lunes, 16 de marzo de 2020

Con las botas puestas


Ahora me llevan a mí pero ya es tarde
Bertold Bretch

Lo habían traicionado. Un fogonazo de lucidez le reveló la gravedad de lo ocurrido y una oleada de angustia empapó su cuerpo en sudor. La guardia cósmica interceptaba su camino, rodeaba por ambos lados al Atlantis y amenazaba destruir la nave si el capitán no deponía su actitud. «¡Qué ingenuo!», musitó él con desaliento. Había creído, al divisar los primeros escuadrones, que acudían en su ayuda, que eran la respuesta a la llamada de socorro que el radiotransmisor había estado lanzando sin pausa desde que iniciaron la misión. Pero no. Las patrullas policiales llegaban cargadas de malos presagios y una advertencia descarnada y feroz latía entre sus haces de luz.
 En la soledad del puesto de mando, el capitán Clarck calculaba ahora sus opciones. Pocas. Ninguna, rectificó sin ironía. Lo detendrían, lo acusarían de alta traición, perdería su licencia de piloto, lo desterrarían al más diminuto asteroide de la galaxia.
Una rabia sorda lo invadió de pronto. Negarle el acceso al paso interestelar fronterizo quebrantaba la suprema ley de la Alianza y de la Federación Planetaria que regía. No podían impedirles la entrada y sin embargo...
Respiró hondo y trató de serenarse. Le mortificaba la injusticia. Las centurias de vigilancia cercaban la nave y no le daban tregua, lo trataban como a un criminal, atacaban con asombrosa frialdad a quien deberían proteger. Cumplían órdenes, reconoció al fin con un apunte de amargura, pero ¡qué órdenes tan equivocadas las suyas!
El rescate de astronáufragos y su traslado a una base segura no era cuestión potestativa; al contrario: se trataba de una obligación elevada a rango de derecho fundamental por la Convención para la Asistencia Espacial Intergaláctica. Una obligación de ayuda que, tras el colapso del tercer planeta, la Federación había matizado mediante incontables protocolos para concluir al cabo en un hipócrita e impune incumplimiento de su propia normativa. Aliviar la presión en la ruta de los migrantes, evitar lo que habían dado en nombrar «efecto llamada» era la repulsiva excusa que justificaba el cierre fronterizo y las durísimas sanciones a que quedaban expuestas las unidades de salvamento.
Clarck conocía los riesgos, también su tripulación, pero había vencido en ellos,  al acudir a aquella misión de rescate, el grito espantado de sus conciencias. Un grito colectivo contra la injusticia de una ley  ciega y despiadada.
La Tierra era un planeta arrasado, yermo y sin vida del que, a la menor oportunidad, sus habitantes −refugiados climáticos los denominaban ahora con apático desdén− escapaban en busca de un mundo mejor. «No −decidió Clarck finalmente, − no lo haría». Devolver esa gente a su planeta como exigía aquel maldito ministro de asuntos interplanetarios, era enviarles a una muerte segura y no lo haría. Pero tampoco estaba el Atlantis en condiciones de luchar.
Con calma de hielo comunicó su decisión al agente al mando del operativo y se dispuso a afrontar las consecuencias. El cierre fronterizo entre Júpiter y Marte los condenaba a hundirse en la densa negritud del universo. Sin testigos. En silencio.
«Anillo exterior de Saturno −ordenó con firmeza−. Nuevo plan de vuelo».
Extinguirse lentamente en la polvorienta oscuridad de una prisión nunca fue alternativa para sus valientes cosmonautas, se consoló con una sombra de sonrisa bailándole en los labios.
A la voz del capitán, todos los hombres se dirigieron a sus puestos, conscientes de haber sido abandonados a su suerte; pretendiendo olvidar que las reservas de oxígeno y alimento se agotaban, que el pasaje estaba exhausto, que resultaba prioritario desembarcar; fingiendo, pese al inevitable aire de fatalidad que asomaba a sus rostros, una esperanza que estaban  lejos de sentir. Satisfechos de no ceder al miedo. Orgullosos de caer sin rendirse.





