miércoles, 16 de enero de 2019

El pintor y su musa



"Es tan corto el amor y es tan largo el olvido..."
Pablo Neruda

Sólo en la quietud de su estudio, entre telas, acuarelas, témperas y pinceles, el viejo pintor hallaba consuelo. Frente a su atril, sentado sobre un destartalado taburete que sin duda había conocido tiempos mejores, inmerso siempre en un silencio absorto y melancólico, dejaba la vida pasar. Sus manos artríticas y unos ojos casi por completo ciegos a causa de las cataratas, hacía ya mucho le impedían pintar. El espectro de la pobreza y la soledad rondaba sus días y una tristeza helada desbordaba su alma. Sentía el aire cargado de ausencia y un frío extraño, un frío que de su propio interior brotaba y no desaparecía jamás, hacía su cuerpo temblar. Habitaba un mundo de sombras, de recuerdos y añoranzas. Iguales eran todas sus horas ahora y él un hombre hueco que a nadie nada podía ofrecer, un viejo solitario que abrazaba fantasmas y quizá, sólo quizá, de cuando en cuando, soñaba.
Una vez había estado enamorado. Y ese amor su mundo entero puso del revés.

***

El palacio resplandecía, mágico, romántico, casi irreal, tan bello como escapado de un cuento de hadas. Una luna llena y espléndida iluminaba los jardines, destellos de plata refulgían en lagos, alamedas y parterres y Josefa era aquella noche una mujer radiante y feliz.  Deambulaba con calma al son de la música entre sus invitados con esa elegancia suya −corpiño azul bordado en oro, falda amplia a la moda de Versalles, brazos desnudos, peinado a la Caramba− que media ciudad admiraba y la otra media envidiaba, sonreía, se detenía un instante, cruzaba con cada uno de ellos algún gesto, una palabra... Perfecta anfitriona pendiente siempre del detalle más nimio, contemplaba satisfecha su obra. Su capricho, decía ella. El palacio más bello de todo Madrid.
Osuna acababa de ser nombrado embajador en Viena. Muy pronto habría el duque junto a su familia de abandonar la corte y era aquella la fiesta −mitad despedida, mitad celebración− por la que tanto le había rogado su esposa y que durante días había ella preparado con ahínco.
 Todo marchaba a la perfección, hasta el momento. Moratín, Jovellanos, Bocherinni... los más queridos amigos de la duquesa, sus más rendidos admiradores, se encontraban allí. Ninguno había fallado a la cita. Nadie se había excusado. Incluso D. Francisco, tan hosco y reacio siempre a tales ceremonias, había abandonado aquella noche sus  pinceles y aceptado con agradecimiento sincero la invitación. Le unía a los duques mucho más que una amistad, su palacio había sido para él, cuando más lo necesitó, una segunda casa y gracias a ellos −no lo olvidaba− se  había convertido en el retratista más afamado de todo Madrid, el más reclamado y el principal pintor de la corte del rey Carlos. Nunca podría agradecerles suficientemente su apoyo y la inmensa confianza que en él habían depositado y nadie como él habría de lamentar ahora su ausencia.
En eso pensaba D. Francisco de Goya y Lucientes cuando aquella recién estrenada noche de otoño y luna llena la vio por primera vez.
Hablaban las malas lenguas de la Villa de una enemistad honda y oscura, de una rivalidad amarga y celosa que el nada protocolario abrazo entre Josefa y Cayetana −Pepa y Tana− desmintió de inmediato. Espontánea y pícara fue la alegría de ambas por el reencuentro, por el desconcierto y la estupefacta sorpresa que en algunos rostros su afecto manifiesto dibujó y que ellas advirtieron de inmediato.
Tomadas del brazo cruzaron el salón de baile. Duquesas de Alba y Osuna riendo como dos chiquillas despreocupadas, descaradas y traviesas, centro cierto de todas las miradas, objeto indudable de las habladurías maliciosas con que a la mañana siguiente una legión de aburridos cortesanos entretendría la gris monotonía de sus horas.
