viernes, 20 de julio de 2018

Ordesa. Manuel Vilas - Reseña


"Los muertos son la intemperie del pasado que llega al presente desde un aullido enamorado".

Es "Ordesa" una historia íntima y profunda, una autobiografía personal y familiar a medio camino entre la novela y la poesía, nacida del desagarro, del dolor y del desconsuelo. Una historia bella y muy conmovedora donde el autor, Manuel Vilas, trata de hallar sentido y dar explicación al dolor que, dice, desde niño lo acompaña y que acentúa ahora la muerte de los padres. Una historia sobre la pérdida continua que implica la vida, sobre el paso del tiempo, sobre la culpa, sobre el desarraigo, el miedo, la soledad, la vulnerabilidad  y la ausencia,  sobre el amor y la necesidad de querer y ser queridos que todos sentimos y que de todo nos redime.
Estructurada en capítulos muy breves, deja en ellos el narrador fluir sus pensamientos de un modo algo caótico pero no casual en un ejercicio de nostalgia que golpea, que duele y estremece.
 Recupera el autor de este modo su propia historia −también con ella la de una generación y un mundo que se extingue− y va trazando poco a poco la de esos tan queridos fantasmas familiares que últimamente lo acompañan, que siente ahora mucho más cercanos que cuando estaban vivos y con los que conversa del modo en que en su momento hubiera debido y no supo o no fue capaz de hacer. Necesita tanto sentir de nuevo su amor, sentir que su existencia y sus a veces extraños comportamientos tuvieron algún sentido, que intencionadamente los idealiza y los sublima hasta el punto de convertirlos en música, casi en magia.
Texto sincero y descarnado, tierno, irónico y ácido por momentos, muy valiente también, que deja al terminar una sensación de inmensa melancolía y honda tristeza.

jueves, 19 de julio de 2018

Nominación premios "Blogguer Recognition Award 2.018"

Agradecidísima a Mirna Gennaro que en su blog "La isla de los vientos" me nomina  al premio "Blogger Recognition Award 2.018".  Mil gracias, Mirna. Muy sorprendida, muy contenta y muy ilusionada por este reconocimiento.
Las reglas de la nominación son las siguientes:
1.- Escribir un post para dar a conocer la nominación
2.- Manifestar nuestro agradecimiento al blog que nos nomina e insertar un enlace a ese blog.
3.- Escribir sobre cómo comenzó nuestro blog
4.- Dar consejos a los nuevos bloggers
5.- Nominar a 15 blogs de los que seamos seguidores y a los que queremos otorgar este reconocimiento. No se puede incluir al blog que nos haya nominado.
6.- Comentar en cada blog nominado que los has nombrado y proporcionar el enlace al post que has creado.

Acerca del blog: Cuentos Vagabundos

"Cuentos Vagabundos" surgió como un modo de ir ordenando los pequeños escritos y relatos que se acumulaban en mi ordenador y por la circunstancia de que para poder  participar en un concurso era preciso incluir  el  enlace al blog en que el relato había sido publicado.
El nombre procede de una historia de Ana Mª Matute, una de mis escritoras favoritas, que habla del corazón viajero y vagabundo de los cuentos: vuelan en alas del viento, se esconden en los cruces de caminos, llegan de noche y luego se marchan, roban una nostalgia, dejan siempre una huella...

Consejos:

Me resulta muy difícil dar algún consejo más allá de cuidar al máximo el contenido de las entradas, responder siempre a los comentarios e implicarse en la comunidad bloguera leyendo y también comentando el trabajo de los compañeros.

Nominaciones:

3.- Rosa Berrós Canuria: http://elblogdelafabula.blogspot.com/
6.- Ana Palacios: http://anapalaciosv.es/
7.- Kirke Buscapina: https://buscapina7.blogspot.com/
8.- El Baile del Norte: https://www.elbailedenorte.com/
9.- Patxi Hinojosa Luján: http://patxihinojosalujan.blogspot.com/
11.- Julia C. Cambil:  http://dimitiendodemi.blogspot.com/
15.- Néstor Ravazza: http://nesravazza.blogspot.com/

Y por último, toca ahora avisar a los nominados. Un abrazo a todos y muchas gracias de nuevo, Mirna.

martes, 17 de julio de 2018

Viaje con Clara por Alemania. Fernando Aramburu - Reseña


"Salvo la escritura diaria no conozco ningún remedio efectivo contra los cielos grises y el exceso de soledad".