martes, 10 de marzo de 2020

El final del affaire. Graham Greene - Reseña




Cuando uno no ve la desdicha no cree en ella

Reeditada en 2019 por Libros del Asteroide, "El final del affaire" es la que suele ser considerada mejor novela de Graham Greene y también, al parecer, una de las más autobiográficas del autor. Ambientada en el Londres de la Segunda Guerra Mundial, la trama narra la relación amorosa que Maurice Bendrix, mediocre novelista sin ningún éxito literario hasta el momento, mantiene durante unos meses con  Sarah Miles, esposa de un alto funcionario amigo suyo. Pasado el tiempo y ya concluida la aventura, Bendrix tratará de reconstruir lo sucedido y hallar explicación a un abandono para el que no encuentra motivo.
Desde ese punto de partida y con una aparente pero engañosa sencillez argumental, la  peripecia de los personajes va poco a poco girando hacia una debate espiritual y religioso que atrapa sin apenas darse cuenta al lector y lo enfrenta al tema de fondo latente en la novela: la confrontación entre el amor humano y una fe religiosa que, por una u otra circunstancia, obliga siempre a la renuncia de ese amor.
Ateo convencido, Bendrix se ve de pronto sorprendido por la recobrada fe de una Sarah que, sin explicación alguna, al instante hace de ella el centro de su existencia hasta llegar a una extraña y mística sublimación del amor compartido. Tarde y con inmensa amargura, él irá conociendo el contexto de ese proceso, rebelándose entonces contra un Dios en quien dice no creer y cuya presencia, sin embargo, no logra dejar de sentir.
La fragilidad del amor y su proximidad al odio, la fugacidad de los momentos felices y la crueldad del destino, el sufrimiento y la esperanza,  la fe y las dudas que inevitablemente la circundan son los grandes temas de una novela que deja a juicio del lector las conclusiones sobre los interrogantes que plantea y que ha llegado a ser considerada obra maestra de su autor: «Nunca volvió a estar tan cerca de la obra maestra Graham Greene como en "El final del affaire"», afirma Mario Vargas Llosa en el epílogo con el que concluye esta edición.
 Una historia que, con extraordinaria sencillez, recorre todo el arco de las pasiones humanas (amor, odio, lealtad, traición, celos, remordimientos...) profunda, compleja y muy conmovedora.

sábado, 7 de marzo de 2020

Y te marchas con el alba



¡Oh estrellas, y sueños, y delicada noche!
¡Oh noche y estrellas, volved!
¡Y escondedme de la luz hostil
que no calienta, sino que quema!
Emily Brontë

Noche tras noche, en ese vago espacio que la vigilia del sueño separa, tu sonrisa invoco. Es entonces, en tan inasible frontera, tenue trasluz de una realidad desdibujada, que un repentino chispazo de emoción −¡oh, conjuro feliz!− mi mundo ilumina. Sueño contigo, bello espejismo siempre inalcanzable. Estás en mí. Escondida en algún rincón de mi cabeza. Una sombra del pasado. Un duendecillo burlón que se ríe de mí y no se deja atrapar aunque, a veces... sí, por un momento, casi creo a veces poder sujetarte. Luego te desvaneces, la magia desaparece y el día comienza. Llora el poeta su dolor. Sangran sus versos.





Texto para el reto "Homenajeando autoras" propuesto desde el blog "Nosotras que escribimos".

jueves, 5 de marzo de 2020

Alas de cristal




¿Qué saben los sueños de límites?
A.E.

