miércoles, 15 de diciembre de 2021

Cuento de Navidad. Charles Dickens – Reseña

 

¡Paparruchas!

El señor Scrooge, un viejo avaro obsesionado por el dinero, un hombre rico sin pizca de generosidad en el corazón, solitario, huraño, frío como el hielo, pretende dejar pasar la Nochebuena sin ningún tipo de celebración. Tras rechazar con malos modos la invitación de su sobrino, refunfuñando sobre lo absurdo de festejar un día que él considera como otro cualquiera, cena en la taberna, lee los periódicos, repasa su libro de cuentas...  Regresa luego a casa, enciende en su habitación una débil lumbre que apenas calienta y se prepara para dormir. Es entonces cuando algo muy extraño comienza a suceder: un repique de campanillas resuena por la casa, un chasquido de cadenas trepa por la escalera y... una aparición aterradora se presenta al fin ante su puerta.

 El fantasma de Jacob Marley, su antiguo socio, muerto siete años atrás, regresa para enfrentarlo a las consecuencias de su egoísmo y falta de caridad. Tres espíritus ─le anuncia el espectro─ le visitarán durante las tres siguientes noches y esa será la última oportunidad de que disponga para eludir el sino de alma en pena al que, como a él, su mal comportamiento parece condenarlo.

Así, de la mano de esos tres espíritus, Scrooge rememorará la inocencia de sus días de infancia, la ternura del primer amor, la camaradería de sus compañeros de trabajo..., vislumbrará el momento en que la obsesión por la riqueza desbancó al empeño por labrarse un porvenir honrado, comprenderá lo irremediable de sus actos y el desolador futuro que por su causa lo aguarda.

Clásico navideño por excelencia, el cuento de Dickens es una conmovedora alegoría en torno a la expiación de la culpa, al perdón y la posibilidad de redención; a la permanente libertad del ser humano para elegir el propio destino y el valor de las segundas oportunidades. Una historia dulce y emotiva marcada por la honda transformación de un protagonista que solo al final de su vida logra abrirse al amor y la belleza.

El autor nos asoma con maestría al alma de su personaje mostrando con enorme sensibilidad el camino que lo lleva desde el desdén a la compasión por el sufrimiento ajeno. Fundamental en ese sentido la ambientación y la descripción de una ciudad, Londres, que al inicio del relato presenta dominada por una atmósfera tétrica y muy sombría para inundarla luego de luz y redoble de campanas la mañana en que concluye.

Publicada en 1843, se dice que esta es la obra con la que Dickens reinventó la Navidad, popularizándola en un tiempo donde su celebración había perdido intensidad y revistiéndola de ese halo de bondad y armonía familiar con el que ha llegado a nuestros días. Pese a ello, late también en esta historia un trasfondo de crítica social hacia la deshumanización, la desmedida ambición de poder o el abandono del débil a su suerte que fue siempre seña distintiva de un autor empeñado a toda costa en denunciar mezquindades, abusos e injusticias.

domingo, 5 de diciembre de 2021

Una bufanda de colores




Había comenzado a nevar, los copos pintaban las calles de blanco, el aire olía a Navidad. Asomada a la ventana, Clara luchaba por no sucumbir a la nostalgia. La Navidad había sido siempre su época favorita del año, un pequeño milagro que incendiaba de magia el invierno. Pero ahora... Ahora le parecía una celebración hueca y gastada. Las guirnaldas de colores, el falso entusiasmo de las fiestas, la engañosa amabilidad de los centros comerciales, habían usurpado su esencia. La habían convertido en un tiempo sin alma donde nada era ya como debía.

Quizá no estuviera siendo justa ─se dijo, con un nudo de culpa atravesado en la garganta─, quizá solo ocurría que la edad marchitaba el ensueño, que la ilusión se desvanecía a golpes de vida y el dolor asomaba las garras. Pero ese atardecer, mientras las luces de las casas comenzaban a encenderse, ella sentía que el mundo era un lugar triste y oscuro, huérfano de compasión, enfermo de soberbia.

Al otro lado del cristal, una anciana mugrienta pedía limosna arrodillada en la acera. Debía llevar allí un buen rato pero Clara no había reparado en ella. No había detenido la mirada en su cuerpo encorvado, en sus mejillas hundidas, en sus manos enrojecidas por el frío... Y si al fin había notado su presencia no fue la mujer envuelta en harapos lo que llamó su atención sino la chiquilla de largas trenzas que se detuvo un instante junto a ella, desenroscó sin pensarlo la bufanda de colores que protegía su cuello y la dejó a sus pies con picardía.

Al darse cuenta de lo que acababa de ocurrir enredada en su burbuja de melancolía y suficiencia había caído en lo que un segundo antes sus propios pensamientos condenaban─, el rostro de Clara ardió de vergüenza. ¿Cómo era posible?, ¿cómo no la había visto? Si estaba justo frente a ella.  

 «¡Menuda hipócrita!», maldijo en voz alta su ceguera, mientras corría a buscar unas mantas, un termo, algo caliente que ofrecer a la anciana y acallar así su conciencia.

