martes, 20 de abril de 2021

Juicio a una zorra - Reseña

 

Una eternidad de fealdad para expiar mis culpas

Acusada de provocar una guerra mítica, prototipo de mujer manipuladora y seductora, de belleza casi divina, Helena de Troya (única hija de Zeus con una mortal) decide someterse sin disfraz al juicio de los hombres para dar su versión de lo ocurrido, en un particular ajuste de cuentas con la providencia.

Con ese punto de partida, Miguel del Arco, autor y director de una obra provocadora ya desde el mismo título, arma una historia donde da voz a un personaje atrapado en su leyenda: una leyenda que odia y de la que no logra escapar. Una mujer ahora envejecida, desafiante y mordaz, que, de un modo muy crudo, rememora su historia en busca de justicia («¿quién escribe la historia?», repite continuamente, a medio camino entre la rabia y la impotencia). Una mujer adicta al vino y a una pócima que adormece su dolor y no deja, por eso, de beber; que, harta del odio suscitado, reivindica sus decisiones, sus victorias y derrotas; que expone frente al mundo sus heridas y su intimidad más honda; que reclama, al fin, su derecho al silencio y al olvido.

Una revisión del mito donde Helena toma las riendas de su destino, cuestiona a los héroes, se rebela contra el maltrato sufrido y reta con insolencia a unos dioses que la ignoran y parecen haberla abandonado, en un  texto salpicado de ironía pero con una gran carga dramática que la interpretación de Carmen Machi llena de matices.

Saltando de la cólera a la angustia, de la esperanza a la desolación, asistimos a un monólogo con una gran variedad de registros que duele y conmueve por el sufrimiento y la amargura latente en cada palabra pero que también invita a reflexionar por la crítica hacia el poder, hacia la persistente invisibilidad de la mujer y hacia ciertos estereotipos que contiene.

Una obra magnífica, representada con enorme éxito en su momento, disponible ahora en el programa "Escenario 0" de HBO.

lunes, 12 de abril de 2021

La maldición de Hill House. Shirley Jackson - Reseña

 

Lo que nos da miedo es vernos a nosotros mismos claramente y sin disfraces

Una casa encantada, un investigador empeñado en desentrañar su misterio, incertidumbre, soledad, miedo, remordimientos...

Considerada una de las mejores novelas de terror del S.XX, "La maldición de Hill House" es una historia de fantasmas tejida con enorme sutileza y engañosa sencillez. Sin recurrir en ningún momento a los habituales e impactantes trucos del género, huyendo de cualquier tipo de sensacionalismo y solo mediante las reflexiones, sentimientos o expectativas a que somete a sus personajes, Shirley Jackson (1916-1965) genera una atmósfera tremendamente inquietante y arma una trama de gran potencia psicológica.

Tratando de realizar un experimento en el ámbito de lo paranormal que pueda catalogarse de científico, el doctor Montague convoca en Hill House −una mansión abandonada cuyos muros guardan la leyenda de una maldición− a un pequeño grupo de personas potencialmente capaces de avivar las fuerzas latentes en la casa. Solo dos de ellas, sin embargo, acaban acudiendo a la cita: Theodora, una artista con poderes telepáticos, de trato fácil y apariencia encantadora y Eleanor, una treintañera tímida y solitaria, envuelta durante su adolescencia en un suceso inexplicable y dedicada luego durante años al cuidado de su madre. A ellas y a modo de anfitrión se une Luke, sobrino de la dueña de Hill House y único heredero de la propiedad.

A partir de ahí, la autora va presentándonos, poco a poco, a sus personajes: carácter, emociones, flaquezas... y pese a que todos ellos aparecen con una personalidad muy marcada y bien definida, es Eleanor quien pronto se convierte en la principal protagonista de la historia. Anulada por su familia, siempre reprimida y carente de toda autoestima, la aventura a que se lanzan tiene mucho más significado para ella, por lo rompedor y alejado de su mundo y sus rutinas, que para sus compañeros. Es desde su punto de vista desde donde se narra la historia y es también el personaje más complejo y el que más evoluciona psicológicamente a lo largo de ella.

