lunes, 17 de septiembre de 2018

Moriría por ti y otros cuentos perdidos. F.S. Fitzgerald - Reseña.



"Poca de la ficción americana no lleva algo de mi sello. En mi modestia, fui original".

Vida y arte se entremezclan siempre, sin  remedio y con firmeza, en la literatura de Francis Scott Fitzgerald y buena prueba de ello son los cuentos recopilados en esta antología, "Moriría por ti y otros cuentos perdidos". Escritos entre 1.920 y 1.940 y recuperados ahora por la editorial "Anagrama", todos los escritos aquí reunidos (relatos, textos autobiográficos, guiones cinematográficos...) fueron en su momento rechazados por editoriales y revistas y en su mayoría no llegaron nunca a ser publicados por no encajar del todo al parecer en la imagen que  lectores y editores se habían forjado de Fitzgerald como escritor de la "Edad dorada del Jazz".
Son todos ellos relatos duros, ingeniosos, quizá más negros y sarcásticos de lo en él habitual, que sin duda ponen de manifiesto las preocupaciones literarias  y vitales del autor y abordan temas como la locura, la guerra, el desamor, el alcohol, el paso del tiempo o el dolor por la juventud perdida. Relatos que asoman al lector a un abismo de miedos, de inseguridades, decepciones, flaquezas, derrotas... para atraparlo después, casi al instante, con su lucidez, con su tristeza, con su ironía y su particular y muy reconocible sentido de la belleza.

sábado, 1 de septiembre de 2018

Otoño en Buenos Aires


Otoño. Del año la estación más bella. La estación de los poetas. Melancólico, sereno, tenue y dorado otoño que los días acorta, los árboles desnuda y mi memoria sin remedio transporta hacia un pasado roto y herido, hacia un tiempo para siempre detenido en un instante eterno.
No es ésta una historia feliz, les advierto. Es una historia de dolor y muerte, de fantasmas que infinitas noches poblaron, de desolación y rabia. Aunque sobre todas las cosas, sí, es una historia de amor.
Se llamaba Álvaro. Era un muchacho alto y muy delgado, alegre, romántico, divertido, con grandes ojos color caramelo revoltosos y burlones que ocultaban un pellizco de vulnerabilidad. Desde el primer instante supe que amarlo era mi destino, que siempre sería él mi lugar en el mundo. Y es ahora por eso tan grande mi desamparo...
Le vi por última vez un día de marzo frío y brumoso, húmedo de lluvia. Primeros atisbos del otoño cruel que aquel año asolaría Buenos Aires. Se despidió con un beso y un guiño pícaro, entusiasmado con algún proyecto que traía entre manos y seguro me contó pero ya después no logré recordar. Charcos de cristal brillaban en la calle. Subió a su motocicleta −chubasquero y libros a la espalda− y se perdió entre el tráfico de la mañana. Nunca regresó y el rumbo de mi vida para siempre y sin remedio se torció. Nada volvería ya a ser como solía.
Tan definitiva y abrupta fue su desaparición que no parecía real, no podía serlo, resultaba imposible, impensable. Tan fuerte era, día tras día, la impresión de pesadilla que yo creía soñar. Nadie desaparece sin rastro, sin explicación, sin motivo, me decía. Aunque justamente eso era lo que acababa de ocurrir. Humo entre la niebla. Desvanecido sin más.  Y a nadie pareció extrañar. Tiempo gélido y oscuro de silencios y miedos callados. 
Anduve todos los lugares posibles en un amargo y tristísimo recorrido por la burocracia del dolor. Hospitales, administraciones, puestos de guardia... Incluso a las puertas de la Morgue en mi desesperada pesquisa llamé y allí, con el corazón encogido y el alma espantada, uno tras otro, metódicamente, decenas de cuerpos revisé. Cadáveres anónimos destinados a yacer en el olvido eterno de cualquier tumba sin nombre. Ninguno era el suyo.
Extraviada en el laberinto de la duda, suspendida en un limbo de secretos y sospechas, enloquecí. El tiempo se volvió contra mí. Moría por dentro, enferma de tristeza y desesperanza. Le echaba tanto de menos... Sus bromas, sus risas, su voz, su ternura. Le buscaba en sueños incansablemente para despertar atormentada por terribles visiones. Los años cayeron de golpe sobre mí, sin piedad. Me convertí en un ser gastado y triste, profundamente herido, incapaz de hallar consuelo para tanta impotencia e inocencia perdida, atrapada en un callejón ciego, asfixiada por la incertidumbre, devorada por el miedo.
Y fue entonces que algo muy extraño sucedió. Una noche, entre sueños y desvelos, escuché una voz en mi mente que, insistente, susurraba una y otra y otra vez "no existe la muerte, sólo el olvido. Recuerda. Siempre recuerda...". Mi corazón en el sueño se detuvo, desperté con aquellas palabras en los labios y algo muy profundo, esencial −lo supe de inmediato− cambió en ese momento en mi interior. Comprendí que debía aceptar al fin que aquella pena insoportable habitaría siempre mi alma, que habría de dejar a la tristeza arañar suavemente mis días, aprender de nuevo a respirar, a vivir con esta ausencia que quema.
Luchar contra el olvido. Impedir que borre tu nombre el olvido, hijo, esa fue desde entonces mi única misión y cientos de compañeras leales, con idéntica herida en el alma, hallé en esa lucha. Jamás en ella me encontré sola.
Han pasado los años, tantos que parece imposible y aquí seguimos. Reuniéndonos cada jueves. Pañuelo en las cabezas, pancartas en las manos, cansancio en los rostros. Siguen aquí las huellas del pasado y con ellas nosotras, las madres, clamando vuestros nombres. Reclamando justicia y dignidad. Dando voz a tantos humillados.
Tantos destinos robados. Tanto dolor y muerte ocultos en crueles madrugadas. Tanto silencio. Tanta vergüenza.
Triste historia la mía. Historia de un amor, les dije, un amor eterno que más allá de la vida y la muerte perdura. Historia también de una espera, de un llanto, de un lamento, de un desgarro que contra el olvido resuena sobre una plaza inmortal en la que el tiempo un otoño se detuvo. Sombrío y feroz otoño de mi malherido Buenos Aires.