Anterior a "Patria" y en un tono y un estilo por completo diferente, "Viaje con Clara por Alemania" de Fernando Aramburu es la divertidísima crónica del viaje que emprende la pareja protagonista de la novela a fin de que Clara, profesora de instituto y escritora vocacional, pueda cumplir el encargo de su editorial respecto a la redacción del libro de viajes que le ha sido encomendado.
Será sin embargo el marido de Clara, esforzado acompañante y paño de lágrimas de la escritora, cuyo nombre no llegaremos a conocer, quien a fin de ocupar sus ratos libres y combatir el aburrimiento, se convierta sin apenas darse cuenta en narrador de la historia haciendo un relato paralelo de sus peripecias a ratos irónico, ácido, burlón, irreverente pero también por momentos muy tierno y emotivo y, en todo caso, siempre muy original y divertido.
A través de este recurso y enlazando multitud de situaciones y anécdotas hilvana el autor un relato que, mucho más allá de los pormenores del viaje, aborda en realidad y de un modo nada encubierto temas como las relaciones de pareja, la importancia de los lazos familiares o los absurdos comportamientos de ciertas élites culturales y sociales, defensoras siempre de lo políticamente correcto que la narración deja del todo en  evidencia.
Logradísimos los dos personajes principales, sus personalidades contrapuestas, sus discusiones continuas, sus bromas, los infinitos detalles que poco a poco nos revelan de su vida cotidiana y de una convivencia que al instante adivinamos repleta de amor, de complicidad, de magia y de comprensión.
Una novela sencilla, inteligente, imaginativa, muy entretenida y muy sorprendente.

lunes, 9 de julio de 2018

Lucy


Me llamo Lucía. Un nombre precioso ¿no creen? A mí me lo parece y odio por eso que me llamen Lucy. Pero... todo el mundo lo hace. A estas alturas sé bien que ya perdí la batalla y trato de no darle demasiada importancia. Aunque lo odio, ya digo, el dichoso diminutivo. Pero, discúlpenme, no pretendía hablarles de mí −maldita manía de andarme siempre por las ramas− quería contarles de Anna y si tan difícil me resulta no colarme en su historia es porque, desde el momento en que apareció en mi vida, esta niña ha sido siempre mi mejor (¿única?) amiga, mi amiga del alma. ¡Ay! ¡Si supieran qué extrañas, pero qué extrañas, suenan estas palabras en mi boca! Ustedes apenas me conocen y sé que esto que les cuento muy buena impresión no les ha de causar, pero sinceridad obliga y debo reconocer por eso que siempre fui algo huraña y desconfiada. No me gusta la gente, esa es la verdad. Ni mucho ni poco. Es así. Nada puedo hacer y nada importa ya la causa.

En fin. Anna, les decía, tiene diez años. Es una niña alta, pecosa, algo pícara y tremendamente divertida. Muy lista, también. Le encanta la física (de mayor quiere ser astronauta recalca con firmeza a la menor oportunidad), las historias de misterio y los cuentos de piratas pero, por encima de todo, con una pizquita de orgullo diré que lo que más le gusta en el mundo son mis travesuras, mis juegos, mi compañía. Nos compenetramos a la perfección y nunca, nunca jamás, nos aburrimos juntas. Adivino lo que piensa y lo que siente sólo con mirarla. Si la noto triste, ávida y mimosa, reclamo entonces sus caricias y al instante −método infalible− entre mis rizos su melancolía se diluye. También es valiente. Mucho. Muchísimo. La chiquilla más valiente que conozco. Ella lo es todo para mí: la razón de mis desvelos, de mi aprendizaje, de mi existencia... Un laberinto de azares sorteamos juntas cada día. Siempre yo su luz entre las sombras. Su brújula y su norte. Sus ojos  y su guía.  





