lunes, 16 de octubre de 2017

La muerte de la mariposa - Reseña


"Eran la misma persona con dos corazones y dos cabezas; y esos dos corazones y esas dos cabezas se volvían apasionadamente el uno hacia el otro, el otro contra el uno, hasta arder en una única hoguera".

Recién publicado por Gatopardo Ediciones, “La muerte de la mariposa” es el relato de un amor, de una devoción y una pasión, de una lucha feroz contra el alcohol y la enfermedad, de una época ligera y fugaz, chispeante, bohemia y luminosa donde los sueños parecían fácilmente convertirse en realidad.

En muy pocas páginas el autor de esta historia -Pietro Citati-  nos adentra en la intimidad y el secreto de una pareja irresistible, emblemática como pocas, la que Francis Scott Fitzgerald formó junto a su esposa Zelda durante los años veinte y treinta del pasado siglo. Atrapa Citati de forma magistral el espíritu de una historia de amor profunda, cómplice, conmovedora, tormentosa...; nos asoma a un abismo de miedos, inseguridades, decepciones, flaquezas, derrotas...; nos muestra las heridas, las huellas que inevitablemente en las vidas y el alma de los protagonistas poco a poco va dejando el implacable transcurrir de los días y los años; asistimos junto a ellos a la transformación en dolor y desesperanza de ciertas -quizá demasiadas- promesas incumplidas para, al fin y pese a todo, caer rendidos frente a la magia eterna de un amor que el tiempo convirtió en leyenda, frente a la sobrecogedora belleza de una lealtad inquebrantable.

viernes, 13 de octubre de 2017

El genio de los deseos


Suspira y cierra los ojos... En su recuerdo: mil y una noches repletas de estrellas; olor a jazmín; el tañido melodioso de las campanas meciendo con dulzura el despertar de la ciudad. Una ciudad ya para siempre convertida en nostalgia. Frente a ella: el cruel silencio de las fotografías; oscuridad, tristeza, cansancio; frío y devastación. En su alma: un deseo; una súplica; una oración. Entre las nubes, lejos, muy lejos, de aquella tierra tan herida: la magia. En el destierro eterno de los mundos perdidos: un hechizo. Un genio acurrucado en su lámpara que lágrimas de impotencia y rabia lloraba.



Microrrelato para los Viernes Creativos de https://elbicnaranja.wordpress.com/
Imagen Michel Pederson.

lunes, 9 de octubre de 2017

De piratas y corsarios


En el lugar más recóndito de la isla, en una tumba sobre una colina al borde del mar, unos mortales restos reposan. Allí yace también un hechizo. El eco eterno de la aventura de un mundo perdido, la magia y la fantasía, la curiosidad, cierta infantil inocencia, es lo que aquella sepultura sin nombre custodia. Cuentan que, en las noches de tormenta, una extraña canción el viento silba, al tiempo que dos feroces bucaneros desde un velero espectral a su inmortal hacedor saludan. Ron, ron, ron... parece la ventisca gemir. Entre las olas sueña su tesoro John Silver. Enigmático, sonríe.


Este relato fue seleccionado entre los finalistas del "II Concurso Donbuk de Microrrelatos" y aparece publicado en la Antología del concurso. Septiembre 2.017.



Imagen: Internet

domingo, 8 de octubre de 2017

Muñeca de porcelana - Reseña


"Muñeca de porcelana" -"China Doll" en su versión original- obra escrita en su momento por David Mamet para Al Pacino y ahora en España magníficamente interpretada por José Sacristán, nos adentra de forma descarnada y muy ácida en los entresijos del poder, en un mundo oscuro,  turbio  e inquietante de dinero, secretos, mentiras, influencias, traiciones... en el siempre opaco universo de la política (de quienes tras ella impulsan ciertas decisiones al amparo de las sombras) y de la corrupción.
Es esta una obra ágil, irónica, muy original en su estructura, articulada casi por completo en torno a una serie de conversaciones telefónicas a través de las cuales Sacristán despliega un abanico de estados emocionales con los que hace cobrar vida a su personaje y logra contagiar el ritmo y la tensión de la acción al espectador. Prácticamente un monólogo a pesar de la presencia constante sobre el escenario de un segundo actor -Javier Godino- con diálogos muy breves y cuyo papel sólo al final de la trama cobra cierta importancia.
 El tema que se aborda, sin embargo, es tan real que resulta también muy previsible y ni la evolución de los acontecimientos ni su desenlace final alcanzan realmente a sorprendernos.