Castiza una, enamorada de sainetes y fandangos, afrancesada la otra, devota de Haydn y Rousseau, era sin duda la suya una extraña pareja pero eran ellas por encima de todo y mucho más allá de tantas cosas que hubieran podido distanciarlas, buenas amigas, las más cómplices y leales.
Ajeno por completo a los infundios que sobre las duquesas ya corrían por el salón, conversaba Goya con Osuna sobre su nuevo destino y los enojosos preparativos que mudanza y viaje ocasionaban cuando el sonido de una risa a su espalda captó su atención. Una risa franca y mundana, desafiante y provocadora que sin pretenderlo guió su mirada hacia una mujer vestida de muselina blanca, centro indiscutible de un corrillo donde todos disputaban sin disimulo su atención, que reía junto a Pepa algún comentario, quizá algún requiebro galante, susurrado con descaro a su oído. Esa risa desordenaba con gracia una cascada de rizos negros que al instante −coqueta irredenta− acomodaba ella de nuevo sobre la curva perfecta de su delicado y larguísimo cuello disfrutando con una malévola pizca de picardía ese pequeño instante de gloria que, sabía, su sola presencia causaba.
Tras aquella risa descubrió poco después el pintor unos ojos.
Y esos ojos lo llevaron al abismo.
⸺ Querido D. Francisco −se apresuró la de Osuna a presentarles, al caer en la cuenta de su olvido− creo que no conoce usted a mi amiga Cayetana. La más indómita duquesa de nuestra Villa y Corte, bromeó Pepa divertida.
La luz de las velas destellaba en los espejos y de blanco y oro vestía la estancia.
El viento arrastraba aromas a lima y jazmín.
⸺ Qué alegría, maestro y qué honor −sonrió ella acogiendo su mano entre las suyas− si supiera cuan ansiosa esperaba yo la ocasión de conocerle y tener por fin oportunidad de invitarle a Buenavista. Nada haría más feliz a esta entusiasta admiradora suya que tenerle unos días con nosotros. Nada me complacería más, se lo aseguro.
El corazón de un hombre un instante detuvo su latido y el tiempo de golpe se paró.
Lo que aquellas palabras, sin duda mera cortesía y amabilidad, despertaron en su ánimo y cuánto lo torturaría luego su torpeza, sólo él lo supo y ni ante sí mismo, por mucho que lo intentó, acertaría después a explicarlo. Ofuscado como nunca estuvo, atónito por la absurda conmoción que el contacto fugaz de aquellas manos sobre su piel había causado en su espíritu, herido de súbito por un rayo inmisericorde y letal, nunca recordaría Goya su respuesta.
Consciente del triste espectáculo que a tales alturas debía ofrecer su pobre persona −levita arrugada, cabellera enmarañada, pulso desbocado, trémula sonrisa en los labios− apenas si atinó a balbucear alguna palabra de agradecimiento para retirarse después mudo de asombro a su rincón, náufrago de unos ojos ardientes como brasas, cautivo su corazón de un rostro de mujer que a ningún otro se parecía y al que su propia leyenda en modo alguno hacía justicia.
Pasó luego el tiempo. Lento, perezoso e implacable como suele, serenó pasiones y esperanzas. El dulce veneno de los amores platónicos durante años bebió el pintor, de amistad disfrazó resignado su pasión y a su musa, juventud, fama y belleza eterna, la inmortalidad por la que tantas veces ella suspiró, con su arte y sus pinceles regaló.
La tiranía de sus ojos, el sabor de su risa, el vértigo imprevisto que lo sacudía al verla aparecer, el temblor de su cuerpo si por azar la rozaba, las noches de insomnio, la certeza de arder en un fuego sin llamas... La tentación de pensar que tal vez ella también lo amara, fue su consuelo y su botín. La memoria íntima de un amor que en su alma guardaría siempre con celo como inmerecido regalo de la suerte y que a nadie revelaría  jamás.

