viernes, 30 de julio de 2021

La señorita Mackenzie. Anthony Trollope - Reseña

 

Había resuelto no conformarse con una vida sin vida

«No especialmente guapa, brillante ni graciosa», describe el autor a su heroína al comienzo de esta historia. Una mujer −Margaret Mackenzie− mediada la treintena, soltera (o ya solterona), dedicada durante años al cuidado de un hermano enfermo cuya muerte la convierte de pronto en rica heredera. Sin obligaciones ni ataduras que condicionen su voluntad, libre por primera vez, ella se irá rebelando poco a poco contra el papel que, en el Londres de mediados del S.XIX donde transcurren monótonos sus días, parece querer imponerle la sociedad.

 Decidida a luchar por su felicidad, Margaret se traslada entonces al pequeño pueblo de Littlebath a fin de establecerse y ser allí miembro activo de los círculos sociales. Muy pronto comenzará a ser cortejada por tres pretendientes que, lejos de cualquier romanticismo, en ningún momento ocultan su interés por el dinero como motivo de fondo para su aproximación.

Sobre tal argumento, con muchísima ironía y sentido del humor, Anthony Trollope (1815-1882) retrata las miserias de una sociedad victoriana a la que enfrenta sin compasión a sus hipocresías y trata de hacer reflexionar sobre la mezquindad que ocultan ciertas actitudes, lo inapropiado de algunas convenciones religiosas o la dependencia extrema del dinero como condicionante de la posición social.

La situación de la mujer y lo imprescindible de un buen matrimonio para poder ser tenida en cuenta, la pasividad y falta de opinión que siempre se espera de ella, es otro de los grandes temas de una novela donde el narrador toma claramente partido a favor de su protagonista −una mujer valiente, empeñada siempre en hacer lo correcto− y se dirige directamente al lector para comentar con él el proceder de sus personajes, las reflexiones que los mueven, sus aciertos o errores.

Pese a la aparente sencillez de la trama, Trollope logra una historia de gran profundidad psicológica, repleta de giros argumentales y, en un tono muy divertido, burlón incluso, arma un personaje (muy similar a alguno de los de Jane Austen) plenamente consciente de sus limitaciones pero también de sus capacidades. Una mujer que no persigue el amor a cualquier precio, que muestra sus inseguridades, esperanzas, miedos, contradicciones... Una mujer de su tiempo que lucha por la propia felicidad, que no se conforma y se rebela contra la tradición y la injusticia.

Magnífica finalmente la edición con la que hace unos años D'Época Editorial inició su "Biblioteca Trollope" recuperando así una obra inédita hasta el momento en castellano.

jueves, 22 de julio de 2021

Los reflejos de la luna. Edith Warton - Reseña

 

Y por un tiempo la emoción superficial de su vida le procuró la ilusión del placer

Publicada en 1922, dos años después de haber recibido el Pulitzer y ya como autora consolidada, Edith Warton recorre en "Los reflejos de la luna" los primeros meses de convivencia de una joven pareja americana, Nick y Susy, ambos atractivos y brillantes, acostumbrados a triunfar en sociedad y sacar partido de la indolencia y el carácter caprichoso de la adinerada burguesía de la época: un grupo de gente rica que los acoge por divertimento y a quien ellos en secreto desprecian.

Enamorados pero incapaces de renunciar al lujo y al ambiente en que, poco a poco, han logrado introducirse, casi como un juego más, deciden un día casarse bajo condición de una separación amistosa si alguno de los dos encontrara en el futuro un partido mejor. Comienzan así una luna de miel que los llevará a recorrer Europa y a disfrutar, gracias a las villas que diferentes amigos ponen a su disposición, del modo de vida con el que siempre han soñado: apariencias, fiestas, ociosidad...

Las cosas, sin embargo, empezarán a torcerse a partir de un desencuentro del que se servirá la autora para plantear los temas de fondo de la novela: los límites morales de determinados comportamientos, la fragilidad del amor, las consecuencias de la mezquindad y la mentira o el miedo a la soledad.

