sábado, 1 de agosto de 2020

La maleta. Serguei Dovlátov - Reseña



Observé la maleta vacía. En el fondo Karl Marx. En la tapa, Brodsky. Y, entre ambos, una vida perdida, única y sin precio 

Periodista y escritor soviético, Serguei Dovlátov (1941-1990) fue uno de los intelectuales más reconocidos a nivel internacional durante  la segunda mitad del S.XX. Pese a ello, su obra apenas resulta todavía conocida en España. Pasó infancia y juventud en Leningrado (actual San Petersburgo) donde malvivió gracias a diversos empleos que compaginaba con su labor de periodista. Incapaz de burlar la censura de la URSS donde sus escritos nunca llegaron a ser publicados y tras lograr pasar algunos de ellos a Europa de contrabando, finalmente marchó a Nueva York en 1979 donde viviría hasta su muerte en 1990 a la edad de cuarenta y ocho años.

"La maleta" es un relato de innegable corte autobiográfico donde el autor recupera episodios de su vida a partir de los objetos guardados en la pequeña maleta con que partió al exilio. Ocho capítulos centrados cada uno de ellos en un objeto y las circunstancias o el momento vital a que su presencia retrotrae al narrador: momentos de su vida de estudiante, de redactor en un periódico, de guardia en un campo de prisioneros... Va retratando con ello Dovlátov la miseria y la realidad de un país tremendamente alejado  de la versión oficial, siempre épica y amable, que  durante años se ofreció al exterior.

Con mucho sentido del humor, ironía y cierto sarcasmo, construye a través de sus recuerdos una historia inteligente que no es más que el relato de una pérdida articulado en torno a los restos del naufragio. Una historia que no enmascara, pese a la ligereza aparente de su  tono, el aire de tristeza ni el poso de melancolía que impregna  la evocación del tiempo pasado.

Novela sencilla, ácida, dolorida que, sin llegar a emitir ningún juicio ni valoración expresa, narrando simplemente una sucesión de hechos y situaciones, burlándose en ocasiones de determinados comportamientos del propio protagonista, contiene una crítica cierta y demoledora contra un sistema político y unos líderes mucho más frágiles de lo que en aquel momento aparentaban.

lunes, 20 de julio de 2020

Tiempos de plomo



Una niña sonríe de frente al objetivo. Una niña de pelo oscuro y ondulado echado hacia un lado, guiño pícaro en la  mirada y gesto divertido. Dulce imagen de otro tiempo que acuna entre sus pliegues un latido de felicidad.  

Es una foto pequeña, en blanco y negro. Una vieja instantánea cosida ahora al envés de su chaqueta. Lo único que tiene. Lo único que importa. Un tesoro que, en las noches frías, le calienta el corazón.

Con dedos sucios de barro, Otto roza las aristas de la fotografía y suspira. Se siente tan cansado. Tiene tanto miedo...

Parpadea con fuerza para ahuyentar el llanto que amenaza desbordar sus ojos, traga el desconsuelo anudado a su garganta y se obliga a caminar.

 Un paso. Luego otro. Y otro. Y otro más.

 Avanzan despacio, en silencio, enfrascados todos en idénticos pensamientos, atormentados por idénticos presagios, sin aliento, sin alivio ni esperanza. Una columna de hombres demacrados y exhaustos abandonados a su suerte en medio de ningún lugar.

Una nube de cenizas cae de pronto sobre ellos, oscurece el cielo y aletea en el aire.

 Tras los árboles, al otro lado del camino, arden las cámaras de gas.




jueves, 16 de julio de 2020

A cuerpo de gato. Hiro Arikawa - Reseña




Haberme convertido en su gato me hizo la criatura más feliz del mundo. Esas cosas, tarde o temprano, hay que decirlas…

 Primer libro traducido al castellano de la escritora japonesa Hiro Arikawa, "A cuerpo de gato" es la historia de un amor y una amistad, de la especial relación y los vínculos que poco a poco se van forjando entre Nana, un gato callejero acostumbrado a la soledad, y Satoru, el joven que una noche lo salva del abandono cuando, cerca  de su casa, lo halla herido en una pata.

Tras cinco años de convivencia y por circunstancias que a su debido tiempo irá desvelando la narración, Nana y Satoru emprenden un viaje en busca de un nuevo dueño para el animal y es a través de esa aventura y del relato que el propio Nana hace de ella como vamos conociendo las contingencias de la vida y el pasado de Satoru.

