miércoles, 9 de octubre de 2019

Abracadabra



Podría deciros que soy una caja mágica; que mi interior guarda un enigma, una rara fuerza que a nadie jamás revelé; que alguna vez encubrí un inconfesable secreto o que, en un tiempo lejano y feliz, con fervor amparé mil sueños de amor imposible: quimeras y anhelos que al fin la vida, como suele, traicionó.
Podría, sí. Y tentada he estado de hacerlo, no creáis. Habría sido tan pero tan fácil...
La historia era perfecta: magia, misterio, romanticismo... todo atrapado entre mis cuatro paredes de cartón, circunstancia esta que, no podéis negarlo, me otorgaba el papel estelar de la historia, el protagonismo absoluto del cuento, vaya. ¡Y cómo habría disfrutado mi ego maltrecho de ese pequeño momento de gloria!, debo reconocer.
¿Qué me ha frenado, entonces?, os estaréis preguntando a estas alturas de mi extraña confesión. Os lo diré: un único, insignificante, ridículo y chiquitísimo detalle. La historia sería perfecta pero... no sería cierta. Y puede que yo un pelín fantasiosa sí sea ¡pero mentirosa no! Así que, como seguro ya habréis adivinado, sí, tan sólo soy lo que aparento: un embalaje antiguo y olvidado, una humilde caja de cartón con delirios de grandeza y cierta tendencia a la autocompasión, no lo niego, que de tanto en tanto sueña otras vidas para olvidar su desdicha, su mísera y callejera existencia (os lo advertí: autocompasiva de libro, esa soy yo). Pese a todo aún no pierdo la esperanza y con paciencia aguardo mi destino: el feliz encantamiento que al fin mude mi esqueleto y por milagro lo transforme en cofre del tesoro, ¡en el abarrotado arcón de un malvado pirata con suerte!
Sueño imposible, tal vez diréis. ¿Qué importa?, dejadme un instante soñar, extraviar con ingenuidad mi camino en caprichosos senderos de magia y premoniciones de cristal. Fantasía e ilusión son mis poderes. Mimad el regalo que con ellos os entrego, invocadlos siempre con entusiasmo y convicción, pues ¡qué grande sería el desconsuelo de una vida sin imposibles que burlar!








domingo, 6 de octubre de 2019

Viejo amigo Cicerón - Reseña



"Tu conciencia es la más dura de las condenas"

Un viejo profesor tratando de orientar a dos alumnos en su trabajo de fin de carrera es el punto de partida de esta historia que, dirigida por Mario Gas y protagonizada por José Mª Pou, recrea la vida política de Cicerón en un mundo repleto de mezquindades, deslealtades y desmedidas ambiciones personales.
Sobre la escenografía de una impresionante biblioteca, los protagonistas debaten si realmente fue Cicerón un hombre íntegro comprometido con el bien común o un mero oportunista. El profesor adopta de pronto el papel del filósofo convirtiendo a los estudiantes en su hija  y su esclavo y es así como, con continuos saltos del presente al pasado y en un curioso ejercicio de metateatro, reconstruye esta obra su figura y lo más destacado de su vida y pensamiento.
Imagen de la integridad moral, de  la coherencia individual y la lealtad hacia las propias convicciones, Pou da voz a un personaje repleto de dudas y contradicciones, un hombre que, lejos de tener respuestas, plantea cuestiones tan actuales como la legitimidad o no de una asamblea pública para entrar en conflicto con la ley, la posible existencia de normas injustas y el modo en tal caso de enfrentarlas o la facilidad con que los gobernantes son  tantas veces capaces de manipular al pueblo para regir con la más absoluta arbitrariedad su destino.
Texto intenso y repleto de matices, abrumador por momentos, para una obra que, posicionándose claramente contra totalitarismos y populismos, trata sin duda de suscitar debate y mover al espectador a cierta reflexión.
Destacar finalmente los múltiples registros y la poderosa interpretación que de su personaje hace un José Mª Pou soberbio.

