martes, 28 de enero de 2020

Un día de lluvia




Me tacha la envidia de egoísta y caprichoso ¡Menudo disparate! No lo soy en absoluto pero se encuentra ya tan extendido ese rumor que obviaré el esfuerzo de negarlo. Ocurre que nunca conocí la timidez y quizá tomen los necios por desdén la imperturbable seguridad que me acompaña. El mundo me idolatra, es así y ¿quién soy yo para juzgarlo?
Mi audacia y mi elegancia les fascina, esa rara mezcla en mi expresión entre indiferente y atenta, siempre distante y pese a ello vulnerable, tan propia de mi espíritu bohemio, de mi alma de bribón desvergonzado.
Me siento en casa en cualquier parte pero nunca en ninguna construyo mi hogar. Me hastía la rutina, no tolero lazos ni ataduras, con nadie soy complaciente y a nadie necesito. Sin embargo, una extrema propensión a cierta cordialidad afectuosa, un desbocado impulso hacia la calidez y la ternura, se apodera a menudo de  mi corazón y eso −yo lo sé− es lo que me hace irresistible.
Firme y enigmático en ocasiones, adorable e indolente en el momento justo, cuento por decenas los trucos que cual infalible conjuro utilizo para hacerme querer, acepto con honradez  los regalos que la vida pone en mi camino y una sincera amistad ofrezco sin reservas a quien la necesita. A cambio de cariño −hablar de amor, tal vez resulte en mi caso excesivo− acallo entonces por un tiempo mi naturaleza indómita y, con magnanimidad, de mi preciada independencia cedo cuanto puedo. ¡Triste peaje con que el mundo por algún perverso e injusto motivo (¿extraña compensación, quizá?) castiga sin remedio a los seres superiores!  
 Pero, no, aunque resulte imposible valorar con justicia la enormidad de mi renuncia, no me quejaré. Nunca fui desagradecido y jamás, ni aún en el más insensato de mis sueños, hubiera yo podido llegar a imaginar mejor compañera que la que me ofreció el destino.
Encontrarnos fue cuestión de suerte. Tropezamos sin querer junto a una boca de metro una tarde cualquiera de invierno. Llovía. Bajo su pequeño paraguas arcoíris, resguardada apenas del aguacero, ella sonrió sorprendida, clavé yo con descaro mis ojos en los suyos y... simplemente sucedió. Sucedió como sucede en los cuentos: con la inmediatez, con la magia y la belleza de un flechazo inesperado.
Inseparables desde el momento en que con tan impremeditada e inocente argucia cayó en mis redes, nunca ella −debo decir−  ha dejado de adorarme con devoción de esclava: tolera mis ausencias, disculpa mis trastadas (incluso a veces, por increíble que resulte, juraría que le gustan), permanece atenta a todos mis deseos y así, sin sobresaltos ni preocupaciones, un día tras otro y otro y otro más, vamos dejando juntos la vida pasar.
Algunas noches me ovillo mimoso en su pecho y mientras Clara, esta humana que un raro azar colocó en mi vida, rasca con mano experta y fuerza justa, siempre en el punto exacto, mis orejas peluditas −presumo de un tacto que en nada desmerece al terciopelo− yo ronroneo con deleite hasta casi quedarme dormido. Intuyo que esa pequeña zalamería mía conforta su alma, le calienta el corazón y la hace feliz ¡Y cuesta tan poco hacerla feliz! ¡Pobrecilla! Aún piensa que ella me adoptó ¡Es tan ingenua! 