Más allá de la peripecia, de la ternura y la ironía con que la cuenta la voz protagonista (muy logrado el tono de esa voz que perfila un personaje ocurrente, presumido, crítico y muy divertido), es esta una historia de aprendizaje, una historia de valores y sentimientos en torno a la vida, la muerte, el amor, la soledad... cuyo argumento, aparente pero engañosamente ligero, desborda melancolía y encubre una gran carga de profundidad.

Novela emotiva, sencilla en la forma, honda en los temas latentes de fondo, luminosa y muy agradable de leer.

martes, 7 de julio de 2020

Relatos de Yàsnaia Poliana. León Tolstói - Reseña


Hablaba poco, nunca se reía y a menudo rezaba a Dios

Localidad natal de León Tolstói, Yàsnaia Poliana da también nombre a  la escuela y  la revista que él mismo fundó para exponer las experiencias y conocimientos pedagógicos adquiridos durante sus viajes por Europa. Tolstói siempre consideró la educación un asunto esencial para el buen funcionamiento de una sociedad −la de los zares− con unos índices de pobreza y analfabetismo desoladores. Empeñado en revertir la situación y poner de manifiesto la importancia de implantar métodos de enseñanza adaptados a la situación y necesidades de los alumnos, creó una escuela con una metodología distinta y muy innovadora para la época.

Así, entre los años 1871 y 1875 redactó seis volúmenes de cuentos destinados a enseñar a leer y escribir a sus alumnos. La editorial "Reino de Cordelia" recopila ahora una selección de los mejores en una edición que incluye también "El prisionero del Cáucaso", cuento largo que el autor pulió durante años hasta convertir en una pequeña joya de la literatura.

Con un estilo muy sencillo y múltiples referencias a la vegetación y fauna autóctona, relatan estos cuentos la cotidianeidad, las costumbres y tradiciones del pueblo ruso, el  modo de vida en las aldeas, la dureza del trabajo, los días de caza...

Son historias que enfrentan al lector a las consecuencias del mal, que lo conmueven por su humanidad, que hablan de honor, de valores y desbordan amor por la cultura rusa. Pequeñas estampas repletas de sensibilidad, de belleza y de una gran carga poética que en ningún momento desluce la evidente finalidad aleccionadora que atraviesa muchas de ellas.

Destacar finalmente respecto a "El prisionero del Cáucaso" la genialidad del autor en la descripción de situaciones y personajes, el realismo que recorre la trama y la intensidad que el carácter y la peripecia de los protagonistas −dos soldados rusos apresados por los tártaros que tratarán de huir de su destino− consigue dar a la obra con apenas unas pinceladas.

miércoles, 1 de julio de 2020

Nos vemos en el museo. Anne Youngson - Reseña




¿Alguna vez te has fijado en la hoja de un helecho cuando se despliega?

Tina Hopgood, una granjera inglesa dedicada por completo a su familia, decide un día contactar por carta con un viejo profesor de arqueología que cincuenta años atrás, en el prólogo de una de sus obras, le había agradecido −a ella y al grupo de estudiantes del que por entonces formaba parte− el interés por sus investigaciones sobre el hombre de Tollund, un ser perteneciente a la Edad del Hierro cuyos restos constituyen ahora la pieza más destacada de la colección del museo de Dinamarca que los exhibe.

Poco después Tina recibe respuesta del conservador del museo, Anders Larsen, comunicándole el fallecimiento del investigador pero tratando también de dar respuesta a sus preguntas e invitándola a visitar el centro.

Comienza así una correspondencia que se convertirá muy pronto en la base de una amistad fundamental para ambos e irá ganando con los meses en intimidad y cercanía.

De un modo muy delicado, con enorme sensibilidad, la autora nos asoma, a través de sus escritos, a la vida de sus protagonistas: a sus renuncias, frustraciones, ilusiones... a la evolución que poco a poco irán sufriendo y a los descubrimientos que, al analizar en detalle sus reacciones y comportamientos pasados, irán haciendo sobre sí mismos. Dos desconocidos cuyos caminos se cruzan en un momento de desconcierto vital que van hallando entre sus cartas la comprensión y el consuelo del que carece su realidad cotidiana.

Repleta de reflexiones, de dulzura y serenidad, es esta una historia que habla del valor de las pequeñas alegrías cotidianas, del regalo que implica siempre su descubrimiento y la importancia de agradecer y apreciar tales hallazgos: la belleza oculta en una mata de frambuesas, la emoción atrapada en un poema, la amabilidad de una sonrisa inesperada... De la capacidad también de las palabras para conjurar demonios y explicar el mundo, para calmar angustias y atenuar dolores.

