viernes, 27 de diciembre de 2019

Tempus fugit



Un viejo peregrino cansado de recorrer el mundo llegó una noche a la ciudad. Venía de muy lejos, traía el cuerpo fatigado y una tristeza inconsolable lo inundaba como una ola de hiel. Sus ojos gastados reflejaban la huella del tiempo, le flaqueaban las fuerzas y ya presentía concluida su misión. Había visitado países de anchos ríos e inmensas sabanas, atravesado desiertos de arenas blancas, navegado mares de aguas turbias y oscuras. Había conocido la alegría y la derrota, la decepción y la esperanza y llegado era el momento de marchar.
Paseó con nostalgia la mirada entre el bullicio de una plaza donde, en pequeños corrillos, reía y brindaba gente vestida de  fiesta. Recostó en la escalinata de una iglesia su figura encorvada y allí, al amparo de las sombras, se detuvo un instante a contemplar el alboroto. También él una vez sintió latir la ilusión en su alma, también soñó quimeras y utopías, también quiso alumbrar, una noche como aquella, un mundo nuevo pero... fracasó en su empeño. Nada, salvo esperar, podía hacer ahora. Sus minutos se agotaban veloces, la arena de su reloj −tictac, tictac− caía sin tregua y desbordado de amargura sentía el corazón. Tanta energía desperdiciada, tantas vidas y dichas tiradas por la borda, tantas angustias y esfuerzos inútiles, tanto olvido, tantas ambiciones desmedidas, tantas traiciones, debilidades, hipocresías, aflicciones, tantas promesas rotas, tantas esperanzas defraudadas. Y de tanta y tan cruel indiferencia frente a esto había sido él testigo...
El carrillón de la catedral comenzó a sonar a lo lejos y lo trajo de vuelta a la realidad. Medianoche. Se puso en pie con un suspiro y cerró los ojos. Estaba listo. Su tarea se había cumplido. «¡Feliz Año Nuevo!», «¡Feliz Año Nuevo!», escuchó gritar entre risas a algún ingenuo transeúnte. «Buena suerte, hermano», murmuró el viajero. Y mientras la última campanada aún resonaba en el aire, detenida una lágrima en sus ojos cansados, entre los engranajes del tiempo y la bruma del olvido, el viejo año en humo se deshizo.



jueves, 19 de diciembre de 2019

Impotencia




Día tras día contemplo a lo lejos con nostalgia esas nubes tan suaves, tan blanditas, casi de algodón de azúcar que el sol acaricia con dulzura al amanecer, mientras en el cielo remolonea todavía alguna estrella despistada. Y me siento de pronto tan lejos de casa... Intento no llorar, aunque a veces... Siempre fui algo melodramático, la verdad y una decepción inexplicable asalta algunas veces mis ojos celestes. El caso es que debo cumplir mi misión y por raro que os parezca yo mismo sugerí este destino pero si supierais cuánta maldad e indiferencia surca este ingrato mundo vuestro... ¡Jamás imaginé que tan difícil sería ganar mis alas!







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domingo, 1 de diciembre de 2019

Incompatibilidad de caracteres




«¡¡Dimito!! −chilló encendido de ira, al borde mismo del colapso,− ¡¡DI-MI-TO!!». Abandonó la habitación con un portazo y corrió escaleras abajo. Aquel hombre lo sacaba de quicio, lo llevaba al límite de sus fuerzas y lo trastornaba hasta el hartazgo.
Respiró hondo en un vano intento por liberar la rabia que aún tenía atravesada en la garganta y echó a andar. Caminaba sin rumbo maldiciendo con furia su suerte, perplejo y orgulloso a un tiempo por aquel alarido tan impropio de su recalcitrante timidez, cuando se descubrió de pronto frente al Finnegan's Club. Dudó un instante parado en la acera, apenas era mediodía, algo temprano quizá para un primer trago pero a fin de cuentas se lo había ganado, transigió al fin su mala conciencia mientras se adentraba en la alcohólica penumbra del local. Acodó fastidio y desaliento sobre la barra, pidió un whisky sin hielo y con un cigarrillo aún por encender entre los dedos trató de serenarse.
El crimen era su mundo, la violencia y el asesinato su pan de cada día, si no lograba hacerse respetar, si aceptaba las absurdas pretensiones de aquel advenedizo con delirios homicidas, se convertiría al instante en el hazmerreir de la profesión. No era él un hombre arrogante y odiaba parecerlo pero en juego andaba ahora su prestigio y solo eso le importaba.
En cualquier caso, ya nada tenía solución. No había vuelta atrás. La situación era insostenible y demasiado encallecido y viejo estaba ya su ánimo para dejarse humillar.
Aceptaba con honestidad su parte de culpa. En efecto: se sabía suspicaz, testarudo y sensible en exceso, lo incomodaba trabajar en equipo, carecía de habilidades sociales... Pero aquella cortesía desdeñosa, la fría condescendencia hacia su persona que desde hacía un tiempo marcaba el tono de charlas y reuniones, lo tensaba de tal modo que había hecho al fin estallar su indignación.
Pese a todo no debió insultarlo. Llamarlo «gordo bastardo» había estado por completo fuera de lugar, masculló entre dientes con cinismo y sin atisbo alguno de arrepentimiento.
Era su jefe, cierto, pero si una vez tras otra aplastaba con insolencia hasta la más nimia de sus iniciativas, si él mismo planteaba problema y solución ignorando todas sus ideas ¿para qué diablos lo necesitaba?
Concienzudo y minucioso como era, había trazado un plan, pensado con cuidado cada detalle, puesto lo mejor de su inteligencia al servicio del trabajo encomendado y aquel vejestorio panzudo despojaba ahora a su esfuerzo de sentido, despreciaba su talento y le achacaba una falta de estilo que de ningún modo iba a tolerar. «Lógica y verosimilitud nunca fueron negociables, señor  Hitchcock −musitó apenas para sí con dolorosa decepción.− ¡Y Raymond Chandler merece su respeto, por amor de Dios!»
Hasta la extenuación, día tras día, le había rogado sacrificar parte de aquellos llamativos trucos visuales a los que tan aficionado parecía, en favor de la emoción; en interés de los personajes, de sus motivos y psicología; de la coherencia y el realismo imprescindibles para perfilar un buen relato. Pero fracasó en su empeño y el todopoderoso director había acabado por tirar su guión a la basura. En una película de Hitchcock nunca habría lugar para nada que él mismo no hubiera podido concebir, se consoló al fin Chandler, consciente de haber perdido la batalla.
Apuró de un trago su copa y salió a la calle. En un cajón de su escritorio Philip Marlowe dormía el eterno sueño de los justos, recordó de pronto. Esa misma tarde sacaría a su leal detective del aprieto en que lo había dejado atrapado meses atrás, decidió con renovada ilusión mientras un remordimiento de olvido cruzaba su rostro. Ahuyentó de su mente la versión que, en torno al novelesco encuentro de dos extraños en un tren, muy a su pesar dejaba incompleta y deseó en silencio suerte a su suplente. «El pobre diablo va a necesitarla», murmuró con sarcasmo en un súbito relámpago de malicia. 







Mención honorífica certamen enero 2020 "El Tintero de Oro"


Relato publicado en el nº 5 (enero 2020) de la revista "El Tintero de Oro Magazine"