Repletos de aristas y matices, de apuntes que insinúan intenciones ocultas o personalidades bien distintas de las que se permiten traslucir, la ambivalencia inherente a cada uno de los integrantes del grupo, genera una sensación opresiva y provoca una tensión creciente a lo largo del relato que atrapa de inmediato al lector y quizá sea la seña de identidad más relevante de la novela. Porque más que el miedo a lo sobrenatural o a lo desconocido, es el miedo a nosotros mismos y al mundo que nos rodea lo que Jackson aborda como tema de fondo: el peso del pasado, las consecuencias de egoísmos y sentimientos reprimidos, el trauma de la culpa, las obsesiones o remordimientos ocultos tras la máscara que esconde lo que duele o incomoda...

Una multitud de detalles, reflexiones y muestras del estado emocional de sus protagonistas: nerviosismo, angustia, envidia, hipocresía..., recorre una narración capaz de sugestionar al lector tan solo con el esbozo de alguna situación inesperada. Es el frío que inunda de pronto una estancia, la imagen de una sombra apenas intuida, un crujido inexplicable o la sorpresa de una puerta que se cierra sin motivo, lo que sostiene de forma constante un clima muy perturbador y hace presentir la existencia de algo dañino aguardando al acecho.

Fundamental en ese sentido la recreación de la casa −un edificio donde todo parece estar torcido− y el ambiente laberíntico que pesa sobre ella, como marco de un mal que nunca llega a manifestarse de forma explícita y podría ser por ello incluso fruto de una simple sugestión. Una amenaza invisible que juega con el miedo a la soledad y a la locura y deja en el aire la duda de si, tal vez, sea la propia mente de alguno de los visitantes (Eleanor) la fuerza causante de los extraños fenómenos que tanto los asustan.

Una historia fascinante, referente para maestros del terror como el mismísimo Stephen King,  que seduce por lo hipnótico de su ritmo y el torbellino emocional que provoca en unos personajes con los que, en un primer momento, resulta muy fácil empatizar pero cuyas decisiones, a partir de un punto determinado, se van haciendo cada vez más incomprensibles, extrañas y  dolorosas.

jueves, 8 de abril de 2021

La niña duende. George Sand - Reseña

 

Quien tiene el coraje de encerrar su pena tiene mayor fuerza contra ella que quien se compadece

Recién publicada por Alba Editorial, "La niña duende" pertenece al grupo de las llamadas novelas campestres de George Sand, seudónimo de una de las escritoras (Aurore Dupin)  más comprometidas y más reconocidas del Romanticismo europeo. Una autora de quien Dostoievski llegaría a decir: «George Sand es un nombre que no tenemos derecho a olvidar, un nombre que no desaparecerá jamás».

Narrada en el tono propio de los cuentos de hadas y originalmente publicada por entregas (1848-1849), esta historia aborda la vida en un pequeño pueblo francés de dos hermanos gemelos, Landry y Sylvinet, a partir del momento en que, ya casi adolescentes, el padre envía a uno de ellos a trabajar a una granja vecina y deben entonces separarse por primera vez. El modo en que cada uno afronta la separación −con serenidad y valentía Landry; con desconsuelo y amargura Sylvinet− es el argumento central de un relato muy emocional que en todo momento contrapone bondad y altruismo a celos y rencor para mostrar las consecuencias de tales sentimientos sobre el alma humana.

Incapaz de aceptar la separación del hermano, creyéndose excluido de la nueva vida, de los nuevos amigos que hará en la granja, de los primeros amores... mortificado por no ser ya el centro de su mundo, Sylvinet irá consumiéndose poco a poco de rabia y celos, consciente de la mezquindad de sus propias emociones pero incapaz de luchar contra ellas. La intervención de una muchacha −esa niña duende a que alude el título, personaje esencial del cuento−, nieta de una curandera con fama de bruja, a quien todos en el pueblo desprecian por pobre y fea, dará un giro al curso de los acontecimientos y a la relación de los protagonistas.

Historia amable, cargada de buenos sentimientos, delicada y muy bucólica, en torno al tránsito de la infancia a la edad adulta y a la injusticia de ciertos prejuicios, salpicada brevemente por leyendas de duendes y trasgos e impregnada de melancolía.

viernes, 2 de abril de 2021

El secreto de la casa al pie de la colina

 


Sus últimos inquilinos la creían encantada. Impregnada por una presencia extraña que, en cualquier momento −contarían luego−, sentían al acecho. Algo que los observaba, que se burlaba de sus miedos y no lograban conjurar. Una noche de tormenta, el destello de un relámpago confirmó sus aprensiones y los hizo huir despavoridos. Nunca regresaron y la casa permanecía inhabitada desde entonces, rodeada por un halo de leyenda.

