos ahora se encuentra. ¡Desafiar a los dioses! ¡Pecado mayor para los hombres no existe! Vagar en busca de su otra mitad, esa que desconcertados ya no encuentran, será para siempre su condena. Tristes naranjas incompletas que, a fuerza de amor, la ofensa a un dios, redimir anhelan.




Imagen: Kevin Corrado.

sábado, 21 de abril de 2018

Moby Dick - Reseña



"Hay una sabiduría que es dolor y un dolor que es locura..."
Acoge estos días el Teatro Principal de Valencia la versión teatral que, dirigida por Andrés Lima y protagonizada por José Mª Pou,  hace Juan Cavestany de Moby Dick, clásico inmortal de Melville.
Con una puesta en escena muy cuidada e impactante que a la perfección simula la cubierta de un barco y el mar de fondo sobre una pantalla, aparece Pou en escena y, sobre las tablas, de inmediato cobra vida uno de los mayores personajes de la literatura universal. Con él el relato de una aventura mítica, de una obsesión, de una pasión y una venganza. Un relato que nos enfrenta a la fragilidad del ser humano, que nos muestra con absoluta claridad la locura y la desolación de su protagonista, el vacío de su alma, que nos hace acompañarle en el viaje sin rumbo y sin destino tras algo absolutamente inalcanzable en que en algún momento convirtió su vida. Un relato que guía poco a poco al espectador hacia  una reflexión profunda sobre la maldad y la muerte.
Aunque por completo se centra esta adaptación en la figura de Ahab −magnífico José Mª Pou− no es sólo suya su voz, son sus palabras también las del narrador de la historia, incluso quizás las del propio autor de la novela. Narrador y personaje se confunden claramente en el monólogo con el que concluye la obra.
Otros dos actores (Jacob Torres y Óscar Kapoya) interpretan a Starbuck, Ismael, Pip y algún otro miembro de la tripulación, dando con ello mayor profundidad a la narración y completando los matices del personaje principal en un texto amargo y muy corrosivo, sobrecogedor también por momentos: "quien diga que en su vida hubo más alegrías que tristezas no es sincero o está a medio crecer...".
 Muy emotivo también el monólogo de Pip en torno a la soledad, el valor y la cobardía.
En palabras del propio José Mª Pou, "la pieza es una fascinante metáfora de la lucha del ser humano contra sí mismo y la naturaleza".

lunes, 9 de abril de 2018

Cantos de sirena



Una mirada, una sonrisa, un baile, una caricia. Fugaz, remoto, dulcísimo espejismo de un amor que hasta aquellas tierras la condujo. Atrapada para siempre en su leyenda, impasible y resignada, ella oculta su derrota. Y recuerda...  Tal vez, en secreto −ahogado y profundo rumor de sollozos−  su añoranza sueña. Cangrejos y caballitos de mar, algas y olor a sal, arenas blancas, arrecifes de coral, vaivén de olas que vienen y van.
Hasta el fin del mundo marchó su príncipe a buscarla. No importaba la distancia ni los riesgos del camino. Y cuando al fin  la encontró, de una ilusión con pasión se enamoró.
 Intentó quererla. No fue capaz.
 Cubierta ahora su alma está de escamas. Encogido su cuerpo de frustración y desaliento. Tristezas, desconsuelos y abandonos, de espuma inundan sus ojos. Antes de nacer −amargo conjuro− en su garganta mueren las palabras. Y, en silencio, en la opresiva, siempre insomne, quietud de sus noches, a la perversa hechicera que su juventud, su inocencia y su alegría un mal día por embrujo secuestró, sin fe ni esperanza, suplica el milagro de su canto y el regreso de su voz.




Imagen: René Maltête

domingo, 1 de abril de 2018

Café amargo



Fue mi culpa. Lo reconozco. Quisiera poder decir que la luna llena me embrujó, que el brillo fugaz de una estrella me cegó o que la belleza del amanecer quizás me trastornó... No sé, cualquier cursilería que se les ocurra pero no sería cierto. El error, como siempre, para qué negarlo, fue mío. Sé que no existen los cuentos de hadas, por supuesto, o que al menos ya nunca serán lo que solían pero por alguna extraña razón lo olvido siempre en el momento más inoportuno y no puedo evitar, pese a mi catastrófico currículum sentimental, cierta dosis de romanticismo. Así que, ya ven, aquí estoy. Sola. Otra vez. Petrificada desde hace horas frente a la escueta despedida que, amablemente, en algún momento de la noche, mi príncipe azul dejó junto a la cafetera, antes de salir huyendo de mi lado, con nocturnidad y alevosía, como alma que lleva el diablo, al parecer. "Perdóname" dice la nota, emborronada ahora por una lágrima traidora que, sin permiso y por su cuenta, ha ido a posarse sobre ella. En fin. Luego lloraré un poquito más. Ahora lo primero es detener la hemorragia de este pobre corazón que lo está poniendo todo perdido. Aunque, insisto, fue mi culpa. Lo sé mejor que nadie. Nunca debí decir aquel "te quiero".




Este relato aparece publicado en el nº 41 (abril 2.018) de la revista Valencia Escribe.