jueves, 21 de junio de 2018

Un susurro en la oscuridad. Louisa May Alcott - Reseña


"El intenso deseo de penetrar aquel secreto me colmó con su vieja inquietud".

"Un susurro en la oscuridad" de Louisa May Alcott es una novela breve  que podría incluirse en la categoría de nouvelle. Fue publicada bajo pseudónimo por primera vez en 1.863 y ha permanecido inédita en castellano hasta el año 2.016 cuando fue al fin  recuperada por el sello "Hermida Editores".
 Sin duda el enorme éxito de "Mujercitas" eclipsó la restante producción literaria de Alcott y es ese uno de los motivos por  el que esta novela, tan diferente de aquella, resulta también tan sorprendente. En muy pocas páginas construye la autora una historia interesante y profunda repleta de secretos, de giros argumentales y recursos propios del terror gótico. Fundamental en tal sentido resulta el aspecto psicológico de una narración en primera persona que de inmediato traslada al lector los sentimientos de angustia, impotencia, desasosiego,  incertidumbre o desesperación que sufre la protagonista y lo introduce con un ritmo ágil y trepidante en la misma atmósfera asfixiante en que ella se halla inmersa.
Historia intensa y oscura que pese a comenzar como una de esas novelas románticas, despreocupadas y ligeras, tan propias de la época, pronto deriva hacia el suspense y el misterio para abordar también temas muy novedosos en ese momento: las drogas, la locura, la manipulación mental o la libertad, siempre coartada, de acción y pensamiento de las mujeres. Todo ello en una narración muy medida, muy bien ambientada y muy bien estructurada.