sábado, 25 de enero de 2020

Señora de rojo sobre fondo gris - Reseña


Su sola presencia aligeraba la pesadumbre de vivir

«Soy consciente de que con su desaparición ha muerto la mejor mitad de mí mismo», así rendía homenaje Miguel Delibes en su discurso de ingreso en la Real Academia Española de la Lengua en mayo de 1975, a su mujer, Ángeles de Castro, fallecida a los cincuenta años a causa de un tumor cerebral pocos meses antes. Esa muerte, tan temprana e inesperada, paralizó por completo al escritor sumiéndolo en una crisis creativa que le llevaría mucho tiempo superar y dejando en él una huella de tristeza y amargura que arrastraría hasta el final de su vida.
"Señora de rojo sobre fondo gris" es la novela con que, diecisiete años después, reconstruye la memoria que él guarda de su esposa. Un texto evocador, íntimo y muy emotivo, escrito a modo de monólogo, donde fácilmente se adivina tras el personaje de Nicolás al propio Delibes. A través de su protagonista, un reconocido pintor que va desgranando poco a poco para su hija (presa por motivos políticos) los últimos meses de la vida de su madre, dibuja Delibes el perfil de la mujer que guió siempre su camino y sin quien ahora se encuentra perdido.
Con un estilo sobrio y sereno, alejado de efectismos y excesos sentimentales, desnuda el autor su alma como ya no volverá a hacerlo nunca en ninguna otra de sus obras, para recrear la historia de un amor y una devoción: de un sentimiento hondo y sincero, atravesado por una clara conciencia de lo efímero y una inevitable y dolorosa sensación de pérdida que marca desde las primeras líneas el tono del relato.
Esta es la historia que, tras varios intentos fallidos, por fin ha conseguido llevar al teatro José Sacristán. En el marco de un montaje escenográficamente muy sencillo, un pequeño taller de pintor casi vacío y repleto de tonos grises donde la iluminación cobra gran importancia, el actor da voz de un modo muy delicado y sensible a este hombre derrotado, incapaz de asumir la muerte de su esposa y de continuar viviendo. A través de sus gestos, entonaciones, silencios... nos adentra en su intimidad y sus miedos, nos hace descubrir  la belleza que habitaba el mundo cuando ella existía y comprender el inmenso desconsuelo que ha dejado tras su marcha.
Magnífica adaptación y magnífico actor para una de las más bellas historias de amor de la literatura. 

sábado, 18 de enero de 2020

Los hijos - Reseña



Si no sigues viviendo no creces

La explosión de una central nuclear y la tremenda catástrofe ambiental que ello ocasiona, es el punto de partida de una obra, "Los hijos", centrada por completo en el tema de la crisis climática, la sobreexplotación de los recursos naturales del planeta y los problemas que por tal causa deberán afrontar las generaciones próximas.
Ambientada en un futuro indeterminado pero aparentemente cercano, la acción se desarrolla en una pequeña cabaña (también sin ubicar con exactitud) donde tras la explosión se han refugiado dos de los científicos responsables de la central, una pareja de sexagenarios que, en medio del desastre, intenta mantener una extraña apariencia de normalidad. Será el reencuentro con una antigua compañera de quien no habían tenido noticia en más de tres décadas, lo que les haga tomar conciencia de lo sucedido y los obligue a reflexionar sobre ello.
Galardonada en 2017 con el Premio Nacional de Teatro y abordando un tema de enorme actualidad, la obra pretende concienciar o ser al menos una llamada de atención sobre la propia responsabilidad personal en materia de cambio climático, más allá de la inacción y de los innegables errores atribuibles a gobiernos y poderes económicos.
El planteamiento de la historia, articulado en torno a esa reflexión sobre el legado que dejamos a los hijos (unos hijos que sin llegar en ningún momento a aparecer en escena son parte fundamental del relato) resulta muy interesante, deja en última instancia al espectador la conclusión sobre las motivaciones, comportamientos y alternativas de los protagonistas y refleja a la perfección los miedos, anhelos y decepciones de toda una generación.
Pese a ello, la trama resulta por momentos previsible en exceso ya que, tanto la relación existente entre los personajes como la responsabilidad de cada uno de ellos en lo ocurrido, se adivina fácilmente desde el comienzo de la función.
Destacar por último la interpretación de los actores, en especial de Adriana Ozores y Susi Sánchez sobre quienes recae en mayor medida el peso emocional de la obra y la sencillez de un montaje que huye de cualquier tipo de efectismo.

jueves, 16 de enero de 2020

Melancolía



Para él la vida era una prisión con las paredes muy altas, muy altas...
Émile Bernard

