domingo, 19 de noviembre de 2017

Dentelladas de nostalgia


Lejana sombra de un pasado que para siempre el viento se llevó. Melancolía, humo,  silencio. Instante que pasa y ya no es. Efímero perfume del tiempo que el dolor y la música de un mundo perdido por ensalmo en nuestro recuerdo evoca. Notas suaves de un piano. Arcoíris atrapados entre pompas de jabón. Luz, viento, escarcha, rocío... Tenues huellas de una belleza yerta y olvidada, de una belleza antigua, etérea y  muy fugaz. Latidos de emoción, de dulzura, de alegría, de pena, de esperanza. Quebradizos espejismos que al oído, conmovidos, a las almas sensibles su más poderoso secreto revelan y las hacen −nos hacen− entonces con asombro y  con sorpresa comprender que, siempre, pese al dolor, al desgarro, a la distancia, al miedo y la más feroz derrota, aferrados al anhelo y la nostalgia, tal vez por su memoria confundidos, a su mágico embrujo por completo rendidos, si en ellos fuimos felices un día, allí siempre, frágiles y expectantes, seguimos: en todos los lugares de los que nos hemos ido, en todos los lugares donde un día sin remedio hace mucho entre la bruma del tiempo diluido, otra vida, audaces, jóvenes e insolentes como fuimos, bajo el tembloroso destello de mil estrellas, cómplices, blanquísimas, eternas y serenas, a soñar nos atrevimos.  


Relato para los Viernes Creativos de https://elbicnaranja.wordpress.com/ a partir de la propuesta de incluir en el  texto la frase "Seguimos en todos los lugares de los que nos hemos ido" extraída del libro de Ángeles Sánchez Portero "Habitaciones con monstruos".


Imagen: Pinterest

martes, 14 de noviembre de 2017

Estrellas errantes


Cada tarde, ya muy próximo el sol a su ocaso, ella −etérea, suave,  transparente− con esa lealtad inquebrantable tan propia de los amores platónicos, de los amores imposibles −siempre a su cita puntual− hace su aparición. Mágicamente se quiebra entonces la penumbra, arden en el firmamento, cómplices, las estrellas, se conmueven las almas sensibles y la asfixiante grisura del mundo de golpe desaparece, eclipsada tras su luz.
Cobra en ese instante existencia la belleza.
 Silencio...
Sus ojos se clavan en los míos. Una sonrisa adormilada, cierta niñez soñadora ya remota, casi olvidada. Una voz que, sabia, a través del espacio y el tiempo resuena, romántica, lúcida, valiente... Una voz antigua y poderosa que mucho sabe de amor, de dolor y soledad.
Zonas de dulzura, palabras en melancolía enredadas que de las sombras rescatan a quien por ellas se deja embrujar, palabras que calman heridas, que al lugar al que alguna vez tantos sueños huyeron encaminan y, generosas, cada noche regalan algo que la vida nunca da: una ilusión, una esperanza, un misterio, el verso eterno de un poema que dos corazones une.
Palabras que al amanecer se desvanecen raudas como una estrella fugaz. Frágiles destellos de luz, de dolor, de magia, de vulnerabilidad. Oleadas de alegría, de pena, de ternura. Lágrimas lentas de cristal. Latidos de Poesía.


Este relato apareció publicado en el blog "Tertulia de Escritores" el día 13 de noviembre de 2.017.

Imagen: Noche Estrellada de Vincent Van Gogh.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Un invitado inesperado


" Si puedes recordarme, siempre estaré contigo" (Isabel Allende).

Como cada año, con la festividad de Todos los Santos −o Día de los Muertos como acá en México lo llaman− con puntualidad exquisita regresa noviembre y la melancolía y la tenue oscuridad del otoño, por unas horas, de color y magia con su algarabía enmascara. De luces y velas, de ofrendas y música, de aromáticos y florales altares, se visten las calles y todo lo invade de pronto el esplendor, la fantasía, el brillo, cierto alegre y fantasmagórico desconcierto, un expectante ambiente de mascarada.
No es esta aquí una época triste, no, al contrario. Vence siempre en estos días la ilusión a la tristeza, a la desolación derrota sin piedad la esperanza, al reencuentro con los vivos prestos acuden los muertos y entre tequilas, tamales, pulques, pipianes y otras mil culinarias delicias −pan de muerto, tamarindos, tétricas y dulcísimas calaveras...− sólo para ocasión tan especial con amor infinito preparadas, el largo regreso a casa, todos juntos al fin, en torno a la mesa festejan.
Momentos bellos y felices, sí, embrujadores y hechiceros. Y pese a ello ¡cuán próximas en el corazón de hombres, ánimas o fantasmas, alegría y tristeza se hallan!
Mezclado, por completo confundido, entre la multitud que esta noche ríe, sueña y danza, me siento yo de pronto tan solo, tan pequeño, tan perdido... Una fragilidad repentina, una avasalladora melancolía de improviso invade mi alma, adivino bajo mis pies el abismo y sólo entonces comprendo el error que al acudir a esta cita −a la que, cierto es, por nadie fui convocado− cometí. Mas no siempre a la razón obedece el corazón y tanto me devoraba la impaciencia, tanto yo desesperaba por verla, tanto anhelaba sentir de nuevo la caricia de su voz, que incapaz fui de resistir la tentación. Sólo mía fue la culpa.
"Siempre estaré contigo", se lo dije tantas veces... ¿acaso no me creyó? ¿cómo fue que me olvidó?
 Un frío de hielo atraviesa mi corazón,  un vacío hondo y oscuro en torno a mí se extiende e incontenible, una lágrima furtiva, muy amarga, por mi rostro resbala. Si ya nadie en  el mundo me recuerda, si una noche como esta no hay quien mi nombre −triste espectro enamorado− invoque con dulzura y de mí no queda huella, pronto mi espíritu en la insondable bruma de la inexistencia, sin remedio, se diluirá; en la etérea dimensión de los sueños, desvanecida para siempre, mi ánima dormirá.
Con la fe con que uno espera los milagros así yo espero una sonrisa, una mirada, una intuición, un presentimiento, una nostalgia, una caricia...
 Indiferentes a mi suerte, la luz de otros ojos un mal día los suyos absorbieron y ahora, sin verlos, sin presentir el dolorido latir de este pobre corazón atormentado, los míos traspasan. Es en este instante −vacilante, vencido e invisible vagabundo, perdido entre la alegre muchedumbre que de la muerte hoy no se espanta y en su amoroso recuerdo devuelve la vida a tantos y tantos fantasmas− que con horror comprendo que a esta Tierra sin belleza nunca más regresaré.
Implacable, la noche avanza hacia el alba. Gastado y triste, abandonado en un mundo inmenso y oscuro, mi tiempo se acaba. Trágico y aciago siempre mi destino.