     Tercer premio "Relatos Compulsivos" julio 2.018.

martes, 3 de julio de 2018

Domingos de fútbol



Tarde de domingo. Al fin. Nunca le gustó el fútbol, sigue sin gustarle y, sin embargo, de un tiempo a esta parte, María adora las tardes de fútbol y domingo.
Arranca el carrusel deportivo, escucha a lo lejos los primeros acordes de su inconfundible sintonía y, sin apenas darse cuenta, casi casi a traición, sus labios se curvan en algo parecido, muy parecido, a una sonrisa. Inevitable la melancolía, atravesada de pasado y de nostalgia, al instante piensa en sus hermanos, Javier y Pablo.
Y, uno tras otro, se le amontonan los recuerdos.
Imposible explicar cuánto los añora. Los echa tanto de menos que, incluso el ardor con que de niña discutía con ellos las tardes de domingo, de algún lugar muy remoto rescata ahora su memoria con una pizca de emoción y de ternura.
Aquellos dos grandullones, forofos impenitentes siempre a la carrera tras un balón, siempre inventando goles y regates imposibles, planeando ataques, defensas, tácticas, estrategias... lograban a veces (con absoluta premeditación, aseguraba ella por entonces) sacarla de quicio. La enfurecía hasta lo indecible que nunca, por mucho que suplicara −y vaya si lo hacía− la dejaran ver la película que había esperado con paciente e impecable devoción cinéfila durante toda la semana o el nuevo capítulo de la serie que a la mañana siguiente, seguro todo el mundo −salvo ella, por supuesto− comentaría en el instituto y que, por alguna incomprensible y maldita casualidad, coincidía siempre, pero siempre, con la hora exacta del partido. Pese a todo, aunque a ratos los odiara a muerte y legendarias fueran sus peleas, al final acababa celebrando junto a ellos (unida al enemigo, qué remedio) los goles de su equipo, saltando todos como locos sobre los cojines del sofá.
¡Ay! ¡Si supieran ahora...!  
Pero ocurre que el tiempo pasa, que las cosas cambian y que para ella han cambiado mucho. Muchísimo. Tanto que las tardes de fútbol y domingo son ahora, sin duda alguna, su momento favorito.
A la hora convenida comienzan a llegar los amigos, esa peña futbolera de Ricardo que más que asociación parece ciertamente una hermandad y de inmediato, la casa se llena de voces, de provocaciones, de risas, de olor a pizza y sabor a cerveza. Un ambiente festivo y delirante que quiebra de un plumazo la inevitable y agotadora rutina diaria, todo lo invade y no hay en el mundo en ese instante nadie (persona, animal o cosa)  más feliz que ese grupo exultante, fervoroso y jovial.
María no sabe quiénes ni cuántos son esos semanales invitados. No los conoce, probablemente nunca lo hará y aun así, cada domingo, espera con ansia su visita. Hasta ella tan sólo llega de cuando en cuando un eco lejano de gritos, de goles, el sonido amortiguado de una radio o un televisor... Nunca los ve, los adivina en la distancia, siente su presencia, los intuye y eso la calma. Ni siquiera ya inventa como hacía antes, al principio, cuando aún guardaba su corazón algún latido de osadía o de esperanza, arriesgados modos de captar su atención ni fantasea la fortuna de que alguna de esas tardes, una tarde de fútbol cualquiera, alguien desenmascare con arrojo ese espejismo y al fin a ella de su cautiverio la rescate, o tan sólo durante un segundo, no más que un segundo, presienta levemente su existencia. Sabe −catastrófica y desengañada es su certeza− que no sucederá, que entre los recovecos del tiempo hace ya mucho se perdió para siempre y sin remedio su aliento y su recuerdo. Y así, prendida la mirada de un deseo cándido, ilusorio, imposible, cobra forma domingo tras domingo en su interior una emoción a la que no logra poner nombre, una profunda sensación de pérdida, una nostalgia incurable, cierta piedad amarga y dolorida por esos minúsculos instantes que, no sabría decir cómo, lograron atravesar el pasado y llegaron hasta ella de otro mundo como ingenuos polizones.
Y, aunque no le gusta el fútbol, nunca le gustó y sigue por supuesto sin gustarle, María adora las tardes de fútbol y domingo. Tardes que, por algún afortunado sortilegio, aplacan la ferocidad del monstruo y a su prisionera regalan noventa preciosos minutos de paz. Con suerte, quizá alguno más.   