Con una trama muy entretenida, repleta de intrigas y malentendidos y un recorrido por los escenarios más reconocibles de la Europa de principios del S.XX en que transcurre la historia, saltando de Venecia a París o de París a Londres, Warton enfrenta a sus personajes al sinsentido de una vida vacía e hipócrita, al desconsuelo de sus propios egoísmos y las contradicciones de ciertos comportamientos, armando con ello una crítica social demoledora y mostrando también con elegancia pero muchísima ironía el papel de la mujer en la época y sus nulas opciones vitales si no era a través del matrimonio. Fundamental en ese sentido unos personajes secundarios desengañados, cínicos, patéticos en ocasiones y con una serie de vivencias a sus espaldas que parecen marcar el camino que empiezan a recorrer los protagonistas.

Historia de corte clásico que pone de manifiesto la técnica y habilidad de la  autora para crear ambientes y personajes, la sutileza con que formula ciertas denuncias y la maestría con que va conduciendo el argumento hacia un clímax final cargado de tensión e incertidumbre.

jueves, 15 de julio de 2021

Silas Marner. George Eliot - Reseña

 

Hay la opinión que un hombre tiene de sí mismo y la opinión que los demás tienen de él

Acusado de un robo que no ha cometido, Silas Marner, protagonista de una historia que la propia autora destacó como su favorita, abandona la ciudad y la comunidad religiosa que hasta ese momento lo ha acogido para instalarse en Raveloe, un pequeño pueblo de la campiña inglesa, donde refugiará su desengaño y donde, poco a poco, se irá convirtiendo en un viejo huraño y solitario, dedicado por completo al trabajo en su telar y a guardar con avaricia el abundante tesoro de monedas de oro y plata que tiene en su poder.

Dos sucesos inesperados pronto cambiarán, sin embargo, el curso de los acontecimientos y darán un vuelco absoluto a las circunstancias de su vida.

George Eliot ─pseudónimo de la inglesa Mary Ann Evans (1819-1880)─ teje sobre tal argumento un relato cargado de buenas intenciones, donde enfrenta codicia y egoísmo a desinterés y bondad y expone claramente las consecuencias de ambas actitudes.

Con una gran galería de personajes y tramas secundarias o paralelas en realidad a la principal, Eliot adentra al lector con mucha habilidad en los modos y costumbres de la sociedad rural victoriana de esa segunda mitad del S.XIX donde sitúa su  historia. Nos asoma al mundo de apariencias en que se mueve la aristocracia, a los primeros signos de una industrialización que ya comienza a ganar presencia durante esos años, a la influencia que sobre cada individuo ejerce la comunidad, a la importancia en la vida personal del sentimiento religioso...

Todo ello a través de una peripecia amable, crítica e irónica pese a todo, e impregnada de un gran talento narrativo: ingeniosísimos algunos diálogos y sencilla y natural una prosa capaz de dibujar ambientes y personajes con apenas un par de pinceladas.

Novela breve, inferior a Middlemarch o El Molino del Floss (obras maestras de la autora) pero absolutamente recomendable. Delicada y muy decimonónica, sin ningún exceso no obstante de sentimentalismo o carga moralizante y muy agradable de leer pese a la hondura de los temas que plantea.

domingo, 4 de julio de 2021

La maestra del valle


─Buenos días, señorita Sullivan.

─Buenos días, niños ─sonrió la maestra al cantarín saludo de los alumnos. Se acomodó en su pupitre y esperó un instante a que los chiquillos prepararan plumieres y cuadernos─ Muy bien, decidió al fin. Abrid todos el libro de lectura por la página veintisiete. ¿A quién le toca hoy empezar a leer?

Un crío pelirrojo con la cara llena de pecas y aire desenvuelto levantó la mano, se puso luego en pie y, al gesto de su profesora, comenzó en el párrafo indicado:

A las márgenes del río, allí se extienden campos anchos de cebada y de centeno...