sábado, 9 de junio de 2018

Confesiones de un marino



Aparecieron de la nada. Apenas había amanecido, el mar estaba en calma y el cielo sin estrellas, cuando desde la cofa del palo mayor, en lo más alto del puesto de observación, el grito del vigía dio la voz de alerta. Todos los miembros de la tripulación corrimos entonces a cubierta y, en ese instante, todavía mucho más perplejos que horrorizados frente a aquel imprevisto espectáculo, expectantes y aturdidos, contemplamos como la espesa cortina de niebla muy baja y oscura que a esa hora aún nos envolvía, se transformaba como por ensalmo en una magnífica y poderosísima escuadra naval, desafiante, amenazadora y en extremo temible. Medio centenar de navíos de línea, de galeones, de corbetas y fragatas, navegaba rumbo norte hacia nosotros, todas las velas desplegadas, bien pertrechados y listos para el combate.
Era −¡cómo olvidarlo!− el verano de 1.780. Escoltados por la flota del Canal de la Mancha, entre vítores y aclamaciones, arropados por la euforia y la alegría con que en aquella época era habitual despedir a marinos y tropas, habíamos zarpado del puerto de Portsmouth muy pocos días atrás. Cincuenta y cinco buques que en un punto secreto (eso creímos) del Atlántico habríamos poco después de dividirnos y que hasta entonces tendría yo bajo mi mando. Unos partirían luego rumbo a la India como apoyo a la guerra colonial que allí se libraba. Otros hacia las colonias de ultramar portando, junto al muy necesario −casi a aquellas alturas de la guerra yo diría imprescindible− refuerzo de oficiales y soldados de infantería a ellas destinado, un valiosísimo cargamento de armas, pólvora, provisiones, lingotes y monedas de oro. Mantener operativa a la esforzada y ya muy exhausta flota británica que, durante cinco larguísimos años había luchado por sofocar la rebelión desatada en aquella parte del mundo era en realidad la principal misión de nuestra expedición.
Navegar alejados de las costas ibéricas y de las rutas comerciales fueron nuestras órdenes. Evitar un encuentro con navíos españoles o franceses −aliados ¡cómo no! de los sublevados− resultaba vital. No lo logramos.
No sé como ocurrió. Los malditos españoles −¡malditos! ¡malditos todos sean!− nos tomaron por sorpresa. Con la primera luz del día, aquella madrugada del 9 de agosto, se torció nuestra suerte y, en medio del océano, aislados y rodeados de velas enemigas, nos encontramos cercados por completo. Muy poco después, se desató el infierno.
La batalla fue feroz. De los costados de los navíos, durante horas, tronaron los cañones en una interminable sucesión de fogonazos y ensordecedoras estampidas. Densas nubes de humo blanco cubrieron el cielo por un tiempo que parecía no tener fin, ocultando tras ellas jarcias, velas y cascos.  Inmisericorde y brutal retumbó la artillería mientras crepitaba en las cubiertas de los barcos el fuego de mosquetes, de arcabuces y fusiles. Remolinos de fuego y pólvora incendiaron el océano. Palos tronchados, cubiertas destrozadas, obenques cayendo de los mástiles, nubes de astillas, balas, metralla, gritos, sangre, muerte y devastación.
Tantos años después, aún hoy tortura mis insomnios el recuerdo de aquella jornada fatídica y terrible. Cierro los ojos y, puntuales, regresan mis fantasmas. Voces y rostros, acusadores y severos, reaparecen ante mí. Con ellos el olor a salitre y a pólvora quemada, el estrépito de disparos y explosiones, la confusión, el desconcierto, el dolor, la impotencia, el miedo.
Cincuenta y dos buques fueron aquel día capturados, más de tres mil soldados apresados, toda la mercancía confiscada. Innegable fue la victoria española y catastrófica para la corona inglesa −bien lo sé− resultó nuestra derrota.
¿Qué puedo decir? La superioridad del enemigo era tan abrumadora. Nada pudimos hacer. Imposible era evitar el desastre. Se trataba sólo de tiempo, cuestión de tiempo, lo supe de inmediato. Y sin embargo...
Un peso terrible carga desde entonces mi conciencia. Los abandoné. Los buques de escolta huían en desbandada y, camuflado entre su tripulación, sin apenas pensar en lo que hacía, con ellos yo −John Moutray, capitán de la marina real de guerra, al servicio siempre de su majestad− me di a la fuga.  Abandoné a mis hombres. Sí, eso fue lo que hice. Que Dios o el Diablo me perdonen pues no hay, para un marino, mayor cobardía ni más irreparable traición.
Nada puedo alegar en mi favor más allá de un arrepentimiento largo, cierto, profundo y sincero; de los escrúpulos y remordimientos que, a toda hora, arruinan desde entonces la paz de mi alma; de esta tardía y del todo  inútil confesión.
Pagué mi pecado, cierto es. Fui juzgado. Cumplí condena. Expié mi culpa. Y, sin sobresaltos, prosiguió mi vida. Jamás, sin embargo, ni un solo instante, en lo más hondo de mi corazón, me mantuve a salvo del deshonor y la vergüenza. Jamás hallé la calma. Jamás ante mí mismo perdoné aquella lejana y tan bochornosa deshonra. Y jamás, nunca jamás, olvidé un nombre. Un nombre sin rostro que de continuo atormenta mis horas, que a destiempo invade todas mis noches y días. Un nombre que aguijonea, inclemente, mis sienes, que enciende mi sangre, que remueve recuerdos, que castiga mi tiempo y tortura mi mente nerviosa, tan herida. El nombre del enemigo, del adversario audaz, del héroe −artífice también de este nuevo mundo que recién ahora nace y aún está por llegar− que, a buen seguro, con honores revivirá un día su hazaña al calor de la memoria y al amparo de la Historia. El nombre del almirante que aquel verano aciago, quizá sin saberlo, seguro sin pretenderlo, destrozó sin remedio mi vida.
 ¡Malditos! ¡Malditos españoles! ¡Maldito Luis de Córdova! ¡Malditos todos sean!