Relato para Zenda #historiasdefútbol

sábado, 30 de junio de 2018

Escamada




¡Qué susto! ¡Y qué vergüenza! ¡Si hubierais visto cómo corrí! En un instante comprendí lo que sucedía y a la velocidad del rayo escapé de allí. ¡Ay, Dios! ¿Qué habrán pensado de mí? Pero ¿qué otra cosa podía hacer si ya empezaba mi cuerpo a transformarse? Pensé que no lo lograría, que descubrirían mi impostura y para siempre me enjaularían como a un absurdo y vulgar monito de feria. ¿Y qué creéis que hubiera sucedido entonces? Expuesto mi secreto a la curiosidad malsana de tanto entrometido, mi vida ya nunca habría vuelto a ser la misma. Sé que yo no hubiera podido soportarlo y por eso fue que me asusté tanto. Sí, me asusté muchísimo, lo reconozco. Y pese a todo... ¡Ay! ¡Haber tenido que huir de esa manera! ¡Quién iba a imaginarlo! Y justo, lástima, cuando mi plan rodaba ya a las mil maravillas. Aquella hechicera maldita tuvo la culpa ¡mira qué confundir el embrujo...! ¡Las doce campanadas pertenecen a otro cuento! Todo el mundo sabe que nunca −¡nunca jamás!− tuvieron nada que ver con el mar y sus sirenas.




Imagen: Benoit Courti.

jueves, 21 de junio de 2018

Un susurro en la oscuridad. Louisa May Alcott - Reseña


"El intenso deseo de penetrar aquel secreto me colmó con su vieja inquietud".

"Un susurro en la oscuridad" de Louisa May Alcott es una novela breve  que podría incluirse en la categoría de nouvelle. Fue publicada bajo pseudónimo por primera vez en 1.863 y ha permanecido inédita en castellano hasta el año 2.016 cuando fue al fin  recuperada por el sello "Hermida Editores".
 Sin duda el enorme éxito de "Mujercitas" eclipsó la restante producción literaria de Alcott y es ese uno de los motivos por  el que esta novela, tan diferente de aquella, resulta también tan sorprendente. En muy pocas páginas construye la autora una historia interesante y profunda repleta de secretos, de giros argumentales y recursos propios del terror gótico. Fundamental en tal sentido resulta el aspecto psicológico de una narración en primera persona que de inmediato traslada al lector los sentimientos de angustia, impotencia, desasosiego,  incertidumbre o desesperación que sufre la protagonista y lo introduce con un ritmo ágil y trepidante en la misma atmósfera asfixiante en que ella se halla inmersa.
Historia intensa y oscura que pese a comenzar como una de esas novelas románticas, despreocupadas y ligeras, tan propias de la época, pronto deriva hacia el suspense y el misterio para abordar también temas muy novedosos en ese momento: las drogas, la locura, la manipulación mental o la libertad, siempre coartada, de acción y pensamiento de las mujeres. Todo ello en una narración muy medida, muy bien ambientada y muy bien estructurada.