sábado, 5 de octubre de 2019

Lucy


Me llamo Lucía. Un nombre precioso ¿no creen? A mí me lo parece y odio por eso que me llamen Lucy. Pero... todo el mundo lo hace. A estas alturas sé bien que ya perdí la batalla y trato de no darle demasiada importancia. Aunque lo odio, ya digo, el dichoso diminutivo. Pero, discúlpenme, no pretendía hablarles de mí −maldita manía de andarme siempre por las ramas− quería contarles de Anna y si tan difícil me resulta no colarme en su historia es porque, desde el momento en que apareció en mi vida, esta niña ha sido siempre mi mejor (¿única?) amiga, mi amiga del alma. ¡Ay! ¡Si supieran qué extrañas, pero qué extrañas, suenan estas palabras en mi boca! Ustedes apenas me conocen y sé que esto que les cuento muy buena impresión no les ha de causar, pero sinceridad obliga y debo reconocer por eso que siempre fui algo huraña y desconfiada. No me gusta la gente, esa es la verdad. Ni mucho ni poco. Es así. Nada puedo hacer y nada importa ya la causa.
En fin. Anna, les decía, tiene diez años. Es una niña alta, pecosa, algo pícara y tremendamente divertida. Muy lista, también. Le encanta la física (de mayor quiere ser astronauta recalca con firmeza a la menor oportunidad), las historias de misterio y los cuentos de piratas pero, por encima de todo, con una pizquita de orgullo diré que lo que más le gusta en el mundo son mis travesuras, mis juegos, mi compañía. Nos compenetramos a la perfección y nunca, nunca jamás, nos aburrimos juntas. Adivino lo que piensa y lo que siente solo con mirarla. Si la noto triste, ávida y mimosa, reclamo entonces sus caricias y al instante −método infalible− entre mis rizos su melancolía se diluye. También es valiente. Mucho. Muchísimo. La chiquilla más valiente que conozco. Ella lo es todo para mí: la razón de mis desvelos, de mi aprendizaje, de mi existencia... Un laberinto de azares sorteamos juntas cada día. Siempre yo su luz entre las sombras. Su brújula y su norte. Sus ojos  y su guía.  





domingo, 29 de septiembre de 2019

Escenas de la vida conyugal - Reseña



"Nos quedamos presos de nuestra cobardía"

Escrita y llevada al cine en su momento por Ingmar Bergman, regresa ahora a los teatros españoles, cuatro años después de su última gira y como entonces dirigida por Norma Aleandro y protagonizada por Ricardo Darín, "Escenas de  la vida conyugal", brillante y agridulce comedia en torno a la vida de pareja: en torno a sus grandezas y miserias pero también y sobre todo en torno al amor y sus vínculos.
Con una sencilla y cuidadísima puesta en escena, a medio camino entre el humor y el drama, entre la ironía y la ternura, la representación nos asoma a la cotidianeidad y las rutinas de un matrimonio, Juan y Mariana, durante un periodo de veinticinco años. Nos muestra sus conflictos, sus anhelos y frustraciones, sus insatisfacciones, para desde ahí abordar con total honestidad, sin falsa inocencia ni moralismos, temas tan profundos como la infidelidad, el desgaste y el distanciamiento que trae la convivencia, la necesidad de perdón e incluso de segundas oportunidades. Todo ello a través de una serie de situaciones y disyuntivas con las que al espectador le resulta muy fácil empatizar y que inevitablemente lo inducen a cierta reflexión.
Texto denso, inteligente y complejo con hilarantes momentos cómicos que en absoluto restan profundidad a los temas de fondo.
Magníficos ambos actores pero destacar en particular la interpretación de Andrea Pietra, capaz de sostenerle el pulso y no resultar eclipsada por un Ricardo Darín inmenso, un actor que posee el don de la autenticidad y enamora con cada palabra y cada gesto.

miércoles, 18 de septiembre de 2019

Dorothy Parker. Narrativa Completa - Reseña



"Qué poco saben estos idiotas cegatos que estoy llena de ternura y afecto, que ardo en deseos de dar, dar y dar"