Relato publicado en el libro "Los Cuentos de las Estaciones". Valencia Escribe. Marzo 2.018.

viernes, 24 de agosto de 2018

Cuento de una noche de verano


Se llamaba Belinda y era la más bella muñeca del escaparate. Delicada, exquisitamente hermosa, una pequeña dama vestida de seda, encajes y suave terciopelo, ojos azules, rubor en las mejillas, rubios cabellos recogidos en perfectos bucles sobre su cuello de cera. Sentada al piano suspendidas las manos sobre las teclas unas veces, de pie tras el cristal otras, acunada en la nostalgia, siempre melancólica, indiferente y frágil, miraba la vida pasar. Etérea, suave, transparente, dulce como un sueño de infancia.
Los días en el almacén de antigüedades se iban así sucediendo uno tras otro, cada uno parecido al anterior −apacibles, perezosos, rutinarios− entre la admiración y la indolencia que la muñequita despertaba hasta que en algún momento y sin que nadie pudiera explicar cómo, algo muy extraño sucedió. Una mañana ardiente y luminosa de aquel lánguido e inacabable verano, la vitrina que hasta entonces ella ocupaba amaneció vacía. Belinda no estaba. En su lugar, el rastro deshojado de  una rosa blanca de cristal.
Cuentan que, enamorada de un titiritero que por aquel tiempo de paso se hallaba en la ciudad −un muchacho guapo de ojos grises y vivaces, rostro atezado por el sol e irresistible sonrisa soñadora− aturdida de amor, tras él huyó una noche de luna llena. Raudas y fugaces, divertidas, cómplices, chispeantes, atrevidas... cientos de perseidas en el firmamento destellaban y su magia y fantasía sobre el mundo aquella noche vertían.
Burlado de tan fantástico modo, casi por milagro, su destino de inanimado y lujoso juguete inalcanzable, de feria en feria, felices y sin rumbo, siempre juntos los dos, recorren desde entonces los caminos. Eternos vagabundos perdidos por  el mundo.
Sus vestidos ahora rasgados y en desorden, el cabello desgreñado, los brazos descascarillados, magullada su blanquísima piel de porcelana, nada en ella recuerda ya a la bella damisela, siempre al borde de la vida acurrucada, que alguna vez fue. Brillan sus ojos, antes tristes y apagados y un sentimiento desconocido, algo muy cercano a la esperanza, habita su alma. Y es que frente a él, por primera vez, su corazón latió. Una palabra, un gesto, una sonrisa a tiempo y... una vida que renace por arte de magia.
 Sucedió que sólo aquel joven alegre, descarado, irreverente y bohemio que por ventura quiso el azar  cruzar en su camino, fue capaz de consolar su dolor, de ver lo que nadie más acertó nunca a comprender: la soledad, la tristeza, el insondable vacío en que se ahogaba. Y sólo él le dio también una razón para soñar. Con la quietud y la inmensidad de un hechizo rozaron sus ojos los suyos, un beso con dulzura infinita dejó en sus labios y con bellas, suaves palabras de amor sus oídos arrulló. Como el regalo más precioso apareció para quererla cuando menos lo esperaba, para siempre borró las sombras del pasado y un nuevo destino, una vida entera le entregó: fulgurantes noches repletas de estrellas, tibios amaneceres cubiertos de rocío, cálidas brisas perfumadas de jazmín, la belleza muda de un instante en que nada pasa y pasa la vida. Ráfagas de alegría y felicidad, mariposas en el alma, secretos de amor, estremecimientos de ternura, caricias en el corazón... Latidos de magia y de poesía.
Y es que a veces, sólo a veces, los sueños se cumplen. Es entonces que el destello errante de una estrella, el acompasado latir de dos corazones, el dulce contacto de unas  manos que se unen, un abismo de soledad y silencio resquebraja, sombras y desdichas ahuyenta y una noche de verano misteriosa y hechicera al mundo deslumbra con su luz, con su encanto, con su embrujo y su belleza.






Relato publicado en el libro "Los Cuentos de las Estaciones". Valencia Escribe. Marzo 2.018.


domingo, 19 de agosto de 2018

Tras la máscara. Louisa May Alcott - Reseña



"No era una muchacha brillante y poseía pocas de esas encantadoras artes que cautivan a un hombre y le roban su corazón".

Continúa "D'Epoca Editorial" su magnífica labor de recuperar pequeñas joyas olvidadas de la literatura del XIX con "Tras la máscara", novela breve que  Louisa May Alcott (autora de la célebre "Mujercitas" y sin duda eclipsada −también encasillada− por su éxito) publicó por primera vez y bajo pseudónimo en 1.866.
Es este un relato de intriga que tiene por protagonista a una mujer fuerte, decidida, inteligente y ambiciosa, un personaje que en absoluto se ajusta a los cánones del momento, inmerso en una historia que desafía claramente el papel atribuido a las mujeres por la sociedad de la época y que contiene una carga de crítica social que de ningún modo la autora pretende enmascarar, que sorprende también por su tremenda fuerza psicológica y por el modo en que sobre él se sostiene toda la trama.
Cuidadísima la ambientación, el relato de los comportamientos sociales y el reflejo de esa  inevitable rigidez y encorsetamiento tan propios de las clases victorianas que se adivina siempre latente en las decisiones de los personajes. Muy bien mantenida la intriga y la tensión de la narración e inesperado y sorprendente un final cargado de frescura, inteligencia e ironía.
Una historia diferente, original y repleta de matices, recuperada ahora en una edición bellísima.