Una novela que remite de inmediato a la magnífica "84 Charing Cross Road" de Helene Hanff por la estructura epistolar sobre la que ambas están construidas y la sutileza y cuidado con que, a través de sus rutinas, intereses y pequeñas confesiones, van desvelando las autoras el alma de sus personajes.

Primera incursión literaria de la británica  Anne Youngson, escrita a la edad de setenta años (cuestión sobre la que ella misma ironiza al decir en la nota de presentación incorporada a esta primera edición de Maeva que nadie imaginaría como escritor novel a una abuela jubilada con tres nietos), la publicación de esta historia demuestra la vital importancia de no rendirse nunca a las circunstancias y luchar a toda costa por alcanzar los sueños.

martes, 16 de junio de 2020

Elisa


El día de su ochenta cumpleaños Fernando despertó temprano. Una punzada de inquietud latía entre sus sienes y una inoportuna desazón aguijoneaba su ánimo. A su lado, Elisa se removió intranquila. «Duerme, mi vida, duerme −le acarició la frente con dulzura− es pronto todavía». Harto de dar vueltas en la cama, puso al fin un pie sobre la alfombra, luego el otro, se calzó las zapatillas y, con paso vacilante, acomodó sus viejos huesos sobre el sillón de cuero junto al balcón del dormitorio.  

Las voces de un borracho sacudieron el silencio de la calle. Un estornino revoloteó tras el cristal. Entre las nubes el alba despuntaba.

Aquel había sido siempre el balcón de Elisa, su escondite favorito. Las tardes de verano, abiertas las puertas de par en par, arrimaba la butaca al rodapié y dejaba pasar las horas con un libro o la cesta de costura en las rodillas. En invierno, enfundada en su grueso chal de lana, se acodaba sobre la barandilla de forja para verlo regresar por la vereda del parque, a la vuelta del trabajo. Le gustaba escuchar el alboroto de los niños, aspirar el perfume de los árboles, sentirse parte de la vida de la calle. ¡Qué bien se estaba allí!, ¡qué paz!, ¡qué suerte!, suspiraba siempre cuando él la sorprendía ensimismada y su presencia la sacaba del hechizo.

El recuerdo estampó una sonrisa en el rostro de Fernando e inundó sus ojos de llanto. La emoción lo asaltaba de improviso. No lograba controlarla y lo golpeaba en cualquier momento, a traición, como un boomerang. «¡Serás bobo!», musitó mientras se secaba las lágrimas de un manotazo y se levantaba dispuesto a asearse y preparar café.

Regresó poco después empujando un pequeño carro camarera con el desayuno. El temblor creciente de sus manos no le permitía ya transportar una bandeja sin percance y aquel carrito que encontró arrumbado en un rincón de la despensa le resolvió el problema.

Se acercó a la ventana, descorrió las cortinas, conectó el reproductor de música y, al son de Schubert y su novena sinfonía, fue a despertar a Elisa. Despacio, muy despacio.

Las mañanas eran malas, amanecía desorientada, él era para ella un extraño y, a veces, gritaba de espanto. La música la calmaba. Fernando había ido aprendiendo poco a poco los trucos para traerla de vuelta y apenas descubría un destello de reconocimiento al fondo de sus ojos cansados, sonreía feliz −«buenos días, amor»−, hundía una tostada  en el café y se la hacía tragar con paciencia de monje tibetano.

Los primeros signos de la enfermedad habían comenzado años atrás: pequeños despistes, palabras perdidas, momentáneas ausencias. Nada preocupante en apariencia pero ella lo adivinó enseguida. Algo andaba mal en su cabeza, algo que se esforzó por combatir sin miedo y la obligó a vivir con un raro sentimiento de urgencia, a proteger momentos, a ocultar el desconsuelo. Fue entonces cuando inició el diario que Fernando leía y releía ahora en sus noches de insomnio. Frágil bitácora de un tiempo que no logró derrotar al olvido. El mal de Alzhéimer se había apoderado ya por completo de su cuerpo y de su espíritu. La había devorado con ferocidad de alimaña. Y sin embargo...

Sin embargo, algunas veces el milagro ocurría y un relámpago imprevisto la rescataba del lugar donde se hallaba perdida. Fernando vivía para aquellas victorias, las atesoraba con avaricia de usurero y las anotaba en el diario donde él −esforzado guardián de la memoria− había continuado fielmente el relato de sus vidas, de su desencanto pero también de su alegría.