Por orden cronológico y en un único volumen, en el año 2003 Lumen Editorial recopiló la narrativa completa de Dorothy Parker. Mujer culta, inteligente y muy polifacética (periodista, poeta, guionista, cuentista...), Parker es una escritora con la que por fin, como señala con acierto el prólogo de Maitena que precede a esta edición, se ha ido haciendo justicia en los últimos años otorgándosele el reconocimiento que merece.
Durante un periodo que comienza en los años veinte del pasado siglo y culmina en los cincuenta, los relatos de Dorothy Parker retratan el modo de vida de la burguesía neoyorkina de la época. Ácidos y sarcásticos, ligeros solo en apariencia (quizá por ello durante mucho tiempo fueron considerados literatura menor) todos ellos encubren una crítica descarnada a la hipocresía, los prejuicios, a la falsa piedad y los modos de vida de una sociedad mucho más oscura de lo que en un principio pudiera parecer.
Son estos cuentos historias agridulces centradas mayoritariamente en el amor y las relaciones de pareja que cuestionan, bajo la ironía y el tono humorístico que definen el estilo de la autora, la sumisión y los convencionalismos a que se encontraban (se encuentran) sujetas las mujeres, la soledad, la inseguridad, la angustia y la desesperanza que con frecuencia las desborda.
Posee Dorothy  Parker una voz propia y un estilo reconocible desde las primeras líneas. Una escritura directa y  concisa que entra de  golpe en la narración y la psicología de sus personajes, que disfraza de irreverencia y superficialidad su tristeza, su hastío, su dolor...
 Con brillantes e ingeniosísimos diálogos, la narración sumerge al lector en un mundo banal y por completo vacío: un mundo de personajes huecos, de fiestas, de alcohol, de lujo y falsa alegría; en un universo de seres frágiles incapaces de hallar una salida, atrapados sin saberlo en el descontento y la desesperación.
Pero también abordan estos relatos, sobre todo los de los últimos años, temas como el racismo, la guerra (curioso "Soldados de la república" ambientado en la guerra de  España) o las desigualdades sociales, evidenciando los comportamientos de sus protagonistas la caprichosa crueldad de una sociedad tremendamente hipócrita y condescendiente con el débil.
Todo ello con la mirada tierna e irónica, compasiva y sarcástica, afilada, mordaz, divertida, siempre demoledora, que marcó el estilo de una autora capaz de transformar su vida en literatura y hacer de sí misma un personaje: el más amargo y dolorido de los que transitan las páginas de sus cuentos.

