jueves, 11 de enero de 2018

Reto "Serendipia recomienda 2.018"


Por primera vez participo este año en el reto de lectura propuesto por Mónica Gutiérrez Artero (Serendipia). El reto consiste en que cada participante recomiende  tres libros no muy conocidos y previamente reseñados en su blog añadiendo una entrada como esta y enlazando las reseñas correspondientes. En una segunda fase habrá que elegir tres de los libros recomendados por el resto de participantes, leerlos y reseñarlos en el propio blog.
Estas son las bases: Serendipia

Y estas mis recomendaciones:

"Oculto Sendero". Novela hasta ahora inédita y de carácter autobiográfico de Elena Fortún (autora de los cuentos de Celia) que narra la historia de una mujer diferente e incomprendida por la sociedad de su tiempo. Irónica, divertida, desgarrada, dolorida...

"Elithabeth y su jardín alemán" de Elithabeth Von Armin. Relato en forma de diario que encubre una tremenda crítica a la sociedad de finales del S.XIX y al papel que en ella desempeñan las mujeres.


"El amor te hará inmortal" de Ramón Gener. Bellísima historia sobre música, sentimientos, emociones... Sobre la importancia del amor y la memoria.

lunes, 8 de enero de 2018

La leyenda del payaso triste


No sé por qué sucede pero sé bien lo que muchos de vosotros −demasiados, diría− veis en mí. Con absoluta claridad lo percibo cada noche cuando terminada la función, oscuro y vacío el escenario, algo preso todavía de mi propio personaje, siento como esquivan vuestros ojos los míos si por azar un instante con ellos se cruzan, como un extraño pudor −¿tal vez compasión?− de rubor de inmediato tiñe entonces vuestro semblante.
 Es la leyenda que consigo arrastran todos los payasos del mundo: bromas, juegos, ropas de colores y alegre maquillaje que sin duda un mundo de lágrimas, dolor y muy ocultas heridas, apenas un instante disfrazan...
Tanto y tanto esta fábula se extendió que imposible resulta ya negarla.
Mas, creedme, no es cierta. Si concluida la función no halláis en el rostro del payaso una sonrisa, no juzguéis su mueca tristeza o amargura, no lo es. A vosotros su más bello tesoro regaló ¿no lo veis? e igual que tras la oscuridad alumbra siempre el nuevo día, al amanecer mil risas nuevas el payaso inventará. Esforzados artesanos de la alegría nosotros somos, debéis saber. Guardianes únicos de un conjuro que del tiempo y el olvido con ternura infinita resguardamos.



Imagen: Thomas Hoepker

sábado, 6 de enero de 2018

Amarga traición


Desamparados e incrédulos todavía, incapaces de afrontar su nueva situación ni de entender por qué de golpe y sin aviso se eclipsó su magia y su poder, por qué dejaron en un instante de ser centro de atención, de recibir alabanzas y miradas chispeantes para, roto el hechizo, encontrarse ahora sin motivo alguno −eso creen− inmersos en tan inesperada y terrible oscuridad, espantados se preguntan todos ellos qué ocurrió, cómo fue que los abandonaron en ese infame e inhóspito lugar.
Y tan asustados y tristes están... Amontonados unos sobre otros, en busca de un consuelo que empiezan a intuir no hallarán hasta mucho mucho tiempo después: el día que alguien, con una sonrisa tal vez en los labios y una ilusión en el alma, alcance de nuevo el altillo del armario donde −indiferentes y crueles, sin el más leve atisbo de remordimiento− hoy los abandonan a su suerte para, desde su fondo más oscuro, devolver entonces a la vida de nuevo el mágico cofre que, del tiempo y el olvido, resguarda las luces, el brillo y los colores, la  alegría, la inocencia y la ternura, de los más dulces, embrujadores,  bellos y cautivadores días del invierno.



Imagen: Pinterest

lunes, 1 de enero de 2018

Cuento de Navidad


El día en el parque de atracciones había sido largo y agotador. Monótono como todos los de aquella semana maldita. Almibarado hasta la náusea. Un día más. Un día como otro cualquiera, vaya. Y, por más que en ello me esfuerce, no soy capaz de recordar nada especial, la más nimia diferencia que hiciera presagiar lo que a punto de ocurrir estaba. 
Yo fui la única culpable, lo reconozco, pero no esperen de mí arrepentimiento, a estas alturas del cuento ya deberían saber que nunca fue ése mi punto fuerte.
En fin, creo simplemente que mi proverbial paciencia se agotó de golpe y, bueno, tal vez estuviera un poquito celosa, no lo niego. Tantos pequeñines galopando felices, gira que te gira en los caballitos de la noria, tanta sonrisa manchada de algodón de azúcar, tanta navideña ingenuidad, tanta candidez, tanto osito de peluche... ¡Agh!.
Y yo, allí. Sola. Sin nadie a quien atizar algún que otro escobazo. Comprenderán mi drama. De vez en cuando incluso las brujas necesitamos algo, una pizquita al menos, de diversión y harto desagradable −¡no alcanzo a explicar cuánto!− es de por sí época tan aciaga para nosotras.
Así que, sin apenas darme cuenta −decía− casi casi a traición, de mis labios escapó aquel conjuro impronunciable. El cielo se encolerizó de golpe, nubes de plomo rasgaron de inmediato el firmamento, el viento aulló furioso y el ciclón arruinó en un instante toda la magia y la dulzura de la tarde. Un parque triste y desolado, completamente arrasado, quedó tras su paso.
Incapaz fui de deshacer el hechizo aunque lo intenté, créanme, porque en el fondo odio la soledad, nunca fui tan perversa como en ocasiones gusto aparentar y, en realidad, yo sólo pretendía escarmentarles un poquito. Pero tranquilos, con mi suerte y para mi desdicha, seguro que el vendaval, a la postre tan traidor, al Reino de Oz a todos arrastró. Tal vez al País de Nunca Jamás. Y allí estarán ellos ahora. Agradeciendo mi torpeza. Felices como perdices.



Imagen: Pinterest