domingo, 23 de junio de 2019

Ana



Aún es muy temprano, apenas amanece, cuando harto de dar vueltas y más vueltas en la cama Alfredo decide levantarse. Hoy es su aniversario. Quizá eso lo haya puesto algo nervioso. «¡Qué tontería!», piensa, mientras a oscuras se calza las zapatillas de andar por casa y se acerca a la ventana. Nunca estuvo atento a efemérides ni fechas y ahora de pronto lo emocionan sin motivo: lo toman por sorpresa y al menor descuido lo rompen en llanto. Traiciones de  la edad.
Al otro lado del cristal, la ciudad se despereza: ruge el metro bajo el asfalto, apagan las aceras sus últimas farolas, consuela una madre, tras el tabique de su cuarto, la hambrienta impaciencia de un bebé.
Perdida la mirada en la luz turbia de la mañana, el anciano da cuerda al viejo Cyma que desde hace más de cincuenta años (regalo de bodas) marca sus horas y lo abrocha a su muñeca. Sale al cabo de un momento de la habitación todavía en pijama y zapatillas. Se dirige a la cocina y enciende la radio. Desayuna escuchando bajito las noticias, ojea distraído el periódico del día anterior y, sin apenas darse cuenta, su pensamiento vuela hacia ella: Ana. Su risa, su pelo largo y rojizo, sus pecas de niña traviesa, su olor a talco y a jazmín...
«¿Adónde se les fue la vida?», se pregunta el hombre con un pellizco de tristeza. Siente que el tiempo pasó en un suspiro, tan rápido que le parece mentira.
⸺ ¡Pero, Abu! ¿Qué haces levantado tan pronto?, la voz de Laura lo saca de golpe del ensueño y lo trae de nuevo a la realidad.
⸺ Hola, cariño −sostiene un instante su cara entre las manos y la besa− ¿Ya te marchas?
Tres años atrás, cuando Ana enfermó, Laura se les instaló en casa. Esa chiquilla ha sido desde entonces su ángel guardián. La cercanía del barrio a la facultad fue en aquellos primeros días la excusa. No tuvo el abuelo la entereza de negarse. Aceptó sin rechistar su compañía. Agradecido. Aliviado. Le dolía tanto el desamparo. Tenía tanto miedo.
⸺ ¡Sí! ¡Me voy que pierdo el bus! ¡Ciao, Abu!
Sonríe divertido al verla desaparecer a la carrera con una tostada entre los dientes. Tiene clase y llega tarde. Otra vez. Ay.
«¡Venga, en marcha, viejo bobo!», refunfuña para sí con ironía. Apura el café y regresa al dormitorio. Hoy no debe retrasarse, es su aniversario, su esposa lo espera.
Frente al armario, abierto de par en par, duda si camisa blanca o azul. Un relámpago de coquetería lo inclina hacia la blanca: más elegante, reconoce al fin ante el espejo. Elige americana, se anuda con esmero la corbata, esa de lunares rojos del último cumpleaños, su favorita y, llaves y cartera en mano, sale de casa.
En la calle el sol apenas calienta, hace frío y amenaza lluvia.
 Enfrascado en sus pensamientos, ajeno por completo a cuanto pueda distraerlo de su cita, Alfredo cruza el parque, toma un taxi y en pocos minutos alcanza su destino.
⸺ Buen día, señor, lo despide el conductor dejándolo junto a una verja de hierro que él atraviesa despacio.
Se detiene un momento en el puesto de flores de doña Amelia, intercambian novedades de hijos y nietos, compra un ramo de margaritas blancas y amarillas (Ana las adora) y le pide una tarjeta. Prosigue luego su camino y al fin...
⸺ Aquí estoy, amor, susurra con ternura.
Arrodillado sobre el césped, al borde mismo de la sepultura, desata las flores con cuidado y saca de su sobre la tarjeta: «Alumbra mi vida tu recuerdo», escribe a grandes trazos sobre ella.



jueves, 20 de junio de 2019

Los Catapila, esos ingratos. Venance Konan - Reseña.