sábado, 7 de septiembre de 2019

Hechizo de luna



Cerrad un instante los ojos, no más que un instante y dejad que os cuente un secreto. Algo que a nadie jamás revelé, algo que siempre protegí con cuidado, temeroso de la incomprensión, de la soberbia y la ostentosa ignorancia que con tanta frecuencia tristemente exhibe el mundo.
Creo ahora, sin embargo, cuando tan lejano queda todo, llegado el momento de referir mi historia.
Así pues, prestad atención. A vosotros confío el relato fiel y certero del más extraño e inquietante suceso que alguna vez en mi vida aconteció.
Era yo muy joven todavía y por la época en que los hechos que hoy me dispongo a revelar sucedieron, residía en un pueblecito costero del norte. Una de esas pequeñas y pintorescas villas marineras al borde de los acantilados, de inviernos grises y veranos breves, de casitas bajas y tejas rojas, de vientos con sabor a sal... Un paraíso de playas bravas y melancólicas laderas desde el principio de los tiempos −las gentes del lugar cuentan− con candor enamoradas de las olas y la arena.
Allí, en aquel paraje de ensueño, fue donde tuvo lugar el encuentro que para siempre habría mi vida de cambiar.
El día, un día gélido de invierno en apariencia idéntico a  todos los demás, un día que amaneció como otro cualquiera y nada diferente presagiaba, había sido lluvioso y muy gris. Apagado por  completo mañana y tarde estuvo el cielo, cubierto por unas amenazadoras nubes del color del plomo que melancolías y sombras en su estela arrastraban y que muy pronto en una tempestad, densa, ruidosa y feroz sobre la tierra su pesada carga vertieron.
Pero al fin, barrida por el viento la tormenta, en esa hora misteriosa del crepúsculo que de rubor tiñe el ocaso y ni al día ni a la noche parece pertenecer, la lluvia cedió y yo decidí entonces salir a distraer un poco ánimo y pensamientos: caminar las estrechas y tortuosas calles del pueblo, dejar atrás el alegre bullicio que, en los soportales de la plaza, pese a la humedad y los charcos, todavía a esa hora no muy tardía reinaba y dar luego un rodeo hasta alcanzar el corazón de una pequeña playa que pocos días antes había yo descubierto.
Era aquella una cala de aguas calmas y cristalinas, una delicada bahía de incomparable belleza, tranquila y muy poco frecuentada, de arena dorada y muy fina, refugio perfecto para almas −como la mía− cansadas, quizá desamparadas y, sin duda, del mundo fugitivas.
Inquieto, abatido, vencido por el desánimo e inmerso en negras, muy oscuras cavilaciones como aquella noche yo me hallaba, muy veloces corrieron las horas y cuando de ello vine a darme cuenta no debía estar ya lejos la medianoche.
En el firmamento, impasibles y lejanas, brillaban las estrellas, gemía dolorido el mar y sobre la arena arrojaba la luna unos rayos de luz azules, desconcertantes, efímeros y enigmáticos como un conjuro.
Iban y venían las olas, lentas, espumosas, serenas, una y otra y otra vez, rítmico e hipnótico su vaivén.
La atmósfera, húmeda y fría, sin piedad helaba los huesos con su soplo glacial.
Todo estaba en paz. Impregnado de suaves olores el aire. Ningún peligro parecía acechar.
No era así.
Fue entonces cuando lo impensable, lo imposible... sucedió.
Ved, esto fue lo que ocurrió.
Estaba ya la luna en lo más alto del cielo, tocaba a su punto la medianoche, todo en torno a mí era soledad y silencio, cuando de golpe, con furia ciega rugió el océano y de inmediato, muy bruscamente, la marea descendió.
Un furtivo rayo de luz relampagueó sobre las aguas al tiempo que de ellas emergían tres figuras, tres mujeres que, sólo a intervalos, la luz tenue de la noche iluminaba. Muy pálido su rostro, una sonrisa desmayada en los labios, tan ligeros sus movimientos como una brisa tibia de mayo.
Imaginad mi asombro, imaginad mi espanto ante tan fantástica visión. Imaginadlo, sí, porque por mucho empeño que yo en ello pusiera, jamás alcanzarían estas endebles palabras mías a explicarlo.
 Con la quietud y la inmensidad de un hechizo, tras mirar a un lado y a otro como si buscara a alguien −un indescriptible tinte de misterio y desconcierto al fondo de sus ojos celestes− frente a mí se detuvo la más joven de aquellas etéreas y bellísimas damas. Tan blanca y tan rubia era que de nieve y oro parecía hecha. Rozaron sus ojos los míos y en el corazón de la noche, con una ternura y una tristeza inusuales, suaves palabras de  amor a mi alma habló.
Un sollozo mudo anudó mi garganta, sobrecogido frente a tan sobrenatural hermosura.
Las estrellas que desde tan lejos había yo un momento antes contemplado parecieron deshacerse en mil destellos que sobre mi cuerpo caían y lo quemaban. Temeroso de deshacer el encanto, apenas si respiraba. 
 Ella permanecía inmóvil, despacio, muy despacio, transcurrían los minutos, parecía el tiempo detenido y a punto estaba ya de desgarrarse en dos mi corazón, cuando hacia mí extendió su mano y, en un gesto que fue casi una caricia, el anillo que en uno de sus largos y blanquísimos dedos brillaba me entregó.
La luz clara de la luna de lleno entonces le dio en el rostro, sonrió con melancólica dulzura, un beso leve dejó en mis labios y en la soledad de la madrugada, diluida entre la bruma que como un velo de gasa flotaba en el aire, para siempre se desvaneció.   
Tembloroso y febril, incansable, entre las sombras del bosque con desesperación hasta el alba la busqué.
 Comenzó al fin el día a blanquear, una claridad  trémula y espectral  en torno a mí, poco a poco, se extendía y con gran dolor hube entonces de aceptar que incapaz sería ya de hallarla.
Un inmenso vacío, una soledad desgarradora, un opresivo desconsuelo −ese desconsuelo sin nombre que solo pueden concebir quienes de él alguna vez se hallaron presos− se cernieron raudos sobre mí. Quebró mi espíritu el arañazo del desamparo, todo a mi alrededor calló y hondamente conmovido, lloré.
De eco en eco, en la espesura del bosque, largo tiempo resonó mi llanto y entre el rocío de la mañana mis lágrimas se perdieron.
 Muchas veces a lo largo de los años habría de volver, con un rescoldo de esperanza y esa inexplicable y rara fe con que uno espera los milagros, al lugar exacto de tan extraña aparición.
Esfuerzo vano.
 Una y otra vez en mil pedazos se desharía mi ilusión.
Nunca la volví a ver y sólo mecida entre mis sueños, enredada en ese vago espacio que de la vigilia los separa, alguna vez, muy pocas, la encontré. 
Implacable, despiadado e inmisericorde como suele, pasó el tiempo y su curso, serena y apacible en ocasiones, vertiginosa y dolorida en otras, siguió la vida: alegrías, penas, victorias, derrotas, simulacros de amor... Ruido y silencio.
Nada queda ahora. Indiferentes y pesarosos, muy lentos, se arrastran los días. Dormido el presente, a mi alrededor como un sueño se cierne el pasado y todo me es ajeno en este limbo donde habito −para siempre ausentes quienes alguna vez  mi mundo y mis sueños compartieron, tan dolorosa y cierta la conciencia de mi propia soledad− aunque quizá tan sólo ocurra que demasiado cansado estoy ya de vivir sin ella, sincero y leal enamorado de quien nunca volverá.
 No negaré −ningún motivo hay para ello y cierto es− que amores más prosaicos en mi vida hubo, mas siempre, en el más secreto rincón de mi alma acurrucado, latente y poderoso, tiritando de ternura y de nostalgia, permaneció su recuerdo.
 Nunca la olvidé.
Exiliado de un lugar al que jamás podré regresar, con la vida como veis hoy ya a mis espaldas y el eterno chispazo de pesar que desde aquel único encuentro siempre albergó mi mirada, aún centellea en mi memoria su magia, su belleza −turbadora y tan, sin embargo, inocente y pura−, su voz −enigmática, romántica, suave como el rumor del viento entre las hojas de los álamos−, sus ojos −tan azules y profundos que toda la luz del mundo parecían haber absorbido−, el perfume de misterio y de poesía que impregnó su despedida.
Sobre mi pecho, cerca, muy cerca del corazón, estuvo siempre su anillo −huella tangible de no haber sido locura aquella noche en que amor eterno ambos nos juramos ni vano fantasma de mi ardiente imaginación− y allí por siempre, aun después de muerto −así ahora, cuando tan próximo ya el final de mis días siento, os lo encomiendo− es donde habrá de permanecer.  









