miércoles, 10 de octubre de 2018

No tocar



Lejana sombra de un pasado que para siempre el viento se llevó
Atmósfera, luz, palabra, polvo...
Efímero instante que pasa y ya no es
Nostalgia, humo, bruma, silencio...
Notas tenues de un piano
Luz, viento, escarcha, rocío...
Arcoíris atrapados entre pompas de jabón
Soledad, espejismos, huellas, destellos...
Suave perfume del tiempo
Felicidad, fascinación, levedad, belleza...
Dolor y música de las cosas perdidas
Alma y llanto, corazones conmovidos
Dulces hadas del otoño embrujadoras y hechiceras.
Sueños fugaces...
Frágiles
Tan frágiles que el más leve roce los quiebra.



 Poema para Zenda #otoño

martes, 2 de octubre de 2018

Un mal día



¡Ay madre! ¡Buena la hice! ¡Si es que no se puede ser tan impulsivo...! Pero la puerta estaba abierta y tanto en mi jaula  me aburría que pensé que no estaría mal salir a dar una vueltecita. Un paseo rápido, curiosear un poco y antes de la cena otra vez en casa.  Tan contento, todo en su sitio y nadie al tanto de mi travesura. Lo que no podía imaginar es que el mundo exterior me fuera a cautivar de esta manera, que fuera tan inmenso y tan divertido. Deslumbrado me tiene. Y, sí, reconozco que la excursión se me ha ido un poquito de las manos o de las garras, debería decir mejor. Y es que lo estaba pasando tan bien que he perdido completamente la noción del tiempo y el sentido de la orientación. Cosa no tan extraña, por otro lado, si pensamos que hasta ahora mi mundo se había limitado siempre a la desangelada carpa donde habito, a feroces entrenadores con pretensión de gladiadores y a majorettes de sonrisa postiza e impostados ademanes de corista.  Pero ya digo que soy impulsivo y pensar, lo que se dice pensar, no pienso mucho las cosas, la verdad.  En fin, que cuando me he querido dar cuenta estaba perdido, hambriento y llorando sin consuelo sobre una acera mi inconsciencia, detalle éste en particular que me avergüenza terriblemente y del que no sé si mi orgullo herido se repondrá alguna vez pero que, si vamos a ser sinceros, debo reconocer sin paliativos.  Para colmo de infortunios cuando, al oír la sirena de ese camión de bomberos detenido ahora frente a mí, he logrado levantar la mirada del suelo lo que he entrevisto a través de dos gruesos lagrimones me ha espantado de tal modo que todas las mechas de mi magnífica melena de león han comenzado a temblar descontroladas porque tampoco es que yo sea muy intuitivo y hasta es posible que a estas alturas ya me esté volviendo, quizás, algo paranoico pero tengo la impresión de que toda esta gente que ha comenzado a rodearme muy buenas intenciones no tiene...







Este relato aparece publicado en el nº 44 (octubre 2.018) de la Revista "Valencia Escribe".

martes, 25 de septiembre de 2018

Latidos de olvido


Te pierdo. Sé que te pierdo. Lentamente. Sin remedio. Y tengo tanto miedo...
El puñal que atraviesa mi corazón, a cada instante se retuerce más y más y de tristeza y soledad, de derrota y desamparo, impotentes y heridos, amargas lágrimas lloran mis ojos.
Y sin embargo...
 Eres tú quien pese a todo me rescata del dolor. De nuevo. Como siempre.
Sonríes y ya nada importa. El miedo, el cansancio, el frío, el futuro tan incierto... todo se desvanece.
Tomo tu mano. En silencio. Muda la súplica en mis labios por no truncar el hechizo.
Una ventana de visillos blancos filtra con dulzura el último sol de la tarde y un destello de felicidad, algo que no me atrevo a llamar esperanza, me asalta por sorpresa.
La sonrisa fugaz que por ensalmo ahuyenta de tu rostro el desconcierto embruja mi alma, mi corazón herido.
Se clavan tus ojos en los míos y, salvado un momento, sólo un momento, este abismo de olvido, siento de nuevo la magia que alguna vez −tiempo antiguo y dichoso− habitó mi mundo.
 Eternidad  robada al más cruel, al más obstinado e injusto, al más perverso ladrón de recuerdos a quien nadie se enfrentó jamás.





