viernes, 1 de diciembre de 2017

Quimera


Mi vida siempre estuvo hecha de apariencias más que de verdades. Es cuanto puedo decir. Nadie en mi alma se adentró jamás y, sin embargo, mucho de mí todos hablaron. Cuentan que alguna vez fui la casquivana musa de un pintor de escaso ingenio y muchos aires de grandeza, que el corazón de un  joven músico −inclemente como siempre fui− en mil pedazos un mal día destrocé, que una leyenda de amores contrariados, de cuando en cuando, a mis ojos se asoma y un mundo de secretos arrastra mi sonrisa. Un juguete en manos del azar, caprichoso y enigmático: tan sólo eso es lo que he sido. Y nada importa lo que digan. Atraparme, no podrán jamás. Soy misterio, embrujo, fantasía... un suspiro, un anhelo, una ilusión... El más dulce verso escapado de labios de un poeta. Un bello sueño que sólo entre tus sueños habita.



Este relato apareció publicado en el blog "Tertulia de Escritores" el día 29 de noviembre de 2017.

viernes, 24 de noviembre de 2017

Las voces del lago


Un nuevo amanecer despunta en la laguna y enredado entre la bruma un llanto suave, muy dulce, un llanto que de las ondas y el rumor del agua parece brotar, a esa hora tan temprana, como cada día, se escucha. Y es aquella una voz herida, una voz sin rostro, un eco antiguo y torturado que en la soledad callada de este lugar tan triste y ya sin alma −la más tenebrosa frontera entre la luz y la tiniebla que jamás en el mundo existió− tiernas lágrimas a los espectros arranca. De tanto dolor una mirada impaciente y a destiempo, una mirada de amor vencida, una única mirada, ha  sido la causa. Un rostro de mujer apenas entrevisto. Una condición incumplida. Una promesa a los dioses infringida. Y una condena... Implacable y cruel.  Eterna y definitiva será la separación. Amargo y desesperado el lamento de un frágil mortal que, a fuerza de amor y al hechizo de su canto, el corazón del Averno un día conmovió, de un hombre enamorado que anhelante, un instante antes de que los rayos del sol a la mujer que tras él venía por completo vistieran con su luz, los ojos hacia ella, todavía inmersa entre las sombras, giró sólo para contemplar −fatídica promesa quebrada− como lentamente, por segunda vez y sin duda ahora para siempre, frente a él Eurídice se desvanecía. 



Este relato resultó seleccionado entre los finalistas del "V Concurso de Microrrelatos Miedo en tus Ojos" y aparece publicado en la Antología del concurso. Editorial "Ojos Verdes Ediciones". Noviembre 2.017.


domingo, 19 de noviembre de 2017

Dentelladas de nostalgia


Lejana sombra de un pasado que para siempre el viento se llevó. Melancolía, humo,  silencio. Instante que pasa y ya no es. Efímero perfume del tiempo que el dolor y la música de un mundo perdido por ensalmo en nuestro recuerdo evoca. Notas suaves de un piano. Arcoíris atrapados entre pompas de jabón. Luz, viento, escarcha, rocío... Tenues huellas de una belleza yerta y olvidada, de una belleza antigua, etérea y  muy fugaz. Latidos de emoción, de dulzura, de alegría, de pena, de esperanza. Quebradizos espejismos que al oído, conmovidos, a las almas sensibles su más poderoso secreto revelan y las hacen −nos hacen− entonces con asombro y  con sorpresa comprender que, siempre, pese al dolor, al desgarro, a la distancia, al miedo y la más feroz derrota, aferrados al anhelo y la nostalgia, tal vez por su memoria confundidos, a su mágico embrujo por completo rendidos, si en ellos fuimos felices un día, allí siempre, frágiles y expectantes, seguimos: en todos los lugares de los que nos hemos ido, en todos los lugares donde un día sin remedio hace mucho entre la bruma del tiempo diluido, otra vida, audaces, jóvenes e insolentes como fuimos, bajo el tembloroso destello de mil estrellas, cómplices, blanquísimas, eternas y serenas, a soñar nos atrevimos.  


Relato para los Viernes Creativos de https://elbicnaranja.wordpress.com/ a partir de la propuesta de incluir en el  texto la frase "Seguimos en todos los lugares de los que nos hemos ido" extraída del libro de Ángeles Sánchez Portero "Habitaciones con monstruos".