Este relato aparece publicado en el nº 11 (septiembre 2019) de la revista "El Callejón de las Once Esquinas".



martes, 3 de septiembre de 2019

Feliz aniversario



Labios de fresa, sabor de amooor...
Como un mantra, pertinaces e inoportunos, los versos de la canción danzan en su mente.
Pulpa de la fruta de la pasiónnn...
La tomaron hace rato por sorpresa y por mucho que lo intenta no logra ahora ahuyentar el recuerdo.
Labios de fresa, sabor de amooor...
Besos de fresa, caricias de arena, ilusiones de espuma, corales y sal.
Atrapada en la memoria que a traición resucitaron los viejos acordes, la nostalgia de otra vida invade su alma. Y la desesperanza asalta su corazón.
Tras el cristal de la ventana, Paula lo observa un momento. Comienzan a llegar los primeros invitados y Miguel está radiante: atento, risueño, feliz en su papel de perfecto anfitrión.
 «¡Veinte años!», le escucha decir desde lejos, «¡parece mentira!».
«¡Veinte años!», repite ella. Y tampoco alcanza a creerlo.
¿Cuándo se les quebró el futuro? ¿Qué raro conjuro maldijo su amor? 
Parpadea con fuerza apartando de un plumazo la sombra del dolor.
 Disfraza de rosa el violeta que al borde del pómulo golpea su rostro y ensaya una sonrisa.
 Sale al jardín.
 «¡Feliz aniversario, amor!», exclama jactancioso Miguel al verla.  Y sonríe. Y la besa.
Labios de fresa, sabor de amooor...





