jueves, 21 de junio de 2018

Un susurro en la oscuridad. Louisa May Alcott - Reseña


"El intenso deseo de penetrar aquel secreto me colmó con su vieja inquietud".

"Un susurro en la oscuridad" de Louisa May Alcott es una novela breve  que podría incluirse en la categoría de nouvelle. Fue publicada bajo pseudónimo por primera vez en 1.863 y ha permanecido inédita en castellano hasta el año 2.016 cuando fue al fin  recuperada por el sello "Hermida Editores".
 Sin duda el enorme éxito de "Mujercitas" eclipsó la restante producción literaria de Alcott y es ese uno de los motivos por  el que esta novela, tan diferente de aquella, resulta también tan sorprendente. En muy pocas páginas construye la autora una historia interesante y profunda repleta de secretos, de giros argumentales y recursos propios del terror gótico. Fundamental en tal sentido resulta el aspecto psicológico de una narración en primera persona que de inmediato traslada al lector los sentimientos de angustia, impotencia, desasosiego,  incertidumbre o desesperación que sufre la protagonista y lo introduce con un ritmo ágil y trepidante en la misma atmósfera asfixiante en que ella se halla inmersa.
Historia intensa y oscura que pese a comenzar como una de esas novelas románticas, despreocupadas y ligeras, tan propias de la época, pronto deriva hacia el suspense y el misterio para abordar también temas muy novedosos en ese momento: las drogas, la locura, la manipulación mental o la libertad, siempre coartada, de acción y pensamiento de las mujeres. Todo ello en una narración muy medida, muy bien ambientada y muy bien estructurada.

