jueves, 21 de septiembre de 2017

Encrucijada

El monótono sonido del teclado de la vieja underwood que hace  tanto tiempo su padre le regaló -siempre desde entonces compañera fiel- se detiene al fin. Durante horas, sin pausa, ha resonado en la habitación y de improviso un silencio denso y pesado invade la estancia. Tras los cristales, al otro lado del balcón, la tarde se apaga lentamente. Ha comenzado a lloviznar, la luz es cenicienta y fría y una fragancia suave a tierra mojada, primera advertencia de un otoño recién apenas estrenado, se cuela por alguna ventana entreabierta.
 A esa hora imprecisa que ni al día ni a la noche parece pertenecer, solitaria como un fantasma, repasa Victoria las páginas escritas. Metódica y concienzuda. Con extremo cuidado. Satisfecha, por fin. Aspira lentamente el aire limpio y húmedo del anochecer y sucede en ese instante que por sorpresa sus ojos se llenan de lágrimas. No sabe bien por qué llora. Nunca fue ella mujer muy dada a la ternura pero una emoción incontrolable, algo que no acierta a explicar, de pronto la ha conmovido de un modo extraño. Sólo es cansancio, piensa y, sí, tal vez tan sólo eso sea. Tal vez.
Ha sido esta última, una época intensa y convulsa en la que a las más adversas circunstancias se ha debido enfrentar. Nada nuevo en realidad para esta mujer de férrea voluntad, dueña de una rara confianza en sí misma, luchadora independiente y tenaz siempre en armas contra un mundo y un tiempo que a las mujeres con método exquisito ignora. Pionera incuestionable en tantos frentes donde preciso resulta abrir nuevos horizontes.
Y quizá ése sea el motivo del inmenso vacío, del desconsuelo infinito que desde hace ya algún tiempo -ahora se da  cuenta- habita en su pecho.
 El murmullo dulce y quejumbroso del viento entre las encinas, la melancolía esta noche a su corazón tan férreamente anudada, la vulnerabilidad que a su pesar siente, hacen volar su recuerdo hacia las enseñanzas, los consejos y el cariño de su madre, hacia las risas alegres de sus compañeras del Lyceum, hacia la complicidad de sus maestras, hacia tantas y tantas mujeres valientes -sencillas o ilustres- siempre relegadas, siempre invisibles, a las sombras eternamente condenadas, con furia arrojadas a la frustración y al desaliento. Siente que su memoria y su lucha con su decisión traiciona, que sus expectativas y esperanzas tristemente defrauda, que retazos muy queridos de su vida en jirones se deshacen sin remedio. Y le duele tanto tan innegable deserción...
Amarga encrucijada la suya.  Lacerante y feroz.
El discurso que por fin hace un momento ha logrado terminar es impecable, en cualquier caso. Nada puede reprocharse. Ha trabajado en él durante días. Lo ha escrito y reescrito hasta la extenuación, incapaz por momentos de hallar el tono preciso, angustiada, desesperada, malherida en desigual batalla por unas palabras caprichosas, fugitivas que, una y otra vez, frente a ella, antes de dejarse atrapar, siempre raudas se desvanecían. Palabras finalmente capturadas que habrán de ayudarla -así al menos ella lo espera- a expresar algo más que un pensamiento, mucho más, un sentimiento. Palabras con las que, por encima de cualquier otra cosa, ansía ser comprendida y que a un íntimo desgarro, conmovedoras y conmovidas, habrán de prestar su voz.
Difícil camino el que esta mujer idealista y orgullosa comienza ahora a recorrer.
Hace lo correcto, de corazón lo cree. Y sin embargo... no logra desprenderse de ese extraño sentimiento que atenaza su garganta, algo muy cercano a la congoja, cierta mezcla de cansancio y melancolía. Nadie como ella comprenderá jamás la magnitud de su renuncia. El amargo papel que, en aras de un bien mayor -eso se dice- ha de representar. Plenamente convencida, decidida a no acallar la voz de su conciencia, incapaz de silenciar sus más profundas convicciones, dispuesta a afrontar el sin duda severo juicio de la Historia, a dilapidar -bien lo sabe- buena parte del prestigio hasta entonces tan duramente conseguido.
Pero su resolución es firme. Pocas horas después habrá de afrontar el momento decisivo y ella, Victoria Kent, maestra, doctora en Derecho, directora general de prisiones, diputada en Cortes, defensora infatigable de los derechos de su sexo, mujer lúcida como pocas, inteligente, audaz, comprometida... ella, Victoria, desde la tribuna de oradores del Congreso, desgarrada como nunca estuvo entre la renuncia a su más bello ideal y su ardiente pasión republicana, con absoluta convicción democrática, reclamará sin dudar el aplazamiento del voto femenino. Un voto que sin remedio -con sinceridad lo piensa- se vería ahora secuestrado por la voluntad omnipresente y seguro reaccionaria de maridos, padres o sacerdotes. Riesgo inasumible. Triste e inevitable paso atrás. Cruel traición, que sólo su desmedido amor por la República justifica.
Una y otra vez ensaya Victoria las palabras con que a la tarde siguiente -Uno de Octubre de 1.931-  habrá de dirigirse a la Cámara: "...Que creo que no es el momento de otorgar el voto a la mujer española, lo dice  una mujer que, en el momento de decirlo, renuncia a un ideal...".
Un oscuro desconsuelo asoma a sus ojos negros. Sobrecogida, frágil, vulnerable, atravesada por una pena insoportable que para siempre se clava en lo más recóndito de su alma, apenas consigue ya retener el llanto.
En la calle mientras tanto las aceras brillantes de lluvia, las apresuradas carreras de los viandantes bajo sus paraguas, el lívido blancor con que el cielo despide a este convulso mes de septiembre, dan a la ciudad la apariencia sombría y gris de un día triste de invierno.