"¿Cómo va a plantarse un civil delante de un militar y decirle que ha ganado las elecciones?"

Periodista y doctor en Derecho por la Universidad de Niza, Venance Konan (Costa de Marfil, 1958) obtuvo en 1993 el premio al mejor periodista de investigación de Costa de Marfil por una serie de reportajes en torno a la guerra de Libia y al problema de la droga en su país. En 2012 resulto asimismo galardonado con el Gran Premio Literario de África Negra que otorga cada año la Asociación de Escritores en Lengua Francesa. Apenas traducido al castellano y por ello aún muy desconocido en España, ha sido la editorial "2709 books" (especializada en literatura africana) quien recientemente ha comenzado a publicar su obra en formato digital.
"Los Catapila, esos ingratos" es hasta el momento la última obra del autor, una novela corta en torno al choque cultural que inevitablemente provoca siempre el colonialismo. Con grandes dosis de ingenio y sutil ironía, Konan detiene su mirada en las tradiciones ancestrales de su pueblo para reflexionar sobre una realidad política repleta de corruptelas y deslealtades, enfrenta el costumbrismo africano a los nuevos modos que traen los europeos, esos extranjeros (los Catapila) que van imponiendo poco a poco su cultura y construye unos personajes despreocupados, oportunistas, hipócritas y brillantes que sirven de base a la clara crítica política y social que articula su relato.

"¿Pero en qué país vivimos? ¿cómo puede ganar un civil a un general que está en el poder? ¿tiene algo que ver el cambio climático con todo esto?".

Crónica salpicada de sátira y humor que con un estilo claro, directo y conciso, muy cercano, nos asoma a un mundo no tan diferente ni alejado del nuestro como en un primer momento podría parecer.

"En este país un hombre o una mujer digno de tal nombre tenía que llevar un teléfono móvil. La gente importante siempre tenía dos o tres móviles, hasta cuatro cuando se trataba de altas personalidades. El número de teléfonos móviles que se tenía indicaba el estatus social de cada uno. Aunque en el pueblo no teníamos línea telefónica los que tenían dinero se habían comprado teléfonos móviles y los llevaban colgando del cuello aunque no pudieran utilizarlos y todo el mundo soñaba con llevar uno".

Una voz original e inteligente que atrapa desde  las primeras líneas.

lunes, 17 de junio de 2019

Abismo



El nombre de mi hermana ardía como fuego entre sus labios: «Amalia..», susurraba con premura y ella, lívida como la muerte, acudía en silencio a la llamada. Regresaba luego a la habitación, se acostaba junto a mí y, sin una palabra, fingía dormir. No lo hacía. Lloraba. Daba vueltas en la cama y lloraba el resto de la noche. Una mañana, mientras desayunábamos, papá me miró con sorpresa: «¡pero cuánto has crecido, mi niña!», murmuró bajito, «esta noche jugaré contigo». Mamá clavó sobre mí sus ojos de hielo, Amalia tembló estremecida y yo... yo sonreí nerviosa sin comprender qué sucedía.