Una oscura leyenda corría por el pueblo en torno a él, de boca en boca su nombre andaba, sordo era el rechazo en cada gesto, esquivas las miradas, reticentes los saludos, apresurados los pasos al advertir su presencia. «¡Pobre loco!», murmuraban las gentes a su paso y sin nadie conocer la causa, sin motivo ni razón, todos le temían.
Solitario, siempre absorto en sus abismos, él vagabundeaba noche y día por los campos, perdida en el horizonte la mirada, devorada su alma de melancolía y de tristeza  y solo en sus pinceles algunas tardes, muy pocas, hallaba su espíritu la calma.
La pobreza lo cercaba, lo amenazaba la locura, el presente lo asustaba. Sufría.
Yo sé bien cuánto sufría. Fue mi amigo y yo su confidente, su aliado. A mí −¡afamado doctor Gachet!− se aferró cual náufrago a su tabla: esperanzado como nunca antes lo había estado.
Y sin embargo.
No pude. No pude, pese a la furia con que lo intenté y de veras lo hice, ayudarle. No fui capaz. No supe. No advertí a tiempo el presagio de tempestad latente en aquellos últimos días de calma.
Que el cielo y las musas del arte y la belleza que, unas veces dulces, otras amargas, rigieron siempre su vida y su destino juzguen mi derrota, mi impotencia y mi fracaso. Solo mía fue la culpa.
Lunas amarillas, estrellas errantes, nebulosas y cometas que en la inmensidad del firmamento caracolean y se abrazan, remolinos de sombra y luz, torturan implacables desde entonces mis desvelos, mis sueños y mis noches.
Desde la pared del fondo de la sala, frente a la puerta entreabierta de mi cuarto, el rostro de un hombre −gorra blanca, pelo rubio, premonitoria nostalgia en la mirada− vigila atento mis insomnios y en la ceniza del amanecer, de mis errores pasados y presentes, quizá también futuros, inclemente, se burla. Un rostro que, más allá de mis facciones y la huella entre sus bordes del tiempo y el cansancio, guarda el genio de un artista irrepetible y generoso y a la herida de su ausencia −cruel reflejo de otro tiempo− hoy me enfrenta.
Maldita sea aquella tarde. Maldito sea aquel verano. Maldito mi descuido, mi soberbia, mi esperanza, mi torpeza... Sí, malditos, malditos siempre sean.
Un corazón frágil y herido dejó a destiempo por su causa de latir. Perdió el otoño sus colores, a su pintor la poesía y entre ardientes campos de trigo, demacrados campesinos, cálidos y dorados girasoles, bajo un eco remoto de extraños sueños y utopías, deambula desde entonces sin descanso un espíritu triste, siempre sombrío, al que un destello inesperado de improviso embrujó. El espíritu de un hombre torturado con pasión por un anhelo de belleza que, sin saberlo, un breve instante, muy breve, rozó. De un luchador valiente, capaz un día (afortunado sortilegio) de transformar en luz su violencia, su angustia y su delirio, de atrapar entre trazos y colores la tristeza y  desnudar de artificios −casi os diría por ensalmo− la ternura, la delicadeza y la verdad.
Furia, belleza, abismo, incertidumbre, melancolía... Impresiones errantes, hipnóticas, doloridas, fugaces... Desgarradas, malheridas y sublimes, pinceladas de eternidad. 






Relato publicado en el nº 47 (enero 2020) de la revista "El Narratorio"


miércoles, 15 de enero de 2020

Reto "Serendipia recomienda 2020"



De nuevo participo este año en el reto de lectura propuesto por Mónica Gutiérrez Artero (Serendipia). Cada participante debe recomendar tres libros no muy conocidos y previamente reseñados en su blog añadiendo una entrada como esta y enlazando las reseñas correspondientes. En una segunda fase habrá que elegir tres de los libros recomendados por el resto de participantes, leerlos y reseñarlos en el propio blog.

Estas son las bases: Serendipia

Estas mis recomendaciones:

"Virginia Woolf. Vida de una escritora" de Lyndal Gordon. Biografía que, sin seguir una cronología estricta y  a base de recuerdos, anécdotas y situaciones familiares, se adentra en el alma de una escritora muy adelantada a su tiempo, con una fortísima vida interior y un inmenso interés por cuanto la rodea.
"Los niños" de Edith Warton. Historia cargada de buenos sentimientos en torno a la relación que, en el barco donde viaja hacia Europa, un ingeniero americano entabla con un curioso grupo de niños. 
"Lluvia fina" de Luis Landero. Novela coral en torno al poder de las palabras, de los silencios y las trampas de la memoria. Historia de secretos y rencores familiares, de  agravios y heridas sin cerrar.

Y estas mis reseñas para la segunda parte del reto:

"Los gondoleros silenciosos" de William Goldman, propuesto por Las Inquilinas de Netherfield.
"A cuerpo de gato" de Hiro Arikawa, propuesto por Un libro en un tris.

"La maleta" de Serguei Dòvlatov, propuesto por Cuéntame una historia. 