Aquello había sucedido mucho tiempo atrás, tanto que ya nadie en el pueblo recordaba con exactitud lo ocurrido pero el lugar mantenía intacto su misterio y la casa al pie de la colina se desmoronaba lentamente por falta de atenciones. Los propietarios no lograban traspasarla y los carteles de «se vende» desaparecían, poco a poco, tragados por la hiedra.

Iris y yo la descubrimos un verano por casualidad. Paseábamos por el campo con los perros, de vacaciones en un pequeño hotel de la sierra, Thor echó a correr en pos de una ardilla y acabó por pararse ante su verja. Mi mujer se enamoró de la casa de inmediato. Un edificio de dos plantas, tejas rojas y piedra gris, rodeado por un muro que lo separaba de la carretera. El jardín se veía descuidado pero, a la luz del crepúsculo, una belleza decadente lo empapaba de romanticismo. 

Fue fácil hacernos con ella y no lo hicimos engañados. La mala fama que arrastraba había desplomado su precio hasta un límite impensable e, insistiendo en lo inconveniente de la compra, el agente inmobiliario no nos ocultó el motivo. «No se preocupe −bromeó Iris, divertida−, estaremos encantados de convivir con un fantasma. Si le digo la verdad, siempre he querido ver alguno».

Meses después la teníamos lista. Unos cuantos arreglos y como nueva, una casita de cuento en medio del bosque, algo apartada del pueblo pero a buena distancia para alcanzarlo en bicicleta, refugio perfecto para dos urbanitas estresados como éramos entonces.

Iris estaba feliz. La decoró con esmero, pendiente de cada detalle, desempolvó viejos arcones y la llenó de flores. Y, cuando todo estuvo a su gusto, quiso celebrarlo con una fiesta de inauguración. Algo discreto. Un fin de semana campestre, un par de matrimonios amigos, una cena tranquila...

 Fue en esa cena cuando todo se torció.

 Un retazo de luna flotaba esa noche en la ventana, la mesa, iluminada por las velas, brillaba como una isla en medio de la oscuridad, el ambiente era perfecto para desatar confidencias y secretos y pronto nos vimos relatando la maléfica historia del lugar.

Alguien propuso entonces, entre risas, retar a los espíritus y todos aceptamos el juego de buen grado. Despejamos la mesa de las huellas de la cena, colocamos en el centro un vaso boca abajo y una vela, enlazamos en círculo nuestras manos, como tantas veces habíamos visto hacer en las películas, e invocamos lo desconocido.

Ojalá no lo hubiéramos hecho.

Un silencio de plomo cayó al instante sobre nosotros, pesado como una losa. La situación comenzó a angustiarme con demasiada rapidez, el corazón me aporreaba el pecho, tenía las manos heladas y sentía la garganta a punto de estallar. Miré con recelo en torno a mí y la lividez de mis amigos me sobresaltó. Iris se aferraba a mi mano, tratando de contener el llanto y todos supimos al mirarnos que algo muy extraño acababa de ocurrir.

Unos golpes en la puerta nos hicieron, al fin, dar un grito de terror, un redoble ensordecedor, como tambores de guerra, que retumbó por todos los rincones de la habitación. El viento abrió con violencia la ventana, las luces se apagaron y una ráfaga helada nos acarició las mejillas.

Escuchamos después una risa fuerte y un hedor asfixiante, húmedo y putrefacto, nos hizo desvanecer. El eco de aquella carcajada perdiéndose entre los árboles del bosque es el último recuerdo que conservo de la noche.

Despuntaba ya el amanecer cuando, aturdidos por la confusión y la perplejidad, despertamos del desmayo. Todo parecía en orden y alguna necedad en torno al vino quiso camuflar de alucinación lo sucedido.

Nos faltó valor para hablarlo y ni siquiera, al quedarnos solos, consintió Iris en comentarlo conmigo. Ahuyentó lo imposible con un gesto, recogimos deprisa los restos de la fiesta, cerramos la casa con llave y huimos como dos fugitivos. Algo inexplicable y maligno la habitaba, algo que no podíamos ver pero estaba, que no era superstición, que no era invento y no era sueño.