Cómo Carla Sullivan había llegado a convertirse en la maestra del valle, era para ella misma un misterio. Dos años atrás hubiera tomado por loco a quien le hubiera predicho aquel futuro pero... allí estaba ahora: perdida en una tierra remota, solitaria y poblada por gentes sencillas que nada sabían de su vida y su pecado.

─Anna, tu turno ─sorprendió con picardía a una niña absorta en el lazo de sus trenzas.

Palidece el sauce, el álamo vacila y las brisas..., cogió carrerilla, tras un momento de vacilación, la pequeña.

Afuera comenzaba a llover. El ganado pastaba en la llanura y las nubes borraban con rapidez la línea del horizonte. Pronto llegaría el otoño y la escuela cerraría sus puertas hasta la siguiente primavera. Solo durante unos pocos meses al año se impartían las clases con regularidad pero ella había insistido mucho a los padres y al comité escolar que decidió su contrato sobre su disponibilidad permanente y la importancia de la educación para el desarrollo de la aldea.

 Había descubierto con sorpresa cuánto le gustaba aquel trabajo. El bien que hacía a los niños y la influencia que por medio de ellos ejercía en la cultura de los padres, le parecía un regalo. Aquello había sido un efecto indirecto, desde luego, en ningún caso la razón de su escapada pero ya había aprendido a esas alturas  a aceptar sin miramientos las cosas buenas de la vida.

«¡Ay, madame Carla!, ¿quién te ha visto y quién te ve?», se burló de su situación con ironía. ¡Cómo se reirían sus chicas si la sorprendieran ahora entre sumas, restas y lecturas infantiles!  Las echaba de menos. Sí, mucho. Durante años habían sido su única familia, siempre juntas en lo bueno y en lo malo y sin embargo...

─Ya hemos terminado el capítulo, señorita Sullivan ─la voz de Anna la trajo de vuelta a la realidad con un respingo─ ¿pasamos al siguiente?

─No, gracias Anna, puedes sentarte. Terminad en silencio los ejercicios de  matemáticas y avisadme si necesitáis ayuda.

Se acercó a la ventana. Pese a la lluvia, los hombres continuaban a lo lejos su trabajo. Infatigables y esforzados. ¡Qué diferentes, pensó con extrañeza, de aquellos otros que fueran su mundo en otro tiempo!

El recuerdo hirió su cuerpo con un escalofrío. Apretó el chal contra su pecho y ahuyentó con un suspiro la pena atrapada en su garganta. Los remordimientos todavía la acosaban. No había sido esa su intención pero... lo había hecho. Había matado a un hombre y perdido para siempre la paz de su alma.

La fiebre del oro recorría por entonces el país de punta a punta. Pueblos enteros brotaban al pie de los yacimientos y una legión de aventureros buscaba fortuna.

El salón de madame Carla aumentaba su prestigio día a día gracias al descaro de sus chicas (francesas, rumoreaban algunos), a los bailes de can-can y a la velocidad con que entre naipes y dados el oro cambiaba de dueño.

 Pero aquellas noches eran peligrosas y, al fin, sucedió lo inevitable.

Un pistolero con un arma en cada mano, cartucheras a la altura de la cadera, entró una madrugada en el salón exigiendo la caja. Los clientes ya se retiraban y las camareras terminaban su turno. Acorralada tras la barra, Carla Sullivan comprendió al instante lo que ocurría. Y supo con certeza que aquel momento comprometía su vida: jamás olvidaría aquellos ojos siniestros, aquella voz de hielo vibrante como el acero, la lasciva sonrisa en el rostro del matón al resbalar la mirada por su cuerpo.

 Esa sonrisa fue su perdición.

 Si se hubiera conformado con la bolsa del dinero...

Cuatro disparos lo tomaron por sorpresa. Sus miembros perdieron de golpe la tensión, su cabeza se inclinó hacia delante en un gesto estupefacto y cayó de bruces contra el suelo. Tenía el corazón atravesado.

Aún humeante, la pistola regresó al liguero de donde había salido con rapidez de prestidigitador. Madame Carla recuperó de inmediato el control de sus sentidos y, atónita ante el efecto de su cólera, huyó despavorida.