Imagen: Pinterest


martes, 14 de noviembre de 2017

Estrellas errantes


Cada tarde, ya muy próximo el sol a su ocaso, ella −etérea, suave,  transparente− con esa lealtad inquebrantable tan propia de los amores platónicos, de los amores imposibles −siempre a su cita puntual− hace su aparición. Mágicamente se quiebra entonces la penumbra, arden en el firmamento, cómplices, las estrellas, se conmueven las almas sensibles y la asfixiante grisura del mundo de golpe desaparece, eclipsada tras su luz.
Cobra en ese instante existencia la belleza.
 Silencio...
Sus ojos se clavan en los míos. Una sonrisa adormilada, cierta niñez soñadora ya remota, casi olvidada. Una voz que, sabia, a través del espacio y el tiempo resuena, romántica, lúcida, valiente... Una voz antigua y poderosa que mucho sabe de amor, de dolor y soledad.
Zonas de dulzura, palabras en melancolía enredadas que de las sombras rescatan a quien por ellas se deja embrujar, palabras que calman heridas, que al lugar al que alguna vez tantos sueños huyeron encaminan y, generosas, cada noche regalan algo que la vida nunca da: una ilusión, una esperanza, un misterio, el verso eterno de un poema que dos corazones une.
Palabras que al amanecer se desvanecen raudas como una estrella fugaz. Frágiles destellos de luz, de dolor, de magia, de vulnerabilidad. Oleadas de alegría, de pena, de ternura. Lágrimas lentas de cristal. Latidos de Poesía.


Este relato apareció publicado en el blog "Tertulia de Escritores" el día 13 de noviembre de 2.017.

Imagen: Noche Estrellada de Vincent Van Gogh.


miércoles, 8 de noviembre de 2017

Un invitado inesperado


" Si puedes recordarme, siempre estaré contigo" (Isabel Allende).

Como cada año, con la festividad de Todos los Santos −o Día de los Muertos como acá en México lo llaman− con puntualidad exquisita regresa noviembre y la melancolía y la tenue oscuridad del otoño, por unas horas, de color y magia con su algarabía enmascara. De luces y velas, de ofrendas y música, de aromáticos y florales altares, se visten las calles y todo lo invade de pronto el esplendor, la fantasía, el brillo, cierto alegre y fantasmagórico desconcierto, un expectante ambiente de mascarada.
No es esta aquí una época triste, no, al contrario. Vence siempre en estos días la ilusión a la tristeza, a la desolación derrota sin piedad la esperanza, al reencuentro con los vivos prestos acuden los muertos y entre tequilas, tamales, pulques, pipianes y otras mil culinarias delicias −pan de muerto, tamarindos, tétricas y dulcísimas calaveras...− sólo para ocasión tan especial con amor infinito preparadas, el largo regreso a casa, todos juntos al fin, en torno a la mesa festejan.
Momentos bellos y felices, sí, embrujadores y hechiceros. Y pese a ello ¡cuán próximas en el corazón de hombres, ánimas o fantasmas, alegría y tristeza se hallan!
Mezclado, por completo confundido, entre la multitud que esta noche ríe, sueña y danza, me siento yo de pronto tan solo, tan pequeño, tan perdido... Una fragilidad repentina, una avasalladora melancolía de improviso invade mi alma, adivino bajo mis pies el abismo y sólo entonces comprendo el error que al acudir a esta cita −a la que, cierto es, por nadie fui convocado− cometí. Mas no siempre a la razón obedece el corazón y tanto me devoraba la impaciencia, tanto yo desesperaba por verla, tanto anhelaba sentir de nuevo la caricia de su voz, que incapaz fui de resistir la tentación. Sólo mía fue la culpa.
"Siempre estaré contigo", se lo dije tantas veces... ¿acaso no me creyó? ¿cómo fue que me olvidó?
 Un frío de hielo atraviesa mi corazón,  un vacío hondo y oscuro en torno a mí se extiende e incontenible, una lágrima furtiva, muy amarga, por mi rostro resbala. Si ya nadie en  el mundo me recuerda, si una noche como esta no hay quien mi nombre −triste espectro enamorado− invoque con dulzura y de mí no queda huella, pronto mi espíritu en la insondable bruma de la inexistencia, sin remedio, se diluirá; en la etérea dimensión de los sueños, desvanecida para siempre, mi ánima dormirá.
Con la fe con que uno espera los milagros así yo espero una sonrisa, una mirada, una intuición, un presentimiento, una nostalgia, una caricia...
 Indiferentes a mi suerte, la luz de otros ojos un mal día los suyos absorbieron y ahora, sin verlos, sin presentir el dolorido latir de este pobre corazón atormentado, los míos traspasan. Es en este instante −vacilante, vencido e invisible vagabundo, perdido entre la alegre muchedumbre que de la muerte hoy no se espanta y en su amoroso recuerdo devuelve la vida a tantos y tantos fantasmas− que con horror comprendo que a esta Tierra sin belleza nunca más regresaré.
Implacable, la noche avanza hacia el alba. Gastado y triste, abandonado en un mundo inmenso y oscuro, mi tiempo se acaba. Trágico y aciago siempre mi destino.