El timbre de la puerta lo sacó de su abstracción con un respingo. Angélica, la enfermera de Elisa, llegaba puntual. Mientras ella la vestía y la obligaba a moverse practicando su rutina de ejercicios, él bajaría a comprar unos pasteles y una botellita de champán,  le dijo con un guiño pícaro, casi infantil. «Hoy es mi cumpleaños y un día es un día». Por la tarde los tomarían de merienda, sentaría a Elisa en su balcón y, al enlazar sus dedos a los suyos, una súplica muda anudaría su garganta: «regresa, mi amor, regresa; quédate conmigo».  





Primer premio "Relatos Compulsivos". Junio 2020 

Literautas

martes, 9 de junio de 2020

El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes. Tatiana Tîbuleac - Reseña



Porque los seres humanos están destrozados y buscan cosas destrozadas

Primera novela  de la periodista rumana Tatiana Tîbuleac, "El verano en que  mi madre tuvo los ojos verdes" es la historia de un desencuentro y una reconciliación, el relato del último verano compartido con su madre que, muchos años después, Aleksy, reconocido pintor inmerso ahora en una profunda crisis creativa,  debe afrontar como parte de la terapia impuesta por su psiquiatra.

Aquella mañana en que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea. Era la madre más inútil que haya existido jamás. Yo la miraba desde la ventana mientras ella esperaba a la puerta de la escuela como una pordiosera. La habría matado con medio pensamiento.

De este modo arranca la historia y de este modo, con esta crudeza, comienza Aleksy a desgranar el recuerdo de aquel verano, ya tan lejano, de su adolescencia; de un tiempo repleto de rabia y rencor hacia la madre, de vacío y soledad, de angustia e impotencia ante el futuro.

Poco a poco, la narración irá desvelando el origen y los motivos de ese odio, enfrentando a los personajes a la realidad de sus vidas y creando entre  ellos un nexo frágil y delicado inexistente hasta ese momento, aproximándolos.

Narrado en primera persona, a base de capítulos muy breves entre los que continuamente se intercalan, para incidir en su importancia, poéticas referencias a los ojos de la madre −Los ojos de mi madre fea eran los restos de una madre ajena muy guapa;  Los ojos de mi madre eran mis historias no contadas; Los ojos de mi madre eran cicatrices en el rostro del verano...− el relato va virando desde la dureza y el desgarro inicial hacia la comprensión y el perdón, dando vida a una historia inolvidable, intensa y descarnada por momentos pero también delicada y muy conmovedora. La historia de un aprendizaje y un viaje vital repleto de matices y cargado de poesía.

Bellísima novela, metafórica y magníficamente construida que articula una profunda reflexión en torno al amor, al dolor y la fragilidad del ser humano.

jueves, 4 de junio de 2020

Sombras fugaces



Noche tras noche el viejo caballero recorre la ciudad. Repican a deshora sus botas sobre el empedrado y una mueca triste tiñe de melancolía el gesto de sus labios. Al paso de algún transeúnte despistado, inclina el hombre su sombrero de copa, recompone su levita harapienta y arrugada y sonríe, bastón en mano, con anacrónica educación. Su aspecto de romántico maldito −repletos de poemas los bolsillos, encendido de pasión el corazón− disfraza de dulzura un dolor antiguo; un pesar que a duras penas su risa enmascara; un desconsuelo que, al cabo, su mirada traiciona.

«¡Pobre loco!», escucha a menudo murmurar a su espalda con hiriente desdén. Clava entonces el anciano sus ojos en el cielo e implora un rayo de luz a las estrellas, un guiño, una señal.

Derrotado −no recuerda cuándo− por la vida, incólume ya su espíritu a la esperanza, a una sola nostalgia su soledad vagabunda aún se aferra: al fulgor de la estrella que de amor y de belleza en un parpadeo lo embrujó. No pudo retenerla pero junto a ella va siempre su alma y su sombra siempre lo acompaña.