          http://estanochetecuento.com/feliz-aniversario-marta-navarro/

domingo, 1 de septiembre de 2019

Música de ópera. Soledad Puértolas - Reseña




"Porque eso que había sido escrito quizá no hubiera sido nunca hablado"

Durante un periodo que comienza en los años previos a la guerra civil española y concluye en la etapa final del franquismo, con esta última novela −"Música de ópera" (Editorial Anagrama)− recrea Soledad Puértolas la historia de una saga familiar a lo largo de varias  generaciones.
A través de tres mujeres, doña Elvira, su sobrina Valentina y su nieta Alba y con el trasfondo histórico de acontecimientos tan determinantes como la guerra civil, la visita a España del presidente Eisenhower, la revolución cubana o la primavera de Praga, se adentra la autora en una narración repleta de secretos y silencios, de rencores y traiciones, de incomprensión, desamor y soledad.
Doña Elvira, el personaje principal, es una mujer hedonista y caprichosa, ofuscada por la repentina destrucción del mundo cálido y privilegiado en que siempre ha vivido; una mujer que se refugia en la música como único medio para afrontar la pérdida de esos privilegios, el desaliento inmenso que los nuevos tiempos le producen y que solo en ella: en la música y el recuerdo, halla consuelo.
 Asistimos a través de su historia a la evolución de una familia que debe adaptarse a nuevas circunstancias y nuevos modos de entender el mundo pero sobre todo, de un  modo muy sutil y muy poético (acertadísimo el recurso de las cartas que a lo largo del tiempo y casi a modo de diario doña Elvira escribe a una destinataria muy particular) lo que hace la autora es asomarnos a los miedos, melancolías y desconciertos de su protagonista mostrando así  las causas últimas de un comportamiento que inevitablemente condicionará luego las vidas de Valentina, Alba y toda la familia.
Novela muy conmovedora, cargada de matices, de gestos, de belleza... también de vacío, de insinuaciones, de  pérdidas y silencios.