Vacío. Ausencia y olvido. Sólo eso queda. Y un ligero rumor, mitad sollozo, mitad suspiro.



domingo, 5 de noviembre de 2017

Secretos de ultratumba


Medianoche. Oscuridad y silencio. Calla el mundo. Mi tiempo comienza. Tras el lúgubre tañido de las campanas, eco extraño y sobrenatural que la quietud de esta tristísima madrugada quiebra, desde lo más profundo de la tierra, mis restos al mundo de nuevo regresan. Errante y espectral −ojos vidriosos, pasos vacilantes, piel rasgada, extremidades rígidas, rostro plomizo...− como todos esperan o quizá me imaginaron un día −deshecho y quejumbroso− así hoy yo, confundido entre la espesa niebla que por doquier en torno a mí se extiende, casi en humo diluido, mi presencia entre los vivos, tímido y cauteloso, revelo.
 Con infinito esmero días, semanas, meses enteros, preparé mi aparición. Al cabo, el tiempo ahora se cumplió y esta tenebrosa, gélida y dolorida noche de difuntos para ser testigo de tan estelar momento fue la elegida. Nada habrá de fallar. Exitosa, sin duda, resultará la misión. Y yo mismo de ello, llegada la hora, daré fe.
Sé bien la incomprensión y el pavor que mi labor despierta mas no siento que deba por ella excusarme, cumplo a conciencia un deber al que −no importan los motivos− desde tiempo inmemorial, lealtad debo.
Y sin embargo...
Tantas miradas, adivino, pronto caerán inclementes sobre mí, tantos ojos estupefactos que en un instante −bien lo sé− pasarán del asombro al reproche, de la aprensión al terror... ¡Ay! Una intolerable ansiedad se apodera de esta triste ánima del Purgatorio desolada y penitente, arden mis mejillas y hasta la misma médula mis ruinosos huesos se estremecen sólo con pensarlo.
¡Pobre de mí! ¡Si el mundo conociera cómo odio ser centro de atención!  ¡Cómo lamento esta condición de muerto viviente mía en noches como esta! ¡Cómo tanto protagonismo me espanta!
Pánico escénico, así supe un día a mi extraña dolencia los doctores llaman. Siglos ha que en secreto guardo tan fatal diagnóstico. ¡Qué vergüenza! Si en esta cerrada, claustrofóbica y mojigata sociedad de ultratumba alguien se enterara sería mi fin. Irreparable el daño para mi reputación.
Hasta ahora, casi por milagro, todo ha salido bien, nunca criatura alguna nada sospechó y así confío hasta el final de los siglos habrá de ser. Misterios hay en el mundo que no se deben revelar. Y  aunque grande es el horror que carga mi conciencia, grande fue siempre también mi talento para el disimulo, arte a mi juicio −debo decir− valioso y práctico como ninguno, injustamente infravalorado, incluso por algún incauto desdeñado.
A salvo como creo estar, nadie tendrá jamás noticia de mi impostura.
Y sin embargo...
Atrapado me encuentro en la tela de una araña envenenada y pegajosa de la que, presiento, no lograré escapar.
Vetada la caricia de las lágrimas a las cuencas vacías  de mis ojos, un llanto seco y dolorido anuda esta noche mi garganta. Un llanto que no alivia, que lastima y quema.
 En secreto, con fervor anhelo que el alba venza al fin a la tiniebla, atisbar la suave luz que alumbre el nuevo día y así a mi cripta poder entonces regresar. Tornar a la rutina de mis horas, a la aburrida tranquilidad de mi guarida, a mi soledad y mis recuerdos, al rumor de un tiempo pasado y más feliz con sabor a antiguos, muy lejanos, otoños de infancia, a crema de calabaza, a dulce de membrillo, a chocolate caliente, a nueces y castañas...

Humildes sueños que una y otra vez contra este aciago y miserable destino mío sin remedio se estrellan. Y quisiera llorar. Y no puedo. Y entre melancolías, soledades y nostalgias se ahoga esta triste alma, en el limbo de la inexistencia para siempre perdida.