«Las damas no saltan rejas, niña», la voz de la abuela Mary tronó con severidad en su cabeza y lo inoportuno del recuerdo la hizo sonreír. «¡Pobre abuela! −pensó mientras se inclinaba levemente hacia la izquierda para mirar por la ventanilla−, ¡si pudiera verme ahora...!». El cielo estaba sereno y cuajado de estrellas. Pronto amanecería. Contempló el inmenso espacio que tenía frente a sí y un sentimiento de grandeza y libertad se adueñó de su espíritu. Todo en torno a ella era vacío y silencio, aislada por completo como estaba del ruido y la vanidad; ajena a un mundo que la adoraba, que tenía del todo rendido a su valor, a su inteligencia, a su encanto; frágil excepción de un tiempo −tiempo de hombres− que con feroz intransigencia rechazaba esa independencia por la que algunas mujeres tanto habían luchado para sin compasión reducirla a triste objeto de burla.
Pero por algún motivo ella lo había logrado. Demostrar a ese mundo ingrato su valía había sido siempre su obsesión y lo había logrado. Un incontrolable anhelo de aventura latía en su corazón, tóxico como un veneno: ir donde nadie había ido, hacer lo que nadie había hecho. Sin  importar el riesgo. Sin importar el precio.
El parpadeo intermitente de una alarma en el panel de control deshiló el curso de sus pensamientos y la trajo de vuelta a la realidad. El combustible se agotaba con rapidez y el islote donde debía repostar antes de alcanzar Australia aún no aparecía. Conectó con inquietud el micrófono del radiotransmisor e intentó contactar con el Itasca, el viejo guardacostas que había de guiarla en la operación de aterrizaje:
⸺Altitud trescientos metros. Volando norte-sur. Determinen posición.
⸺ ...
Electra volando norte-sur. Repito: determinen posición.
El silencio al otro lado de la radio resultaba atronador. Se había desviado de su rumbo, ninguna frecuencia emitía señal y no hallaba referencia que pudiera orientarla.
Perdida entre el azul (tan oscuro a esa hora todavía muy temprana) del cielo y el océano, una mezcla de miedo y de placer se apoderó de ella. El futuro no existía. Solo el vuelo. Y la gloria. Y la alegría del aviador.  
Circunnavegar el mundo a través del Ecuador era algo que nadie, ni mujer ni hombre, había intentado jamás. California, Florida, Puerto Rico, Venezuela, África, el Mar Rojo, Pakistán, Birmania, Indonesia... Había recorrido ya más de treinta y cinco mil kilómetros. Apenas restaban otros doce mil, un par de etapas, poco más. Casi rozaba el triunfo. Estaba a su alcance. Lo tenía tan cerca...
El amanecer la sorprendió con su caleidoscopio de colores y cambios de luz mientras a lo lejos se formaba una tormenta. Un denso banco de nubes grises e ingrávidas flotaba en el horizonte y corría veloz hacia ella.
Insistió de nuevo:
Electra volando hacia Howland Island. Combustible agotado. ¿Pueden oírme?
⸺...
⸺¡¿Puede alguien oírme?!
Una sonrisa triste, un raro gesto mitad insolencia mitad desamparo, asomó a sus labios. Había intentado lo imposible y había perdido. No se arrepentía. La aviación había sido siempre su pasión, una experiencia única, romántica, trascendente; un afán que la atravesó como un flechazo y marcó sin remedio el rumbo de su vida. Preparada en todo momento para lo imprevisto, acostumbrada a lo inesperado, coqueteaba sin escrúpulos, día tras día, con el riesgo y la aventura. Era feliz. Y si atreverse significaba morir, entonces moriría.
«No, las  damas no saltan rejas, abuela −musitó mientras el Electra se desvanecía despacio entre la niebla−, atraviesan océanos, ganan mundos y conquistan cielos».
En algún lugar del Pacífico, una mañana de julio de 1937, la reina de las nubes, Amelia Earhart, se adentraba entre las brumas del enigma y la leyenda. Aún arrastra el viento la  huella de su estela. Y su nombre silba con el alba a las estrellas. 



