viernes, 20 de noviembre de 2020

Leonora

 

No tuve tiempo de ser la musa de nadie. Estaba demasiado ocupada rebelándome contra mi familia y aprendiendo a ser una artista.

Leonora Carrington

«Nanny, nanny, ¿dónde estás? Nanny, ¡no me dejes sola! ¡Nannyyy...!»

 La angustia escapó de su garganta en un grito herido que la impulsó con fuerza hacia la realidad. Despertó desorientada, empapada en llanto y con el corazón encogido. Temblaba, apenas podía respirar y una expresión extraña retorcía sus facciones. Las pesadillas torturaban, inclementes, sus sueños, aumentaban la confusión de su cabeza y −crueles emisarias del pasado− la devolvían cada noche a sus peores miedos de infancia.

Se incorporó sobre la cama, secó de un manotazo las lágrimas que corrían por su rostro y trató de serenarse. «No ha sido más que un sueño, Leonora, tranquilízate», musitó con valentía. Sus visiones siempre habían sido aterradoras. Solo su nana cuando niña y luego la pintura exorcizaban sus demonios pero ahora... Hacía ya tantos años que no podía pintar... El pincel tiritaba entre sus manos, sus ojos desdibujaban colores y formas, la mente se le enredaba en la nostalgia y su cuerpo entero traicionaba una pasión.

Era vieja. Una pobre vieja cercada por la muerte y el olvido y tenía tanto miedo... El tiempo le había ido arrebatando poco a poco todo cuánto amaba pero lo que ella más había adorado siempre no era otra cosa que la vida. Por eso, amanecer cada mañana, notar de nuevo en el pecho el arrítmico latir de su corazón cansado, escuchar el repiqueteo de la lluvia en los cristales o sentir la caricia del sol tras la ventana, era cada día un milagro y un regalo. No comprendía qué podría ser la muerte y no, no quería morir. No todavía.

«Tú existencia será larga, muchacha, escaparás de la jaula de oro que te apresa y hechizarás al mundo con tu encanto», le vaticinó un día de lluvia una anciana pitonisa, al adivinar en el centelleo de sus iris de azabache la rabia de niña insumisa y rebelde en que se ahogaba. Si el augurio se había cumplido por completo, no era ella quién para juzgarlo pero sus más de noventa años de vida y el vuelo inasible de sus alas, al menos, lo ratificaba en parte.

No había sido fácil pero lo había logrado. Había nacido en un tiempo que, por algún insondable misterio, negaba a las mujeres la posibilidad de hacer lo mismo que los hombres, que las educaba para el matrimonio, para complacer a padres y maridos y mantenerse luego al margen. No lo aceptó. Ella quería ser igual que sus hermanos: nadar desnuda en el estanque, trepar a los árboles, montar a caballo... La acusaban por ello de no medir las consecuencias de sus actos, de comportarse como una criatura temperamental y en exceso retadora, cuando nunca había sido esa su intención. Con su comportamiento, la chiquilla solo pretendía no sentirse despreciada por aquella azarosa condición de niña que, al parecer, definía por entero su existencia.

«¿De dónde habrá salido esta hija?», se quejaba el padre una y otra vez, sin alcanzar nunca a entender a la pequeña Leonora.

«¡Pobre papá!», lo compadecía ella ahora en sus noches de insomnio. Su incomprensión y su orgullo los separaron para siempre pero no lo culpaba; ya no. No supo ver la inquietud que consumía su alma, que algo más fuerte que ella misma la obligaba a emprender un camino que era solo suyo y no podía adulterar.

«¡Ningún hijo mío se dedicará a la pintura! −chilló el hombre con furia aquella última noche− ¡El arte es cosa de pobres!».

Leonora preparó desafiante su equipaje y, sin una palabra, abandonó la casa familiar de los Carrington para marchar de Lancashire a París. Ceder ante su padre le hubiera impedido crecer y no lo consintió.

El pájaro había volado.

Una nueva vida comenzó entonces para ella. El torbellino del surrealismo la envolvió en su maraña, fue la novia del viento, habitó buhardillas, pintó fantasmas, enloqueció por amor...

Vivió la pasión y el embrujo, la dependencia y la obsesión; declinó ser musa de nada ni nadie; lloró las ruinas de una Europa en guerra; exilió en México su inconsolable desazón. Pintando, siempre pintando, se hizo vieja, escapó de la rutina, combatió arbitrariedades y, sin imposturas, las venció.

«Sorteé con astucia las trampas del destino −desde su atalaya de años, se complace a menudo la anciana Leonora−. A golpe de sueños, capturé en mis lienzos lo imposible. Desafié al mundo y gané mis días».

 El esfuerzo rindió su recompensa. Y la lucha mereció la pena.






Relato publicado en la Antología "Mujeres en el Arte". Visibiliz-ARTE. Noviembre 2020. 

Imagen: La reina del tarot.  Leonora Carrington.



domingo, 15 de noviembre de 2020

La prima Phillis. Elizabeth Gaskell - Reseña

 

Es tan inteligente que parece un hombre...

Inicialmente publicada por entregas, "La prima Phillis" es una de las últimas obras de Elizabeth Gaskell (1810-1865) y, pese a su brevedad, una auténtica joya de la literatura. La trama cuenta la relación que Paul Manning, un joven que llega a la pequeña población de Eltham como ayudante del ingeniero del ferrocarril, entabla con unos primos de su madre, el pastor Holman, su mujer y su hija Phillis, a quienes por cortesía social se ve obligado a visitar. El modo de vida que allí descubre irá cautivándolo poco a poco y lo irá introduciendo, pese a sus reticencias iniciales, en un  mundo hasta entonces para él desconocido.