Imagen: Internet

domingo, 29 de octubre de 2017

Cuenta la leyenda



Nunca mueren los viejos rockeros, cuenta la leyenda y no seré yo quien la desmienta. Al contrario. Casi podría asegurar que sea cierta. Tampoco quiero engañar a nadie y debo añadir por eso que morir tal vez no mueran pero envejecer... ¡ay! envejecer, vaya si lo hacemos.
Dejen que les cuente mi historia. No es una gran historia y nada tendría de particular si no fuera por el único y chiquitísimo detalle de que es la mía. Convendrán conmigo que, aunque insignificante, esta circunstancia resulta para mí fundamental. Aunque, tal vez... tal vez en el fondo sí lo sea. Una gran historia, digo. No sé, ustedes juzgarán. Pero, discúlpenme, a punto estaba ya de andarme por las ramas. Es esta dichosa tendencia mía a divagar que en cualquier momento me asalta. Y es que me encanta conversar aunque muchas ocasiones de hacerlo no tenga, esa es la verdad. Gajes de la vejez, ya les dije que, lenta pero despiadada e inmisericorde como suele, sin apenas darte cuenta, derrotado y solo el día menos pensado te deja. En fin, el caso es que creo haber avivado ya una pizquita su curiosidad y prometo no aburrirles si me brindan, generosos, su atención. 
Verán, todo comenzó por culpa de una joven. Lo sé, lo sé, no es un arranque muy original pero... es lo que sucedió. Una joven, les decía, que despertó un sentimiento hasta entonces desconocido para mí. Nada importa ya su nombre y poca gente en el mundo queda que pudiera recordar, aun así -lealtad inútil, bien lo sé, mas siempre para mi tuvieron importancia ciertos gestos- guardaré el secreto. Magia, luz, belleza. Todo en torno a ella parecía siempre gravitar. Un soplo de felicidad me acariciaba el corazón cada vez que sonreía. Su mirada me hacía soñar, me ahogaba de amor y en mi infeliz inconsciencia, joven e ingenuo como era, a toda costa decidí lograr que ella me quisiera y con ese fin tracé un plan magistral.
Corrían los años cincuenta, el rock and roll despertaba con fuerza y yo, un muchacho hasta entonces tímido y del montón que nunca en nada había sobresalido, me aferré con pasión a aquella oportunidad. El cambio en mi apariencia resultó fundamental, debo reconocer: largas patillas, brillantina en el pelo, elaborado tupé, atuendo ligeramente extravagante y... ¡voilá! patito feo de golpe transformado en bello cisne. Estrategia infalible.
Aunque nunca hasta entonces había la música entrado en mis planes, no cantaba mal y yo lo sabía. La vergüenza y los nervios me mataban pero recuerden que había una chica por conquistar y nunca hubo ilusión más poderosa en este mundo. Fue así que un día, en un baile de verano, quizá fuera la noche de San Juan siempre tan misteriosa y hechicera -pero tanto tiempo pasó que incapaz soy ya de asegurarlo- tuve un impulso que para siempre cambiaría mi vida: abracé con descaro mi guitarra, subí sin pensarlo al escenario y, bueno, no es que quiera alardear pero... ¡fabuloso! no encuentro otra expresión. Aquel pueblo de casitas blancas junto al mar, la última luz del día desvaneciéndose en el horizonte, mil acordes fugitivos entre la brisa a la deriva, público enloquecido, electricidad en cada aplauso, martillazos en mi corazón. Sus ojos... ¡Ay!, aquellos ojos clavados en los míos.
Deseé con toda la fuerza de mi pobre alma enamorada que los relojes  se parasen, que se detuviese el tiempo y ese momento durase para siempre. Hace ya tanto de todo aquello.
En fin, ¿qué puedo decir? Me convertí en una estrella sin apenas darme cuenta y lentamente mi vida se disolvió en el caos. Rocé una felicidad que, de golpe, escapó de entre mis manos. Ella dijo que nunca podría quererme, el aire a nuestro alrededor en ese instante se congeló, murió el romance y yo me obligué a olvidar. No sé  por qué pero eso hice y hube de aceptar al fin que lo que una vez creí posible no lo era en realidad. Mudo de estupor, ni siquiera lloré.
Pasaron los años. Alegrías, penas, victorias, derrotas, simulacros de amor... Ruido y silencio.
Nada queda ahora. El tiempo se arrastra muy lento y todo me es ajeno en este limbo donde habito, aunque quizá tan sólo ocurra que demasiado cansado estoy ya de vivir sin ella, eterno enamorado de quien nunca volverá.
A pesar de todo, apagado, vacío, viejo y decrépito como estoy, para siempre ausentes quienes alguna vez mi mundo y mis sueños compartieron, algo superior a mi voluntad, más grande que yo mismo, me retiene aquí. Música y recuerdos se cuelan por alguna grieta del tiempo para susurrarme quién fui, para devolverme una gloria antigua. Exiliado de un lugar al que nunca podré regresar, en  ocasiones es brutal la soledad que siento e infinita la nostalgia por todo lo perdido.