***

Apunta ya el alba y la madrugada es húmeda y muy fría. Sobre las aguas del Garona se reflejan ahora las primeras luces de la ciudad, alguna estrella matutina y el rostro de un hombre acodado en la penumbra de un ventanal al borde mismo del río.
La melancolía se filtra por los cristales, ecos y sombras de otras vidas quiebran silencio y soledad y una extraña pesadumbre todo lo inunda.
Absorto en sus abismos, vencidos los hombros por un peso grande e invisible, ajeno a cuanto le rodea y sin apenas haber dormido, una y otra vez, esboza el pintor en su mente −trazos a carboncillo, líneas suaves, ligeros toques de blanco, azules y grises para definir el color de la pérdida y la nostalgia− un rostro de mujer.
 Pinta el paso del tiempo, el silencio y el olvido. El dolor de una ausencia. La belleza de un amor a destiempo que trastocó sus horizontes y le abrigó toda una vida.
Y así, al dulce arrullo de su musa, herido por un sueño el corazón, sus días y sus noches transcurren en esta lejana y acogedora ciudad de Burdeos que ampara su destierro, la sinrazón de su olvido, su cansancio, su tristeza, su infinito desconsuelo y su trágica derrota.






 Este relato aparece publicado en el nº 35 (enero 2019) de la revista "El Narratorio" y en el blog "Tertulia de Escritores" (octubre 2018).


martes, 15 de enero de 2019

Reto "Serendipia recomienda 2019"



De nuevo participo este año en el reto de lectura propuesto por Mónica Gutiérrez Artero (Serendipia). Cada participante debe recomendar  tres libros no muy conocidos y previamente reseñados en su blog añadiendo una entrada como esta y enlazando las reseñas correspondientes. En una segunda fase habrá que elegir tres de los libros recomendados por el resto de participantes, leerlos y reseñarlos en el propio blog.

Estas son las bases: Serendipia

Estas mis recomendaciones:

"Tras la máscara". Relato de intriga escrito por Louisa May Alcott (autora de la célebre "Mujercitas") protagonizado por una mujer inteligente y ambiciosa que en absoluto se ajusta a los cánones del momento.

"Viaje con Clara por Alemania" de Fernando Aramburu. Divertidísima crónica del viaje que emprende la pareja protagonista de la novela a fin de que Clara, profesora de instituto y escritora vocacional, pueda cumplir el encargo de su editorial respecto a la redacción del libro de viajes que le ha sido encomendado.

"La librería" de Penélope Fitzgerald. Novela breve y muy delicada en torno a la lucha de la protagonista por abrir una librería en un pequeño pueblo de pescadores al Este de Inglaterra, cargada de profundas reflexiones sobre relaciones personales y sociales. 