Este relato obtuvo el segundo premio en el "I Certamen de Relatos Beatriu Civera" convocado por la Concejalía de Igualdad del Ayuntamiento de Valencia y aparece  publicado en la Antología del Certamen. Fallo del Jurado 26 de Junio de 2.017.

lunes, 11 de septiembre de 2017

Dos pequeñas aventureras

La casa ha comenzado a llenarse de hormigas, plaga pertinaz que rauda y sigilosa todos los rincones invade. Tras los árboles el invierno acecha y, siempre previsoras, concienzudas, todas ellas su refugio preparan. Aunque... ¿Todas? No. Tal vez no todas. Cuentan que, tras conversar con una cigarra algo juerguista y atrevida, dos jóvenes obreras de su grupo desertaron y hacia la capital una noche de luna llena marcharon. Grandes cómicas -los rumores dicen- llegaron a ser y un hormiguero repleto de luces y candilejas juntas crearon. Así me lo contaron y a vosotros yo os lo cuento, mas ¡cuidado! tantas leyendas urbanas -embusteras fantasías- circulan estos días...



Microrrelato para el concurso "Relatos en Cadena" del programa La Ventana de la Cadena Ser.

sábado, 9 de septiembre de 2017

Sin rumbo


Lento, muy pausado, casi perezoso, el tren abandona la estación. Listos para emprender un camino que apenas a intuir comienzan pero muy largo e incierto adivinan, en sus vagones, desconcertados e inquietos, se acomodan los últimos viajeros. Espectros silenciosos sobrecogidos por el frío y la desolación de esta tenebrosa noche sin luna a la que de improviso se han visto arrojados, con una mirada de infinita tristeza se despiden del mundo que, sin ellos, tan desamparado y helado ahora queda.
Inmóvil, detenida en el andén, una mujer algo ya marcada por la edad observa como poco a poco, en la distancia, el extraño convoy se aleja. Una vez más -imposible ya resulta saber cuántas- lo dejó pasar y quizá ahora se arrepienta. Deseos, sueños, esperanzas, ilusiones... que desfallecidos, quejumbrosos, muy veloces, en la negrura de la noche se extinguen y en el aire una huella de misterio y de tristeza dejan.
Un leve brillo en sus ojos traiciona las lágrimas que, pese al dolor, se resiste ella a derramar. De nada sirve llorar lo que no fue, incansable se repite una y otra vez. Mas no halla consuelo. Diluido entre la bruma de sus miedos y silencios se desvanece, mientras tanto, para siempre y sin remedio -tan remoto, tan inalcanzable- el tren de las oportunidades perdidas.