Pero esperen, creo que estoy haciendo que suene peor de lo que es y no es eso. No, en absoluto. No pretendo despertar su compasión. Sólo ocurre que a veces me abruman los recuerdos y sueño la historia de un amor que nunca fue. Impenitente romántico en el fondo, ya ven. Pero no. No deben sentir lástima. Yo soy el Rey. ¡Todavía! ¡Siempre! Y sin embargo.... Los años, este cansancio infinito, tantas pequeñas humillaciones cotidianas, sin tregua me hacen dudar si este tipo vestido de blanco que salta todavía cada noche al escenario y mueve sus caderas maltrechas al ritmo de un inmortal "King Criole" soy yo mismo, mi fantasma o mi más fiel, entregado y devoto imitador.


Este relato aparece publicado en el nº 36 de la Revista Valencia Escribe.
https://www.yumpu.com/…/…/view/59501837/ve-36-noviembre-2017



Oscuridad y silencio


El sol se oculta al fin tras las colinas del Campo de Marte. Ha sido un día largo y caluroso en Roma este 22 de junio del Año del Señor de 1.633 y los monjes de Santa María agradecen ahora el leve frescor que anticipa la llegada de la noche. Apenas comentan lo aquí sucedido y sólo unos pocos intuyen que desde hoy el mundo será ya para siempre y sin remedio algo más oscuro. Finalizado el rezo de Vísperas un silencio extraño, pesado como el plomo, invade de golpe todos los rincones del convento mientras en su celda el alma gastada de un hombre cansado y enfermo murmura con infinito desconsuelo "y sin embargo se mueve...".


Este relato resultó seleccionado entre los finalistas del " VIII Certamen Literario Canyada D'Art" y aparece publicado en la Antología del concurso. Septiembre 2.017.

El padre - Reseña


"Es como si estuviera perdiendo todas las hojas..."

Un anciano enfermo de alzhéimer. Un actor inmenso para darle vida. Una obra que se sirve del humor, de la ironía y de la intriga para abordar un tema delicado y difícil sin caer en ningún momento en el melodrama o la sensiblería, que nos muestra la enfermedad desde la perspectiva de quien la sufre, desde sus pensamientos y la permanente confusión  entre alucinación y realidad que en ellos se produce.
Protagonista absoluto, Héctor Alterio construye un personaje entrañable, muy divertido por momentos, angustiado y dolorido en otros, siempre conmovedor. Con una mirada, con un gesto, con un énfasis o un matiz de la voz nos asoma al alma de un hombre herido y junto a él nos hace vivir su desconcierto, sentir su miedo, su fragilidad, su vulnerabilidad... llorar su olvido y su desolación, asistir a la lenta e implacable pérdida de sus recuerdos, a la desintegración inevitable de su vida.
De escena en escena -significativo como poco a poco también el escenario se  va desnudando hasta quedar casi vacío- contemplamos el deterioro de un personaje que no alcanza a comprender del todo qué le ocurre, a su desesperación por hallar una explicación convincente y tranquilizadora para sus contradicciones, para una realidad que a cada instante parece volverse en su contra.

Sobrecogedora finalmente la última escena de la obra, las lágrimas, la mirada perdida, dulce y transparente con que Héctor Alterio al fin nos parte el alma.

martes, 24 de octubre de 2017

Pinceles a flor de piel


Lentamente devoró su alma la tristeza. La desesperanza, el abatimiento, la desilusión... aquella tan oscura e inexplicable atracción suya por el daño y la derrota, ganaron para siempre la batalla. Un corazón frágil y herido dejó a destiempo de latir. Perdió el otoño sus colores, a su pintor la poesía y entre ardientes campos de trigo, demacrados campesinos, cálidos y dorados girasoles,  bajo el amparo incierto de la memoria del arte y del tiempo, vaga desde entonces el espíritu atormentado, siempre sombrío, de un hombre al que un sueño de luz, emoción y color, de improviso, embrujó; de un hombre torturado con pasión por un anhelo de belleza que, sin saberlo, un breve instante, muy breve, rozó. Furia, belleza, abismo, delirio, melancolía... Impresiones errantes, hipnóticas, doloridas, fugaces... Desgarradas, malheridas y sublimes, pinceladas de eternidad.



Imagen: Internet