martes, 1 de enero de 2019

Cuento de invierno



Anochecía sobre la batalla. La oscuridad temprana del invierno difuminaba lentamente brumas y horizonte y un día para la historia −mortífera y sangrienta como pocas aquella jornada de diciembre, encarnizada y tristísima− dejaba tras ella. Había comenzado a nevar y muy pronto habría de borrar la tempestad las huellas del horror, la borrasca inclemente del combate todavía a esa hora tan visible en la llanura. Hoyos de lodo, charcos de lluvia, caminos destrozados, pasos de hombres a pie o a caballo, carros pesados...  Austerlitz ardía entre las sombras.  
Un viento furioso y glacial recorría el corazón de Europa y el eco lejano de un redoble de  tambores, de un clamor de trompetas y clarines, de una trágica confusión de cascos, gritos, estandartes, sables y bayonetas, arrastraba en su estela.
Un tumulto de lodo y sangre empapaba la tierra a la espera de que al fin, poco a poco, con su inmaculado manto, la nieve o la escarcha lo cubriera.
Caían los copos en ráfagas espesas, muy lentas, muy suaves, muy pesadas, cuando el espíritu de la Navidad, recién apenas iniciado su cándido periplo, en aquellos bosques un instante se detuvo. Miró en torno a sí e, impotente y herido, rumbo a más acogedores o menos inciertos destinos prosiguió su camino.
Ya de regreso en sus tiendas, al calor y la luz de las hogueras, extenuados e insomnes, sobrecogidos y confusos, vivos casi por milagro y por ello a la Providencia agradecidos tras aquella larguísima, casi interminable, jornada de infierno, las tropas napoleónicas celebraban exultantes su victoria.
Bebían y reían entremezclados reclutas y oficiales, confundidos en una intimidad que muy pocas veces antes tuvieron, ebrios de alivio, camaradería y euforia, sin alcanzar todavía en ese instante a sospechar que nunca más vivirían otra noche como aquella, sin poder en ningún momento imaginar que brindaban todos juntos entonces por última vez.
El mundo era blanco y a la vez muy negro y muy oscuro. A un tiempo cálido y helado.
 Esa misma madrugada, sin motivo, sin explicación, sin ataque ni advertencia que pudiera justificar lo que estaba a punto entonces de ocurrir, uno tras otro, los más valientes y leales soldados de cada división −infantería, caballería, artillería− comenzaron misteriosamente a desparecer. Entre la neblina y la llovizna con que despuntaba el nuevo día, para siempre se desvanecieron. Sin rastro. Diluidas sus huellas en el aire. Sombras fugaces eclipsadas por el alba. Humo y cenizas de inocencia perdida.
Imposible resultó ocultar por mucho tiempo tan inquietante y extraño suceso. Rauda como la pólvora, la noticia se propagó y con ella el horror y la angustia frente a lo desconocido −infructuosas resultaron todas las pesquisas− sin piedad acamparon entre los restos de aquel ya tan maltrecho regimiento.
 Pese a ello, al desgarro y al infinito desconcierto que en lo más hondo de su corazón sin duda sintieron, sin haber alcanzado nunca a comprender a qué  se enfrentaban o contra qué luchaban, como héroes −victoria o muerte siempre su consigna, el deshonor su peor condena− cumplieron todos ellos su misión y juntos, imperturbables, tenaces, sin flaquezas, sin llantos ni lamentos, afrontaron el inevitable final.
En mil batallas victoriosos, al cabo vencidos por el silencio, el desamparo y el olvido, amarga y muy cruel resultó su derrota.
 Nuevos inviernos y nuevas nieves llegaron. Inexorables, inmisericordes y monótonos se sucedieron los días, las estaciones, los años... Tiempo sobre tiempo pasó y muy triste es que ya nadie ahora en el mundo los recuerde.
Sólo una lágrima helada y antigua brilla todavía, perpetuamente detenida, en la mirada de cuatro soldaditos abandonados a su suerte que, junto a una desportillada casa de muñecas y un balancín herido, quejumbroso, muy decrépito, muy polvoriento y desvencijado, yacen al fondo de un viejo desván, sin consuelo lloran su deserción y cada diciembre, justo cuando apenas bosteza el invierno, atónitos y expectantes, hechizados por la eterna magia de la mañana santa de Navidad, deslumbrados por la divina pobreza de un pesebre y la luz inalcanzable de su estrella, al Cielo suplican la esquirla de un milagro. Con ella sueñan. Y de continuo anhelan la infantil casualidad que −poderoso e infalible conjuro− quiebre al fin su triste destino de juguetes rotos y olvidados.     




domingo, 30 de diciembre de 2018

El hombre que cabía en la palma de su mano. Francesc Barberá - Reseña

"...Se acurrucó entre sus dedos y apretó el puño con todas sus fuerzas"

"El hombre que cabía en la palma  de su mano" de Francesc Barberá, es una originalísima colección de relatos breves, tan breves que más que de microrrelatos habría que hablar en muchos casos de nanorrelatos.

Suicida
Se arrojó a su vacío interior

Discreción
El inmortal se llevó su secreto a la tumba

Insisten mucho los amantes del género en la importancia de que nunca un microrrelato pueda confundirse con un chiste, una ocurrencia, una anécdota o un aforismo. Por muy breve que sea la narración debe contener siempre una historia, un cuento que para completarse precisará del otro lado una lectura activa, inteligente y cómplice. Eso es exactamente lo que encontramos en este libro, una serie de pequeñas y muy variadas historias que, saltando de un género a otro, se mueven entre la ironía, el humor (negro casi siempre) la crítica social, la ternura, la fantasía... todas ellas construidas de un modo muy inteligente y muy cuidado. Logra siempre el autor encontrar la palabra exacta, juega con elipsis y silencios que obligan al lector a adivinar lo que sucede, sorprende con ingeniosísimos juegos de palabras y nos introduce poco a poco en un mundo propio y muy particular.