sábado, 9 de junio de 2018

Confesiones de un marino



Aparecieron de la nada. Apenas había amanecido, el mar estaba en calma y el cielo sin estrellas, cuando desde la cofa del palo mayor, en lo más alto del puesto de observación, el grito del vigía dio la voz de alerta. Todos los miembros de la tripulación corrimos entonces a cubierta y, en ese instante, todavía mucho más perplejos que horrorizados frente a aquel imprevisto espectáculo, expectantes y aturdidos, contemplamos como la espesa cortina de niebla muy baja y oscura que a esa hora aún nos envolvía, se transformaba como por ensalmo en una magnífica y poderosísima escuadra naval, desafiante, amenazadora y en extremo temible. Medio centenar de navíos de línea, de galeones, de corbetas y fragatas, navegaba rumbo norte hacia nosotros, todas las velas desplegadas, bien pertrechados y listos para el combate.
Era −¡cómo olvidarlo!− el verano de 1.780. Escoltados por la flota del Canal de la Mancha, entre vítores y aclamaciones, arropados por la euforia y la alegría con que en aquella época era habitual despedir a marinos y tropas, habíamos zarpado del puerto de Portsmouth muy pocos días atrás. Cincuenta y cinco buques que en un punto secreto (eso creímos) del Atlántico habríamos poco después de dividirnos y que hasta entonces tendría yo bajo mi mando. Unos partirían luego rumbo a la India como apoyo a la guerra colonial que allí se libraba. Otros hacia las colonias de ultramar portando, junto al muy necesario −casi a aquellas alturas de la guerra yo diría imprescindible− refuerzo de oficiales y soldados de infantería a ellas destinado, un valiosísimo cargamento de armas, pólvora, provisiones, lingotes y monedas de oro. Mantener operativa a la esforzada y ya muy exhausta flota británica que, durante cinco larguísimos años había luchado por sofocar la rebelión desatada en aquella parte del mundo era en realidad la principal misión de nuestra expedición.
Navegar alejados de las costas ibéricas y de las rutas comerciales fueron nuestras órdenes. Evitar un encuentro con navíos españoles o franceses −aliados ¡cómo no! de los sublevados− resultaba vital. No lo logramos.
No sé como ocurrió. Los malditos españoles −¡malditos! ¡malditos todos sean!− nos tomaron por sorpresa. Con la primera luz del día, aquella madrugada del 9 de agosto, se torció nuestra suerte y, en medio del océano, aislados y rodeados de velas enemigas, nos encontramos cercados por completo. Muy poco después, se desató el infierno.
La batalla fue feroz. De los costados de los navíos, durante horas, tronaron los cañones en una interminable sucesión de fogonazos y ensordecedoras estampidas. Densas nubes de humo blanco cubrieron el cielo por un tiempo que parecía no tener fin, ocultando tras ellas jarcias, velas y cascos.  Inmisericorde y brutal retumbó la artillería mientras crepitaba en las cubiertas de los barcos el fuego de mosquetes, de arcabuces y fusiles. Remolinos de fuego y pólvora incendiaron el océano. Palos tronchados, cubiertas destrozadas, obenques cayendo de los mástiles, nubes de astillas, balas, metralla, gritos, sangre, muerte y devastación.
Tantos años después, aún hoy tortura mis insomnios el recuerdo de aquella jornada fatídica y terrible. Cierro los ojos y, puntuales, regresan mis fantasmas. Voces y rostros, acusadores y severos, reaparecen ante mí. Con ellos el olor a salitre y a pólvora quemada, el estrépito de disparos y explosiones, la confusión, el desconcierto, el dolor, la impotencia, el miedo.
Cincuenta y dos buques fueron aquel día capturados, más de tres mil soldados apresados, toda la mercancía confiscada. Innegable fue la victoria española y catastrófica para la corona inglesa −bien lo sé− resultó nuestra derrota.
¿Qué puedo decir? La superioridad del enemigo era tan abrumadora. Nada pudimos hacer. Imposible era evitar el desastre. Se trataba sólo de tiempo, cuestión de tiempo, lo supe de inmediato. Y sin embargo...
Un peso terrible carga desde entonces mi conciencia. Los abandoné. Los buques de escolta huían en desbandada y, camuflado entre su tripulación, sin apenas pensar en lo que hacía, con ellos yo −John Moutray, capitán de la marina real de guerra, al servicio siempre de su majestad− me di a la fuga.  Abandoné a mis hombres. Sí, eso fue lo que hice. Que Dios o el Diablo me perdonen pues no hay, para un marino, mayor cobardía ni más irreparable traición.
Nada puedo alegar en mi favor más allá de un arrepentimiento largo, cierto, profundo y sincero; de los escrúpulos y remordimientos que, a toda hora, arruinan desde entonces la paz de mi alma; de esta tardía y del todo  inútil confesión.
Pagué mi pecado, cierto es. Fui juzgado. Cumplí condena. Expié mi culpa. Y, sin sobresaltos, prosiguió mi vida. Jamás, sin embargo, ni un solo instante, en lo más hondo de mi corazón, me mantuve a salvo del deshonor y la vergüenza. Jamás hallé la calma. Jamás ante mí mismo perdoné aquella lejana y tan bochornosa deshonra. Y jamás, nunca jamás, olvidé un nombre. Un nombre sin rostro que de continuo atormenta mis horas, que a destiempo invade todas mis noches y días. Un nombre que aguijonea, inclemente, mis sienes, que enciende mi sangre, que remueve recuerdos, que castiga mi tiempo y tortura mi mente nerviosa, tan herida. El nombre del enemigo, del adversario audaz, del héroe −artífice también de este nuevo mundo que recién ahora nace y aún está por llegar− que, a buen seguro, con honores revivirá un día su hazaña al calor de la memoria y al amparo de la Historia. El nombre del almirante que aquel verano aciago, quizá sin saberlo, seguro sin pretenderlo, destrozó sin remedio mi vida.
 ¡Malditos! ¡Malditos españoles! ¡Maldito Luis de Córdova! ¡Malditos todos sean!