De niña, recordó entonces, solía imaginar que los desconocidos eran ángeles disfrazados. Su padre le había contado alguna vez que, asomados al borde de su nube, los ángeles estaban siempre pendientes de los hombres, que jamás desatendían sus plegarias y corrían a ayudarles cuando su consuelo se hacía necesario. Pero su misión era un secreto. Venían de incógnito y, aunque resultaba por eso difícil reconocerlos, no era algo imposible. Solo requería práctica, fijarse mucho y estar atento a las señales: el joven que daba de comer a un gatito abandonado, la señora que regalaba a un inmigrante solitario una sonrisa, el caballero que ofrecía el brazo a una anciana confundida...

Amabilidad, ternura, cercanía, eran los dones que los ángeles derramaban sobre las almas compasivas. Pequeños milagros cotidianos que parecían no significar nada pero en el momento justo lo significaban todo; que salpicaban el mundo de bondad y de alegría.

«El amor es un desafío, mi niña ─susurraba el padre al final del cuento─, nunca temas aceptar el reto. Recuerda siempre que todos, si se da la circunstancia, podemos ser el ángel de un desconocido».

Pero el tiempo había pasado y ella había olvidado.

«¡Ay, Clarita!», se reprochó con ironía su descuido, echando a correr escaleras abajo, cargada de ropa y provisiones para la mendiga.

 Cruzó de prisa la plaza, miró a uno y otro lado y no la encontró. ¡Qué decepción! ¿Cómo podía haber desaparecido tan rápido? Si apenas había tardado un par de minutos en bajar.

Giró sobre sus pasos para volver a casa con la desilusión pintada en los ojos y entonces, doblada con cuidado en la misma esquina por la que acababa de pasar a la carrera, descubrió la bufanda de colores.

La nieve seguía cayendo. La calle estaba desierta. Un remolino de nubes flotaba sobre las azoteas.

Tras un segundo de duda, Clara tomó al fin la bufanda, la colgó despacito de su cuello, alzó con asombro la mirada al cielo... y comprendió.

Un repique de campanas volaba en el viento.

 «¡Qué tonta ─sonrió, aceptando con deportividad el chasco que se acababa de llevar─, pensar que el ángel era yo!».

El Espíritu de la Navidad había posado de nuevo sus alas sobre ella.

Y un latido de esperanza desheló su corazón.


miércoles, 1 de diciembre de 2021

Cartas a mi madre por Navidad. Rainer Mª Rilke – Reseña

 

Una hora tranquila, llena de una firme esperanza, que resuene como una campana de Navidad

Pensar el uno en el otro a las seis de la tarde de cada Nochebuena y mantener así presente el espíritu de la Navidad entre ambos, es el pacto que Rainer Mª Rilke (1875-1926) hiciera con su madre al abandonar definitivamente su ciudad natal.

Entre 1900 y 1925, desde los más diversos rincones de Europa (Berlín, Viena, Múnich, Roma, Ronda...), el poeta le escribió puntualmente una carta navideña que habría de ser leída a la hora convenida.

 Ese epistolario es el que reúne el volumen publicado en 2018 por Ediciones Encuentro, una pequeña joya literaria ilustrada por Andrea Reyes y traducida con muchísima delicadeza por Leonor Saro, autora también de la nota introductoria que para dotarlas de contexto histórico precede a unas cartas donde, casi a modo de monólogo (no se conservan las respuesta de la madre), el poeta reflexiona sobre ciertos aspectos de su vida, rememora su infancia, desvela rutinas familiares y ofrece un pedacito de su intimidad más honda.

Medita aquí el poeta sobre la idea de Dios, el significado de la Navidad, el paso del tiempo, las heridas de la guerra (la I Guerra Mundial) y la difícil sanación que tras su paso habría de tener el mundo, en una introspección profunda y muy poética, haciendo depositaria a la madre de su nostalgia y cierta desesperanza que se va haciendo cada vez más evidente según transcurren los años.

Escritas en un tono muy cariñoso (todas comienzan con un «queridísima madre» o «mi querida y bondadosa madre»), sorprende el relato que Antonio Pau hace en el epílogo de esta edición respecto a la verdadera relación existente entre ambos: una relación extremadamente complicada, carente de todo afecto y siempre distante.

Hay que tomar por ello este epistolario no como la expresión de un sentimiento real sino como mera literatura, un ejercicio con el que Rilke pretende expresar su idea de espiritualidad (en la intensidad de nuestra existencia puede condensarse un instante de eternidad que coincide con la eternidad ininterrumpida de Dios), sus dudas, la ambigüedad que marca su pensamiento en este tema (entonces la confusión que nos rodea, lo cotidiano y lo turbio ya no podrán aturdirnos) y con el que, con mucha belleza y enorme ternura, permite asomarse al lector a cierta parte de su alma:

Me he vuelto un admirador ferviente de la alegría, la prefiero sin duda alguna a la felicidad, incluso a lo que la gente considera una gran felicidad...