Tampoco nosotros regresamos nunca. Y allí permanece. Al pie de la colina. Abandonada y solitaria, engordando su leyenda.



domingo, 28 de marzo de 2021

Mariana Pineda - Reseña

 


Yo soy la libertad herida por los hombres

Con ocasión del día mundial del teatro, RTVE recupera la grabación que hace unos meses realizó de "Mariana Pineda" en el Teatro Español de Madrid. Una versión del drama de Lorca a cargo de Javier Hernández-Simón, muy fiel al texto original, centrada por completo en la temprana muerte de la heroína.

Emblema liberal contra el absolutismo de la llamada "Década Ominosa", acusada de rebeldía contra Fernando VII y condenada a garrote vil por bordar una bandera con las palabras "ley, igualdad y libertad", Mariana Pineda es un personaje de leyenda con una historia mucho más compleja y algo distinta de la que Lorca aborda en su obra.

El poeta centra su historia en los supuestos amores de Mariana con Pedro de Sotomayor para dar vida a una mujer movida por los sentimientos y la pasión; una joven viuda inmersa, a causa de ese amor, en una intriga política que la conducirá a la muerte, capaz de asumir con dignidad las consecuencias de sus actos, de no traicionar a los suyos por salvarse (pese a saberse abandonada por todos), valiente hasta el último suspiro, empeñada en dejar una imagen honorable en el recuerdo de sus hijos.

Laia Marull da voz así, en esta versión, al miedo, al desgarro, a la soledad y al abandono de un personaje mítico, enfrentado a sus inseguridades y desesperanzas, en un montaje muy original, sobre un escenario prácticamente vacío, ocupado solo por unas puertas que, según el momento, se juntan o separan, sirviendo de marco para ciertas entradas o salidas y haciéndose eco de temores o pesadillas y que, junto a las cintas rojas que sugieren el telar donde Mariana borda la bandera, dan a la escenografía un tono muy simbólico y algo opresivo.

 Bellísimo texto de Lorca, lírico y repleto de poesía, amargo y desgarrado a la vez, adaptado para una función magnífica que muestra las aristas de una mujer leal, íntegra y coherente consigo misma hasta las últimas consecuencias.

martes, 23 de marzo de 2021

La novia del parque

 


Se la llevaron vestida de blanco igual que la encontraron, una rosa marchita en las manos y un velo de gasa cubriendo su rostro. Cada mañana, muy temprano, casi aún de madrugada, cuando Alberto y yo terminábamos el turno y, a nuestro paso, las calles relucían inmaculadas y frescas, la veíamos llegar con sus pasitos de hada. Una figura menuda vestida de novia que a esa hora intempestiva, cuando apenas la luz del alba alumbraba tenuemente la mañana, colocaba con cuidado un pequeño escabel sobre la grava, al borde de un sauce, junto a la verja del parque, se acomodaba muy derecha sobre él y, de inmediato, cuidando siempre de no pisar el césped (¡cuánto significado atrapado en ese gesto!), parecía quedar petrificada: una estatua humana, misteriosa, inmóvil, frágil.

Yo acababa de ganar aquel invierno una plaza en la contrata de limpieza municipal y el alivio de un trabajo estable aún no lograba aplacar mi desilusión por tantos años de estudio echados a perder: tirados literalmente a la basura, me burlaba en ocasiones de mi mala suerte con sarcasmo.   

«¡Ay, hijo −a toda hora retumbaba en mi mente por entonces el reproche de mi madre−, tanta carrera, tanto erasmus, tanto máster, para acabar de barrendero...!»

 Aquellas palabras se clavaban en mi alma como un puñal pero eran ciertas. Despiadadas, quizá, pero ciertas. Mi vida no se parecía en nada a lo que yo había imaginado. Desde luego, mi situación no era el sueño de ningún estudiante aventajado aunque el peso de los años, veinte meses en el paro, un divorcio, digamos, poco amistoso y dos niños a tu cargo, rebajan al instante tus aires de grandeza y eliminan de un plumazo tus prejuicios. Así que, sí, cada noche me enfundaba con esmero el uniforme, colocaba una tirita sobre las cicatrices de mi orgullo herido y, bien dispuesto a vaciar contenedores, limpiar papeleras o barrer de las calles todo tipo de inmundicias, esperaba que Alberto llegara con el camión a recogerme.

Tal vez suene prepotente, incluso ingrato, lo que digo; en absoluto es esa mi intención. Culpé a un trabajo, en realidad ni mejor ni peor que cualquiera, de la amargura que durante aquellos meses consumía mi vida. Mi mundo se desmoronaba un pedazo tras otro y la impotencia me asfixiaba. No fueron buenos tiempos, simplemente.