El Viaje
Tras varios años en coma, despertó el 1 de enero de 1967. Al preguntarle por el accidente, aseguró que se había distraído revisando el móvil.

Mundo interior
Una expedición de arqueólogos se adentró en mi garganta. Al llegar a los riñones encontraron diversos bloques de piedras. Aseguran que son los restos de una civilización antigua.

Muy medidos ritmo y estructura y muy acertados unos títulos que forman parte en realidad del relato y lo completan o, al contextualizarlo, ayudan al menos a entenderlo.

Desencuentro
Tras su visita a la Tierra, los alienígenas regresaron a su planeta cabizbajos. No habían encontrado rastro de vida inteligente.

Reset
Se apagan las últimas luces en la ciudades. Ya no queda un solo humano en el planeta. Frente a una hoguera celebramos nuestra victoria.

Cuidadísima por último la edición de "Unaria"  y muy acertadas las ilustraciones de Riki Blanco que armonizan a la perfección con los textos.

Un libro entretenido y amable, para leer despacio y disfrutar de él poco a poco.

viernes, 28 de diciembre de 2018

Escarcha. R. Ariel Victoriano - Reseña



"Una vez que la escarcha cruje por la presencia de la ternura, es inevitable que se comience a derretir".

Diecinueve cuentos integran esta Antología (la tercera tras "El sonido de la tristeza" y "Páginas Barrocas") del escritor argentino Raúl Ariel Victoriano. Diecinueve historias aparentemente heterogéneas conectadas sin embargo todas ellas por el relato de pequeños y casi siempre inadvertidos dramas cotidianos, a medio camino sus protagonistas  entre la fatalidad y la esperanza, atravesadas sus vidas por una tristeza serena sin rastro de amargura.
Desamparo, soledad, pérdida, dolor, resignación pero también inocencia, compasión, ingenuidad, emoción y sentimiento es lo que encontramos en estos relatos. La belleza que ocultan las rutinas, la indefensión y la ternura que late en la vejez, la inmortalidad del amor, la escritura como redención...
Con una prosa bellísima y una sensibilidad muy especial, nos enreda el autor en melancolías y nostalgias y nos introduce poco a poco en un mundo emocional muy potente, a un tiempo dulce y desgarrado, que encoge el alma.

jueves, 20 de diciembre de 2018

Choque generacional



¡Me agotan! ¡Esta familia mía despedaza mi paciencia! Tradición, normas, responsabilidades...  Sieeempre el mismo discurso, sieeempre la misma regañina, sieeempre esos odiosos aires suyos de superioridad. Muy joven, dicen ellos que soy, demasiado joven e inexperta todavía para comprender la importancia inmensa de nuestros ritos, de nuestras costumbres, de nuestros blablabla... ¡Ja! ¡Si supieran! No entienden nada. Mucha clarividencia, mucha perspicacia pero... nada de nada. Ni lo intentan, vaya. Y lo peor es que ni siquiera me escuchan, ¡maldita sea! Habitan un mundo inexistente. Un edén de fantasía. Un paraíso que se extingue bajo sus pies y no se dan cuenta. ¡Qué ciegos están! Traición llamaron a mi feliz innovación ¡Traición! Y al instante, de inmediato, mi varita y mis hechizos requisaron. Castigada como una criatura, ¡qué vergüenza! Los tiempos cambian y también nosotros algo con ellos habremos de cambiar, digo yo. Y, sí, por supuesto, reconozco que mucho más romántico, más adorable y cautivador, quizás, resulta transformar ratones y calabazas en carruajes y zapatos de cristal pero las niñas de hoy en día ya no sueñan ser princesas y gracias a mi (¿imprudente?) picardía, mirad cuan radiante y orgullosa conduce ahora Cenicienta su ferrari por toda la ciudad.      




Imagen: Robert Doisneau

viernes, 7 de diciembre de 2018

Fedra - Reseña



"El amor debería estar prohibido. Te da muy poco y te lo quita todo".