          Relato para Zenda #bajodosbanderas

domingo, 3 de junio de 2018

Éxodo



Habían pasado dos años desde que la fatalidad se enredó a mis días, dos larguísimos y angustiosos años de rabia e incertidumbre, cuando perdí toda esperanza y comprendí que aquel episodio de mi vida no habría de ser −¡con qué facilidad en un primer momento me engañé!− una circunstancia pasajera. Asumí de golpe en ese instante que estaba solo, abandonado por completo, herido de  muerte.  Me abandonaron, sí. Todos. Muy poco a poco primero y a la carrera después. No les culpo. No lo hice entonces y tampoco habré de hacerlo ahora. Resistieron a mi lado hasta el último momento, mucho más allá de lo conveniente y sin duda de lo sensato o de lo prudente. Fue, reconozco, cuestión de supervivencia. Debo admitir también por mucho que duela −y cierto es que en lo más hondo del alma me duele− que el día menos pensado yo los hubiera acabado matando. Marcharon resignados, con lágrimas en los ojos y el corazón en pedazos, prometiendo un regreso que ahora sé nunca llegará.
Lenta e implacable, durante días, meses, años, se fraguó mi desgracia. La vi venir de frente. Todos lo hicimos. Supe de inmediato que antes o después me vencería. Pese a ello vendí (vendimos) cara la piel.
Es triste la soledad, esta rutina inclemente de horas vacías, de memoria arrasada y recuerdos borrosos. Voces y rostros  se desdibujan poco a poco entre tanto abandono, entre tantísima nada, aunque a veces −pocas pero a veces− hasta mí trae el viento un eco lejano de juegos, de canciones, de susurros, de alegrías, de amores y risas... y es entonces que, inmerso en ese dulce espejismo, recuerdo con sorpresa quien fui y soy un instante de nuevo feliz.
Nada queda de aquel tiempo. Todo en humo se ha desvanecido. Escenarios, ilusiones, amigos y horizontes. Primero desapareció la escuela, después la carretera, más tarde la mezquita y el mercado y por último el hospital. Fueron días aquellos de horror y desconcierto, de incredulidad, de agonía, de ira y desamparo. Pese a todo, en medio del caos y el espanto, aún nos aferrábamos entonces a un resquicio de esperanza. Cuando la perdimos, cuando dejamos de rezar por un milagro que ya adivinamos imposible, comenzó nuestro éxodo y, al fin, un mal día yo −triste espectro de mí mismo− me hallé deshabitado y solo por completo. En el centro mismo del infierno.
Así permanezco. Las aves carroñeras se adueñaron hace mucho de  mi tierra. Me observan desde lo alto. Una y otra vez, incansables y expectantes, en silencio, trazan círculos sobre mí. El paisaje es desolador. Nada queda de la vida y la belleza de otro tiempo. Cenizas, vegetación muerta, columnas de fuego, destrucción e indiferencia, es cuánto me rodea. Tierra yerma, heridas que supuran, que sangran y no cicatrizan. Que jamás lo harán.
Puntuales, día tras día, las bombas continúan cayendo. Sobre mis escombros. Sobre esta infinita y devastadora soledad.
Me cuenta algunas noches el dolorido vaivén de las olas que alguien −grabada a fuego en mirada y piel nuestra desgracia− grita en ocasiones mi nombre a las puertas de Europa. Murmura su llanto de espuma que, de mi gente nunca nadie se apiada, que nadie nos recuerda, que nadie comprende, que nadie se conmueve, que nadie nos llora, que nunca nadie nuestro dolor escucha. Y así, invisibles y etéreos fantasmas, tristes ánimas torturadas y penitentes, cruzamos −siempre yo junto a ellos y en su corazón mi derrota− cordilleras, desiertos, océanos y mares. Sin fe ni esperanza. Sin descanso. Sin hallar justicia, consuelo ni alivio. Eternos vagabundos sin albergue. Errantes peregrinos sin paz y sin asilo.  








          Reto aniversario "Relatos Compulsivos". Segundo puesto.

viernes, 1 de junio de 2018

Cómicos



Mi vida cambió para siempre −quizá más acertado sería decir que de veras comenzó− una tarde de diciembre. Una de esas tardes invernales de oscuridad temprana y frío inmisericorde en que, recuerdo, había llovido sin tregua y, como por entonces solía ocurrir −tanto tiempo hace ya que casi parece imposible− agua y lodo habían vuelto intransitables las calles en algunos trechos. Una pequeña compañía de artistas, tan pequeña que ni nombre tenía, acababa de llegar al pueblo y a punto estuvo la lluvia de arruinar su primera función.  Por suerte, no lo hizo.
No eran aquellos buenos tiempos para los cómicos, nunca ninguno lo fue en realidad. Aunque la nostalgia endulce ahora el recuerdo e, incluso a mí, hoy pueda parecer romántica y hasta divertida  la vida que aquellos trotamundos −pobres actores sin suerte− llevaban: hoy aquí, mañana allí, siempre de pueblo en pueblo, de camino en camino, bultos, alegrías, desamparos, sueños, tristezas e ilusiones al hombro... no, no lo eran en absoluto.
Yo, por entonces un niño, de aquella época apenas ya nada recuerdo. Un estado de ánimo, tal vez, una melancolía permanente que todo lo envolvía. Hasta aquel diciembre. Hasta aquella gélida, desapacible y pese a ello afortunada tarde de diciembre que con tanta fuerza y de tan irreversible modo mi vida marcó.
Apenas cesó la lluvia e iluminó la luna la penumbra, el aire se llenó de voces. Había dado comienzo la función. El público muy escaso pero entregado: campesinos de rostros curtidos por el sol, por los vientos y la vida, gastados por el tiempo y la pobreza que reían, se emocionaban, lloraban y con entusiasmo aplaudían al compás que la historia marcaba, cautivados por el sonido, por la magia y el misterio de unas palabras que quizás no alcanzaran a comprender del todo pero que, en aquel momento, con certeza sabían sólo para ellos rescatadas del olvido y de las sombras.
Fue entonces que en mi fuero interno, en un lugar muy secreto, una ilusión dormida despertó. Una felicidad nueva, desconocida, mía únicamente, de improviso brotó en mi alma y aquel niño algo triste y solitario que hasta entonces yo era, comenzó a soñar sueños que nunca antes había sentido suyos. Un latido dulce y cálido, algo que apenas sabía nombrar, conquistó su corazón. Una belleza desconocida e inesperada que sin remedio para siempre lo apresó.
De allí marcharon poco después los cómicos rumbo a otros destinos sin conocer la huella que tras ellos dejaban: una criatura rendida, enamorada, para siempre cautiva de la más bella profesión que, sin duda, jamás en el mundo existió. Aunque, tal vez... tal vez algo sí que adivinaran después de todo. Imposible debió ser no advertir aquella mirada atónita, hipnotizada, que desde la primera fila, deshecha en llanto, al mundo gritaba su emoción.