          Relato para Zenda #bajodosbanderas

domingo, 3 de junio de 2018

Éxodo



Habían pasado dos años desde que la fatalidad se enredó a mis días, dos larguísimos y angustiosos años de rabia e incertidumbre, cuando perdí toda esperanza y comprendí que aquel episodio de mi vida no habría de ser −¡con qué facilidad en un primer momento me engañé!− una circunstancia pasajera. Asumí de golpe en ese instante que estaba solo, abandonado por completo, herido de  muerte.  Me abandonaron, sí. Todos. Muy poco a poco primero y a la carrera después. No les culpo. No lo hice entonces y tampoco habré de hacerlo ahora. Resistieron a mi lado hasta el último momento, mucho más allá de lo conveniente y sin duda de lo sensato o de lo prudente. Fue, reconozco, cuestión de supervivencia. Debo admitir también por mucho que duela −y cierto es que en lo más hondo del alma me duele− que el día menos pensado yo los hubiera acabado matando. Marcharon resignados, con lágrimas en los ojos y el corazón en pedazos, prometiendo un regreso que ahora sé nunca llegará.
Lenta e implacable, durante días, meses, años, se fraguó mi desgracia. La vi venir de frente. Todos lo hicimos. Supe de inmediato que antes o después me vencería. Pese a ello vendí (vendimos) cara la piel.
Es triste la soledad, esta rutina inclemente de horas vacías, de memoria arrasada y recuerdos borrosos. Voces y rostros  se desdibujan poco a poco entre tanto abandono, entre tantísima nada, aunque a veces −pocas pero a veces− hasta mí trae el viento un eco lejano de juegos, de canciones, de susurros, de alegrías, de amores y risas... y es entonces que, inmerso en ese dulce espejismo, recuerdo con sorpresa quien fui y soy un instante de nuevo feliz.
Nada queda de aquel tiempo. Todo en humo se ha desvanecido. Escenarios, ilusiones, amigos y horizontes. Primero desapareció la escuela, después la carretera, más tarde la mezquita y el mercado y por último el hospital. Fueron días aquellos de horror y desconcierto, de incredulidad, de agonía, de ira y desamparo. Pese a todo, en medio del caos y el espanto, aún nos aferrábamos entonces a un resquicio de esperanza. Cuando la perdimos, cuando dejamos de rezar por un milagro que ya adivinamos imposible, comenzó nuestro éxodo y, al fin, un mal día yo −triste espectro de mí mismo− me hallé deshabitado y solo por completo. En el centro mismo del infierno.
Así permanezco. Las aves carroñeras se adueñaron hace mucho de  mi tierra. Me observan desde lo alto. Una y otra vez, incansables y expectantes, en silencio, trazan círculos sobre mí. El paisaje es desolador. Nada queda de la vida y la belleza de otro tiempo. Cenizas, vegetación muerta, columnas de fuego, destrucción e indiferencia, es cuánto me rodea. Tierra yerma, heridas que supuran, que sangran y no cicatrizan. Que jamás lo harán.
Puntuales, día tras día, las bombas continúan cayendo. Sobre mis escombros. Sobre esta infinita y devastadora soledad.
Me cuenta algunas noches el dolorido vaivén de las olas que alguien −grabada a fuego en mirada y piel nuestra desgracia− grita en ocasiones mi nombre a las puertas de Europa. Murmura su llanto de espuma que, de mi gente nunca nadie se apiada, que nadie nos recuerda, que nadie comprende, que nadie se conmueve, que nadie nos llora, que nunca nadie nuestro dolor escucha. Y así, invisibles y etéreos fantasmas, tristes ánimas torturadas y penitentes, cruzamos −siempre yo junto a ellos y en su corazón mi derrota− cordilleras, desiertos, océanos y mares. Sin fe ni esperanza. Sin descanso. Sin hallar justicia, consuelo ni alivio. Eternos vagabundos sin albergue. Errantes peregrinos sin paz y sin asilo.  