miércoles, 21 de agosto de 2019

A contracorriente




La luz del sol poniente declinaba veloz. El mar estaba en calma y cientos de chispitas danzaban juguetonas al ritmo de las olas, estrellas diminutas que punteaban la marea con relámpagos de cristal, espuma y plata. Un caleidoscopio de colores −ocres, cobaltos, escarlatas, esmeraldas− teñía las aguas y sobre ellas un enredo de nubes, sombras y brumas cubría poco a poco el azul del cielo. Comenzaba el viento a virar y había en sus remolinos un presagio de lluvia, una advertencia de tormenta, casi una amenaza, que quizá aquella misma noche se cumpliera.
Desde el puente de mando el capitán de El Sueño de los Mares contemplaba caer la tarde con un apunte de melancolía, silencioso e inmóvil, un cigarrillo a medio consumir entre los dedos, la voz de Billie Holiday susurrando de fondo antiguas melodías, sobrecogido de pronto por la belleza, por la fugacidad y la magia de aquel espejismo tenue y sutil, de aquel instante etéreo y frágil que, aún no pertenecía a la noche pero tampoco ya correspondía al día. Viejo marino sin suerte, otras islas, otras costas, otras tempestades y otros mares, su corazón aventurero en silencio añoraba. Y, en secreto, algunas veces, en atardeceres como aquel, justo al hundirse el sol entre las aguas, al dios de los océanos rogaba su amparo y con fervor suplicaba una oportunidad, el milagro que lo hiciera regresar a un mundo antiguo y casi olvidado, a un mundo que fue suyo una vez, que luego −no recordaba razón ni causa o quizá sí pero ya poco importaba− había perdido y no era ahora más que una leve sombra anclada con dulzura y timidez a su memoria.  
La sirena que advertía la proximidad de la cena lo sacó del ensueño. Suspiró contrariado y se dispuso a prepararse. Su vida anterior quedaba lejos, muy lejos de allí, galernas y mistrales hacía ya mucho le torcieron el rumbo y no era ya tiempo de culpas, arrepentimientos ni lamentos. Tampoco era el suyo, si bien lo pensaba, un mal puesto. No, al contrario, muchos considerarían aquel empleo elegante, sofisticado, incluso divertido, se dijo al  fin, sacudiendo su mente de recuerdos y fantasmas. Sucedía que, a veces, la rutina y ese eterno e inacabable periplo que repetía sin tregua una y otra y otra vez −de Barcelona a Marsella, de Marsella a Génova, de Génova a Nápoles, de Nápoles a Messina, de Messina a Barcelona y de nuevo vuelta a empezar− lo agotaba y lo hacía sentir un ratoncillo aturdido y tontorrón gira que te gira en una rueda infinita, sin destino ni final. Esa imagen dibujó en su ya canosa y algo desaliñada barba de marino una sonrisa breve y melancólica, consultó la hora en su reloj y decidió llegado el momento de bajar al comedor. Por alguna razón que, cierto es, a él se le escapaba, la cena junto al capitán, en su mesa y con sus oficiales, era uno de los divertimentos −excesivo le resultaba decir honores− que el pasaje de aquellos cruceros, tan decadentes y trasnochados que casi parecían ahora sacados de otra época, más disfrutaba y no debía por ello retrasarse.
Escuchó a lo lejos los primeros compases de la orquesta y un ligero rumor de conversaciones, brindis y risas que el continuo trepidar de máquinas allá abajo en las entrañas del barco, no logró eclipsar. Adivinó parejas vestidas de gala, burbujas de champán, románticas velas prendidas en las mesas...
Una gaviota que planeó majestuosa sobre cubierta distrajo su atención. Giró sobre sí mismo siguiendo su vuelo y entonces, al alzar los ojos... Entonces fue cuando la vio.
Y un latido de menos palpitó en su corazón.
Hielo y muerte en la mirada. Humillación, rabia, vergüenza, impotencia y asombro en lo más hondo del alma. Suyos de pronto el desamparo y la desolación.
A la deriva, solitaria, maltrecha, desmadejada, una maleta se mecía suavemente, arriba y abajo, entre las aguas. Ningún otro signo en torno a ella de naufragio. Sólo frío y silencio. Y dolor. Y miedo.
Una maleta. Una vieja maleta anónima y ya sin dueño cargada de ilusiones, de sueños, de esperanzas... de polvo y nada, de almas rotas arrastradas por los vientos, de vidas desamparadas sin futuro, sin suerte ni destino que contra las costas de la vieja Europa, de su frivolidad y cruel indiferencia, fueron a estrellarse, mudas e invisibles, una noche cualquiera de tormenta. Tristes notas malsonantes quebrando a destiempo, sin permiso, acusadoras, imprevistas... ritmos, cadencias y armonías, desenmascarando traiciones, ficciones y mentiras.




Imagen: Eduardo Úrculo


Relato publicado en la Antología "A punta de relato". Valencia Escribe. Abril 2019.