Por eso aquella chica del parque resultó tan especial para mí en ese momento. Un chispazo de belleza que aleteaba en el aire y borraba de un soplo las miserias de la noche.

Nunca supimos su nombre. La espiábamos de lejos, presos de su hechizo, presintiendo su tristeza. Algún transeúnte tempranero dejaba caer, de cuando en cuando, una moneda al borde de sus pies descalzos y un apunte de sonrisa se adivinaba entonces tras el velo que una horquilla sujetaba a su cabeza.

 Alberto y yo quisimos descifrar su enigma muchas veces, carcomidos de curiosidad por la causa de aquella juventud, a nuestros ojos, tan desamparada. Pero ella parecía la princesa de un cuento y nosotros no tuvimos el valor de romper su jaula de silencio.

Pasó luego el tiempo, cambió nuestra ruta de limpieza y le perdimos el rastro; la olvidamos.

Mi espíritu, entretanto, acabó por serenarse, el oficio se convirtió en rutina, la vanidad magullada dejó de envenenarme el corazón y de pronto, un día, clareando una aurora glacial con temperaturas en mínimos de récord, hartos ya de recoger vasos de plástico y botellas vacías, la volvimos a encontrar.

Otro invierno, idéntica inclemencia.

Otra madrugada, idéntico desamparo.  

La reconocimos al instante.

Alberto enmudeció de golpe y un lamento ahogado escapó de mi garganta.

Acurrucada en un portal, gélida, amoratada, vestida de novia... allí estaba: nuestra princesa. Cautiva para siempre de las sombras. Y así, de blanco, arrastrando el velo por el suelo, un reguero de pétalos marchitos a su paso, se la llevaron. Mísera princesa vagabunda sin reino ni corona. Nadie reclamó su cuerpo herido por la escarcha.


Primer premio "Relatos Compulsivos". Marzo 2021.

sábado, 13 de marzo de 2021

Marie

 



El sol se ocultaba tras los tejados de París, un reflejo de luz anaranjada brillaba sobre las azoteas, los árboles del parque se mecían al compás de la brisa y un olor a primavera llenaba el aire de promesas. Parada en la acera, Marie contemplaba el majestuoso edificio que se alzaba ante ella. Miles de mariposas aleteaban en su estómago y un vértigo de libertad le inflamaba el ánimo de alegría. Lo había conseguido. No había sido fácil pero, sí, lo había logrado. La Sorbona. Aquel había sido su sueño desde niña. Un anhelo imposible que abrasaba sus noches de insomnio, que se rebelaba contra la escasez o la miseria y burlaba una absurda prohibición: el incomprensible veto que, años atrás, su Polonia natal había impuesto sobre la educación de las mujeres, una losa que le aplastaba el alma y la hacía llorar lágrimas de rabia.

Poder estudiar sin límites, ser dueña de su tiempo, aprender con el mejor plantel de profesores de Europa... Una fantasía hecha realidad de la que temía despertar.

Al bajar esa tarde del tren había corrido, ilusionada como una cría, hacia el barrio latino, preguntando a los transeúntes, pisando charcos, tropezando con los adoquines; ajena por completo al embrujo de la ciudad o a la belleza del Sena, ansiosa solo por atisbar la cúpula de la universidad −su universidad, se decía con candor una y otra vez− y comenzar a empaparse de su esencia.

Y allí estaba ahora, clavada desde hacía un buen rato en la plaza, cosida la sonrisa a los labios, confiada y feliz. Consciente de que en ese momento comenzaba su vida, de que su vocación quizá la convirtiera con el tiempo en la excepción: una mujer rebelde batallando con dureza en un mundo de hombres. El camino sería largo, no lo dudaba, pero estaba preparada. Los reproches no le importaban y las heridas del desdén, sin duda, valdrían la pena.  

La ciudad de la luz era ya, en aquel final de siglo, la capital del mundo, del arte, de la arquitectura, del amor, de la poesía...

Ella la haría también, pronto, muy pronto −un presagio de futuro destelló veloz ante sus ojos− capital del saber. Alquimia del talento y de la ciencia.   

Relato para Zenda  #HistoriasDePioneras

lunes, 8 de marzo de 2021

El hada de los números

 

¿Es como el de tu madre tu rostro, encantadora niña?

¡Ada! ¡Hija única de mi sangre y de mi corazón!