Relato para los Viernes Creativos de https://elbicnaranja.wordpress.com/ inspirado en la imagen de Juan Felipe López Arbide.

lunes, 4 de septiembre de 2017

Septiembre


Melancólico y sereno, suave, tenue, casi de puntillas, regresa septiembre. Una advertencia de otoño hay en su luz, en el dorado matiz de sus colores que, pese a ser muy leve todavía, el verano ya sin remedio resquebraja. Acortan los días, refrescan las noches. Lentas y silenciosas pronto comenzarán las hojas a caer, desnudos quedarán los árboles, cubiertas por la hojarasca -efímera, crujiente- las aceras y los parques. Perdida en el recuerdo, cual veraniega postal, la ardiente furia del sol, las tardes junto al mar, los castillos de arena, el sabor a sal...
Un ejército de nubes cenicientas, en cualquier momento, de improviso, hará tronar la tempestad. Repiqueteará la lluvia en ventanas y balcones, charcos de cristal transparentes como espejos en las calles brillarán y un suave olor a tierra mojada en alas de un viento, tal vez cálido, tal vez destemplado y pertinaz, la ciudad suavemente envolverá.
 Y en ese instante, como siempre... una sonrisa alegre y luminosa que de nuestros labios escapa, una misteriosa sinfonía que a nuestro oído el viento susurra y a cuyo son todos  juntos, bellamente engalanados, danzamos, rendidos a la magia del nuevo otoño que, tímido, se anuncia.
Otoño. Eternas leyendas de tristezas y nostalgias su nombre arrastra. Del año siempre para nosotros la estación más bella. ¿Acaso lo dudabais? En nuestro destino escrito estaba. Al fin y al cabo -borrascoso corazón de la lluvia enamorado- impermeables, humildes, protectores... paraguas solitarios frente a la más cruel tormenta nosotros somos.  



Relato para los Viernes Creativos de https://elbicnaranja.wordpress.com/ inspirado en la imagen de Kristina Makeeva.

miércoles, 30 de agosto de 2017

El amor te hará inmortal. Ramón Gener - Reseña.


"Mi padre murió dos veces. La primera, una mañana soleada en la que el Alzheimer nubló su mente y me olvidó. Y la segunda, tres días antes de Navidad, cuando, convertido en el Bolero de Ravel, dejó de respirar”.
Ramón Gener, director y presentador del programa de televisión "This is Opera", escribió este libro tras la muerte de su padre, durante mucho tiempo enfermo de Alzheimer. Mezclando fantasía y realidad, de la mano de las tres Moiras griegas del destino, el autor emprende un viaje a través del tiempo y el espacio que le lleva a diferentes lugares y momentos de la historia de la música para mostrarnos con exquisita sensibilidad el dolor, la emoción, la  desesperanza de los grandes maestros en su peor momento, en el momento de enfrentarse como él a la pérdida y a la definitiva ausencia de la muerte. Verdi, Puccini, Brahms, Farinelli, Berlioz, Joaquín Rodrigo, María Callas... a todos nos los presenta en su mayor instante de tristeza, de derrota o incomprensión y con todos nos hace emocionarnos y asistir a la transformación de un dolor inmenso en inspiración, belleza e inmortalidad.

Es esta una historia sobre músicos pero por encima de todo es una historia sobre sentimientos y emociones, un alegato en favor de la memoria y de la vida repleto de magia, de ternura, de poesía, envuelto en música, literatura, cine, teatro y mitología. Una historia de amor bella, conmovedora, delicada, luminosa y muy esperanzadora.