Merece la pena, en cualquier caso, asistir a la interpretación impecable, poderosa y repleta de matices que de su personaje hace José Sacristán.

lunes, 2 de octubre de 2017

Añoranza



La busco entre la sombra de un recuerdo

Nunca está

Sombra antigua, efímera y burlona

Sombra dolorida, insolente y magistral

Vagabundo de sueños

 Vagabundo de ilusión

Lucidez devastadora que, cruel, mi derrota murmura

Desgarro, pérdida, desesperanza

 Desamparo y llanto en un recuerdo ahogado

Estrella inalcanzable

Estrella mágica y fugaz

 Tenue brillo entre tanta oscuridad

 Incapaz de retenerla, junto a ella mi alma siempre va

Una lágrima en mis ojos

 Un recuerdo

 Plomo en mi silencio       

Un día cualquiera


El día que las olas del mar apaguen con su espuma el fuego del amanecer

 Que la luz del arcoíris aplaque con su brillo la ferocidad de la tormenta

El día que bajo la arena una estrella de mar llore su añoranza por el cielo del que una noche antigua cayó

Que rocen tus ojos los míos y una sonrisa fugaz ahuyente de tu rostro el desconcierto

El día que un instante mi recuerdo venza al vacío de tu olvido...

Sólo ese día mi corazón podrá quizá latir de nuevo

 Y sentir que  alguna vez hubo magia en el mundo.

sábado, 30 de septiembre de 2017

Quinto B



El mismo piso. De nuevo. Y ya eran tres los asaltos que aquel agosto había sufrido, algo ciertamente excesivo incluso para tal mes. Como siempre puerta de par en par, cajones desvalijados, libros por el suelo, nada, al parecer, que echar en falta. Un halo de misterio envolvía sin remedio a su inquilina. ¿Qué escondía aquella anciana y quién lo buscaba con tanta tenacidad? Desplomada en su sillón, rodeada de policías, ella temblaba, no de miedo sino de emoción. Debía acabar con semejante desatino -lo sabía- pero tanto le pesaba la soledad... Y tan divertida resultaba siempre su pequeña picardía... 


Microrrelato finalista semanal el día 30 de septiembre de 2.017 en el concurso "L'art d'escriure" del programa Wonderland de Radio 4 RNE.
          http://blog.rtve.es/wonderland/

          Imagen: Internet

lunes, 25 de septiembre de 2017

Una muerte anunciada

Desde el día que murió -tan frágil, tan inocente, tan bella- un viento gélido y devastador, implacable, recorre el mundo. Atónitos y espantados, contemplamos entonces -amargo conjuro- desvanecerse de inmediato frente a nuestros ojos toda esperanza. Desapareció cualquier signo de benevolencia y alegría, dejó en nuestras almas de latir la poesía y sólo oscuridad, vacío y silencio en ellas quedó. También miedo. Justo castigo, cierto es, aunque imposible nos hubiera nunca resultado imaginar tan inmensa e infinita desolación. Alevoso crimen o fatal accidente poco importa, ligados como siempre estaremos -todos: culpables o inocentes- al trágico destino de aquella humilde, solitaria, serena, siempre tan pacífica paloma.



Microrrelato para el concurso "Relatos en Cadena" del programa La Ventana de la Cadena Ser.