Una caravana de colonos en pos de nuevas tierras fue su salvación. Acogieron su culpa y su silencio sin reproches y enterraron las huellas de su nombre en el polvo del camino.

La rueda del destino había girado su rumbo de improviso.

Comenzó a enseñar las cuatro reglas a los niños, a escribir, a leer... Inventaba para ellos juegos y canciones. Tenía paciencia y le encantaba esa tarea. Ganó fama de buena maestra y... lo demás era historia. Allí estaba: la recatada señorita Sullivan ocultando en las agujas de su moño sus rizos de corista.

No añoraba los viejos tiempos. Su carácter despreocupado y mundano se había transformado por completo. Aquel valle solitario al borde del río era ahora su lugar; el refugio que la amparaba y la ayudaba a olvidar muchas cosas.

Solo lamentaba no haber podido despedirse de las chicas pero le pudo el miedo a verse encarcelada. ¿Qué habría sido de ellas? ─se preguntaba a menudo en sus noches de insomnio─ ¿Habría Marie tomado las riendas del negocio? Quizá, ¿quién sabe...?

Las campanas de la torre del reloj marcaron la hora del almuerzo y los niños salieron de estampida. Un presagio de futuro le ensoñó el rostro a la maestra y una lágrima agradecida rodó por su mejilla.

Atrás quedaba el pasado.

Un nuevo comienzo llenaba con su aroma el aire de promesas.







Primer premio "Relatos Compulsivos ". Julio 2021.
 (Tema: el Oeste)

miércoles, 30 de junio de 2021

Las señoritas de escasos medios. Muriel Spark – Reseña

 

Hace tiempo, en 1945, toda la buena gente era pobre

Ambientada en la primavera londinense de 1945 y considerada una de las mejores novelas de la autora ─Muriel Spark (1918-2006)─ “Las señoritas de escasos medios” (Impedimenta Editorial) relata el lento resurgir, tras la Segunda Guerra Mundial, de un mundo en ruinas; la lucha de una sociedad empeñada en dejar atrás las huellas de la contienda, olvidar el dolor y sanar con rapidez de sus heridas.

En ese contexto, la autora sitúa a sus protagonistas en una residencia para señoritas, el club May of Teck. Un club destinado, según recalcan los propios estatutos, a proporcionar seguridad económica y amparo social a las señoritas de escasos medios con una edad inferior a los treinta años, que se vean obligadas a residir lejos de sus familias por tener que desempeñar un trabajo en Londres.

Las ilusiones y esperanzas de las residentes, sus personalidades, su afán por recuperar los sueños y alegrías previos a la guerra, serán la línea argumental que recorra una historia de corte costumbrista, marcada por la juventud y la vitalidad de un grupo de chicas despreocupadas y felices por haber sobrevivido.

Estructurada en torno a los recuerdos que ellas guardan de aquel año, removidos tiempo después por la muerte de su amigo Nicholas Farringdon, un aspirante a escritor que frecuentaba el club por la época y que sirve de contrapunto masculino a la narración, la historia nos adentra en la cotidianidad de una ciudad de posguerra que, poco a poco, comienza a recuperar el pulso pese a racionamientos (de ahí la referencia del título a los escasos medios, nada que ver con situaciones individuales) y otras secuelas del conflicto.

Saltando de la melancolía al humor, del sarcasmo a la ternura, con diálogos cargados de ingenio y una descripción de ambientes muy cuidada, la autora arma un relato alegre y despreocupado, retrata la psicología de sus personajes con sutileza y hace enseguida cómplice al lector de una trama aparentemente ligera pero en el fondo muy reflexiva. Muy clara resulta en ese sentido la sucesión de acontecimientos trágicos y banales que se alternan en la vida de las chicas con arbitrariedad absoluta y la sensación de indiferencia y provisionalidad respecto a la existencia humana que ello deja.