domingo, 1 de marzo de 2020

Lo que el viento se llevó. Margaret Mitchell - Reseña



Dios es testigo de que nunca volveré a pasar hambre

Galardonada en 1937 con el premio Pulitzer de novela (única que escribiría su autora, la periodista Margaret Mitchell) y uno de los mayores best-sellers de la historia de la literatura, es "Lo que el viento se llevó" retrato perfecto de un mundo que agoniza, de un modo de vida, el de los estados americanos del sur, condenado a desparecer tras la guerra civil que durante cuatro largos años (1861-1865) mantuvo enfrentados norte y sur.
Estructurada en cinco partes, la narración aborda la vida de la familia O´Hara, dueña de una rica plantación (Tara) en el estado de Georgia, durante los convulsos años de la guerra y la posguerra y más allá de su conocidísimo argumento: del amor frustrado entre Scarlett y Ashley, de la dulzura e inagotable comprensión de Melanie con quien él acabará casándose o de la desfachatez y cínico oportunismo del capitán Butler, recorre meticulosamente  la historia de los Estados Unidos durante esos años.
De la mano de los O'Hara asistimos al desmoronamiento de un mundo que muere y al nacimiento de la nueva época destinada a sustituirlo. La melancolía por ese mundo perdido, la decadencia y el romanticismo que hay siempre en ella, impregna gran parte de un relato que al narrar también con todo detalle la guerra y sus miserias (piojos, miedo, disentería...) desmitifica el halo de heroicidad que tiende a envolverla y contiene en realidad una crítica feroz hacia sus finalidades y motivos.
«Cualquiera que sea el noble fin que le asignen a la guerra, la razón de esta es siempre una sola: el dinero», argumenta por ejemplo Rhett Butler para criticar cómo políticos y hombres de estado engañan sin ningún remordimiento a unos soldados siempre dispuestos a combatir con valentía en una guerra equivocada.
O en una de las cartas que escribe desde el frente, consciente de la inutilidad de la lucha, se lamenta también Ashley con su esposa: «Combato por los viejos tiempos, por las viejas costumbres que amo tanto y que temo desaparezcan para siempre. Porque venciendo o perdiendo, nosotros perdemos de todos modos. Temo que, una vez terminada la guerra, no volvamos ya a los tiempos antiguos. No sé lo que nos traerá el futuro pero ciertamente no podrá ser tan bello como el pasado».
Otro de los grandes temas de la novela es el de la esclavitud. Cuestión que con absoluta honestidad Mitchell plantea huyendo de la habitual dicotomía entre buenos y malos. Sin ocultar el salvajismo de algunas prácticas esclavistas o el nacimiento incluso del mismo Ku Klux Klan, la autora muestra una familia que trata con extrema corrección a sus esclavos hasta el punto de considerarlos un miembro suyo más. A ello enfrenta luego la hipócrita actitud de las esposas yankies que, dueñas en este asunto de una posición moral superior, tras la ocupación de Atlanta, rechazarán sin embargo entre otras cosas dejar sus hijos al cuidado de niñeras negras por desconfianza y un mal encubierto racismo.
Interesante también el sistema de clases que se establece entre los propios esclavos donde los trabajadores domésticos se atribuyen con orgullo un rango superior a los del campo y tanto lo defienden que, pese a la devastación y la situación límite en que se encuentra Tara durante los últimos meses de la guerra, se niegan a ayudar a Scarlett y la dejan sola en lo que respecta a esa labor.
La tradición, el honor, la lealtad, el amor, el respeto a la tierra y los ancestros son cuestiones que subyacen bajo la historia de Scarlett O´Hara, absoluta protagonista de la novela y personaje al que su autora dota de unos rasgos impropios y muy poco habituales para la época en una figura femenina, dando así vida a una mujer fría, fuerte, calculadora, práctica y sin escrúpulos, que nunca busca la aprobación social de su conducta y cuyas acciones parecen en todo momento regidas por la conveniente idea de que el fin justifica los medios; una mujer anclada al presente, que mira al futuro y se niega a sufrir el daño que provoca la nostalgia de lo perdido, de lo irremediable, de lo pasado... Significativo en ese sentido el continuo «ya lo pensaré mañana» que adopta como lema.
Hija de una conocida sufragista y sensibilizada sin duda con el tema de la mujer, entre líneas pero de forma evidente, introduce también con su relato Margaret Mitchell una crítica a los convencionalismos y limitaciones a que de continuo se han encontrado sujetas las mujeres. Así con muchísima ironía hace decir en un fragmento a Rhett Butler: «¡Pero Scarlett! ¡Usted ha leído un periódico! No lo vuelva a hacer; es una lectura que crea confusión en el cerebro de las mujeres», o respecto a la actitud de la propia Scarlett: «Se esforzó en no llorar. El llanto no servía ahora de nada. La única ocasión en que podía servir el llanto era cuando se tenía cerca a un hombre de quien se quisiera obtener algún favor». Con más claridad la hará indignarse luego: «¡las mujeres pueden hacer cualquier cosa, todo, sin el auxilio masculino... excepto parir hijos y Dios sabe que ninguna mujer con los sentidos cabales tendría hijos si pudiese evitarlo!».
Destacar finalmente la magnífica película que sobre esta historia rodó en 1939 Victor Fleming (gran parte de ese rodaje pertenece a George Cukor pero fue Fleming quien lo concluyó), tan exitosa que acabó por eclipsar a la novela y que para siempre regalaría a Scarlett el bellísimo rostro de Vivien Leigh. 