Reto Cabalgando entre clásicos 2020 - Clara Rivas



Desde el blog "Cabalgando entre libros" propone Clara Rivas un bonito reto de lectura consistente en leer durante el año un mínimo de seis obras clásicas (considerando como tales las publicadas con anterioridad al año 1970) y reseñarlas en el propio blog, debiéndose publicar asimismo una entrada como esta para dar publicidad al reto y recomendar alguna de las ya leídas. El plazo para inscribirse finaliza el 31 de enero.

Este es el enlace a las bases

Estas mis recomendaciones:


Y estas las nuevas reseñas para el reto:

-"El final del affaire" de Graham Greene
-"Lo que el viento se llevó" de Margaret Mitchell
-"Crónicas marcianas" de Ray Bradbury
-"Alicia en el País de las Maravillas" de Lewis Carrol

sábado, 4 de enero de 2020

Extraños en un tren. Patricia Highsmith - Reseña



La ley de la sociedad era benévola comparada con la de la conciencia

Primera novela de Patricia Highsmith con la que llegó a estar nominada en 1951 al premio Edgar de misterio, quizá la historia de "Extraños en un tren" sea más conocida por la adaptación que de ella hizo al cine Alfred Hitchcock que por la propia novela. Esta adaptación, magnífica y muy exitosa en su momento, conserva sin embargo muy poco del espíritu y la filosofía que impregna el relato original y no basta solo con ella para comprender la complejidad de la narración de Highsmith.  
Pese a su innegable corte de género policíaco, "Extraños en un tren" es una novela con voz propia, muy innovadora, que sobre la teoría de que cualquiera puede convertirse en asesino, que tan solo basta para ello hallar el motivo adecuado o rebasar ciertos límites, gira en realidad en torno a la maldad, la mentira, la ambigüedad moral y sobre todo la culpa.
En un viaje en tren Guy Haines, joven y exitoso arquitecto con dificultades para divorciarse de su esposa, conoce a Charles Bruno, un extraño personaje que le ofrecerá como solución a su problema la idea de un crimen perfecto con la que lleva tiempo obsesionado: un asesinato por delegación. Un pacto en  virtud del cual Bruno habrá de matar a la esposa de Haines y este a su vez al padre de Bruno de quien pretende deshacerse por cuestiones económicas. Sin móvil ni vínculo alguno entre asesinos y asesinados, la coartada de ambos resultaría impecable.
Sobre este punto de partida construye la autora una novela negra diferente donde el protagonismo no recae en el detective o la marcha de la investigación como suele ser lo habitual sino en los potenciales asesinos, en sus motivaciones, en la meticulosa elaboración del plan y el significado que para ellos pudiera tener el delito, dando así vida a unos personajes de una gran complejidad psicológica que nunca cuestionan la legalidad o moralidad de sus actos y parecen solo movidos por la posibilidad o no de alcanzar sus objetivos. Unos personajes tremendamente egoístas a los que Higsmith, sin embargo, en ningún momento juzga y con los que quizá trate de mostrar, como en algún momento expone uno de ellos, la dualidad que habita en todo ser humano: siempre capaz de lo mejor y lo peor, siempre dividido entre el bien y el mal como dos caras de una misma moneda.
Es ese egoísmo y amoralidad evidente de sus protagonistas, la incapacidad que el lector siente para empatizar con ellos, lo que carga de pesimismo la narración y le da un tono turbio e inquietante, acorde con la idea final de que el mal acecha en cualquier rincón y la sociedad se muestra indiferente ante todo lo que no le concierne o afecta directamente.
La resolución del conflicto y el desarrollo de la trama argumental de la película de Hitchcock resulta por su parte mucho más amable, más ética y menos desengañada que la de la novela. Es por ello que, aunque la tome como punto de partida, los cambios en la conducta de los personajes, en sus decisiones y en la conclusión de la historia son tan profundos que de ningún modo puede ser considerada una adaptación fiel sino solo una versión articulada en torno al mismo planteamiento. Algo sin duda intencionado pues el propio director, en una de las conversaciones con François Truffaut recopiladas luego en "El cine según Hitchcock" (Alianza Editorial), afirmaba: «A menudo se habla de los cineastas que en Hollywood deforman la obra original. Mi intención es no hacerlo nunca. Yo leo una historia solo una vez. Cuando la idea de base me sirve, la adapto, olvido por completo el libro y fabrico cine». Ideas que habrían de inspirar, en este  como en otros casos, auténticas obras maestras del suspense.


Reseña publicada en el nº 5 (enero 2020) de la revista "El Tintero de Oro Magazine"