           Imagen: Vivian Maier.

           http://estanochetecuento.com/latidos-de-olvido-marta-navarro/

sábado, 22 de septiembre de 2018

Kathleen. Christopher Morley - Reseña.


"El joven sufrió una de las más severas conmociones del corazón conocidas en la historia de la raza humana".

Inédita en castellano hasta el año 2.016 pero publicada por primera vez en 1.913,  "Kathleen" de Christopher Morley, es una divertidísima novela que, ambientada  en un club literario de la Universidad de Oxford y a partir del hallazgo casual de una carta, desemboca rápidamente en una comedia de enredo en torno a las peripecias de los protagonistas y la competición en que todos ellos se enzarzan por localizar a su autora. Construye así el autor una historia repleta de un agudo y sutil humor británico, embarazosos malentendidos, diálogos y situaciones disparatadas al estilo de las de grandes clásicos del cine (posteriores) como "La Fiera de mi Niña" o "Con Faldas y a lo Loco" y, como aquellas, igual de inolvidables y cautivadoras.
Bajo ese disfraz de comicidad subyace, sin embargo, una reflexión profunda sobre temas tan importantes como el amor, la amistad, el honor, la familia, la importancia y el poder de la literatura... Todo ello impregnado por un cierto halo de evocación y nostalgia que irremediablemente nos hace detener la mirada en el tiempo de una juventud perdida y una época ya pasada.
Con un tono ágil y muy particular, compone Morley una historia amable y sencilla, elegante, aguda, ligera y muy inteligente, quizá también algo autobiográfica.
Una lectura clásica, desenfadada y muy amena que se lee de un tirón y deja al terminar una sonrisa en los labios.

lunes, 17 de septiembre de 2018

Moriría por ti y otros cuentos perdidos. F.S. Fitzgerald - Reseña.



"Poca de la ficción americana no lleva algo de mi sello. En mi modestia, fui original".

Vida y arte se entremezclan siempre, sin  remedio y con firmeza, en la literatura de Francis Scott Fitzgerald y buena prueba de ello son los cuentos recopilados en esta antología, "Moriría por ti y otros cuentos perdidos". Escritos entre 1.920 y 1.940 y recuperados ahora por la editorial "Anagrama", todos los escritos aquí reunidos (relatos, textos autobiográficos, guiones cinematográficos...) fueron en su momento rechazados por editoriales y revistas y en su mayoría no llegaron nunca a ser publicados por no encajar del todo al parecer en la imagen que  lectores y editores se habían forjado de Fitzgerald como escritor de la "Edad dorada del Jazz".
Son todos ellos relatos duros, ingeniosos, quizá más negros y sarcásticos de lo en él habitual, que sin duda ponen de manifiesto las preocupaciones literarias  y vitales del autor y abordan temas como la locura, la guerra, el desamor, el alcohol, el paso del tiempo o el dolor por la juventud perdida. Relatos que asoman al lector a un abismo de miedos, de inseguridades, decepciones, flaquezas, derrotas... para atraparlo después, casi al instante, con su lucidez, con su tristeza, con su ironía y su particular y muy reconocible sentido de la belleza.