domingo, 24 de septiembre de 2017

Niños de nadie


Elmer Mendoza nació un día de invierno frío y lluvioso. Nadie recuerda con exactitud la fecha pero sí el frío y la lluvia, inmisericorde y torrencial, que por aquel tiempo cayó durante días. Y la niebla. Una niebla espesa que llegó de golpe a la ciudad borrando todas las cosas. Tal vez fuera enero. Tal vez no. Nunca a causa de semejante olvido ha celebrado su cumpleaños. Nunca ha tenido regalos, tartas, ni velas a las que infantiles deseos soplar.
Aquel invierno, el invierno de doce o quizá trece años atrás en que Elmer vino al mundo, habían vendido sus padres la poca tierra que en su aldea natal tenían y, esperanzados como nunca estuvieron, como ya nunca volverían a estarlo, a pesar de la multitud de miedos e incertidumbres que, inclementes, sobre ellos se cernían, habían marchado a la capital en busca de un futuro más próspero para el hijo que en camino venía. Pero sabido es que nunca tuvo compasión con los pobres el destino y sólo un terreno en un suburbio de la periferia, más allá del extrarradio, de las vías, de los edificios grises y las inevitables torres de alta tensión, un terreno próximo en exceso al inmenso vertedero que el contorno de aquella ciudad inhóspita y áspera como pocas delimita, fue lo que el perverso azar les reservó y a lo que hubieron su nueva vida de conformar.
Allí, a escasos metros de la cerca, con incansable y tenaz esfuerzo, cultivan desde entonces berenjenas, calabacines, coles y tomates que pocas veces consiguen vender. Y allí, al filo de la desolación y la impotencia, clavada la angustia en el pecho, hondamente herido  su corazón, casi vencidos, lágrimas de rabia y desaliento, lágrimas con un amargo sabor a exilio y a derrota, lloran sin ruido cada noche -ojos hundidos y cansados- en un triste duelo por la pérdida de aquella ya tan lejana, ingenua y efímera ilusión, desvanecido frente a ellos sin remedio el futuro que juntos un día soñaron.
Y es que, pese a hacer todo lo posible -y cierto es que lo hicieron- a veces sucede que ni aun esto resulta suficiente, nunca mejoran los tiempos y para tal infortunio no existe entonces consuelo. Límites hay que el valor humano jamás a superar alcanza.
Así fue que en este lugar remoto y por todos olvidado, en una vieja barraca de madera y zinc tan mísera como una chabola, nació Elmer. Un muchacho ahora alto y fuerte, espigado, de rostro atezado por el sol y ojos oscuros, brillantes, profundos y esquivos que cada día, mucho antes del amanecer, en ese momento en que el silencio parece devorar las horas, salta de su pequeño camastro y siempre sigiloso para no despertar a los hermanos que tras él llegaron, como una sombra apenas arrancada a las tinieblas, sale a la soledad de unas calles donde hace mucho la miseria se hizo costumbre, de unas calles que a cada paso hablan de dolor. Cabizbajo y lento, un peso insoportable de llanto e injusticia a sus espaldas, al vertedero entonces se encamina y allí confundido entre decenas de chiquillos harapientos -ojos tristes, mejillas hundidas, manos sucias, alma gastada- hace mucho tiempo todos ellos resignados a su suerte, y los perros y buitres que habitan el lugar, armado como todos con su inevitable garfio y como todos de inmediato cubierto por una grasienta costra de mugre, con inocente esmero, escarba entre la basura en busca del quizás único sustento de que ese día dispondrá la maltrecha, siempre exigua, economía familiar.
Elmer no se queja. Nunca se queja. Tampoco se avergüenza. Es su trabajo. Gracias a él -bien lo sabe- subsiste su familia, digna, casi heroica, superviviente de las privaciones y la escasez. Y se siente orgulloso. Mucho. Pero lo odia. Lo odia de un modo profundo y oscuro que por mucho que intenta no logra evitar. Odia la basura, el olor, los insectos,  los camiones, el humo de los gases... Tan desagradable todo, tan sucio, tan insalubre. Tan triste y descorazonador.
En secreto, un secreto nunca con nadie compartido, Elmer sueña estudiar. Quisiera ir a la escuela, merendar en el parque a la salida de las clases, jugar al baloncesto, confundirse y ser uno más, entre todos esos chicos a los que cada tarde espía desde lejos... y un día -como ellos seguro lograrán- llegar a ser maestro o médico, quizás.
Algunas veces, pocas pero a veces, desde lo más alto de su montaña de escombros, golpeado por la pena y la soledad, levanta los ojos a un cielo para él siempre arisco y en penumbra. Susurra entonces una plegaria dolorida, una plegaria de tristeza abrumadora y sólo si por un instante una estrella atraviesa rauda el firmamento, el niño sonríe. Por alguna extraña razón -alguien un día le contó- las estrellas fugaces guardan relación directa con los deseos y esa idea, casi una esperanza, dibuja en sus labios una sonrisa. Una sonrisa breve, apenas un esbozo, tan fugaz como la estrella. La triste e inexpresiva sonrisa de quien nunca aprendió a reír. De quien sabe que algunas historias nunca alcanzan su final feliz.