Novela breve, inteligente e incisiva, articulada casi a modo puzle por las elipsis temporales que contiene, y enmarcada por completo en la tradición inglesa de posguerra.

jueves, 24 de junio de 2021

Adiós señor Chips. James Hilton – Reseña


…Esas ideas de la dignidad y la generosidad que estaban desapareciendo en un mundo frenético.

Junto a Horizontes Perdidos, Adiós señor Chips (Editorial Trotalibros) quizá sea la historia más emblemática de James Hilton (1900-1954), autor inglés muy adaptado al cine desde sus comienzos (Horizontes Perdidos por Frank Capra, por ejemplo), al teatro o luego a la televisión.

Ambientada en la Inglaterra de la Primera Guerra Mundial, en un momento de cambio e incertidumbre tras el fin de la era victoriana y el tormentoso arranque del nuevo siglo, la trama de esta novela (muy breve, casi un relato largo) repasa los episodios más significativos de la vida del señor Chipping: un profesor de lenguas clásicas, apodado Chips por los alumnos y entregado por completo a su trabajo; divertido, noble, algo excéntrico también, obsesionado siempre porque los niños se sientan queridos y a salvo de miedos o tristezas. Un personaje entrañable y carismático que tiempo después, ya anciano, rememora con nostalgia sus años de enseñanza, evoca el amor de una esposa a la que perdió demasiado pronto y reflexiona sobre su trayectoria y el camino recorrido.

En ningún momento el autor disfraza, sin embargo, las imperfecciones de su protagonista. No lo idealiza y es de ese modo como lo hace inolvidable. Ofrece así el retrato de un ser humano real, fiel a sus convicciones, extravagante en ocasiones, un solitario aferrado a la tradición que no cede ante modas ni demagogias, que se aísla conscientemente del mundo que lo rodea y defiende con firmeza su postura. Un hombre que nada tiene de extraordinario en apariencia pero que derrocha ternura y sabiduría.

La generosidad, la importancia del amor, el modo de afrontar los problemas, la actitud ante la vida o la capacidad de adaptarse a los cambios, son los grandes temas presentes en una historia escrita con muchísima sensibilidad, emotiva, sencilla y salpicada de principio a fin por un humor elegante y sutil (inglés) que da al relato un tono amable y muy particular, aliviando la carga de añoranza que contiene.

Cuidadísima por último la edición con la que Trotalibros recupera este clásico de la literatura inglesa, llevado al cine en múltiples ocasiones (Peter O’Toole sería nominado al óscar por su interpretación en la versión dirigida por Herbert Ross en 1969) e inédito en castellano desde 1940.

miércoles, 16 de junio de 2021

El fantasma y la señora Muir. R.A. Dick - Reseña

 

Con mucha frecuencia uno alcanza la madurez por medio del naufragio y los desastres

Publicado en 1945 y llevado, dos años después, al cine por Joseph Mankiewicz, "El fantasma y la señora Muir" es un clásico de la literatura inglesa que la editorial Impedimenta recupera ahora en castellano por primera vez. Una historia original y divertidísima, delicada y amable en la forma pero también conmovedora y muy profunda respecto al tratamiento de los temas que subyacen de fondo.

Repleta de detalles y en tono de comedia, la trama se adentra en la vida de Lucy Muir, una joven viuda con dos niños pequeños que, por saldar las deudas pendientes tras la muerte de su esposo y queriendo, sobre todo, huir del menosprecio y la tiranía a que su familia política la ha tenido siempre sujeta, decide instalarse en un pintoresco pueblecillo costero, lejos de Londres. Allí, a muy buen precio, alquila una casa sobre la que pesa, al parecer, la leyenda de una maldición: el rumor de un espíritu atormentado entre sus muros que aterroriza a quienquiera ose traspasarlos.

Ese espíritu rebelde, atrapado entre cielo y  tierra, es el del capitán Daniel Gregg, feroz lobo de mar, bravucón y deslenguado, antiguo dueño de la casa que, lejos de asustar a Lucy, pronto se convertirá en su más leal confidente.