sábado, 1 de septiembre de 2018

Otoño en Buenos Aires


Otoño. Del año la estación más bella. La estación de los poetas. Melancólico, sereno, tenue y dorado otoño que los días acorta, los árboles desnuda y mi memoria sin remedio transporta hacia un pasado roto y herido, hacia un tiempo para siempre detenido en un instante eterno.
No es ésta una historia feliz, les advierto. Es una historia de dolor y muerte, de fantasmas que infinitas noches poblaron, de desolación y rabia. Aunque sobre todas las cosas, sí, es una historia de amor.
Se llamaba Álvaro. Era un muchacho alto y muy delgado, alegre, romántico, divertido, con grandes ojos color caramelo revoltosos y burlones que ocultaban un pellizco de vulnerabilidad. Desde el primer instante supe que amarlo era mi destino, que siempre sería él mi lugar en el mundo. Y es ahora por eso tan grande mi desamparo...
Le vi por última vez un día de marzo frío y brumoso, húmedo de lluvia. Primeros atisbos del otoño cruel que aquel año asolaría Buenos Aires. Se despidió con un beso y un guiño pícaro, entusiasmado con algún proyecto que traía entre manos y seguro me contó pero ya después no logré recordar. Charcos de cristal brillaban en la calle. Subió a su motocicleta −chubasquero y libros a la espalda− y se perdió entre el tráfico de la mañana. Nunca regresó y el rumbo de mi vida para siempre y sin remedio se torció. Nada volvería ya a ser como solía.
Tan definitiva y abrupta fue su desaparición que no parecía real, no podía serlo, resultaba imposible, impensable. Tan fuerte era, día tras día, la impresión de pesadilla que yo creía soñar. Nadie desaparece sin rastro, sin explicación, sin motivo, me decía. Aunque justamente eso era lo que acababa de ocurrir. Humo entre la niebla. Desvanecido sin más.  Y a nadie pareció extrañar. Tiempo gélido y oscuro de silencios y miedos callados. 
Anduve todos los lugares posibles en un amargo y tristísimo recorrido por la burocracia del dolor. Hospitales, administraciones, puestos de guardia... Incluso a las puertas de la Morgue en mi desesperada pesquisa llamé y allí, con el corazón encogido y el alma espantada, uno tras otro, metódicamente, decenas de cuerpos revisé. Cadáveres anónimos destinados a yacer en el olvido eterno de cualquier tumba sin nombre. Ninguno era el suyo.
Extraviada en el laberinto de la duda, suspendida en un limbo de secretos y sospechas, enloquecí. El tiempo se volvió contra mí. Moría por dentro, enferma de tristeza y desesperanza. Le echaba tanto de menos... Sus bromas, sus risas, su voz, su ternura. Le buscaba en sueños incansablemente para despertar atormentada por terribles visiones. Los años cayeron de golpe sobre mí, sin piedad. Me convertí en un ser gastado y triste, profundamente herido, incapaz de hallar consuelo para tanta impotencia e inocencia perdida, atrapada en un callejón ciego, asfixiada por la incertidumbre, devorada por el miedo.
Y fue entonces que algo muy extraño sucedió. Una noche, entre sueños y desvelos, escuché una voz en mi mente que, insistente, susurraba una y otra y otra vez "no existe la muerte, sólo el olvido. Recuerda. Siempre recuerda...". Mi corazón en el sueño se detuvo, desperté con aquellas palabras en los labios y algo muy profundo, esencial −lo supe de inmediato− cambió en ese momento en mi interior. Comprendí que debía aceptar al fin que aquella pena insoportable habitaría siempre mi alma, que habría de dejar a la tristeza arañar suavemente mis días, aprender de nuevo a respirar, a vivir con esta ausencia que quema.
Luchar contra el olvido. Impedir que borre tu nombre el olvido, hijo, esa fue desde entonces mi única misión y cientos de compañeras leales, con idéntica herida en el alma, hallé en esa lucha. Jamás en ella me encontré sola.
Han pasado los años, tantos que parece imposible y aquí seguimos. Reuniéndonos cada jueves. Pañuelo en las cabezas, pancartas en las manos, cansancio en los rostros. Siguen aquí las huellas del pasado y con ellas nosotras, las madres, clamando vuestros nombres. Reclamando justicia y dignidad. Dando voz a tantos humillados.
Tantos destinos robados. Tanto dolor y muerte ocultos en crueles madrugadas. Tanto silencio. Tanta vergüenza.
Triste historia la mía. Historia de un amor, les dije, un amor eterno que más allá de la vida y la muerte perdura. Historia también de una espera, de un llanto, de un lamento, de un desgarro que contra el olvido resuena sobre una plaza inmortal en la que el tiempo un otoño se detuvo. Sombrío y feroz otoño de mi malherido Buenos Aires.





Relato publicado en el libro "Los Cuentos de las Estaciones". Valencia Escribe. Marzo 2.018.