Narrada en primera persona a través de los ojos de Paul, es esta prima Phillis, sin embargo, la protagonista absoluta de la historia: una muchacha de apenas diecisiete años culta, inteligente y sensible, con unas aspiraciones intelectuales impropias de una época que relegaba el papel de la mujer al ámbito del hogar (muy clara en este sentido la contraposición entre Phillis y su madre). Sobre esa base y con un argumento más sorprendente de lo que, en principio, quizá pudiera esperarse, Gaskell construye una historia donde, como suele ser habitual en sus novelas, enfrenta las virtudes de una vida rural sencilla y repleta de espiritualidad, a los peligros de una modernidad que avanzaba imparable y que aparece representada en este caso por la construcción del ferrocarril y los personajes que con él llegan desde la ciudad.

 Las rutinas de la granja de los Holman, la paz que allí se respira, la pureza de carácter de sus habitantes, la honestidad de sus trabajadores... resuenan como ecos de un mundo antiguo que pronto habrá de chocar con los cambios nacidos de la Revolución Industrial e irá desapareciendo sin remedio.

Repleto de lirismo, diálogos brillantes y bellísimas descripciones, la autora muestra en su relato una forma de vida basada en la espiritualidad, en la sencillez y el amor a la naturaleza, explora la fragilidad del corazón humano y se adentra en lo más íntimo del alma de sus personajes (magníficamente perfilados en cuanto a caracteres y pensamientos). Todo ello con enorme sutileza, una pizca de  ironía y desde una perspectiva innovadora y muy moderna para la época.

martes, 10 de noviembre de 2020

Fugitivas

 

«Ya estoy en casaaaa...»

El redoble de un trueno en los cristales la sacó del sueño y rompió la pesadilla.

«Lauraaaa, Cristinaaaa...»

Despertó sobresaltada, presa del pánico y empapada en sudor.

 «Niñaaas...»

Secó de un manotazo las lágrimas que corrían por su rostro y trató de serenarse. Si tan solo lograra extirpar aquella maldita voz de su mente...

Respiró hondo. A su lado, las chiquillas se removieron inquietas. También ellas lloraban en sueños cada noche pero pronto olvidarían, se consoló con un suspiro. Todo: el miedo, el monstruo, las heridas...

«Solo ha sido un sueño, pequeñas −musitó la madre con dulzura−, un mal  sueño».

 El espectral destello de un relámpago tiritó en la habitación y tiñó las sombras de ceniza. Se incorporó para arroparlas y entonces...

Un espasmo de terror enmudeció de pánico su garganta.

Quiso gritar y no pudo.

 Y lo que vio la dejó paralizada.

(Continuará)






Relato publicado en el nº 13 (abril 2021) de la revista "El Tintero de Oro Magazine"

domingo, 8 de noviembre de 2020

El libro de Miguel Delibes. Vida y obra de un escritor - Reseña

 

Un hombre, un paisaje, una pasión

Con motivo del centenario de su nacimiento, la editorial Destino homenajea a Miguel Delibes con una publicación que, a partir de una serie de documentos extraídos de su archivo personal: cartas, fotografías, recortes de prensa... y pequeños textos introductorios redactados por Jesús Marchamalo (comisario de la exposición organizada también en torno a él por la Biblioteca Nacional), recorre la vida y trayectoria de uno de los autores más importantes de la literatura española del S.XX.

Una edición cuidada al extremo, delicada y tremendamente respetuosa que, más allá del novelista, reivindica a la persona: la figura de un hombre honesto, sin imposturas estilísticas ni pretensiones literarias fuera de su alcance.

A través de pequeños fragmentos de entrevistas, reflexiones y extractos de sus obras más conocidas, de la mano del propio Delibes, nos adentramos en las preocupaciones, intereses, aficiones y universo narrativo de un escritor obsesionado por el lenguaje, por la precisión y exactitud de la palabra, por dar testimonio y ser testigo fiel de un mundo y un tiempo que, en el momento mismo de plasmarlo, él ya intuye al borde de la extinción.

Un relato que, sin ser una biografía al uso, revela el alma de un hombre comprometido, íntegro, leal y sencillo, enamorado de las tierras y las gentes de Castilla, apasionado de la Naturaleza y devoto de una mujer, Ángeles de Castro, cuya muerte no superó jamás y a quien, en su discurso de ingreso en la Real Academia Española de la Lengua, llegó a definir como la mejor mitad de sí mismo.

Un libro bellísimo, elegante y repleto de matices.  Exquisito en la forma, sobrio en los textos, sereno en el recuerdo y muy conmovedor.

jueves, 5 de noviembre de 2020

Fantasmas contra el alba

 

Amanece. La cenicienta luz del alba quiebra poco a poco la negrura de la noche y una sombra de sonrisa rompe un instante la mueca de sus labios. La esperanza combate a muerte contra el miedo, una lágrima tirita en sus pestañas y un redoble de tambor resuena atronador entre su pecho. Debe ser valiente, lo sabe, pero está tan asustada...

Agarra con fuerza la mano de su padre y pregunta de nuevo:

⸺¿Seguro que llegaremos pronto, papá?

⸺Claro, cariño −traga el hombre el desconsuelo anudado a su garganta y le guiña un ojo− muy pronto, ya lo verás.

Una madre acuna con dulzura a su bebé. Las siluetas de diez hombres aterrados se recortan a la tenue luz de la mañana. El borde del bote de goma cabecea entre las olas y a punto está de zozobrar. Aún no hay tierra a la vista.