        Reseña publicada en el nº 7 (marzo 2020) de la revista "El Tintero de Oro Magazine".

sábado, 15 de febrero de 2020

Cicatrices


«A Dios pongo por testigo», maldecía Escarlata O'Hara entre las ruinas de Tara. «A Dios pongo por testigo», musitó también Aurora frente al televisor. Una lluvia menuda e intensa caía al otro lado del cristal y un aroma fresco a tierra mojada llenaba el aire. Secó una lágrima atrapada en sus pestañas y se acercó a la ventana. «¡Por fin! − suspiró mientras miraba la lluvia caer.− ¡Por fin!». Había conjurado esa noche un fantasma y una sensación agridulce invadía su alma. Lo había logrado. Una etapa de su vida se cerraba para siempre y comprobó con sorpresa cómo el alivio ganaba la partida a la melancolía. Se había enfrentado a Alberto sin llanto ni reproches. Había sido capaz. Al verlo plantado frente a ella suplicando su perdón, algo se le había roto dentro, algo definitivo que la removió con sentimientos que no había experimentado en mucho tiempo.
Alberto. La vida antes de Alberto era una sombra oscura en su memoria. Lo había conocido en su primer año de universidad. El chico más guapo de la clase. El chico ingenioso y divertido con el mundo entero rendido a sus pies. El chico que en una fiesta, le susurró al oído: «un día me casaré contigo». Y agradecida a su buena suerte, porque la había elegido a ella y solo eso importaba, porque la primera vez que la vio pensó que era bonita y el estómago se le hizo un nudo, porque el amor a primera vista era tan ridículo como irresistible, Aurora se casó con él.
Pasó luego el tiempo, la rutina devoró el hechizo, se perdieron en  los inevitables recovecos de la vida cotidiana y llegó el día que los enfrentó a su error.
 «Es difícil escoger a la persona con quien pasar la vida −se justificó Alberto, mientras preparaba a toda prisa una pequeña maleta.− Mucha gente se equivoca y nosotros lo hicimos, no es culpa de nadie».
La ilusión por un amor recién nacido incendiaba su rostro y evidenciaba la traición.
Aurora lo dejó marchar. Besó cariñoso a las gemelas −«papá se va de viaje, mis niñas, os traeré a la vuelta algún regalo bonito»− balbuceó de nuevo su hiriente excusa («¿no es culpa de nadie? −se torturaría luego Aurora una y otra vez, − ¡maldito cobarde!, ¡¿cómo no va a ser culpa de nadie?!») y ella lo dejó marchar. Sin lágrimas. Sin recriminaciones. ¡Qué tonta!, ¡y qué ciega había estado! No lo vio venir. Había achacado al trabajo el cansancio y la irritabilidad de los últimos tiempos y no lo vio venir. ¡Qué tonta!, ¡qué grandísima tonta!
Más que desengañada se sentía profundamente herida. Una mujer gastada y aburrida sustituida por una nueva: más leve, más alegre, más joven. Una historia vieja como el mundo.
Y ahora, tantos meses después, Alberto había regresado. Que estaba confuso, farfullaba con desconcertante desamparo, que se había equivocado, que había cometido el peor error de su vida. Regresaba mendigando su  perdón, implorando lo que no merecía. Cubierto de cenizas. Como una aparición.
El maltrecho corazón de Aurora volvió a latir un instante con fuerza y al borde la puso la impresión de bajar la guardia y abandonarse a su abrazo pero no, los recuerdos se le volvían en contra y no podía permitírselo. Sacudió la cabeza y se sobrepuso. Había perdido durante su ausencia el miedo a no ser amada. Había tenido el valor de mirar su vida cara a cara y advertir cuánto había en ella de incorrecto. Se había enfrentado a sí misma y asumido que podía equivocarse, que quizás lo hubiera hecho, que era preferible sufrir mucho un día, un mes, un año... que un poco durante toda la vida, que no estaba dispuesta a engañarse de nuevo.
 Lo había perdonado, le aseguró con calma, tras un peligroso segundo de vacilación  −esa gélida entereza mató de un soplo su esperanza y lo enfrentó a la magnitud de la derrota− pero ya nada podría volver a ser como antes. Algo frágil, el hilo de confianza que una vez los ató, estaba roto y no había modo de anudarlo de nuevo.
Asintió Alberto muy despacio, petrificado en su fracaso, sin argumentos ni defensa. Rozó al fin en un beso suave la mejilla de su esposa, se asomó un momento a la habitación donde las niñas hacía rato que dormían y, al girar sobre sus pasos, un lamento mudo dejó en el aire.
De pie junto a la ventana, con la sola compañía del televisor, aún sin encajar sorpresa y emoción, Aurora intentaba ahora serenarse. Había hecho lo correcto. No se trataba de venganza sino de supervivencia. No podía permitir que la hiriera de nuevo y sin duda lo haría a la menor oportunidad: no era su culpa, era su naturaleza, decidió con deliberada ecuanimidad. Sí, reflexionó, reconociéndose de pronto en esa Escarlata O'Hara que parecía interpelarla desde la pantalla, también ella era esa mujer: la valiente Escarlata cargada de contradicciones que sobrevive a toda costa en un mundo que agoniza.
Tragó el desconsuelo atrapado en su garganta y regresó al sillón. Prohibido llorar. «Mañana, ya lo pensaré mañana», se dijo ahuyentando de su mente recuerdos y fantasmas. Un apunte de sonrisa curvó sus labios: «realmente mañana será otro día».