viernes, 24 de agosto de 2018

Cuento de una noche de verano


Se llamaba Belinda y era la más bella muñeca del escaparate. Delicada, exquisitamente hermosa, una pequeña dama vestida de seda, encajes y suave terciopelo, ojos azules, rubor en las mejillas, rubios cabellos recogidos en perfectos bucles sobre su cuello de cera. Sentada al piano suspendidas las manos sobre las teclas unas veces, de pie tras el cristal otras, acunada en la nostalgia, siempre melancólica, indiferente y frágil, miraba la vida pasar. Etérea, suave, transparente, dulce como un sueño de infancia.
Los días en el almacén de antigüedades se iban así sucediendo uno tras otro, cada uno parecido al anterior −apacibles, perezosos, rutinarios− entre la admiración y la indolencia que la muñequita despertaba hasta que en algún momento y sin que nadie pudiera explicar cómo, algo muy extraño sucedió. Una mañana ardiente y luminosa de aquel lánguido e inacabable verano, la vitrina que hasta entonces ella ocupaba amaneció vacía. Belinda no estaba. En su lugar, el rastro deshojado de  una rosa blanca de cristal.
Cuentan que, enamorada de un titiritero que por aquel tiempo de paso se hallaba en la ciudad −un muchacho guapo de ojos grises y vivaces, rostro atezado por el sol e irresistible sonrisa soñadora− aturdida de amor, tras él huyó una noche de luna llena. Raudas y fugaces, divertidas, cómplices, chispeantes, atrevidas... cientos de perseidas en el firmamento destellaban y su magia y fantasía sobre el mundo aquella noche vertían.
Burlado de tan fantástico modo, casi por milagro, su destino de inanimado y lujoso juguete inalcanzable, de feria en feria, felices y sin rumbo, siempre juntos los dos, recorren desde entonces los caminos. Eternos vagabundos perdidos por  el mundo.
Sus vestidos ahora rasgados y en desorden, el cabello desgreñado, los brazos descascarillados, magullada su blanquísima piel de porcelana, nada en ella recuerda ya a la bella damisela, siempre al borde de la vida acurrucada, que alguna vez fue. Brillan sus ojos, antes tristes y apagados y un sentimiento desconocido, algo muy cercano a la esperanza, habita su alma. Y es que frente a él, por primera vez, su corazón latió. Una palabra, un gesto, una sonrisa a tiempo y... una vida que renace por arte de magia.
 Sucedió que sólo aquel joven alegre, descarado, irreverente y bohemio que por ventura quiso el azar  cruzar en su camino, fue capaz de consolar su dolor, de ver lo que nadie más acertó nunca a comprender: la soledad, la tristeza, el insondable vacío en que se ahogaba. Y sólo él le dio también una razón para soñar. Con la quietud y la inmensidad de un hechizo rozaron sus ojos los suyos, un beso con dulzura infinita dejó en sus labios y con bellas, suaves palabras de amor sus oídos arrulló. Como el regalo más precioso apareció para quererla cuando menos lo esperaba, para siempre borró las sombras del pasado y un nuevo destino, una vida entera le entregó: fulgurantes noches repletas de estrellas, tibios amaneceres cubiertos de rocío, cálidas brisas perfumadas de jazmín, la belleza muda de un instante en que nada pasa y pasa la vida. Ráfagas de alegría y felicidad, mariposas en el alma, secretos de amor, estremecimientos de ternura, caricias en el corazón... Latidos de magia y de poesía.
Y es que a veces, sólo a veces, los sueños se cumplen. Es entonces que el destello errante de una estrella, el acompasado latir de dos corazones, el dulce contacto de unas  manos que se unen, un abismo de soledad y silencio resquebraja, sombras y desdichas ahuyenta y una noche de verano misteriosa y hechicera al mundo deslumbra con su luz, con su encanto, con su embrujo y su belleza.






Relato publicado en el libro "Los Cuentos de las Estaciones". Valencia Escribe. Marzo 2.018.


domingo, 19 de agosto de 2018

Tras la máscara. Louisa May Alcott - Reseña



"No era una muchacha brillante y poseía pocas de esas encantadoras artes que cautivan a un hombre y le roban su corazón".

Continúa "D'Epoca Editorial" su magnífica labor de recuperar pequeñas joyas olvidadas de la literatura del XIX con "Tras la máscara", novela breve que  Louisa May Alcott (autora de la célebre "Mujercitas" y sin duda eclipsada −también encasillada− por su éxito) publicó por primera vez y bajo pseudónimo en 1.866.
Es este un relato de intriga que tiene por protagonista a una mujer fuerte, decidida, inteligente y ambiciosa, un personaje que en absoluto se ajusta a los cánones del momento, inmerso en una historia que desafía claramente el papel atribuido a las mujeres por la sociedad de la época y que contiene una carga de crítica social que de ningún modo la autora pretende enmascarar, que sorprende también por su tremenda fuerza psicológica y por el modo en que sobre él se sostiene toda la trama.
Cuidadísima la ambientación, el relato de los comportamientos sociales y el reflejo de esa  inevitable rigidez y encorsetamiento tan propios de las clases victorianas que se adivina siempre latente en las decisiones de los personajes. Muy bien mantenida la intriga y la tensión de la narración e inesperado y sorprendente un final cargado de frescura, inteligencia e ironía.
Una historia diferente, original y repleta de matices, recuperada ahora en una edición bellísima.