miércoles, 15 de agosto de 2018

A vuelta de correo


Mi queridísimo Miguel:

Tu carta me ha emocionado de un modo que no alcanzo a explicar. Tanto tiempo esperé, tanto lloré de soledad, tan por costumbre tuve siempre esconder mis sentimientos... Y de pronto ahora tu voz: dulce, serena, tan cálida, tan cercana. Un destello de poesía que rasga la penumbra. Y mi corazón, un corazón hondamente herido, se rinde sin remisión.
Quisieras verme, dices, después de tantos años. Y yo tiemblo de miedo y de ternura. El tiempo, implacable como suele, nunca perdona y de mí tan sólo quedan ya los restos doloridos de la mujer joven y hermosa que quizá alguna vez fui.
 Un alma cansada y vagabunda soy ahora. Un alma triste que disfraza de sonrisa su dolor que, con elegancia, decidió rendirse un día, blindarse para no sufrir, para no sucumbir jamás al desconsuelo. Una mujer herida, afligida por un dolor continuo de ausencia, que muy raramente cede al capricho de soñar despierta la fantasía de un amor eterno, mágico y sin duda para ella inalcanzable.
Tarde, muy tarde, comprendí cuánto duele la renuncia, lo no vivido, lo ya perdido para siempre.
No pudiste olvidarme, dices. Leo tus palabras una y otra y otra vez. Me asusta pensar que no seas real, que tal vez sólo en mi cabeza existas y vago como alma en pena con tus letras en las manos, incrédula, ilusionada e indecisa como nunca estuve. Quisiera protegerte, salvarte (salvarme) de la decepción que presiento. Y sin embargo...
No soy quien esperas. Es lo que trato de decir. Nunca lo fui y no pretendo engañarte. Pero el azar, tan caprichoso y enigmático siempre, cruzó en el camino la misma herida sin cicatriz de estos dos desconocidos y tal vez... si tú quisieras...

Con incertidumbre y esperanza: L

P.D. Rescátame de las sombras, te pido.






Este relato resultó seleccionado entre los finalistas del "III Concurso de Cartas Ojos Verdes Ediciones" y aparece publicado en la Antología del concurso "Cartas Quemadas". Agosto 2.018.

sábado, 4 de agosto de 2018

Otros tiempos


Tenía el gesto grave, la piel mate, muy seca, surcada por arrugas profundas como tajos de cuchillo, los párpados hinchados a causa del hambre, del frío y la falta de sueño. Apenas dormía, comía poco, mal, siempre a destiempo. Arrastraba su mirada una resignación honda y antigua, un cansancio de siglos, su corazón una dureza nacida de la mezquindad de los tiempos, de la costumbre de la miseria, de la más absoluta pobreza. Jamás nadie la vio llorar ni de sus labios escapó una queja. Seis criaturas colgaban siempre de sus faldas. Seis criaturas a las que alimentaba, vestía, cuidaba si enfermaban... Seis criaturas a las que nunca apretó fuerte contra el pecho ni sentó jamás a sus rodillas, con las que nunca bromeó al calor de la lumbre mientras pelaba judías o patatas ni enseñó a coser coloridos muñecos con retales y trapos, a las que nunca en noches de llanto consoló al dulce ritmo de una nana. Seis criaturas a las que jamás golpeó y de ningún modo maltrató pero a las  que tampoco nunca abrazó y pocas, muy pocas veces, besó. Se llamaba Juana. Así la recuerdo. Mi madre. Y aquellos −ácidos, doloridos, amargos− otros tiempos.








          Este relato resultó mencionado en el certamen julio-agosto 2.018 de "Esta Noche Te Cuento".

          http://estanochetecuento.com/otros-tiempos-marta-navarro/
          http://estanochetecuento.com/los-resultados-de-las-sabanas-de-garcia-rodero/


           Imagen: Cristina García Rodero.