Relato publicado en el nº 7 (marzo 2020) de la revista "El Tintero de Oro Magazine".

domingo, 9 de febrero de 2020

Mujer en el espejo



«Espejito, espejito...», se burló de sí misma frente a su reflejo. Observó un instante su imagen con sarcasmo, ajustó la peluca que disfrazaba de platino su cabello y retocó el maquillaje desteñido en sus facciones. Al otro lado del cristal, unos ojos duros y apagados, enfermos de sufrimiento y de vergüenza, la juzgaban inmisericordes. Tropezó con la mueca que tensaba sus labios, examinó sin piedad los surcos que recorrían su rostro, las ruinas de una juventud y una belleza enterradas vivas en decenas de sórdidos moteles, en bruscos despertares de sueños agitados, en secretos desengaños de mil esperanzas calladas..., y un pellizco de tristeza la removió por dentro.
Apartó al fin con un suspiro la mirada del espejo, tomó los billetes que, aún a medio vestir, el desconocido de turno le tendía y salió a la calle.
⸺¿Paloma? −la reconoció de pronto una voz entre las sombras.
⸺Lo siento, se equivoca −respondió la mujer con aspereza, hurtándole a la noche y sus fantasmas el semblante.
El ruido sordo de sus pasos ahogó su llanto y su lamento. El latido herido de un corazón que en lágrimas de amargura se rompía al sorprender los ecos de su belleza perdida. 





http://estanochetecuento.com/mujer-en-el-espejo/

domingo, 2 de febrero de 2020

Rebelión en la granja. George Orwell - Reseña


Si la libertad significa algo, es el derecho de decirles a los demás lo que no quieren oír
G.O.