lunes, 1 de junio de 2020

Alicia en el País de las Maravillas. Lewis Carroll - Reseña



Siempre llegarás a alguna parte si caminas lo suficiente

Aburrida y sin saber qué hacer, una tarde Alicia escucha una voz: «¡Dios mío, Dios mío! ¡qué tarde voy a llegar!». Un conejo blanco ataviado con chaleco y reloj de bolsillo cruza a la carrera frente a ella y, sin dudar un segundo, la niña comienza a seguirlo movida por la sorpresa y la curiosidad. Así comienza la desconcertante y conocidísima historia de "Alicia en el País de las Maravillas", clásico imperecedero del género fantástico con el que Lewis Carroll nos adentra en un mundo insólito, ilógico y surrealista, un mundo sin convenciones ni reglas donde cualquier cosa resulta posible.
Escrita de un modo muy sencillo como corresponde a un cuento infantil, la historia de Alicia esconde sin embargo múltiples lecturas y muchas de sus frases y personajes han pasado ya a formar parte del imaginario colectivo. Así, no de modo evidente pero sí entre líneas, resulta muy fácil descubrir en ella por ejemplo reflexiones en torno a la identidad personal (desdoblamiento de Alicia hablando en ocasiones consigo misma e incluso regañándose como podría hacerlo un adulto), la incertidumbre inherente a cualquier proceso de crecimiento o la relatividad del tiempo (capacidad del Sombrero Loco para acelerar o retrasar las horas según convenga). Cuestiones que, pese a la gravedad e importancia de los temas que plantean, aparecen formuladas o sugeridas siempre desde un tono paródico y ligero, casi a modo de acertijo.
Sin tratar de explicar situaciones ni comportamientos, Carroll nos sitúa frente a un país donde todo puede ocurrir y cuyos únicos límites son los de la imaginación. Da vida con ello a una aventura luminosa y brillante a medio camino entre la realidad y la fantasía, repleta de situaciones absurdas e inverosímiles, de ingeniosas metáforas y juegos de palabras, de batallas dialécticas y bellísimas imágenes oníricas con las que a un tiempo reivindica el valor de los sueños y cuestiona la lógica del mundo convencional.
Una historia inolvidable y una obra maestra de la literatura.

miércoles, 20 de mayo de 2020

La laguna de las lágrimas



La profecía se había cumplido. El rey agonizaba, los magos huían del reino y una helada oscuridad velaba sus tierras. Entre la niebla, el viejo castillo se recortaba espectral, la guerra iba de mal en peor y un presagio de muerte y destrucción aleteaba en el aire. El invierno había posado sus alas sobre el mundo y todo era furia y desamparo.

«Más allá del odio, más allá del llanto...», en los albores del tiempo, la bruja del Norte sopló su  maldición.

Lejos del amor y la alegría, una mano de hierro oprimía el corazón de los hombres. Lloraba el bosque lágrimas de hielo y nada tenía remedio.

La tristeza trepaba, ascendía, se filtraba entre humo de batalla y punzadas de ausencia.

«Más allá del odio, más allá del llanto...», graznaban las criaturas de la noche con desgarro.

Pausado y oscuro, un jinete avanzaba hacia el castillo entre la nieve. El viento hería su piel. La desesperanza desplomaba su alma. La peste de la desolación lo acompañaba y todo en torno a él lo volvía polvo y ceniza. Una estela de silencio barría sus huellas.

Detuvo con el alba el caballero su montura a los pies de la muralla, alzó la vista hacia las ruinas que guardaba y, al adivinar entre las sombras las almenas donde un rey −su padre− y un mundo −su reino− morían, la herida de un suspiro escapó de su garganta.

Rumor de ruecas, hilar de sueños, latidos de amor... retazos marchitos del pasado, acordes tenues de un tiempo que voló.

Un eco remoto de voces perdidas pretendió por un momento devolver al príncipe una ilusión, conjurar un hechizo, invocar a la niña de pies descalzos que de belleza un día lo embrujó. Y a sus labios, entonces, como una letanía, acudió de nuevo la vieja maldición: «más allá del odio, más allá del llanto, más allá del amor y la alegría... muerte y olvido serán vuestra condena».

Algo frío y afilado le aguijoneaba el alma. Una soledad sin remedio lo abrasaba. Cesaba el sueño, comenzaba la realidad y todo −nostalgias, triunfos, amores, derrotas− lo devoraba el olvido.

Apartó al fin el joven la mirada de aquellos restos de otro tiempo con un poso de amargura. La vida se sucedía violenta, los recuerdos lo asfixiaban y un relámpago de dolor lo tomó por sorpresa. No regresaría a él la ternura ni albergaría ya su espíritu sentimientos cálidos o hermosos. «Ningún lugar habrá para mí», pensó con resignada melancolía y un estremecimiento de angustia le erizó la piel. Un vacío inmenso lo helaba por dentro. 

El cielo amanecía lívido y frío.

Una lágrima rodó por su mejilla. Luego otra. Y otra. Y otra más. Y un manantial de escarcha brotó de sus ojos bajo los abedules blancos.  

El vaticinio estaba cumplido.

Cuentan que, en las noches de tormenta, la bruja del Norte truena carcajadas de victoria. Contra su fatal conjuro mientras tanto, las hadas del bosque tejen hilo a hilo −oro y plata, plata y oro− antídotos de esperanza. Y, a orillas de la laguna de las lágrimas, al nacer el nuevo día, la voz de la tristeza entre las aguas acallan con su canto.