domingo, 29 de julio de 2018

Tiempo de fiesta



Amanece. Sopla el viento y hace frío. Aún no ha roto el sol la madrugada y la humedad cala los huesos. Desapacibles e inhóspitas son pese al verano las noches de esta tierra tan lejana de mi hogar, tan ajena para mí, tan distante y de todo, de mi mundo entero, tan al norte. Así al menos yo las siento. Ningún destello hallo en ellas de lirismo, de alegría o de poesía.
Admito sin embargo que tal vez sólo sea esta impresión reflejo inevitable de mi ánimo sombrío, de la extraña melancolía que a esta hora intempestiva araña mi alma, de la sangre caliente y sureña que recorre mis venas.
Ha llovido. El perfil de la ciudad se dibuja entre los charcos. El lodo mancha las aceras. Poco a poco se concentran sobre ellas los primeros corredores. Sobrecogidos y temerosos entonan −apenas un murmullo− sus cánticos ancestrales. Rito atávico y secular en demanda de la bendición y de la ayuda de un santo al que por algún misterio que intuyo él mismo a comprender no alcanza, con mucho, poco o ningún fervor, durante estos días cruentos, feroces y desmedidos todos, propios y extraños, veneran.
 Comienzan los operarios de limpieza su tarea. Un día más se  preparan las calles para el espectáculo, para la épica, para el mito, para el deslumbramiento, para una rara, universal y provocadora fascinación.
Un eco antiguo de leyenda flota ya en el aire y todo lo impregna, un murmullo de aventuras, de dramas y tragedias, de amores y pasiones, el recuerdo omnipresente de una historia y unas letras inmortales, de una fábula turbulenta, desgarrada y magistral.
Arranca la fiesta. Ya se arremolina la multitud sobre las vallas, sobre los muros de piedra, ya truenan los tambores.
Una repentina y desconocida aprensión me vence de pronto. Un sentimiento triste que es derrota y desengaño, que es soledad y desamparo, decepción y amargura. Y rabia. Y  miedo.
Llega mi turno. Me preparo: cabeza erguida, músculos palpitantes. Un martilleo de cascos −vacas y cabestros− resuena sobre el empedrado. Las calles se intuyen atestadas, abarrotadas de gente por completo. Por ellas me dejo dócil guiar. Ningún resquicio encuentro que me permita verlas. El vocerío me aturde y me desorienta. Gritos, golpes, carreras, embestidas...  
Ebria de vino y sangre, la humillación, la crueldad y la muerte, una vez más, de nuevo y como siempre, sin pesar ni caridad, con solemne y devastador descaro, disfraza la tradición en esta hora, hoy aquí, de romanticismo, de ardor, de orgullo, de coraje y valentía.
Y sin embargo...   
Nunca hubo belleza en el dolor, debieran saberlo. Ningún atisbo de grandeza asomará jamás al rostro de quien tan innecesario daño causa.
Aterrado, aguardo con ansia el anochecer. El último, no me engaño, con absoluta lucidez lo espero. El que con clemencia infinita pondrá fin a esta tortura, a tantísimo desconcierto. El que atónito y generoso dará a mi espíritu alivio y le regalará la paz y el descanso eterno. El viento del sur, piadoso, cómplice, siempre conmigo compasivo, susurrará quizás entonces a mi oído muy suave y muy bajito dulces historias de un tiempo antiguo, amable y feliz y acunado en el recuerdo de una dehesa (¡ay, mi preciosa, mi añorada, mi indolente y serena dehesa!) de verdes pastos y ardientes ocasos, mi corazón herido se apagará tranquilo.
 Tal vez doblen entonces un breve instante las campanas y os preguntéis por quién. Lo harán por mí, por todos nosotros. Pero lo harán también y sobre todo −prestad atención a lo que ahora os digo− por esta tierra irredimible, por esta tierra dura, inmisericorde, inclemente y cruel.






Reto especial Toro de Lidia "Relatos Compulsivos". Segundo puesto.

sábado, 28 de julio de 2018

Cuerpos Celestes



En el firmamento sonríen burlonas las estrellas
Curiosas, despistadas, románticas y traviesas
De un amor bello e inmortal, guardianas sigilosas
Cómplices, protectoras, ardientes y veleidosas
El secreto de un hechizo amparan ellas con candor
Testigos imprevistos del más extraño conjuro de amor
Dos destinos paralelos, en el alba de los tiempos, el azar enlazó
Y a añorarse en la distancia a dos almas solitarias para siempre condenó
Sin presente, sin futuro, sin fe, sin esperanza
El amanecer es su momento y cuánto tienen
Su todo y su nada
Su instante de eternidad
Dolorido eco de un lamento que raudo en el aire se deshace
 <<Hasta mañana, amor...>>
Sobre el horizonte, ella se desdibuja deshecha en llanto
Sobre las nubes, él arde encendido de pasión




Poema para Zenda  #pasionesdeverano

viernes, 20 de julio de 2018

Ordesa. Manuel Vilas - Reseña


"Los muertos son la intemperie del pasado que llega al presente desde un aullido enamorado".

Es "Ordesa" una historia íntima y profunda, una autobiografía personal y familiar a medio camino entre la novela y la poesía, nacida del desagarro, del dolor y del desconsuelo. Una historia bella y muy conmovedora donde el autor, Manuel Vilas, trata de hallar sentido y dar explicación al dolor que, dice, desde niño lo acompaña y que acentúa ahora la muerte de los padres. Una historia sobre la pérdida continua que implica la vida, sobre el paso del tiempo, sobre la culpa, sobre el desarraigo, el miedo, la soledad, la vulnerabilidad  y la ausencia,  sobre el amor y la necesidad de querer y ser queridos que todos sentimos y que de todo nos redime.
Estructurada en capítulos muy breves, deja en ellos el narrador fluir sus pensamientos de un modo algo caótico pero no casual en un ejercicio de nostalgia que golpea, que duele y estremece.
 Recupera el autor de este modo su propia historia −también con ella la de una generación y un mundo que se extingue− y va trazando poco a poco la de esos tan queridos fantasmas familiares que últimamente lo acompañan, que siente ahora mucho más cercanos que cuando estaban vivos y con los que conversa del modo en que en su momento hubiera debido y no supo o no fue capaz de hacer. Necesita tanto sentir de nuevo su amor, sentir que su existencia y sus a veces extraños comportamientos tuvieron algún sentido, que intencionadamente los idealiza y los sublima hasta el punto de convertirlos en música, casi en magia.
Texto sincero y descarnado, tierno, irónico y ácido por momentos, muy valiente también, que deja al terminar una sensación de inmensa melancolía y honda tristeza.

jueves, 19 de julio de 2018

Nominación premios "Blogguer Recognition Award 2.018"

Agradecidísima a Mirna Gennaro que en su blog "La isla de los vientos" me nomina  al premio "Blogger Recognition Award 2.018".  Mil gracias, Mirna. Muy sorprendida, muy contenta y muy ilusionada por este reconocimiento.
Las reglas de la nominación son las siguientes:
1.- Escribir un post para dar a conocer la nominación
2.- Manifestar nuestro agradecimiento al blog que nos nomina e insertar un enlace a ese blog.
3.- Escribir sobre cómo comenzó nuestro blog
4.- Dar consejos a los nuevos bloggers
5.- Nominar a 15 blogs de los que seamos seguidores y a los que queremos otorgar este reconocimiento. No se puede incluir al blog que nos haya nominado.
6.- Comentar en cada blog nominado que los has nombrado y proporcionar el enlace al post que has creado.