Imagen: Meridith Kohut 

jueves, 21 de septiembre de 2017

Encrucijada

El monótono sonido del teclado de la vieja underwood que hace  tanto tiempo su padre le regaló -siempre desde entonces compañera fiel- se detiene al fin. Durante horas, sin pausa, ha resonado en la habitación y de improviso un silencio denso y pesado invade la estancia. Tras los cristales, al otro lado del balcón, la tarde se apaga lentamente. Ha comenzado a lloviznar, la luz es cenicienta y fría y una fragancia suave a tierra mojada, primera advertencia de un otoño recién apenas estrenado, se cuela por alguna ventana entreabierta.
 A esa hora imprecisa que ni al día ni a la noche parece pertenecer, solitaria como un fantasma, repasa Victoria las páginas escritas. Metódica y concienzuda. Con extremo cuidado. Satisfecha, por fin. Aspira lentamente el aire limpio y húmedo del anochecer y sucede en ese instante que por sorpresa sus ojos se llenan de lágrimas. No sabe bien por qué llora. Nunca fue ella mujer muy dada a la ternura pero una emoción incontrolable, algo que no acierta a explicar, de pronto la ha conmovido de un modo extraño. Sólo es cansancio, piensa y, sí, tal vez tan sólo eso sea. Tal vez.
Ha sido esta última, una época intensa y convulsa en la que a las más adversas circunstancias se ha debido enfrentar. Nada nuevo en realidad para esta mujer de férrea voluntad, dueña de una rara confianza en sí misma, luchadora independiente y tenaz siempre en armas contra un mundo y un tiempo que a las mujeres con método exquisito ignora. Pionera incuestionable en tantos frentes donde preciso resulta abrir nuevos horizontes.
Y quizá ése sea el motivo del inmenso vacío, del desconsuelo infinito que desde hace ya algún tiempo -ahora se da  cuenta- habita en su pecho.
 El murmullo dulce y quejumbroso del viento entre las encinas, la melancolía esta noche a su corazón tan férreamente anudada, la vulnerabilidad que a su pesar siente, hacen volar su recuerdo hacia las enseñanzas, los consejos y el cariño de su madre, hacia las risas alegres de sus compañeras del Lyceum, hacia la complicidad de sus maestras, hacia tantas y tantas mujeres valientes -sencillas o ilustres- siempre relegadas, siempre invisibles, a las sombras eternamente condenadas, con furia arrojadas a la frustración y al desaliento. Siente que su memoria y su lucha con su decisión traiciona, que sus expectativas y esperanzas tristemente defrauda, que retazos muy queridos de su vida en jirones se deshacen sin remedio. Y le duele tanto tan innegable deserción...
Amarga encrucijada la suya.  Lacerante y feroz.
El discurso que por fin hace un momento ha logrado terminar es impecable, en cualquier caso. Nada puede reprocharse. Ha trabajado en él durante días. Lo ha escrito y reescrito hasta la extenuación, incapaz por momentos de hallar el tono preciso, angustiada, desesperada, malherida en desigual batalla por unas palabras caprichosas, fugitivas que, una y otra vez, frente a ella, antes de dejarse atrapar, siempre raudas se desvanecían. Palabras finalmente capturadas que habrán de ayudarla -así al menos ella lo espera- a expresar algo más que un pensamiento, mucho más, un sentimiento. Palabras con las que, por encima de cualquier otra cosa, ansía ser comprendida y que a un íntimo desgarro, conmovedoras y conmovidas, habrán de prestar su voz.
Difícil camino el que esta mujer idealista y orgullosa comienza ahora a recorrer.
Hace lo correcto, de corazón lo cree. Y sin embargo... no logra desprenderse de ese extraño sentimiento que atenaza su garganta, algo muy cercano a la congoja, cierta mezcla de cansancio y melancolía. Nadie como ella comprenderá jamás la magnitud de su renuncia. El amargo papel que, en aras de un bien mayor -eso se dice- ha de representar. Plenamente convencida, decidida a no acallar la voz de su conciencia, incapaz de silenciar sus más profundas convicciones, dispuesta a afrontar el sin duda severo juicio de la Historia, a dilapidar -bien lo sabe- buena parte del prestigio hasta entonces tan duramente conseguido.
Pero su resolución es firme. Pocas horas después habrá de afrontar el momento decisivo y ella, Victoria Kent, maestra, doctora en Derecho, directora general de prisiones, diputada en Cortes, defensora infatigable de los derechos de su sexo, mujer lúcida como pocas, inteligente, audaz, comprometida... ella, Victoria, desde la tribuna de oradores del Congreso, desgarrada como nunca estuvo entre la renuncia a su más bello ideal y su ardiente pasión republicana, con absoluta convicción democrática, reclamará sin dudar el aplazamiento del voto femenino. Un voto que sin remedio -con sinceridad lo piensa- se vería ahora secuestrado por la voluntad omnipresente y seguro reaccionaria de maridos, padres o sacerdotes. Riesgo inasumible. Triste e inevitable paso atrás. Cruel traición, que sólo su desmedido amor por la República justifica.
Una y otra vez ensaya Victoria las palabras con que a la tarde siguiente -Uno de Octubre de 1.931-  habrá de dirigirse a la Cámara: "...Que creo que no es el momento de otorgar el voto a la mujer española, lo dice  una mujer que, en el momento de decirlo, renuncia a un ideal...".
Un oscuro desconsuelo asoma a sus ojos negros. Sobrecogida, frágil, vulnerable, atravesada por una pena insoportable que para siempre se clava en lo más recóndito de su alma, apenas consigue ya retener el llanto.
En la calle mientras tanto las aceras brillantes de lluvia, las apresuradas carreras de los viandantes bajo sus paraguas, el lívido blancor con que el cielo despide a este convulso mes de septiembre, dan a la ciudad la apariencia sombría y gris de un día triste de invierno.


Este relato obtuvo el segundo premio en el "I Certamen de Relatos Beatriu Civera" convocado por la Concejalía de Igualdad del Ayuntamiento de Valencia y aparece  publicado en la Antología del Certamen. Fallo del Jurado 26 de Junio de 2.017.