La relación que surge entre ellos, la complicidad, los enfados, los pactos de convivencia, el modo en que, poco a poco, se van adaptando uno a otro, es el hilo argumental que recorre una historia dominada por el empeño de libertad de su protagonista, de una mujer presa de unos convencionalismos e hipocresías sociales que no logra aceptar pero contra los que tampoco se atreve a luchar directamente.

 La evolución personal de Lucy a lo largo del tiempo, sus reflexiones y el cambio de actitud frente a determinadas circunstancias resultan muy significativos en ese sentido y quizá sean también reflejo de la situación personal de la propia autora, R.A. Dick (1898-1979), pseudónimo masculino que hubo de utilizar Josephine Campbell para poder ser publicada.

Entre líneas, con mucha sutileza e  ironía, pero de forma clara, la crítica hacia el papel de la mujer en unos años, tras el final de la Segunda Guerra Mundial, en que, pese a la independencia que durante ella había alcanzado, se ve de nuevo relegada al ámbito de lo doméstico, resulta evidente: ese modo en que vuelve a ser encorsetada por la intransigencia de lo apropiado y sometida a la voluntad de padres y maridos.

«No es que su vida hubiera sido infeliz es que, sencillamente, no había sido suya en modo alguno», recalca la narración en un momento determinado.

El fantasma del capitán es, pese a todo, el alma del libro: quien provoca situaciones delirantes o cuestiona el orden establecido, quien carga de ingenio cada aparición y salpica de humor cada diálogo, pero también quien tiñe de ternura una relación imposible, desafiando las fronteras de la muerte para consolar la soledad de su inquilina.

A modo de contrapunto, la galería de secundarios aparece magníficamente perfilada y contribuye a dar vida a escenarios, situaciones y recrear una realidad y un costumbrismo muy logrados.

Preciosa historia, delicada y brillante, con algún que otro guiño a "El fantasma de Canterville" y "Otra vuelta de tuerca", cuya estela parece seguir, para abordar con elegancia e inteligencia la importancia del amor y lo fundamental de no renunciar nunca a la búsqueda de la propia felicidad.

Señalar, finalmente, respecto a la película de Mankiewicz la fidelidad que, pese a alguna licencia argumental, mantiene en todo momento al espíritu de la novela, así como el ritmo (importantísima la música), la luz y la belleza que impregna cada escena.

domingo, 13 de junio de 2021

Matilda. Roald Dahl - Reseña

 

Esos libros dieron a Matilda un mensaje de esperanza: no estás sola

Matilda, inolvidable personaje de Roald Dahl, es una niña con un don muy especial: una inteligencia impropia de su edad que, antes de los cinco años, le permite leer a autores como Dickens, Hemingway o Fitzgerald y realizar complicados cálculos matemáticos. Sus padres, pendientes solo de sí mismos, la desprecian y la ignoran por completo. Su hermano tampoco la tiene en cuenta nunca para nada y nadie parece hacerle caso ni ocuparse de ella en absoluto hasta el día en que comienza a ir a la escuela. Allí, su profesora, la señorita Honey, descubrirá al instante su inmenso talento y tratará de potenciarlo por todos los medios. Chocará en su intento, sin embargo, con la desidia de los padres y la maldad de la directora del colegio, la señorita Trunchbull, una mujer terriblemente cruel que odia a los niños y los aterroriza de todos los modos posibles.

 Sobre esos mimbres y, a partir de un suceso inesperado, que un día se produce en la clase de Matilda, Roald Dahl construye una historia tierna y divertida, repleta de situaciones rocambolescas e inesperadas, que no oculta (casi parece, como en muchos otros de sus relatos, pretender mostrarlo) el dolor que ocasiona la injusticia y la incomprensión ni esconde la crudeza de determinadas realidades. 

Obra maestra de la literatura infantil y una de las mejores historias de su autor, la peripecia de Matilda atrapa muy rápidamente también al lector adulto, pese al tono de cuento y la clave de humor en que está planteada, al enfrentarnos realmente la narración a un personaje incomprendido que no encaja en los moldes sociales a los que se debería ajustar y con el que resulta por ello muy fácil identificarse.