Acerca del blog: Cuentos Vagabundos

"Cuentos Vagabundos" surgió como un modo de ir ordenando los pequeños escritos y relatos que se acumulaban en mi ordenador y por la circunstancia de que para poder  participar en un concurso era preciso incluir  el  enlace al blog en que el relato había sido publicado.
El nombre procede de una historia de Ana Mª Matute, una de mis escritoras favoritas, que habla del corazón viajero y vagabundo de los cuentos: vuelan en alas del viento, se esconden en los cruces de caminos, llegan de noche y luego se marchan, roban una nostalgia, dejan siempre una huella...

Consejos:

Me resulta muy difícil dar algún consejo más allá de cuidar al máximo el contenido de las entradas, responder siempre a los comentarios e implicarse en la comunidad bloguera leyendo y también comentando el trabajo de los compañeros.

Nominaciones:

3.- Rosa Berrós Canuria: http://elblogdelafabula.blogspot.com/
6.- Ana Palacios: http://anapalaciosv.es/
7.- Kirke Buscapina: https://buscapina7.blogspot.com/
8.- El Baile del Norte: https://www.elbailedenorte.com/
9.- Patxi Hinojosa Luján: http://patxihinojosalujan.blogspot.com/
11.- Julia C. Cambil:  http://dimitiendodemi.blogspot.com/
15.- Néstor Ravazza: http://nesravazza.blogspot.com/

Y por último, toca ahora avisar a los nominados. Un abrazo a todos y muchas gracias de nuevo, Mirna.

martes, 17 de julio de 2018

Viaje con Clara por Alemania. Fernando Aramburu - Reseña


"Salvo la escritura diaria no conozco ningún remedio efectivo contra los cielos grises y el exceso de soledad".

Anterior a "Patria" y en un tono y un estilo por completo diferente, "Viaje con Clara por Alemania" de Fernando Aramburu es la divertidísima crónica del viaje que emprende la pareja protagonista de la novela a fin de que Clara, profesora de instituto y escritora vocacional, pueda cumplir el encargo de su editorial respecto a la redacción del libro de viajes que le ha sido encomendado.
Será sin embargo el marido de Clara, esforzado acompañante y paño de lágrimas de la escritora, cuyo nombre no llegaremos a conocer, quien a fin de ocupar sus ratos libres y combatir el aburrimiento, se convierta sin apenas darse cuenta en narrador de la historia haciendo un relato paralelo de sus peripecias a ratos irónico, ácido, burlón, irreverente pero también por momentos muy tierno y emotivo y, en todo caso, siempre muy original y divertido.
A través de este recurso y enlazando multitud de situaciones y anécdotas hilvana el autor un relato que, mucho más allá de los pormenores del viaje, aborda en realidad y de un modo nada encubierto temas como las relaciones de pareja, la importancia de los lazos familiares o los absurdos comportamientos de ciertas élites culturales y sociales, defensoras siempre de lo políticamente correcto que la narración deja del todo en  evidencia.
Logradísimos los dos personajes principales, sus personalidades contrapuestas, sus discusiones continuas, sus bromas, los infinitos detalles que poco a poco nos revelan de su vida cotidiana y de una convivencia que al instante adivinamos repleta de amor, de complicidad, de magia y de comprensión.
Una novela sencilla, inteligente, imaginativa, muy entretenida y muy sorprendente.

lunes, 9 de julio de 2018

Lucy


Me llamo Lucía. Un nombre precioso ¿no creen? A mí me lo parece y odio por eso que me llamen Lucy. Pero... todo el mundo lo hace. A estas alturas sé bien que ya perdí la batalla y trato de no darle demasiada importancia. Aunque lo odio, ya digo, el dichoso diminutivo. Pero, discúlpenme, no pretendía hablarles de mí −maldita manía de andarme siempre por las ramas− quería contarles de Anna y si tan difícil me resulta no colarme en su historia es porque, desde el momento en que apareció en mi vida, esta niña ha sido siempre mi mejor (¿única?) amiga, mi amiga del alma. ¡Ay! ¡Si supieran qué extrañas, pero qué extrañas, suenan estas palabras en mi boca! Ustedes apenas me conocen y sé que esto que les cuento muy buena impresión no les ha de causar, pero sinceridad obliga y debo reconocer por eso que siempre fui algo huraña y desconfiada. No me gusta la gente, esa es la verdad. Ni mucho ni poco. Es así. Nada puedo hacer y nada importa ya la causa.

En fin. Anna, les decía, tiene diez años. Es una niña alta, pecosa, algo pícara y tremendamente divertida. Muy lista, también. Le encanta la física (de mayor quiere ser astronauta recalca con firmeza a la menor oportunidad), las historias de misterio y los cuentos de piratas pero, por encima de todo, con una pizquita de orgullo diré que lo que más le gusta en el mundo son mis travesuras, mis juegos, mi compañía. Nos compenetramos a la perfección y nunca, nunca jamás, nos aburrimos juntas. Adivino lo que piensa y lo que siente sólo con mirarla. Si la noto triste, ávida y mimosa, reclamo entonces sus caricias y al instante −método infalible− entre mis rizos su melancolía se diluye. También es valiente. Mucho. Muchísimo. La chiquilla más valiente que conozco. Ella lo es todo para mí: la razón de mis desvelos, de mi aprendizaje, de mi existencia... Un laberinto de azares sorteamos juntas cada día. Siempre yo su luz entre las sombras. Su brújula y su norte. Sus ojos  y su guía.  