miércoles, 15 de agosto de 2018

A vuelta de correo


Mi queridísimo Miguel:

Tu carta me ha emocionado de un modo que no alcanzo a explicar. Tanto tiempo esperé, tanto lloré de soledad, tan por costumbre tuve siempre esconder mis sentimientos... Y de pronto ahora tu voz: dulce, serena, tan cálida, tan cercana. Un destello de poesía que rasga la penumbra. Y mi corazón, un corazón hondamente herido, se rinde sin remisión.
Quisieras verme, dices, después de tantos años. Y yo tiemblo de miedo y de ternura. El tiempo, implacable como suele, nunca perdona y de mí tan sólo quedan ya los restos doloridos de la mujer joven y hermosa que quizá alguna vez fui.
 Un alma cansada y vagabunda soy ahora. Un alma triste que disfraza de sonrisa su dolor que, con elegancia, decidió rendirse un día, blindarse para no sufrir, para no sucumbir jamás al desconsuelo. Una mujer herida, afligida por un dolor continuo de ausencia, que muy raramente cede al capricho de soñar despierta la fantasía de un amor eterno, mágico y sin duda para ella inalcanzable.
Tarde, muy tarde, comprendí cuánto duele la renuncia, lo no vivido, lo ya perdido para siempre.
No pudiste olvidarme, dices. Leo tus palabras una y otra y otra vez. Me asusta pensar que no seas real, que tal vez sólo en mi cabeza existas y vago como alma en pena con tus letras en las manos, incrédula, ilusionada e indecisa como nunca estuve. Quisiera protegerte, salvarte (salvarme) de la decepción que presiento. Y sin embargo...
No soy quien esperas. Es lo que trato de decir. Nunca lo fui y no pretendo engañarte. Pero el azar, tan caprichoso y enigmático siempre, cruzó en el camino la misma herida sin cicatriz de estos dos desconocidos y tal vez... si tú quisieras...

Con incertidumbre y esperanza: L

P.D. Rescátame de las sombras, te pido.






Este relato resultó seleccionado entre los finalistas del "III Concurso de Cartas Ojos Verdes Ediciones" y aparece publicado en la Antología del concurso "Cartas Quemadas". Agosto 2.018.

sábado, 4 de agosto de 2018

Otros tiempos


Tenía el gesto grave, la piel mate, muy seca, surcada por arrugas profundas como tajos de cuchillo, los párpados hinchados a causa del hambre, del frío y la falta de sueño. Apenas dormía, comía poco, mal, siempre a destiempo. Arrastraba su mirada una resignación honda y antigua, un cansancio de siglos, su corazón una dureza nacida de la mezquindad de los tiempos, de la costumbre de la miseria, de la más absoluta pobreza. Jamás nadie la vio llorar ni de sus labios escapó una queja. Seis criaturas colgaban siempre de sus faldas. Seis criaturas a las que alimentaba, vestía, cuidaba si enfermaban... Seis criaturas a las que nunca apretó fuerte contra el pecho ni sentó jamás a sus rodillas, con las que nunca bromeó al calor de la lumbre mientras pelaba judías o patatas ni enseñó a coser coloridos muñecos con retales y trapos, a las que nunca en noches de llanto consoló al dulce ritmo de una nana. Seis criaturas a las que jamás golpeó y de ningún modo maltrató pero a las  que tampoco nunca abrazó y pocas, muy pocas veces, besó. Se llamaba Juana. Así la recuerdo. Mi madre. Y aquellos −ácidos, doloridos, amargos− otros tiempos.








          Este relato resultó mencionado en el certamen julio-agosto 2.018 de "Esta Noche Te Cuento".

          http://estanochetecuento.com/otros-tiempos-marta-navarro/
          http://estanochetecuento.com/los-resultados-de-las-sabanas-de-garcia-rodero/


           Imagen: Cristina García Rodero.