          Literautas Junio 2019

lunes, 10 de junio de 2019

En blanco



Un pequeño texto autobiográfico era el único requisito del concurso. «Nada complicado», pensé y, con un evidente y quizá algo temerario exceso de optimismo, acepté el reto. Desordenadas y vertiginosas, breves fotogramas de una película sin trama ni guión, una secuencia de imágenes perdida hacía mucho entre los pliegues de mi memoria, extraviada por descuido en ese leve espacio que separa alma y corazón, asaltaba de pronto, casi casi a traición, mi mente por sorpresa y de puntillas, a un cruel abismo de añoranza sin remedio la asomaba: días lejanos de escuela; largos, lentos y perezosos veranos; lecturas cómplices o embusteras; noches sin dormir; amigos, viajes, estudios, amores... Alegrías, derrotas, sueños y penas.
Pero pasaba el tiempo, el plazo de entrega −tictac, tictac− corría y ni una sola letra tintaba de negro el blanco de aquella odiosa página a toda hora abierta en la pantalla de mi ordenador: intimidatoria, parpadeante, a la espera.
¿Cómo era posible? Una y otra vez, con titánico esfuerzo, lo intentaba. Una y otra vez en mi pobre empeño sin remedio fracasaba. Apenas nacidas, morían las palabras en mis manos, naufragaban sin emoción alguna en su periplo de mis dedos a las teclas, agonizaban de inmediato sobre ellas, frágiles y deshechas cual atónitos fantasmas de un tiempo antiguo y olvidado.
«Calma», me dije por fin, reconociendo al instante el mordisco del miedo, advirtiendo su familiar latido entre mis sienes. «Pronto se esfumará el bloqueo, aguarda». Muchas veces antes había yo sentido ya ese vértigo, ese pánico atroz frente al inmaculado blanco de una página vacía. «Si nunca logró vencerme, tampoco habrá de hacerlo ahora», pensé con desenfado y esforzada ligereza, «¿por qué habría de hacerlo ahora? ¡qué bobada!»
Y sin embargo...
¿Qué puedo decir? Sucede que duele la nostalgia y me aburre hablar de mí. Sólo tras mis personajes, en sus voces y en sus gestos, entre líneas y silencios... si con cuidado allí buscáis, tal vez entonces, sorprendido de improviso en su escondite, el misterio más secreto de mi alma sin pretenderlo desveléis.



lunes, 3 de junio de 2019

El camino que va a la ciudad y otros relatos. Natalia Ginzburg - Reseña.



"Yo odiaba nuestra casa. Odiaba la sopa verde y amarga que mi madre nos ponía delante cada noche y odiaba a mi madre"
Primera novela de Natalia Ginzburg, "El camino que va a la ciudad" fue inicialmente publicada (bajo pseudónimo) en 1942, en una época en que, a causa de las actividades políticas del marido, la autora se había visto obligada a refugiarse junto a su familia en un pequeño pueblo de los Abruzzos.
Es de ese contexto, de ese paisaje y ese ambiente, de donde nace la historia de Delia, una muchacha de dieciséis años atrapada en una vida de la que ansía escapar, que sueña marchar un día a la ciudad, que sabe que sólo a través del matrimonio (como tiempo atrás hiciera su hermana) logrará alcanzar su sueño.
A la menor oportunidad, Delia huye de casa para, junto a su primo y su hermano, recorrer el camino que conduce de su pueblo a la ciudad. Una ciudad irreal e idealizada que ella ha forjado en su mente y donde se siente feliz. Allí pasea junto al río, contempla el ir y venir de la gente, escucha la orquesta de un café... Regresan siempre al atardecer pero ese tiempo y ese camino delimitan para la joven un ámbito de libertad y fantasía que pronto se convierte en lo más importante de su vida.
Es esta una historia de aprendizaje e iniciación donde a través de la evolución de su personaje, de los acontecimientos que mediada la novela marcarán su destino, aborda la autora temas sobre los que con el tiempo irá profundizando su literatura: la resignación, el pesimismo, la amargura, el miedo al futuro...
Con un estilo claro y conciso, muy poético, construye Ginzburg un personaje desencantado, condenado por su condición de mujer a la frustración y al dolor, a la desesperanza y la subordinación, convirtiendo poco a poco el camino que da título a la novela en toda una metáfora de libertad.
Los otros tres relatos que incluye el volumen que ahora publica Acantilado y que forman también parte de "A propósito de las mujeres" (Lumen 2017), enfrentan igualmente a sus protagonistas a ese mundo incierto de desilusiones, desengaños y fracasos a que sin remedio el género femenino parece siempre avocado y muestran la maestría de la autora para, sin rastro de sentimentalismo, retratar la cotidianidad y el espejismo de libertad a que tantas veces han debido enfrentarse la mujeres a lo largo de la historia.