Tantos años desde entonces ya pasaron, tantas candilejas, emociones, bambalinas y escenarios, tantos personajes noche a noche en mi piel cobraron vida... e intacta sigue todavía mi pasión, mi admiración y el destello deslumbrante en mi recuerdo, agradecido, de aquel día.


  


            Imagen: Fotograma de la película "Pájaros de papel".

           Este relato aparece publicado en el nº 43 de la revista "Valencia Escribe" (junio 2.018) y obtuvo el tercer premio en el concurso promovido por la comunidad "Relatos Compulsivos" en mayo de 2.018.

https://www.yumpu.com/es/document/view/60349400/ve-43-junio-2018

viernes, 25 de mayo de 2018

Pérfida deserción



No sé que más hacer ¡Ay! Ella se niega a volver y, por mucho que lo intente −y de mil modos lo hice− incapaz soy ya de convencerla. He suplicado, implorado, llorado, rogado hasta la humillación y, aunque algo me avergüenza reconocerlo, si se fijan un poquito podrán ver todavía estos tristes ojos míos húmedos de autocompasión. Mas nada la conmueve. Se muestra implacable la muy perversa, por completo a mi dolor indiferente y fría como el hielo. Sabe que su ausencia me parte el alma porque yo creí de veras que lo nuestro era real y de pronto este abandono... <<Sólo intento ponerte a salvo de tus ilusiones>>, pícara y malévola, al oído me susurró al marchar. Indescifrable jeroglífico para mí. Y vuela el tiempo, apremian plazos y mecenas y esta musa traidora, caprichosa, veleidosa... no regresa.









Imagen: Annie Leibovitz
http://estanochetecuento.com/perfida-desercion/

domingo, 20 de mayo de 2018

Una tarde de primavera



Bernardo Gómez perdió la cabeza una tarde de primavera. Hacía calor y un aroma dulce a vainilla y miel flotaba en el aire. Bernardo Gómez no lo notó. Caminaba como un autómata hacia el trabajo, puntual, catalogando en su mente −urgentes, muy urgentes, extremadamente urgentes− las tareas amontonadas sobre su mesa, las llamadas telefónicas que habría de atender aquella misma tarde sin más dilación, los informes de cuentas aún por revisar... Era Bernardo Gómez un hombre en extremo responsable, grave, prudente, concienzudo, un mago de las finanzas, el valor en alza de la empresa, el hombre del momento, ese hombre que acapara siempre las miradas ante cualquier problema o difícil situación. Pero era también −no resulta arriesgado en exceso decir a causa de todo ello− un hombre gris, un hombre gélido, aburrido, triste y ceniciento, incapaz de percibir el dulce aroma a vainilla y miel que algunas tardes de primavera, cálidas y particularmente luminosas, flota en el aire.
   Así pues, enfrascado en sus pensamientos como andaba, sin presagio alguno que lo advirtiera de lo que a punto estaba de ocurrir en ese momento, dobló Bernardo Gómez la última esquina que lo separaba de su destino. Y en ese recodo del camino, justo en ese recodo, su cabeza para siempre se perdió. No lo supo de inmediato. Fue por los guiños cómplices, por algún cuchicheo malévolo, por la extrañeza en los rostros de quienes con él se cruzaban, que lo advirtió. Tarde. Entre el miedo y la esperanza, con tremendo desconcierto, sintió Bernardo Gómez latir su corazón. Demasiado tarde. Una emoción extraña, desconocida, lo había ya apresado sin remedio.
Atónito y desamparado, tras una sombra de ojos negros, cuentan que un hombre sin cabeza recorre desde entonces noche y día la ciudad. Busca, sin hallarla, una sonrisa. Aquella que a la vuelta de una esquina, un  instante con dulzura lo acunó. Aquella que, sin saber lo que robaba, continuó ligera y despreocupada su camino y, de inmediato, lo que con ella se llevaba olvidó.