martes, 22 de agosto de 2017

Cuento de una noche de verano


Se llamaba Belinda y era la más bella muñeca del escaparate. Delicada, exquisitamente hermosa, una pequeña dama vestida de seda, encajes y suave terciopelo, ojos azules, rubor en las mejillas, rubios cabellos recogidos en perfectos bucles sobre su cuello de cera. Sentada al piano suspendidas las manos sobre las teclas unas veces, de pie tras el cristal otras, acunada en la nostalgia, siempre melancólica, indiferente y frágil, miraba la vida pasar. Etérea, suave, transparente, dulce como un sueño de infancia.
Los días en el almacén de antigüedades se iban así sucediendo uno tras otro, cada uno parecido al anterior -apacibles, perezosos, rutinarios- entre la admiración y la indolencia que la muñequita despertaba hasta que en algún momento y sin que nadie pudiera explicar cómo, algo muy extraño sucedió. Una mañana ardiente y luminosa de aquel lánguido e inacabable verano, la vitrina que hasta entonces ella ocupaba amaneció vacía. Belinda no estaba. En su lugar, el rastro deshojado de  una rosa blanca de cristal.
Cuentan que, enamorada de un titiritero que por aquel tiempo de paso se hallaba en la ciudad -un muchacho guapo de ojos grises y vivaces, rostro atezado por el sol e irresistible sonrisa soñadora- aturdida de amor, tras él huyó una noche de luna llena. Raudas y fugaces, divertidas, cómplices, chispeantes, atrevidas... cientos de perseidas en el firmamento destellaban y su magia y fantasía sobre el mundo aquella noche vertían.
Burlado de tan fantástico modo, casi por milagro, su destino de inanimado y lujoso juguete inalcanzable, de feria en feria, felices y sin rumbo, siempre juntos los dos, recorren desde entonces los caminos. Eternos vagabundos perdidos por  el mundo.
Sus vestidos ahora rasgados y en desorden, el cabello desgreñado, los brazos descascarillados, magullada su blanquísima piel de porcelana, nada en ella recuerda ya a la bella damisela, siempre al borde de la vida acurrucada, que alguna vez fue. Brillan sus ojos, antes tristes y apagados y un sentimiento desconocido, algo muy cercano a la esperanza, habita su alma. Y es que frente a él, por primera vez, su corazón latió. Una palabra, un gesto, una sonrisa a tiempo y... una vida que renace por arte de magia.
 Sucedió que sólo aquel joven alegre, descarado, irreverente y bohemio que por ventura quiso el azar  cruzar en su camino, fue capaz de consolar su dolor, de ver lo que nadie más acertó nunca a comprender: la soledad, la tristeza, el insondable vacío en que se ahogaba. Y sólo él le dio también una razón para soñar. Con la quietud y la inmensidad de un hechizo rozaron sus ojos los suyos, un beso con dulzura infinita dejó en sus labios y con bellas, suaves palabras de amor sus oídos arrulló. Como el regalo más precioso apareció para quererla cuando menos lo esperaba, para siempre borró las sombras del pasado y un nuevo destino, una vida entera le entregó: fulgurantes noches repletas de estrellas, tibios amaneceres cubiertos de rocío, cálidas brisas perfumadas de jazmín, la belleza muda de un instante en que nada pasa y pasa la vida. Ráfagas de alegría y felicidad, mariposas en el alma, secretos de amor, estremecimientos de ternura, caricias en el corazón... Latidos de magia y de poesía.

Y es que a veces, sólo a veces, los sueños se cumplen. Es entonces que el destello errante de una estrella, el acompasado latir de dos corazones, el dulce contacto de unas  manos que se unen, un abismo de soledad y silencio resquebraja, sombras y desdichas ahuyenta y una noche de verano misteriosa y hechicera al mundo deslumbra con su luz, con su encanto, con su embrujo y su belleza.



Imagen: Internet

domingo, 20 de agosto de 2017

El espíritu del lago


Guarda el bosque una leyenda de soledades y melancolías, de amores contrariados y corazones rotos, de dolor y muerte, de llanto y desolación. Cuentan que, entre las cristalinas aguas del lago que al borde de la ladera brilla, incorpóreo como ellas, fugaz y transparente, un espíritu de mujer habita. Unos ojos verdes, embrujadores, misteriosos, muy bellos y tristísimos que, de cuando en cuando, entre esas aguas -las gentes del lugar dicen- se divisan. Unos ojos que una traición de amor lloran sin consuelo, que, esperanzados y pacientes, ingenuos e inocentes, al amparo de la noche y de sus sombras, bajo aquellas mágicas aguas argentinas, siempre brillantes, contra toda esperanza al traidor aún esperan, tal vez le amen todavía. Sólo a los llorosos sauces, a los álamos centenarios, a los frágiles juncos y dulces nenúfares, a la brisa suave y la espectral neblina, algunas noches claras de luna llena su secreto revelan, junto a ellos lloran su infeliz destino y, sólo a ellos, sin palabras, hablan de su herida.



