sábado, 21 de abril de 2018

Moby Dick - Reseña



"Hay una sabiduría que es dolor y un dolor que es locura..."
Acoge estos días el Teatro Principal de Valencia la versión teatral que, dirigida por Andrés Lima y protagonizada por José Mª Pou,  hace Juan Cavestany de Moby Dick, clásico inmortal de Melville.
Con una puesta en escena muy cuidada e impactante que a la perfección simula la cubierta de un barco y el mar de fondo sobre una pantalla, aparece Pou en escena y, sobre las tablas, de inmediato cobra vida uno de los mayores personajes de la literatura universal. Con él el relato de una aventura mítica, de una obsesión, de una pasión y una venganza. Un relato que nos enfrenta a la fragilidad del ser humano, que nos muestra con absoluta claridad la locura y la desolación de su protagonista, el vacío de su alma, que nos hace acompañarle en el viaje sin rumbo y sin destino tras algo absolutamente inalcanzable en que en algún momento convirtió su vida. Un relato que guía poco a poco al espectador hacia  una reflexión profunda sobre la maldad y la muerte.
Aunque por completo se centra esta adaptación en la figura de Ahab −magnífico José Mª Pou− no es sólo suya su voz, son sus palabras también las del narrador de la historia, incluso quizás las del propio autor de la novela. Narrador y personaje se confunden claramente en el monólogo con el que concluye la obra.
Otros dos actores (Jacob Torres y Óscar Kapoya) interpretan a Starbuck, Ismael, Pip y algún otro miembro de la tripulación, dando con ello mayor profundidad a la narración y completando los matices del personaje principal en un texto amargo y muy corrosivo, sobrecogedor también por momentos: "quien diga que en su vida hubo más alegrías que tristezas no es sincero o está a medio crecer...".
 Muy emotivo también el monólogo de Pip en torno a la soledad, el valor y la cobardía.
En palabras del propio José Mª Pou, "la pieza es una fascinante metáfora de la lucha del ser humano contra sí mismo y la naturaleza".

lunes, 9 de abril de 2018

Cantos de sirena



Una mirada, una sonrisa, un baile, una caricia. Fugaz, remoto, dulcísimo espejismo de un amor que hasta aquellas tierras la condujo. Atrapada para siempre en su leyenda, impasible y resignada, ella oculta su derrota. Y recuerda...  Tal vez, en secreto −ahogado y profundo rumor de sollozos−  su añoranza sueña. Cangrejos y caballitos de mar, algas y olor a sal, arenas blancas, arrecifes de coral, vaivén de olas que vienen y van.
Hasta el fin del mundo marchó su príncipe a buscarla. No importaba la distancia ni los riesgos del camino. Y cuando al fin  la encontró, de una ilusión con pasión se enamoró.
 Intentó quererla. No fue capaz.
 Cubierta ahora su alma está de escamas. Encogido su cuerpo de frustración y desaliento. Tristezas, desconsuelos y abandonos, de espuma inundan sus ojos. Antes de nacer −amargo conjuro− en su garganta mueren las palabras. Y, en silencio, en la opresiva, siempre insomne, quietud de sus noches, a la perversa hechicera que su juventud, su inocencia y su alegría un mal día por embrujo secuestró, sin fe ni esperanza, suplica el milagro de su canto y el regreso de su voz.




Imagen: René Maltête

domingo, 1 de abril de 2018

Café amargo



Fue mi culpa. Lo reconozco. Quisiera poder decir que la luna llena me embrujó, que el brillo fugaz de una estrella me cegó o que la belleza del amanecer quizás me trastornó... No sé, cualquier cursilería que se les ocurra pero no sería cierto. El error, como siempre, para qué negarlo, fue mío. Sé que no existen los cuentos de hadas, por supuesto, o que al menos ya nunca serán lo que solían pero por alguna extraña razón lo olvido siempre en el momento más inoportuno y no puedo evitar, pese a mi catastrófico currículum sentimental, cierta dosis de romanticismo. Así que, ya ven, aquí estoy. Sola. Otra vez. Petrificada desde hace horas frente a la escueta despedida que, amablemente, en algún momento de la noche, mi príncipe azul dejó junto a la cafetera, antes de salir huyendo de mi lado, con nocturnidad y alevosía, como alma que lleva el diablo, al parecer. "Perdóname" dice la nota, emborronada ahora por una lágrima traidora que, sin permiso y por su cuenta, ha ido a posarse sobre ella. En fin. Luego lloraré un poquito más. Ahora lo primero es detener la hemorragia de este pobre corazón que lo está poniendo todo perdido. Aunque, insisto, fue mi culpa. Lo sé mejor que nadie. Nunca debí decir aquel "te quiero".




Este relato aparece publicado en el nº 41 (abril 2.018) de la revista Valencia Escribe.