Mención honorífica en Certamen Mayo 2.018  "El Tintero de Oro".
        https://relatosensutinta.blogspot.com/2018/06/el-tintero-de-oro-gala-de-premios-ix.html

sábado, 12 de mayo de 2018

Cuentos Completos. Volumen I (1.864 -1.878) Henry James - Reseña.



"Lejos de avergonzarme por esta ambigüedad, me siento orgulloso de ella"

Con ocasión del centenario de la muerte del escritor estadounidense Henry James, ha comenzado la editorial "Páginas de Espuma" la publicación de una trilogía que por primera vez recopila en castellano todos los cuentos del autor. Ordenados de forma cronológica, el primer volumen y único hasta ahora en haber hecho su aparición, recoge los cuentos de juventud y aborda una primera etapa donde surgen ya temas que serán luego muy habituales en su obra posterior: el secreto, la pérdida de la inocencia, la decepción, la derrota, la delgada línea que separa éxito y fracaso...
Son los de James cuentos largos, complejos, ambiguos en muchas ocasiones y que en gran parte quedan pendientes de la interpretación del lector, historias donde más importante que la trama (con frecuencia de engañosa sencillez) resulta lo que en ellas se sugiere o no se acaba de contar del todo. Relatos que juegan con diferentes puntos de vista, que a modo de narrador incluyen habitualmente un cronista ajeno a la historia capaz de aportar cierta dosis de crítica o interpretación propia, que alternan fantasía, romanticismo, realidad... que se nutren en gran medida, en esta primera etapa, de sus viajes por Europa mostrando de ella una versión muy idealizada y entre los que inevitablemente se filtra también la pasión por el arte en general y la pintura en particular que siempre sintió el autor.
Una obra magistral e imprescindible.

domingo, 29 de abril de 2018

Daños colaterales



Presiento −y no preciso para ello recurrir a la dotes adivinatorias que tantos me adjudican− son ustedes parte de ese tipo de personas que adora la primavera. No es un reproche, no ¿cómo iba a serlo? se trata sólo de una simple observación. Y es que son legión los entusiastas de tal estación. Tal vez hasta ahora no hubieran reparado ustedes en ello o no hubieran prestado al asunto la atención que a mi juicio merece pero, créanme, yo sé bien de lo que hablo. Pregunten, pregunten a cualquiera y verán como de inmediato y sin el más leve pestañeo todas las respuestas, sin apenas excepción, se inclinan a favor de la bellísima, fresca, flamante y cautivadora primavera. Conste que lo digo sin atisbo alguno de ironía, no se confundan y no atribuyan a mis palabras un sentido del que por completo carecen. No, nada más lejos. Muy al contrario, entiendo su éxito a la perfección: luminosa, alegre, aromática, poética, romántica a rabiar... La reina de la fiesta, vaya. Aunque, si vamos a ser sinceros, hemos de reconocer también que tras los larguísimos, grises y lluviosos meses invernales que la preceden, mucho mérito tampoco tiene la cosa ¿no creen? Bien fácil ha de resultarle ejercer su hechizo, su calidez y su dulzura bajo esos espléndidos e inmensos cielos azules, tibias y brillantes tardes de sol y mágicas noches estrelladas sobre los que, poco a poco, la muy pícara ha tejido su leyenda.
En fin. El caso, como seguro ya habrán adivinado, es que pese a todas sus excelencias, su belleza, su magia, su poesía... yo la odio. Sí, odio la maldita primavera con toda la fuerza de mi pequeño ser.
Comienza el buen tiempo, alargan los días, se llenan los parques de enamorados cándidos y almibarados hasta la náusea y de rabia e impotencia −también algo de miedo, no lo negaré− tiembla sin remedio mi pobre corazón.
 Y sé que no es su culpa ni mucho menos su intención pero ¡ay! tan crueles e irreparables son los efectos secundarios que, con su aparente inocencia, la muy traidora ejerce sobre mí...  
Deshojada, dolorida y marchita, estupefacta, horrorizada y al límite de mis fuerzas, la luna llena me encuentra cada noche. Sólo con ella desahogo mis penas y aunque, cómplice y comprensiva, en silencio y con paciencia infinita, siempre me escucha, muy leve es el alivio que en tal confesión mi martirizada alma halla e incurable a estas alturas parece la ansiedad y la angustia que, día tras día, mes tras mes, primavera tras primavera, mi maltrecho espíritu corroe.
Hace ya mucho que perdí la esperanza de transitar en paz mis días y eso, me temo, es lo peor. Y es que, aunque de mil modos diferentes lo intenté, esos tontorrones de sonrisa bobalicona, lánguidos ojillos y mirada perdida en sus amorosos abismos, que agotan inclementes mi paciencia, no escarmientan. Por más que siempre a su pregunta −¿romántica, dicen? ¡Ja! ¡Absurda y empalagosa como ninguna!− respondo con un "NO" quizá en exceso rotundo y sin duda −reconozco− algo malévolo, imperturbables y esperanzados, ellos insisten e insisten... ¡Pues van listos! Tan humilde y sencilla como parezco, ni a sospechar han comenzado todavía, lo rencorosa y vengativa que, cuando con interés me lo propongo, puedo llegar a ser.
¿Oráculo del amor yo? ¡Qué ocurrencia! ¡Vamos, hombre!