Relato para los Viernes Creativos de https://elbicnaranja.wordpress.com inspirado en la imagen de Tim Walker.

viernes, 18 de agosto de 2017

Una tarde de verano


Desde la distancia, desde el pensamiento y la belleza, golpeados por la pena y la impotencia, invadidos por la angustia y el vacío, heladas lágrimas de cristal por los mortales lloran los ángeles del cielo. Lágrimas por una tarde de verano para siempre en mil esquirlas rota, por el futuro perdido que, tal vez, un día juntos dos corazones soñaron, por el desconcierto y el espanto a sangre y fuego grabado en los ojos de un niño, por tanta inocencia sin remedio perdida, por la tristeza profunda y el infinito desconsuelo de lo irremediable. Lágrimas que sombra, dolor y el arañazo del desamparo arrastran. Lágrimas desoladas, frágiles y desvalidas que hoy sobre la tierra vierte el cielo por tantas almas que, inmisericordes, nunca olvidan, no perdonan, a otras hieren y no aman.


Imagen: Internet.

lunes, 14 de agosto de 2017

El viaje


Abierta sobre la cama, todavía vacía, la maleta sonríe amenazante. El muchacho la contempla con una asfixiante sensación de vértigo en el estómago. Tanto tiempo como lleva soñando con el viaje, tantas noches en vela, tanta ilusión. Y ahora... ese miedo que a traición se le cuela entre las tripas, ese miedo que implacable martillea sus sienes. Pero no puede echarse atrás, ya no. No habrá otra oportunidad, lo sabe. Es este su momento y debe aprovecharlo. Marchar, descubrir el mundo, volar lejos muy lejos del hogar y un día, tal vez, regresar.

<<¿Listo? nos vamos, prepárate>>, muy suave y muy bajito le reclama una voz al otro lado de la puerta. Su corazón entonces se acelera, lo siente latir sin control y una inoportuna sensación de claustrofobia lo asalta por sorpresa. Nunca le gustó la oscuridad, sólo fingía ser valiente pero no es ya tiempo de arrepentimientos ni lamentos. Resignado, muy asustado, respira hondo del modo en que ha practicado durante los últimos días, la angustia cede poco a poco, se desviste, murmura una plegaria triste y dolorida y al fin, con una pirueta digna del mejor contorsionista, se acurruca dentro de la vieja maleta y cierra los ojos.


Este relato resultó seleccionado entre los ganadores del certamen julio-agosto 2.017 de "Esta Noche Te Cuento".

Imagen: Eduardo Úrculo.