martes, 20 de agosto de 2019

Confesiones de un marino



Aparecieron de la nada. Apenas había amanecido, el mar estaba en calma y el cielo sin estrellas, cuando desde la cofa del palo mayor, en lo más alto del puesto de observación, el grito del vigía dio la voz de alerta. Todos los miembros de la tripulación corrimos entonces a cubierta para contemplar como la espesa cortina de niebla que a esa hora aún nos envolvía, se transformaba como por ensalmo en una magnífica y desafiante escuadra naval. Medio centenar de navíos de línea, de galeones, de corbetas y fragatas, navegaba rumbo norte hacia nosotros, todas las velas desplegadas, bien pertrechados y listos para el combate.
Era el verano de 1780. Escoltados por la flota del Canal de la Mancha, habíamos zarpado del puerto de Portsmouth muy pocos días atrás. Cincuenta y cinco buques que en un punto secreto (eso creímos) del Atlántico habríamos poco después de dividirnos y que hasta entonces tendría yo bajo mi mando. Unos partirían luego rumbo a la India como apoyo a la guerra colonial que allí se libraba. Otros hacia las colonias de ultramar portando un valiosísimo cargamento de armas, pólvora, provisiones, lingotes y monedas de oro. Mantener operativa a la esforzada y ya muy exhausta flota británica que, durante cinco larguísimos años había luchado por sofocar la rebelión desatada en aquella parte del mundo era en realidad la principal misión de nuestra expedición.
Navegar alejados de las costas ibéricas y de las rutas comerciales fueron nuestras órdenes. Evitar un encuentro con navíos españoles o franceses −aliados ¡cómo no! de los sublevados− resultaba vital. No lo logramos.
No sé como ocurrió. Los malditos españoles −¡malditos! ¡malditos todos sean!− nos tomaron por sorpresa. Con la primera luz del día, aquella madrugada del nueve de agosto, se torció nuestra suerte y, en medio del océano, aislados y rodeados de velas enemigas, nos encontramos cercados por completo. Muy poco después, se desató el infierno.
La batalla fue feroz. De los costados de los navíos, durante horas, tronaron los cañones en una interminable sucesión de fogonazos y ensordecedoras estampidas. Densas nubes de humo blanco cubrieron el cielo por un tiempo que parecía no tener fin, ocultando tras ellas jarcias, velas y cascos.  Inmisericorde y brutal retumbó la artillería mientras crepitaba en las cubiertas de los barcos el fuego de mosquetes, de arcabuces y fusiles. Remolinos de fuego y pólvora incendiaron el océano. Palos tronchados, cubiertas destrozadas, obenques cayendo de los mástiles, nubes de astillas, balas, metralla, gritos, sangre, muerte y devastación.
Tantos años después, aún hoy tortura mis insomnios el recuerdo de aquella jornada fatídica y terrible. Cierro los ojos y, puntuales, regresan mis fantasmas. Voces y rostros, acusadores y severos, reaparecen ante mí. Con ellos el olor a salitre y a pólvora quemada, el estrépito de disparos y explosiones, la confusión, el desconcierto, el dolor, la impotencia, el miedo.
Cincuenta y dos buques fueron aquel día capturados, más de tres mil soldados apresados, toda la mercancía confiscada. Innegable fue la victoria española y catastrófica para la corona inglesa −bien lo sé− resultó nuestra derrota.
¿Qué puedo decir? La superioridad del enemigo era tan abrumadora. Nada pudimos hacer. Imposible era evitar el desastre. Y sin embargo...
Un peso terrible carga desde entonces mi conciencia. Los abandoné. Los buques de escolta huían en desbandada y, camuflado entre su tripulación, sin apenas pensar en lo que hacía, con ellos yo −John Moutray, capitán de la marina real de guerra, al servicio siempre de su majestad− me di a la fuga.  Abandoné a mis hombres. Sí, eso fue lo que hice. Que Dios o el Diablo me perdonen pues no hay, para un marino, mayor cobardía ni más irreparable traición.
Nada puedo alegar en mi favor más allá de un arrepentimiento largo y sincero; de los escrúpulos y remordimientos que, a toda hora, arruinan desde entonces la paz de mi alma; de esta tardía y del todo  inútil confesión.
Pagué mi pecado, cierto es. Fui juzgado. Cumplí condena. Expié mi culpa. Y, sin sobresaltos, prosiguió mi vida. Jamás, sin embargo, ni un solo instante, en lo más hondo de mi corazón, me mantuve a salvo del deshonor y la vergüenza. Jamás hallé la calma. Jamás ante mí mismo perdoné aquella lejana y tan bochornosa deshonra. Y jamás, nunca jamás, olvidé un nombre. El nombre del enemigo, del héroe, del más audaz adversario... El nombre del almirante que aquel verano aciago, quizá sin saberlo, seguro sin pretenderlo, destrozó sin remedio mi vida.
¡Malditos! ¡Malditos españoles! ¡Maldito Luis de Córdova! ¡Malditos todos sean!








Relato publicado en la Antología "A punta de relato". Valencia Escribe. Abril 2019.