Lord Byron

Érase una vez una niña nacida de un poema, una princesa sin reino que soñaba volar, una criatura rozada por la magia, dueña del conjuro que un hada sopló sobre su cuna: «el poder de vislumbrar nuevas eras a ti te entrego, pequeña, el don del cálculo, de la abstracción y de la ciencia será tuyo, mas no es este tu tiempo y solo el futuro conocerá tu nombre y sabrá de tu ingenio».

Ada, que así se llamaba nuestra pequeña princesa, creció apartada del mundo. Su padre, el más romántico de los románticos poetas, marchó muy pronto de su lado en busca de aventuras. Nunca regresó aunque tampoco nunca, y prueba de ello dejó en sus versos, la olvidó. El corazón roto de la esposa no pudo, pese a todo, perdonar la traición. Enferma de celos, acunando a la niña entre los brazos, huyó del escándalo, se refugió en la penumbra de las tierras del norte y, de la vida de ambas, borró para siempre la huella del poeta.

Entre clases de música, aritmética y lecturas de francés, devota fiel de la ciencia matemática, su favorita entre todos los saberes, la inteligencia de la niña aumentaba día a día. Institutrices y preceptores se admiraban de una lucidez que, por algún insondable misterio, consideraban impropia de su espíritu femenino. Y, en lugar de potenciarla, a toda costa, trataron por eso de frenarla. Con descaro. Sin éxito. En su afán de conocimiento, una vez tras otra, derrotaba de un soplo la chiquilla tan ruines argucias.  

En sus paseos por el bosque, Ada estudiaba los pájaros, la forma exacta de sus alas, la proporción que guardaban con su cuerpecillo diminuto y, en secreto, soñaba volar. Su mente inquieta había inventado un sistema capaz de alzarla en el aire, meditado con cuidado la multitud de problemas técnicos que, si pretendía llevarlo a la práctica, habría de afrontar (extensión de las alas, espesor de las plumas, modo de pegarlas a sus hombros de niña...) y, al dibujar el proyecto a la escala adecuada, la ingenuidad había asaltado por sorpresa su rostro y la había llevado a creer lo imposible.

Ideó luego un día mientras jugaba con Puff, la gatita que siempre llevaba enredada a las piernas, una máquina de vapor. Un caballo alado con el motor en las tripas y, a su lomo, un jinete trotando hacia las nubes. Un invento más complicado que el anterior, cierto, pero ya se encargaría ella de hacerlo funcionar.  

Y es que la cría adoraba la mecánica. Se ensimismaba durante horas analizando el mecanismo de cualquier aparato, asombrada por su fiabilidad, por la exactitud con que, tras determinado intervalo, el artilugio repetía sin fallo el ciclo inicial. Y su pensamiento corría. Veloz como el rayo, corría y corría...

El tiempo, como siempre ocurre en la vida y en los cuentos, fue pasando. La niña se convirtió en mujer, descubrió el mundo, tuvo amores, alegrías, ilusiones, amarguras, decepciones...

El hada de los números continuaba guiando en silencio su camino y el genio de Ada −ahora Lady Lovelace por caprichos del destino− crecía y crecía. Mas pesaba sobre ella una horrible maldición: era mujer y, en consecuencia, por frágil e incompleto se tendría siempre su entendimiento. 

Su modo de pensar, tan novedoso y fuera de lo común, fue así tomado por delirio.

Sonrieron con desdén quienes la escucharon hablar de una máquina extraordinaria: un instrumento prodigioso, capaz de unir la matemática pura con la práctica, de realizar cálculos más allá de cualquier humana capacidad, de evitar errores y revolucionar con su datos el método científico.

«¡Menuda loca!», murmuraron entre dientes los sabios del momento. Torcieron el gesto, olvidaron el asunto y siguieron a lo suyo.

El vaticinio del hada se había cumplido. El reino de la pequeña princesa pertenecía a otro tiempo: a un tiempo futuro que, mucho después, a más de un siglo de su muerte, invocaría su nombre, reconocería el valor de su esfuerzo y se rendiría sin reserva a su talento.

Precursora de una nueva disciplina, esforzada heredera del hada de los números, entre procesadores, algoritmos y ecuaciones, a las niñas listas, Lady Lovelace susurra con un guiño su mensaje: «ven, toma mi mano, nada temas, tuyo será el don del cálculo y de la ciencia...». Roza, quizá, con la varita su frente y, así, eslabón tras eslabón, la cadena del saber va enlazando, poco a poco, pasado con futuro. Un puente se tiende entre dos mundos. Justicia e igualdad quiebran mezquindades y prejuicios. Y el progreso ensancha su camino.