Estrenada en el pasado festival de Mérida, se representa estos días en Valencia "Fedra" bajo dirección de Luis Luque y en la adaptación que del mito hace Paco Becerra. Es ésta una Fedra diferente, inspirada al parecer en una versión del clásico griego anterior a la ahora conocida que en algún momento se perdió. Una historia con tintes muy actuales que se centra en la lucha interna de la protagonista frente a la difícil elección entre deber y sentimiento a que en un determinado momento la expone la vida. Enferma de amor, enamorada de su hijastro, ella se debate entre sincerarse y afrontar su deseo −en torno a ese deseo se articula toda la función− o mantenerse fiel a la moralidad y a los eternos y siempre implacables convencionalismos sociales.
Texto lleno de poesía y personajes muy bien definidos. Magníficos todos los actores y en especial Lolita Flores que, de un modo muy sobrio y contenido pese a lo que quizá se pudiera esperar, logra dar vida a un personaje atormentado, herido, cargado de erotismo y sentimiento. Una mujer combativa y libre que rechaza ser juzgada, que reclama respeto y defiende por encima de todo su derecho a amar sin miedo, sin culpa y en libertad.
El decorado, metafórico y muy visual, refuerza por último en todo momento y muy acertadamente (imágenes, luces, sonido) el drama que sucede en escena.

domingo, 25 de noviembre de 2018

Nostalgia



Una caricia, una sonrisa, un beso suave y a soñar... "dulces sueños, mi amor".
Antiguas noches de invierno se cuelan de improviso en mis recuerdos y, casi casi a traición, entre melancolías y nostalgias al instante los enredan. Noches de mimos y risas; de confidencias e ilusiones; de planes de futuro y proyectos de aventura; de carantoñas y cuentos antes de dormir, siempre cómplice algún libro entre sus manos: Peter Pan, La Isla del Tesoro, Mujercitas...  Noches tiernas con sabor a infancia: hojaldre y chocolate caliente, pijama y zapatillas, nervios y deberes apresurados en la cama. Tan lejano ahora todo ya... Tiempos de candor e ingenuidad que la vida detuvo para siempre en un instante eterno. Antes del espanto y del dolor. Antes del silencio, de la indiferencia, del perverso maleficio que secuestró la inocencia de su alma. Antes de que las hadas traicionaran su magia y los monstruos ganaran, implacables, la batalla. Antes de tantas lágrimas a destiempo derramadas sobre pupitres ardientes de vergüenza y rabia. Antes de aquella última carta... Cuando mi niña era feliz y en mi corazón habitaba la alegría, la poesía y la esperanza.





       Segundo premio "Relatos Compulsivos". Noviembre 2.018.

lunes, 12 de noviembre de 2018

Equívocos



Cada noche, en la frágil intimidad de un cuarto cerrado, tras la puerta que blinda del mundo una huraña vida adolescente, se obra el milagro. En silencio. Casi en secreto. Al resguardo de miradas indiscretas, al abrigo de perversos comentarios, a salvo por fin de incomprensiones, de juicios y crueles veredictos, de maliciosas sonrisas... entre brochas y pinceles, espuma y brillantina, secadores, lacas y paletas de colores −rojo en los labios, negro en las pestañas, melocotón en las mejillas− poco a poco, muy despacio, desgarro y culpa ceden paso a esperanza y alegría y cual asombroso e insólito truco de magia −abracadabra− una niña entonces sonríe.
Desde su escondite, Andrés la observa. De frente, de espaldas, de perfil... Atónito y deslumbrado. Embrujado por esos ojos hechiceros que, de su miedo y su vergüenza, pícaros, se burlan; náufrago de un rostro de mujer (casi) que de su rabia, de su llanto y su dolor, tras el maquillaje y la impostura, siente que se apiada. <<Andrea...>>, al instante susurra el niño rozando sus dedos el cristal, mientras dentro del espejo un reflejo que parece −y sólo parece− ajeno le sonríe y un latido de felicidad palpita breve en su corazón herido.  







          Imagen: Víctor Lax.