sábado, 5 de agosto de 2017

Cuenta la leyenda


Nunca mueren los viejos rockeros, cuenta la leyenda y no seré yo quien la desmienta. Al contrario. Casi podría asegurar que sea cierta. Tampoco quiero engañar a nadie y debo añadir por eso que morir tal vez no mueran pero envejecer... ¡ay! envejecer, vaya si lo hacemos.
Dejen que les cuente mi historia. No es una gran historia y nada tendría de particular si no fuera por el único y chiquitísimo detalle de que es la mía. Convendrán conmigo que, aunque insignificante, esta circunstancia resulta para mí fundamental. Aunque, tal vez... tal vez en el fondo sí lo sea. Una gran historia, digo. No sé, ustedes juzgarán. Pero, discúlpenme, a punto estaba ya de andarme por las ramas. Es esta dichosa tendencia mía a divagar que en cualquier momento me asalta. Y es que me encanta conversar aunque muchas ocasiones de hacerlo no tenga, esa es la verdad. Gajes de la vejez, ya les dije que, lenta pero despiadada e inmisericorde como suele, sin apenas darte cuenta, derrotado y solo el día menos pensado te deja. En fin, el caso es que creo haber avivado ya una pizquita su curiosidad y prometo no aburrirles si me brindan, generosos, su atención. 
Verán, todo comenzó por culpa de una joven. Lo sé, lo sé, no es un arranque muy original pero... es lo que sucedió. Una joven, les decía, que despertó un sentimiento hasta entonces desconocido para mí. Nada importa ya su nombre y pocos amigos quedan que pudieran recordar, aun así -lealtad inútil, bien lo sé, mas siempre para mi tuvieron importancia ciertos gestos- guardaré el secreto. Magia, luz, belleza. Todo en torno a ella parecía siempre gravitar. Un soplo de felicidad me acariciaba el corazón cada vez que sonreía. Su mirada me hacía soñar, me ahogaba de amor y en mi infeliz inconsciencia, joven e ingenuo como era, a toda costa decidí lograr que ella me quisiera y con ese fin tracé un plan magistral.
Corrían los años cincuenta, el rock and roll despertaba con fuerza y yo, un muchacho hasta entonces tímido y del montón que nunca en nada había sobresalido, me aferré con pasión a aquella oportunidad. El cambio en mi apariencia resultó fundamental, debo reconocer: largas patillas, brillantina en el pelo, elaborado tupé, ropa ligeramente extravagante y... ¡voilá! patito feo de golpe transformado en bello cisne. Estrategia infalible.
Aunque nunca hasta entonces había la música entrado en mis planes, no cantaba mal y yo lo sabía. La vergüenza y los nervios me mataban pero recuerden que había una chica por conquistar y nunca hubo ilusión más poderosa en este mundo. Fue así que un día, en un baile de verano, quizá fuera la noche de San Juan siempre tan misteriosa y hechicera, tuve un impulso que para siempre cambiaría mi vida: abracé con descaro mi guitarra, subí sin pensarlo al escenario y, bueno, no es que quiera alardear pero... ¡fabuloso! no encuentro otra expresión. Aquel pueblo de casitas blancas junto al mar, la última luz del día desvaneciéndose en el horizonte, mil acordes fugitivos entre la brisa a la deriva, público enloquecido, electricidad en cada aplauso, martillazos en mi corazón. Sus ojos... ¡Ay!, aquellos ojos clavados en los míos.
Deseé con toda la fuerza de mi pobre alma enamorada que los relojes  se parasen, que se detuviese el tiempo y ese momento durase para siempre. Hace ya tanto de todo aquello.
En fin, ¿qué puedo decir? Me convertí en una estrella sin apenas darme cuenta y lentamente mi vida se disolvió en el caos. Rocé una felicidad que, de golpe, escapó de entre mis manos. Ella dijo que nunca podría quererme, el aire a nuestro alrededor en ese instante se congeló, murió el romance y yo me obligué a olvidar. No sé  por qué pero eso hice y hube de aceptar al fin que lo que una vez creí posible no lo era en realidad. Mudo de estupor, ni siquiera lloré.
Pasaron los años. Alegrías, penas, victorias, derrotas, simulacros de amor... Ruido y silencio.
Nada queda ahora. El tiempo se arrastra muy lento y todo me es ajeno en este limbo donde habito, aunque quizá tan sólo ocurra que demasiado cansado estoy ya de vivir sin ella, eterno enamorado de quien nunca volverá.
A pesar de todo, apagado, vacío, viejo y decrépito como estoy, para siempre ausentes quienes alguna vez mi mundo y mis sueños compartieron, algo superior a mi voluntad, más grande que yo mismo, me retiene aquí. Música y recuerdos se cuelan por alguna grieta del tiempo para susurrarme quién fui, para devolverme una gloria antigua. Exiliado de un lugar al que nunca podré regresar, en  ocasiones es brutal la soledad que siento e infinita la nostalgia por todo lo perdido.

Pero esperen, creo que estoy haciendo que suene peor de lo que es y no es eso. No, en absoluto. No pretendo despertar su compasión. Sólo ocurre que a veces me abruman los recuerdos y sueño la historia de un amor que nunca fue. Impenitente romántico en el fondo, ya ven. Pero no. No deben sentir lástima. Yo soy el Rey. ¡Todavía! ¡Siempre! Y sin embargo.... Los años, este cansancio infinito, tantas pequeñas humillaciones cotidianas, sin tregua me hacen dudar si este tipo vestido de blanco que salta todavía cada noche al escenario y mueve sus caderas maltrechas al ritmo de un inmortal "King Criole" soy yo mismo, mi fantasma o mi más fiel, entregado y devoto imitador.