Una noche el viejo cerdo Mayor, uno de los habitantes de la llamada Granja Manor, tiene un sueño, casi una premonición, que al despertar decide compartir con sus compañeros. Reunidos todos en un extremo del granero principal, a salvo de la mirada del señor Jones (propietario de la granja), una vez acomodados y captada su atención, comienza a hablarles del utópico mundo que soñó: un mundo donde todos los animales serían libres e iguales, lejos de la injusticia y el despotismo con que el ser humano los ha tratado siempre, del sometimiento a que se encuentran atados y de la necesidad para lograrlo de rebelarse en algún momento contra tales ataduras. Sus palabras llenan de inmediato a todos de esperanza haciéndoles pensar que una vida nueva y mejor, más justa, libre de la tiranía y del yugo del hombre, tal vez sea posible.
 Mayor muere poco después y los cerdos, como animales más inteligentes de la granja, articulan entonces a partir de su discurso una ideología a la que denominan Animalismo que muy pronto habrán de llevar a la práctica tras el repentino e inesperado triunfo de la revolución.
Así comienza esta cruda y satírica fábula en torno a la corrupción, la mentira, la opresión y la traición con la que Orwell parodia con absoluta transparencia el socialismo soviético y todo su entramado político.
Repleta de simbolismos, la historia relata lo que ocurre tras la instauración de ese nuevo régimen surgido de la rebelión y cómo los cerdos, encabezados por el tiránico Napoleón, rompen el principio de igualdad por el que todos deberían regirse para pasar a dirigir con cruel arbitrariedad el destino del resto de animales.
 Transcurren los meses, la promesa de una nueva vida se incumple, trabajan todos como esclavos... Mientras tanto los cerdos mantienen el poder, falsean la verdad, viven con extrema comodidad y proclaman traidor a cualquiera que se oponga a sus designios.
Pese a que los protagonistas son animales, el paralelismo con los líderes que encabezaron la Revolución Rusa es evidente: el señor Jones (el granjero contra quien se alzan) sería el zar Nicolás; el cerdo Mayor podría ser Lenin o Marx; Napoleón y Snowball, representan a Stalin y Trotsky; Boxer, el caballo trabajador, al proletariado; ovejas y gallinas a la multitud analfabeta que nunca cuestiona al líder...
Con absoluto realismo muestra Orwell con todo ello el modo en que las dictaduras promueven la sumisión, cómo se asientan y endurecen manteniendo en la ignorancia a los más débiles, la falta de autocrítica que las caracteriza, el empleo del miedo y la violencia como arma de control y la infelicidad y la pobreza a que inevitablemente conducen.
Escrita con la sencillez de una fábula clásica, es esta una historia lúcida y valiente que invita a reflexionar sobre los abusos del poder y la facilidad con que todo lo corrompe y manipula.
Muy incómoda en su momento por la demoledora crítica a los totalitarismos que contiene, logró ser publicada pese a todo (tras varios rechazos) en 1945, manteniendo aún hoy toda su vigencia la alegoría sobre la que fue tan hábil e ingeniosamente construida.


Reseña publicada en el nº 6 (febrero 2020) de la revista "El Tintero de Oro Magazine".

sábado, 1 de febrero de 2020

Reto "Todos los clásicos grandes y pequeños " - Inquilinas Netherfield



Propone el blog "Las Inquilinas de Netherfield" un nuevo reto literario con varios niveles y propuestas de lectura. El plazo para inscribirse finaliza el 29 de febrero y este es el enlace a las bases.
El primer y segundo nivel consisten en leer y reseñar cinco obras clásicas en cada uno de ellos (considerando como tales las publicadas con anterioridad al año 1980) con la siguientes condiciones:

Nivel 1

-Clásico con adaptación cinematográfica
-Clásico de 200 páginas o menos: "Rebelión en la granja". George Orwell
-Clásico ambientado en Londres: "El final del affaire". Graham Greene
-Clásico de un autor leído por primera vez
-Clásico donde el personaje principal sea una mujer: "Lo que el viento se llevó". Margaret Mitchell

Nivel 2:
-Clásico publicado con seudónimo
-Clásico de misterio/suspense/policíaco: "Extraños en un tren". Patricia Higsmith
-Edición de relatos clásicos (mismo autor o VV.AA.)
-Clásico con adaptación en formato serie
-Clásico escrito originalmente en español

IV Reto Nos Gustan los Clásicos - Un lector indiscreto



De nuevo me sumo este año al reto de lectura propuesto por el blog "Un lector indiscreto". Se trata de leer durante el año un mínimo de siete obras clásicas (considerando como tales las publicadas con anterioridad al año 1980) y reseñarlas en el propio blog, debiéndose publicar asimismo una entrada como esta para dar publicidad al reto. El plazo para inscribirse finaliza el 29 de febrero.

Este es el enlace a las bases