     Tercer premio "Relatos Compulsivos" julio 2.018.

martes, 3 de julio de 2018

Domingos de fútbol



Tarde de domingo. Al fin. Nunca le gustó el fútbol, sigue sin gustarle y, sin embargo, de un tiempo a esta parte, María adora las tardes de fútbol y domingo.
Arranca el carrusel deportivo, escucha a lo lejos los primeros acordes de su inconfundible sintonía y, sin apenas darse cuenta, casi casi a traición, sus labios se curvan en algo parecido, muy parecido, a una sonrisa. Inevitable la melancolía, atravesada de pasado y de nostalgia, al instante piensa en sus hermanos, Javier y Pablo.
Y, uno tras otro, se le amontonan los recuerdos.
Imposible explicar cuánto los añora. Los echa tanto de menos que, incluso el ardor con que de niña discutía con ellos las tardes de domingo, de algún lugar muy remoto rescata ahora su memoria con una pizca de emoción y de ternura.
Aquellos dos grandullones, forofos impenitentes siempre a la carrera tras un balón, siempre inventando goles y regates imposibles, planeando ataques, defensas, tácticas, estrategias... lograban a veces (con absoluta premeditación, aseguraba ella por entonces) sacarla de quicio. La enfurecía hasta lo indecible que nunca, por mucho que suplicara −y vaya si lo hacía− la dejaran ver la película que había esperado con paciente e impecable devoción cinéfila durante toda la semana o el nuevo capítulo de la serie que a la mañana siguiente, seguro todo el mundo −salvo ella, por supuesto− comentaría en el instituto y que, por alguna incomprensible y maldita casualidad, coincidía siempre, pero siempre, con la hora exacta del partido. Pese a todo, aunque a ratos los odiara a muerte y legendarias fueran sus peleas, al final acababa celebrando junto a ellos (unida al enemigo, qué remedio) los goles de su equipo, saltando todos como locos sobre los cojines del sofá.
¡Ay! ¡Si supieran ahora...!  
Pero ocurre que el tiempo pasa, que las cosas cambian y que para ella han cambiado mucho. Muchísimo. Tanto que las tardes de fútbol y domingo son ahora, sin duda alguna, su momento favorito.
A la hora convenida comienzan a llegar los amigos, esa peña futbolera de Ricardo que más que asociación parece ciertamente una hermandad y de inmediato, la casa se llena de voces, de provocaciones, de risas, de olor a pizza y sabor a cerveza. Un ambiente festivo y delirante que quiebra de un plumazo la inevitable y agotadora rutina diaria, todo lo invade y no hay en el mundo en ese instante nadie (persona, animal o cosa)  más feliz que ese grupo exultante, fervoroso y jovial.
María no sabe quiénes ni cuántos son esos semanales invitados. No los conoce, probablemente nunca lo hará y aun así, cada domingo, espera con ansia su visita. Hasta ella tan sólo llega de cuando en cuando un eco lejano de gritos, de goles, el sonido amortiguado de una radio o un televisor... Nunca los ve, los adivina en la distancia, siente su presencia, los intuye y eso la calma. Ni siquiera ya inventa como hacía antes, al principio, cuando aún guardaba su corazón algún latido de osadía o de esperanza, arriesgados modos de captar su atención ni fantasea la fortuna de que alguna de esas tardes, una tarde de fútbol cualquiera, alguien desenmascare con arrojo ese espejismo y al fin a ella de su cautiverio la rescate, o tan sólo durante un segundo, no más que un segundo, presienta levemente su existencia. Sabe −catastrófica y desengañada es su certeza− que no sucederá, que entre los recovecos del tiempo hace ya mucho se perdió para siempre y sin remedio su aliento y su recuerdo. Y así, prendida la mirada de un deseo cándido, ilusorio, imposible, cobra forma domingo tras domingo en su interior una emoción a la que no logra poner nombre, una profunda sensación de pérdida, una nostalgia incurable, cierta piedad amarga y dolorida por esos minúsculos instantes que, no sabría decir cómo, lograron atravesar el pasado y llegaron hasta ella de otro mundo como ingenuos polizones.
Y, aunque no le gusta el fútbol, nunca le gustó y sigue por supuesto sin gustarle, María adora las tardes de fútbol y domingo. Tardes que, por algún afortunado sortilegio, aplacan la ferocidad del monstruo y a su prisionera regalan noventa preciosos minutos de paz. Con suerte, quizá alguno más.   





Relato para Zenda #historiasdefútbol

sábado, 30 de junio de 2018

Escamada




¡Qué susto! ¡Y qué vergüenza! ¡Si hubierais visto cómo corrí! En un instante comprendí lo que sucedía y a la velocidad del rayo escapé de allí. ¡Ay, Dios! ¿Qué habrán pensado de mí? Pero ¿qué otra cosa podía hacer si ya empezaba mi cuerpo a transformarse? Pensé que no lo lograría, que descubrirían mi impostura y para siempre me enjaularían como a un absurdo y vulgar monito de feria. ¿Y qué creéis que hubiera sucedido entonces? Expuesto mi secreto a la curiosidad malsana de tanto entrometido, mi vida ya nunca habría vuelto a ser la misma. Sé que yo no hubiera podido soportarlo y por eso fue que me asusté tanto. Sí, me asusté muchísimo, lo reconozco. Y pese a todo... ¡Ay! ¡Haber tenido que huir de esa manera! ¡Quién iba a imaginarlo! Y justo, lástima, cuando mi plan rodaba ya a las mil maravillas. Aquella hechicera maldita tuvo la culpa ¡mira qué confundir el embrujo...! ¡Las doce campanadas pertenecen a otro cuento! Todo el mundo sabe que nunca −¡nunca jamás!− tuvieron nada que ver con el mar y sus sirenas.




Imagen: Benoit Courti.

jueves, 21 de junio de 2018

Un susurro en la oscuridad. Louisa May Alcott - Reseña


"El intenso deseo de penetrar aquel secreto me colmó con su vieja inquietud".