Historia original e imaginativa, sencilla y sin dobleces, con el sello de un autor decidido a no enmascarar la crueldad del mundo a los niños pero capaz de mostrarla de un modo que, tras ciertos momentos de angustia, deja siempre una sensación alegre y luminosa en la conclusión de la aventura.

Pequeño clásico de un escritor imprescindible cuyos cuentos aparecen siempre ambientados en torno a un universo muy particular, muy reconocible también y desbordante de magia.

miércoles, 2 de junio de 2021

Aprendiz de superhéroe

 

Me chifla volar. Flotar en el aire como una cometa, subir rápido, rápido hacia las nubes o bajar luego muy despacito hasta el suelo... ¡Uf! Alucinante, en serio. ¡Y con el miedo que me han dado siempre las alturas! que si no me agarro enseguida a la mano de mamá y cierro los ojos, me mareo y me salta una cosa rara dentro del estómago que... ¡Si supierais la que lié la primera vez que monté en la noria!

Por eso y porque, vaaale, a lo mejor soy una pizca cobardica, me costó un poco aprender la técnica. Aún no la domino del todo, en realidad. No tengo mucho estilo y en los aterrizajes más de una vez me gano todavía algún coscorrón traicionero. Pero es que no es nada fácil, no creáis, y ser autodidacta tiene sus riesgos. Bueno, del todo, del todo, autodidacta tampoco, no os voy a mentir. El Superhéroes. Manual para principiantes que el verano pasado encontré en el desván de los abuelos me ha ayudado una barbaridad. Estaba entre un montón de libros viejos que la abuela y yo clasificábamos para donar a la biblioteca. Lo guardé pensando en Nico porque, aunque a mí no me gusta nada leer, a mi hermano le encanta y las historias de superhéroes son sus favoritas.

Nico es mi hermano, claro. Mi hermano gemelo. Y no, no nos parecemos tanto como seguro que ya estaréis pensando. Yo, por ejemplo, odio el colegio. La seño dice que me distraigo con el vuelo de una mosca, que no atiendo nunca en clase ─«Lucíaaa», me regaña a la mínima, con tonito de disgusto─ y que por eso saco tan malas notas. A él, sin embargo, le fascina. El cole, digo. Es muy inteligente y sabe mucho de todo aunque, a veces, se haga un poco el tonto para no dejarme en mal lugar. Pobrecillo, si a mí no me importa, yo también soy lista pero es que las lecciones me aburren taaanto...

Lo que no soporta es el pueblo, ya veis, con lo divertido que es bañarse en el río y trepar a los árboles pero, no, lo aborrece de una manera (yo creo que le tiene miedo a Trufa, la perrita pekinesa de la abuela, que para ser tan pequeñaja gruñe como una leona) que papá y mamá ya no le obligan a venir de vacaciones conmigo. Prefiere quedarse solo en casa mientras ellos trabajan, leyendo y jugando a la consola que ir donde los abuelos.

Por eso aquella tarde guardé el libro, para regalárselo a la vuelta. Pero, ¡ay!, dos semanas sin wifi y sin amigos hacen milagros. A la mañana siguiente diluviaba, Trufa roncaba en el sofá, los abuelos discutían algo en la cocina y, como nadie se ocupaba de mí, me puse a leer.

Capítulo Primero: ¿Quieres volar como Superman?

¿En serio? ¡Pues claro! ¿Quién no querría volar como Superman? 

Cierra los ojos, respira, concéntrate...

¡Bfff! ¡Vaya rollo! Igual que la clase de yoga de mamá.

...Aprieta fuerte los puños, coloca los brazos en posición vertical y levántalos por encima de tu cabeza.

Vale. Puños cerrados. Brazos arriba. Fácil.

...Gira tres veces sobre tu eje como una peonza.

Giro, giro, giro y...

¡PLOFFF!

¡Ay, qué susto! ¡Y qué daño! 

Pero... ¡Si había volado!