Imagen: Ada Lovelace

Relato publicado en la Antología "Mujer y Trabajo". Visibiliz-ARTE. Febrero 2021. 

domingo, 7 de marzo de 2021

Cosas de la suerte

 


La tarde declinaba perezosa. Una brisa suave aleteaba entre las flores y un destello de luz vestía de grana las hojas de los árboles. Ajeno por completo al espectáculo del crepúsculo, Isaac recorría despacio su jardín, manos a la espalda, cabeza gacha, absorto en sus preocupaciones. Hacía días que algo rondaba su mente: una intuición, un pensamiento que no lograba atrapar, una idea que burlaba su inteligencia y todo su esfuerzo. La acababa de tener ahora mismo a su alcance, susurrándole al oído. La había presentido un instante, había intentado cazarla pero... se le había escurrido entre los dedos. Otra vez. Como siempre.

 Suspiró al fin con resignación asumiendo la derrota, alzó la mirada al cielo y sonrió extasiado ante la belleza de la tarde. Una maraña de colores incendiaba las nubes con su resplandor y un anuncio de otoño llenaba el aire de melancolía.

Espantó con un gesto sus cavilaciones, recostó sus huesos cansados contra el tronco de un manzano y cerró los ojos.

Ya había oscurecido cuando la voz de su esposa −«cariñooo...»− lo hizo despertar con un respingo. Se levantó de un salto, alisó su levita descuidada y corrió hacia la casa. «La cenaaa...», la escuchó gritar de nuevo.

A su espalda, en el punto exacto donde un momento antes había estado echado, una fruta golpeó la tierra al caer del árbol. Un golpe seco, perpendicular y rotundo. Pero él ya se alejaba y no se detuvo a pensar en ello.



Relato para el reto "¿Y si nos hacemos una ucronía?" de "El Tintero de Oro".

Punto Jombar: ausencia del golpe de manzana que, según la leyenda, inspiró a Newton su teoría de la gravitación universal. Sin ella mundo y ciencia actual serían inexistentes (aeronáutica, teoría del átomo, radioactividad...). 

jueves, 4 de marzo de 2021

El hombre tranquilo. Maurice Walsh - Reseña

 

Había vuelto a casa en busca de un lugar tranquilo en el que echar raíces... y no lo encontraba.

Con ocasión del centenario de Maureen O'Hara, la editorial "Reino de Cordelia" recuperó en 2020 "El hombre tranquilo", novela publicada por primera vez en 1933 que inspiraría años después la famosa película de John Ford.

Más que frente a una novela, estamos en realidad ante una colección de relatos empapados del mismo espíritu y protagonizados por una serie de personajes, relacionados todos entre sí, que ganan mayor o menor peso según el aspecto que aborde la narración. Así, la del hombre tranquilo, el boxeador que tras triunfar en América regresa a su tierra natal en busca de paz, es solo una más dentro de un conjunto de historias muy evocadoras, marcadas por la leyenda de un país, Irlanda, que, en ese momento (principios del S. XX y primeros años del IRA),  lucha por su independencia, orgulloso de sus raíces y enamorado hasta lo imposible de sus tradiciones.

En un tono muy melancólico, cargado de añoranza, Maurice Walsh nos adentra en un mundo de hombres fuertes, apasionados, fieles por encima de todo a su cultura y al carácter de su pueblo, muestra los extremos a que llega su exaltación patriótica, los sitúa frente a determinadas elecciones morales y los enfrenta al resultado de sus decisiones y comportamientos.

El amor, la bondad, los efectos del odio, la honradez... El valor de la lealtad, de la amistad..., son los temas que recorren unos relatos donde late siempre de fondo el orgullo propio del nacionalismo irlandés y un romanticismo desesperanzado e impregnado de poesía.

Bellísimas las descripciones de la naturaleza y desbordante el amor del autor por una tierra que, por momentos,  pinta como un paraíso idílico e idealizado.

La película de Ford, protagonizada por John Wayne y Maureen O'Hara, comparte ese universo evocador y la sutileza del relato que la inspira pero la trama argumental varía significativamente. Una obra maestra del cine, quizá la mejor película de su director, que de inmediato eclipsó la historia original.