"Un susurro en la oscuridad" de Louisa May Alcott es una novela breve  que podría incluirse en la categoría de nouvelle. Fue publicada bajo pseudónimo por primera vez en 1.863 y ha permanecido inédita en castellano hasta el año 2.016 cuando fue al fin  recuperada por el sello "Hermida Editores".
 Sin duda el enorme éxito de "Mujercitas" eclipsó la restante producción literaria de Alcott y es ese uno de los motivos por  el que esta novela, tan diferente de aquella, resulta también tan sorprendente. En muy pocas páginas construye la autora una historia interesante y profunda repleta de secretos, de giros argumentales y recursos propios del terror gótico. Fundamental en tal sentido resulta el aspecto psicológico de una narración en primera persona que de inmediato traslada al lector los sentimientos de angustia, impotencia, desasosiego,  incertidumbre o desesperación que sufre la protagonista y lo introduce con un ritmo ágil y trepidante en la misma atmósfera asfixiante en que ella se halla inmersa.
Historia intensa y oscura que pese a comenzar como una de esas novelas románticas, despreocupadas y ligeras, tan propias de la época, pronto deriva hacia el suspense y el misterio para abordar también temas muy novedosos en ese momento: las drogas, la locura, la manipulación mental o la libertad, siempre coartada, de acción y pensamiento de las mujeres. Todo ello en una narración muy medida, muy bien ambientada y muy bien estructurada.

sábado, 9 de junio de 2018

Confesiones de un marino



Aparecieron de la nada. Apenas había amanecido, el mar estaba en calma y el cielo sin estrellas, cuando desde la cofa del palo mayor, en lo más alto del puesto de observación, el grito del vigía dio la voz de alerta. Todos los miembros de la tripulación corrimos entonces a cubierta y, en ese instante, todavía mucho más perplejos que horrorizados frente a aquel imprevisto espectáculo, expectantes y aturdidos, contemplamos como la espesa cortina de niebla muy baja y oscura que a esa hora aún nos envolvía, se transformaba como por ensalmo en una magnífica y poderosísima escuadra naval, desafiante, amenazadora y en extremo temible. Medio centenar de navíos de línea, de galeones, de corbetas y fragatas, navegaba rumbo norte hacia nosotros, todas las velas desplegadas, bien pertrechados y listos para el combate.
Era −¡cómo olvidarlo!− el verano de 1.780. Escoltados por la flota del Canal de la Mancha, entre vítores y aclamaciones, arropados por la euforia y la alegría con que en aquella época era habitual despedir a marinos y tropas, habíamos zarpado del puerto de Portsmouth muy pocos días atrás. Cincuenta y cinco buques que en un punto secreto (eso creímos) del Atlántico habríamos poco después de dividirnos y que hasta entonces tendría yo bajo mi mando. Unos partirían luego rumbo a la India como apoyo a la guerra colonial que allí se libraba. Otros hacia las colonias de ultramar portando, junto al muy necesario −casi a aquellas alturas de la guerra yo diría imprescindible− refuerzo de oficiales y soldados de infantería a ellas destinado, un valiosísimo cargamento de armas, pólvora, provisiones, lingotes y monedas de oro. Mantener operativa a la esforzada y ya muy exhausta flota británica que, durante cinco larguísimos años había luchado por sofocar la rebelión desatada en aquella parte del mundo era en realidad la principal misión de nuestra expedición.
Navegar alejados de las costas ibéricas y de las rutas comerciales fueron nuestras órdenes. Evitar un encuentro con navíos españoles o franceses −aliados ¡cómo no! de los sublevados− resultaba vital. No lo logramos.
No sé como ocurrió. Los malditos españoles −¡malditos! ¡malditos todos sean!− nos tomaron por sorpresa. Con la primera luz del día, aquella madrugada del 9 de agosto, se torció nuestra suerte y, en medio del océano, aislados y rodeados de velas enemigas, nos encontramos cercados por completo. Muy poco después, se desató el infierno.
La batalla fue feroz. De los costados de los navíos, durante horas, tronaron los cañones en una interminable sucesión de fogonazos y ensordecedoras estampidas. Densas nubes de humo blanco cubrieron el cielo por un tiempo que parecía no tener fin, ocultando tras ellas jarcias, velas y cascos.  Inmisericorde y brutal retumbó la artillería mientras crepitaba en las cubiertas de los barcos el fuego de mosquetes, de arcabuces y fusiles. Remolinos de fuego y pólvora incendiaron el océano. Palos tronchados, cubiertas destrozadas, obenques cayendo de los mástiles, nubes de astillas, balas, metralla, gritos, sangre, muerte y devastación.
Tantos años después, aún hoy tortura mis insomnios el recuerdo de aquella jornada fatídica y terrible. Cierro los ojos y, puntuales, regresan mis fantasmas. Voces y rostros, acusadores y severos, reaparecen ante mí. Con ellos el olor a salitre y a pólvora quemada, el estrépito de disparos y explosiones, la confusión, el desconcierto, el dolor, la impotencia, el miedo.
Cincuenta y dos buques fueron aquel día capturados, más de tres mil soldados apresados, toda la mercancía confiscada. Innegable fue la victoria española y catastrófica para la corona inglesa −bien lo sé− resultó nuestra derrota.
¿Qué puedo decir? La superioridad del enemigo era tan abrumadora. Nada pudimos hacer. Imposible era evitar el desastre. Se trataba sólo de tiempo, cuestión de tiempo, lo supe de inmediato. Y sin embargo...
Un peso terrible carga desde entonces mi conciencia. Los abandoné. Los buques de escolta huían en desbandada y, camuflado entre su tripulación, sin apenas pensar en lo que hacía, con ellos yo −John Moutray, capitán de la marina real de guerra, al servicio siempre de su majestad− me di a la fuga.  Abandoné a mis hombres. Sí, eso fue lo que hice. Que Dios o el Diablo me perdonen pues no hay, para un marino, mayor cobardía ni más irreparable traición.
Nada puedo alegar en mi favor más allá de un arrepentimiento largo, cierto, profundo y sincero; de los escrúpulos y remordimientos que, a toda hora, arruinan desde entonces la paz de mi alma; de esta tardía y del todo  inútil confesión.
Pagué mi pecado, cierto es. Fui juzgado. Cumplí condena. Expié mi culpa. Y, sin sobresaltos, prosiguió mi vida. Jamás, sin embargo, ni un solo instante, en lo más hondo de mi corazón, me mantuve a salvo del deshonor y la vergüenza. Jamás hallé la calma. Jamás ante mí mismo perdoné aquella lejana y tan bochornosa deshonra. Y jamás, nunca jamás, olvidé un nombre. Un nombre sin rostro que de continuo atormenta mis horas, que a destiempo invade todas mis noches y días. Un nombre que aguijonea, inclemente, mis sienes, que enciende mi sangre, que remueve recuerdos, que castiga mi tiempo y tortura mi mente nerviosa, tan herida. El nombre del enemigo, del adversario audaz, del héroe −artífice también de este nuevo mundo que recién ahora nace y aún está por llegar− que, a buen seguro, con honores revivirá un día su hazaña al calor de la memoria y al amparo de la Historia. El nombre del almirante que aquel verano aciago, quizá sin saberlo, seguro sin pretenderlo, destrozó sin remedio mi vida.
 ¡Malditos! ¡Malditos españoles! ¡Maldito Luis de Córdova! ¡Malditos todos sean!