Sí, había salido disparada hacia el techo y, un segundo después, estaba estampada contra el suelo. ¡Menudo chichón me empezaba a salir!

El truco funcionaba pero vaya batacazo. Culpa mía, desde luego, ¿a quién se le ocurre lanzarse a volar antes de saber aterrizar?

Desde entonces he mejorado mucho y, aunque durante unos días me dio miedo repetir la prueba (ya os dije que soy algo cobardica) al final lo hice, claro. Nadie puede resistirse a tratar de volar como un superhéroe.

Nico ahora también está aprendiendo pero a él le va más lo de escalar como Spiderman. Ese es otro de los capítulos del manual. Interesante aunque mucho más cansado, la verdad.

Aún no le hemos contado a nadie lo de nuestros superpoderes pero pronto, cuando dominemos del todo las técnicas del libro, vamos a formar una banda, «Supergemelos al ataque» o algo parecido. En realidad, ya hemos hecho algún ensayo con un par de abusones que se reían de un niño a la puerta del colegio. Le daban empujones, le llamaban cosas feas y no le dejaban en paz. ¡Si hubierais visto la cara que pusieron al vernos caer del cielo! Todavía deben estar corriendo del espanto, je, je.

Sí, definitivamente esa será nuestra misión: dar a los malos su merecido. Sin piedad, que los buenos siempre se pasan de pánfilos.

No entiendo muy bien lo que nos ha sucedido pero sé que ahora Nico y yo somos distintos, muy diferentes al resto del mundo. Y eso nos encanta porque... ¿quién quiere ser normal? ¡Si ser normal es un aburrimiento!  



jueves, 27 de mayo de 2021

Los que cambiaron y los que murieron. Barbara Comyns - Reseña

 

Cerró los ojos y olvidó las aciagas escenas de la mañana

"Los que cambiaron y los que murieron", título tomado de unos versos de Longfellow, es una novela extraña. Un relato oscuro, inspirado en el envenenamiento masivo que, a causa de una intoxicación alimentaria, tuvo lugar en un pueblo del sur de Francia en 1951. 

La autora traslada ese suceso a su localidad natal, al condado de Warwickshire en Inglaterra y retrotrae los acontecimientos al verano de 1911 para adentrarse en la intimidad de los Willoweed, una familia algo estrafalaria, regida por una abuela tirana y egoísta que domina por completo al hijo y los tres nietos (huérfanos de madre) que viven con ella.

La historia comienza con la tremenda inundación con que el desbordamiento del río arrasa el pueblo. Tras ella y, cuando apenas comienza a recuperarse la normalidad, los vecinos se ven, de pronto, afectados por una desconcertante epidemia que provoca ataques de locura e induce a conductas suicidas. Lo que en principio parecen ser hechos aislados se va extendiendo rápidamente entre la población, generando un clima de tensión y miedo al contagio que desata el odio y la búsqueda de culpables a modo de chivo expiatorio.

Entretanto, la vida de los Willoweed sigue su curso: los niños juegan en la inmensa finca de la abuela, el padre se enreda en aventuras amorosas, las criadas sueñan un futuro diferente... y solo Emma, la hermana mayor, parece ser consciente de la gravedad de lo ocurrido y de la posibilidad de que su propia familia se vea afectada.

Narrada a modo de fábula, es esta una novela ácida y surrealista, muy divertida por momentos, con multitud de tramas y subtramas y personajes peculiares y muy bien perfilados, pero también con una gran carga de crítica social tras ese argumento extravagante y disparatado del que en realidad se sirve la autora para mostrar las miserias y la falta de generosidad que la catástrofe provoca en una comunidad donde la convivencia había sido siempre idílica mientras no hubo problemas.

 Barbara Comyns (1909-1992) construye así una historia sugerente y exquisita, repleta de detalles, de ironía y de un humor negro demoledor. Un relato original e inteligente de tono tragicómico, publicado por primera vez en 1954 (llegó a ser censurado en ese momento en Irlanda por la crudeza de ciertas descripciones), que cuenta de forma implícita mucho más de lo que aparenta.