Este relato resultó mencionado en el certamen octubre-noviembre 2.018 de "Esta Noche Te Cuento".

          http://estanochetecuento.com/equivocos-marta-navarro/
          http://estanochetecuento.com/resultados-para-la-laca-de-victor-lax/

domingo, 11 de noviembre de 2018

Secretos de ultratumba


Medianoche. Oscuridad y silencio. Calla el mundo. Mi tiempo comienza. Tras el lúgubre tañido de las campanas, eco extraño y sobrenatural que la quietud de esta tristísima madrugada quiebra, desde lo más hondo de la tierra, mis restos al mundo de nuevo regresan. Errante y espectral −ojos vidriosos, pasos vacilantes, piel rasgada, extremidades rígidas, rostro plomizo y ceniciento− como todos esperan o quizá me imaginaron un día −deshecho y quejumbroso− así hoy yo, confundido entre la espesa niebla que por doquier en torno a mí se extiende, casi en humo diluido, mi presencia entre los vivos, tímido y cauteloso, revelo.
 Con infinito esmero días, semanas, meses enteros, preparé mi aparición. Al cabo, el tiempo ahora se cumplió y esta tenebrosa, gélida y dolorida noche de difuntos para ser testigo de tan estelar momento fue la elegida. Nada habrá de fallar. Exitosa, sin duda, resultará la misión. Y yo mismo de ello, llegada la hora, daré fe.
Sé bien la incomprensión y el pavor que mi labor despierta mas no siento que deba por ella excusarme, cumplo a conciencia un deber al que −nada ahora importan los motivos− desde tiempo inmemorial, lealtad debo.
Y sin embargo...
Tantas miradas, adivino, pronto caerán inclementes sobre mí, tantos ojos estupefactos que en un instante, bien lo sé, pasarán del asombro al reproche, de la aprensión al terror... ¡Ay! Una intolerable ansiedad se apodera de esta triste ánima del Purgatorio desolada y penitente, arden mis mejillas y hasta la misma médula mis ruinosos huesos se estremecen sólo con pensarlo.
¡Pobre de mí! ¡Si el mundo conociera cómo odio ser centro de atención!  ¡Cómo lamento esta condición de muerto viviente mía en noches como esta! ¡Cómo tanto protagonismo me espanta!
Pánico escénico, así supe un día a mi extraña dolencia los galenos llaman. Siglos ha que en secreto guardo tan fatal diagnóstico. ¡Qué vergüenza! Si en esta cerrada, claustrofóbica, quisquillosa y tan mojigata sociedad de ultratumba alguien se enterara sería mi fin. Irreparable el daño para mi reputación.
Hasta ahora, casi por milagro, todo ha salido bien, nunca criatura alguna nada sospechó y así confío hasta el fin de los tiempos habrá de ser. Misterios hay en el mundo que jamás se debieran desvelar. Y aunque grande es el horror que carga mi conciencia, grande siempre fue también mi talento para el disimulo, arte que tantas veces mi dolor vistió de alegría y, entre el jolgorio y la diversión que por  doquier acá en México reina siempre estos días, de mascarada quizá disfrazó mi llanto.
A salvo como creo estar, nadie tendrá jamás noticia de mi impostura.
Y sin embargo...
Atrapado me encuentro en la tela de una araña envenenada y pegajosa de la que, presiento, no lograré escapar.
Vetada la caricia de las lágrimas a las cuencas vacías  de mis ojos, un llanto seco y dolorido anuda esta noche mi garganta. Un llanto que no alivia, que lastima y quema.
 En secreto, con fervor anhelo que el alba venza al fin a la tiniebla, atisbar la suave luz que alumbre el nuevo día y así a mi cripta poder entonces regresar. Tornar a la rutina de mis horas, a la aburrida tranquilidad de mi guarida, a mi retiro, a mis ausencias, a mis recuerdos y desvelos, al rumor de un tiempo pasado, ingenuo y más feliz con sabor a antiguos otoños de infancia, a crema de calabaza, a dulce de membrillo, a chocolate caliente, a nueces y castañas...
Humildes sueños que una y otra vez contra este aciago y miserable destino mío sin remedio se estrellan. Y quisiera llorar. Y no puedo. Y entre melancolías, soledades y nostalgias se ahoga esta triste alma, en el limbo de la inexistencia para siempre perdida.





          Relato para Zenda #DiadeMuertos