Vacío. Ausencia y olvido. Sólo eso queda. Y un ligero rumor, mitad sollozo, mitad suspiro.

domingo, 5 de noviembre de 2017

Secretos de ultratumba


Medianoche. Oscuridad y silencio. Calla el mundo. Mi tiempo comienza. Tras el lúgubre tañido de las campanas, eco extraño y sobrenatural que la quietud de esta tristísima madrugada quiebra, desde lo más profundo de la tierra, mis restos al mundo de nuevo regresan. Errante y espectral −ojos vidriosos, pasos vacilantes, piel rasgada, extremidades rígidas, rostro plomizo...− como todos esperan o quizá me imaginaron un día −deshecho y quejumbroso− así hoy yo, confundido entre la espesa niebla que por doquier en torno a mí se extiende, casi en humo diluido, mi presencia entre los vivos, tímido y cauteloso, revelo.
 Con infinito esmero días, semanas, meses enteros, preparé mi aparición. Al cabo, el tiempo ahora se cumplió y esta tenebrosa, gélida y dolorida noche de difuntos para ser testigo de tan estelar momento fue la elegida. Nada habrá de fallar. Exitosa, sin duda, resultará la misión. Y yo mismo de ello, llegada la hora, daré fe.
Sé bien la incomprensión y el pavor que mi labor despierta mas no siento que deba por ella excusarme, cumplo a conciencia un deber al que −no importan los motivos− desde tiempo inmemorial, lealtad debo.
Y sin embargo...
Tantas miradas, adivino, pronto caerán inclementes sobre mí, tantos ojos estupefactos que en un instante −bien lo sé− pasarán del asombro al reproche, de la aprensión al terror... ¡Ay! Una intolerable ansiedad se apodera de esta triste ánima del Purgatorio desolada y penitente, arden mis mejillas y hasta la misma médula mis ruinosos huesos se estremecen sólo con pensarlo.
¡Pobre de mí! ¡Si el mundo conociera cómo odio ser centro de atención!  ¡Cómo lamento esta condición de muerto viviente mía en noches como esta! ¡Cómo tanto protagonismo me espanta!
Pánico escénico, así supe un día a mi extraña dolencia los doctores llaman. Siglos ha que en secreto guardo tan fatal diagnóstico. ¡Qué vergüenza! Si en esta cerrada, claustrofóbica y mojigata sociedad de ultratumba alguien se enterara sería mi fin. Irreparable el daño para mi reputación.
Hasta ahora, casi por milagro, todo ha salido bien, nunca criatura alguna nada sospechó y así confío hasta el final de los siglos habrá de ser. Misterios hay en el mundo que no se deben revelar. Y  aunque grande es el horror que carga mi conciencia, grande fue siempre también mi talento para el disimulo, arte a mi juicio −debo decir− valioso y práctico como ninguno, injustamente infravalorado, incluso por algún incauto desdeñado.
A salvo como creo estar, nadie tendrá jamás noticia de mi impostura.
Y sin embargo...
Atrapado me encuentro en la tela de una araña envenenada y pegajosa de la que, presiento, no lograré escapar.
Vetada la caricia de las lágrimas a las cuencas vacías  de mis ojos, un llanto seco y dolorido anuda esta noche mi garganta. Un llanto que no alivia, que lastima y quema.
 En secreto, con fervor anhelo que el alba venza al fin a la tiniebla, atisbar la suave luz que alumbre el nuevo día y así a mi cripta poder entonces regresar. Tornar a la rutina de mis horas, a la aburrida tranquilidad de mi guarida, a mi soledad y mis recuerdos, al rumor de un tiempo pasado y más feliz con sabor a antiguos, muy lejanos, otoños de infancia, a crema de calabaza, a dulce de membrillo, a chocolate caliente, a nueces y castañas...

Humildes sueños que una y otra vez contra este aciago y miserable destino mío sin remedio se estrellan. Y quisiera llorar. Y no puedo. Y entre melancolías, soledades y nostalgias se ahoga esta triste alma, en el limbo de la inexistencia para siempre perdida.



Imagen: Internet