          Relato para Zenda #bajodosbanderas

domingo, 3 de junio de 2018

Éxodo



Habían pasado dos años desde que la fatalidad se enredó a mis días, dos larguísimos y angustiosos años de rabia e incertidumbre, cuando perdí toda esperanza y comprendí que aquel episodio de mi vida no habría de ser −¡con qué facilidad en un primer momento me engañé!− una circunstancia pasajera. Asumí de golpe en ese instante que estaba solo, abandonado por completo, herido de  muerte.  Me abandonaron, sí. Todos. Muy poco a poco primero y a la carrera después. No les culpo. No lo hice entonces y tampoco habré de hacerlo ahora. Resistieron a mi lado hasta el último momento, mucho más allá de lo conveniente y sin duda de lo sensato o de lo prudente. Fue, reconozco, cuestión de supervivencia. Debo admitir también por mucho que duela −y cierto es que en lo más hondo del alma me duele− que el día menos pensado yo los hubiera acabado matando. Marcharon resignados, con lágrimas en los ojos y el corazón en pedazos, prometiendo un regreso que ahora sé nunca llegará.
Lenta e implacable, durante días, meses, años, se fraguó mi desgracia. La vi venir de frente. Todos lo hicimos. Supe de inmediato que antes o después me vencería. Pese a ello vendí (vendimos) cara la piel.
Es triste la soledad, esta rutina inclemente de horas vacías, de memoria arrasada y recuerdos borrosos. Voces y rostros  se desdibujan poco a poco entre tanto abandono, entre tantísima nada, aunque a veces −pocas pero a veces− hasta mí trae el viento un eco lejano de juegos, de canciones, de susurros, de alegrías, de amores y risas... y es entonces que, inmerso en ese dulce espejismo, recuerdo con sorpresa quien fui y soy un instante de nuevo feliz.
Nada queda de aquel tiempo. Todo en humo se ha desvanecido. Escenarios, ilusiones, amigos y horizontes. Primero desapareció la escuela, después la carretera, más tarde la mezquita y el mercado y por último el hospital. Fueron días aquellos de horror y desconcierto, de incredulidad, de agonía, de ira y desamparo. Pese a todo, en medio del caos y el espanto, aún nos aferrábamos entonces a un resquicio de esperanza. Cuando la perdimos, cuando dejamos de rezar por un milagro que ya adivinamos imposible, comenzó nuestro éxodo y, al fin, un mal día yo −triste espectro de mí mismo− me hallé deshabitado y solo por completo. En el centro mismo del infierno.
Así permanezco. Las aves carroñeras se adueñaron hace mucho de  mi tierra. Me observan desde lo alto. Una y otra vez, incansables y expectantes, en silencio, trazan círculos sobre mí. El paisaje es desolador. Nada queda de la vida y la belleza de otro tiempo. Cenizas, vegetación muerta, columnas de fuego, destrucción e indiferencia, es cuánto me rodea. Tierra yerma, heridas que supuran, que sangran y no cicatrizan. Que jamás lo harán.
Puntuales, día tras día, las bombas continúan cayendo. Sobre mis escombros. Sobre esta infinita y devastadora soledad.
Me cuenta algunas noches el dolorido vaivén de las olas que alguien −grabada a fuego en mirada y piel nuestra desgracia− grita en ocasiones mi nombre a las puertas de Europa. Murmura su llanto de espuma que, de mi gente nunca nadie se apiada, que nadie nos recuerda, que nadie comprende, que nadie se conmueve, que nadie nos llora, que nunca nadie nuestro dolor escucha. Y así, invisibles y etéreos fantasmas, tristes ánimas torturadas y penitentes, cruzamos −siempre yo junto a ellos y en su corazón mi derrota− cordilleras, desiertos, océanos y mares. Sin fe ni esperanza. Sin descanso. Sin hallar justicia, consuelo ni alivio. Eternos vagabundos sin albergue. Errantes peregrinos sin paz y sin asilo.  








          Reto aniversario "Relatos Compulsivos". Segundo puesto.