          Reto aniversario "Relatos Compulsivos". Segundo puesto.

viernes, 1 de junio de 2018

Cómicos



Mi vida cambió para siempre −quizá más acertado sería decir que de veras comenzó− una tarde de diciembre. Una de esas tardes invernales de oscuridad temprana y frío inmisericorde en que, recuerdo, había llovido sin tregua y, como por entonces solía ocurrir −tanto tiempo hace ya que casi parece imposible− agua y lodo habían vuelto intransitables las calles en algunos trechos. Una pequeña compañía de artistas, tan pequeña que ni nombre tenía, acababa de llegar al pueblo y a punto estuvo la lluvia de arruinar su primera función.  Por suerte, no lo hizo.
No eran aquellos buenos tiempos para los cómicos, nunca ninguno lo fue en realidad. Aunque la nostalgia endulce ahora el recuerdo e, incluso a mí, hoy pueda parecer romántica y hasta divertida  la vida que aquellos trotamundos −pobres actores sin suerte− llevaban: hoy aquí, mañana allí, siempre de pueblo en pueblo, de camino en camino, bultos, alegrías, desamparos, sueños, tristezas e ilusiones al hombro... no, no lo eran en absoluto.
Yo, por entonces un niño, de aquella época apenas ya nada recuerdo. Un estado de ánimo, tal vez, una melancolía permanente que todo lo envolvía. Hasta aquel diciembre. Hasta aquella gélida, desapacible y pese a ello afortunada tarde de diciembre que con tanta fuerza y de tan irreversible modo mi vida marcó.
Apenas cesó la lluvia e iluminó la luna la penumbra, el aire se llenó de voces. Había dado comienzo la función. El público muy escaso pero entregado: campesinos de rostros curtidos por el sol, por los vientos y la vida, gastados por el tiempo y la pobreza que reían, se emocionaban, lloraban y con entusiasmo aplaudían al compás que la historia marcaba, cautivados por el sonido, por la magia y el misterio de unas palabras que quizás no alcanzaran a comprender del todo pero que, en aquel momento, con certeza sabían sólo para ellos rescatadas del olvido y de las sombras.
Fue entonces que en mi fuero interno, en un lugar muy secreto, una ilusión dormida despertó. Una felicidad nueva, desconocida, mía únicamente, de improviso brotó en mi alma y aquel niño algo triste y solitario que hasta entonces yo era, comenzó a soñar sueños que nunca antes había sentido suyos. Un latido dulce y cálido, algo que apenas sabía nombrar, conquistó su corazón. Una belleza desconocida e inesperada que sin remedio para siempre lo apresó.
De allí marcharon poco después los cómicos rumbo a otros destinos sin conocer la huella que tras ellos dejaban: una criatura rendida, enamorada, para siempre cautiva de la más bella profesión que, sin duda, jamás en el mundo existió. Aunque, tal vez... tal vez algo sí que adivinaran después de todo. Imposible debió ser no advertir aquella mirada atónita, hipnotizada, que desde la primera fila, deshecha en llanto, al mundo gritaba su emoción.

Tantos años desde entonces ya pasaron, tantas candilejas, emociones, bambalinas y escenarios, tantos personajes noche a noche en mi piel cobraron vida... e intacta sigue todavía mi pasión, mi admiración y el destello deslumbrante en mi recuerdo, agradecido, de aquel día.


  


            Imagen: Fotograma de la película "Pájaros de papel".

           Este relato aparece publicado en el nº 43 de la revista "Valencia Escribe" (junio 2.018) y obtuvo el tercer premio en el concurso promovido por la comunidad "Relatos Compulsivos" en mayo de 2.018.

https://www.yumpu.com/es/document/view/60349400/ve-43-junio-2018