Este relato aparece publicado en el nº 42 (mayo 2.018) de la revista "Valencia Escribe".

martes, 24 de abril de 2018

Eterna condena




Lo ha conseguido. Por fin. Dos mitades exactas de una misma pieza. Contempla su obra con cierta pesadumbre mientras se dice que no ha sido aquello venganza sino justicia. Imposible era dejar impune tamaña osadía y única culpable de su desgracia ha sido esta raza vanidosa e imperfecta que desgajada entre sus manos ahora se encuentra. ¡Desafiar a los dioses! ¡Pecado mayor para los hombres no existe! Vagar en busca de su otra mitad, esa que desconcertados ya no encuentran, será para siempre su condena. Tristes naranjas incompletas que, a fuerza de amor, la ofensa a un dios, redimir anhelan.




Imagen: Kevin Corrado.

sábado, 21 de abril de 2018

Moby Dick - Reseña



"Hay una sabiduría que es dolor y un dolor que es locura..."
Acoge estos días el Teatro Principal de Valencia la versión teatral que, dirigida por Andrés Lima y protagonizada por José Mª Pou,  hace Juan Cavestany de Moby Dick, clásico inmortal de Melville.
Con una puesta en escena muy cuidada e impactante que a la perfección simula la cubierta de un barco y el mar de fondo sobre una pantalla, aparece Pou en escena y, sobre las tablas, de inmediato cobra vida uno de los mayores personajes de la literatura universal. Con él el relato de una aventura mítica, de una obsesión, de una pasión y una venganza. Un relato que nos enfrenta a la fragilidad del ser humano, que nos muestra con absoluta claridad la locura y la desolación de su protagonista, el vacío de su alma, que nos hace acompañarle en el viaje sin rumbo y sin destino tras algo absolutamente inalcanzable en que en algún momento convirtió su vida. Un relato que guía poco a poco al espectador hacia  una reflexión profunda sobre la maldad y la muerte.
Aunque por completo se centra esta adaptación en la figura de Ahab −magnífico José Mª Pou− no es sólo suya su voz, son sus palabras también las del narrador de la historia, incluso quizás las del propio autor de la novela. Narrador y personaje se confunden claramente en el monólogo con el que concluye la obra.
Otros dos actores (Jacob Torres y Óscar Kapoya) interpretan a Starbuck, Ismael, Pip y algún otro miembro de la tripulación, dando con ello mayor profundidad a la narración y completando los matices del personaje principal en un texto amargo y muy corrosivo, sobrecogedor también por momentos: "quien diga que en su vida hubo más alegrías que tristezas no es sincero o está a medio crecer...".
 Muy emotivo también el monólogo de Pip en torno a la soledad, el valor y la cobardía.
En palabras del propio José Mª Pou, "la pieza es una fascinante metáfora de la lucha del ser humano contra sí mismo y la naturaleza".