sábado, 9 de junio de 2018

Confesiones de un marino



Aparecieron de la nada. Apenas había amanecido, el mar estaba en calma y el cielo sin estrellas, cuando desde la cofa del palo mayor, en lo más alto del puesto de observación, el grito del vigía dio la voz de alerta. Todos los miembros de la tripulación corrimos entonces a cubierta y, en ese instante, todavía mucho más perplejos que horrorizados frente a aquel imprevisto espectáculo, expectantes y aturdidos, contemplamos como la espesa cortina de niebla muy baja y oscura que a esa hora aún nos envolvía, se transformaba como por ensalmo en una magnífica y poderosísima escuadra naval, desafiante, amenazadora y en extremo temible. Medio centenar de navíos de línea, de galeones, de corbetas y fragatas, navegaba rumbo norte hacia nosotros, todas las velas desplegadas, bien pertrechados y listos para el combate.
Era −¡cómo olvidarlo!− el verano de 1.780. Escoltados por la flota del Canal de la Mancha, entre vítores y aclamaciones, arropados por la euforia y la alegría con que en aquella época era habitual despedir a marinos y tropas, habíamos zarpado del puerto de Portsmouth muy pocos días atrás. Cincuenta y cinco buques que en un punto secreto (eso creímos) del Atlántico habríamos poco después de dividirnos y que hasta entonces tendría yo bajo mi mando. Unos partirían luego rumbo a la India como apoyo a la guerra colonial que allí se libraba. Otros hacia las colonias de ultramar portando, junto al muy necesario −casi a aquellas alturas de la guerra yo diría imprescindible− refuerzo de oficiales y soldados de infantería a ellas destinado, un valiosísimo cargamento de armas, pólvora, provisiones, lingotes y monedas de oro. Mantener operativa a la esforzada y ya muy exhausta flota británica que, durante cinco larguísimos años había luchado por sofocar la rebelión desatada en aquella parte del mundo era en realidad la principal misión de nuestra expedición.
Navegar alejados de las costas ibéricas y de las rutas comerciales fueron nuestras órdenes. Evitar un encuentro con navíos españoles o franceses −aliados ¡cómo no! de los sublevados− resultaba vital. No lo logramos.
No sé como ocurrió. Los malditos españoles −¡malditos! ¡malditos todos sean!− nos tomaron por sorpresa. Con la primera luz del día, aquella madrugada del 9 de agosto, se torció nuestra suerte y, en medio del océano, aislados y rodeados de velas enemigas, nos encontramos cercados por completo. Muy poco después, se desató el infierno.
La batalla fue feroz. De los costados de los navíos, durante horas, tronaron los cañones en una interminable sucesión de fogonazos y ensordecedoras estampidas. Densas nubes de humo blanco cubrieron el cielo por un tiempo que parecía no tener fin, ocultando tras ellas jarcias, velas y cascos.  Inmisericorde y brutal retumbó la artillería mientras crepitaba en las cubiertas de los barcos el fuego de mosquetes, de arcabuces y fusiles. Remolinos de fuego y pólvora incendiaron el océano. Palos tronchados, cubiertas destrozadas, obenques cayendo de los mástiles, nubes de astillas, balas, metralla, gritos, sangre, muerte y devastación.
Tantos años después, aún hoy tortura mis insomnios el recuerdo de aquella jornada fatídica y terrible. Cierro los ojos y, puntuales, regresan mis fantasmas. Voces y rostros, acusadores y severos, reaparecen ante mí. Con ellos el olor a salitre y a pólvora quemada, el estrépito de disparos y explosiones, la confusión, el desconcierto, el dolor, la impotencia, el miedo.
Cincuenta y dos buques fueron aquel día capturados, más de tres mil soldados apresados, toda la mercancía confiscada. Innegable fue la victoria española y catastrófica para la corona inglesa −bien lo sé− resultó nuestra derrota.
¿Qué puedo decir? La superioridad del enemigo era tan abrumadora. Nada pudimos hacer. Imposible era evitar el desastre. Se trataba sólo de tiempo, cuestión de tiempo, lo supe de inmediato. Y sin embargo...
Un peso terrible carga desde entonces mi conciencia. Los abandoné. Los buques de escolta huían en desbandada y, camuflado entre su tripulación, sin apenas pensar en lo que hacía, con ellos yo −John Moutray, capitán de la marina real de guerra, al servicio siempre de su majestad− me di a la fuga.  Abandoné a mis hombres. Sí, eso fue lo que hice. Que Dios o el Diablo me perdonen pues no hay, para un marino, mayor cobardía ni más irreparable traición.
Nada puedo alegar en mi favor más allá de un arrepentimiento largo, cierto, profundo y sincero; de los escrúpulos y remordimientos que, a toda hora, arruinan desde entonces la paz de mi alma; de esta tardía y del todo  inútil confesión.
Pagué mi pecado, cierto es. Fui juzgado. Cumplí condena. Expié mi culpa. Y, sin sobresaltos, prosiguió mi vida. Jamás, sin embargo, ni un solo instante, en lo más hondo de mi corazón, me mantuve a salvo del deshonor y la vergüenza. Jamás hallé la calma. Jamás ante mí mismo perdoné aquella lejana y tan bochornosa deshonra. Y jamás, nunca jamás, olvidé un nombre. Un nombre sin rostro que de continuo atormenta mis horas, que a destiempo invade todas mis noches y días. Un nombre que aguijonea, inclemente, mis sienes, que enciende mi sangre, que remueve recuerdos, que castiga mi tiempo y tortura mi mente nerviosa, tan herida. El nombre del enemigo, del adversario audaz, del héroe −artífice también de este nuevo mundo que recién ahora nace y aún está por llegar− que, a buen seguro, con honores revivirá un día su hazaña al calor de la memoria y al amparo de la Historia. El nombre del almirante que aquel verano aciago, quizá sin saberlo, seguro sin pretenderlo, destrozó sin remedio mi vida.
 ¡Malditos! ¡Malditos españoles! ¡Maldito Luis de Córdova! ¡Malditos todos sean!








          Relato para Zenda #bajodosbanderas

domingo, 3 de junio de 2018

Éxodo



Habían pasado dos años desde que la fatalidad se enredó a mis días, dos larguísimos y angustiosos años de rabia e incertidumbre, cuando perdí toda esperanza y comprendí que aquel episodio de mi vida no habría de ser −¡con qué facilidad en un primer momento me engañé!− una circunstancia pasajera. Asumí de golpe en ese instante que estaba solo, abandonado por completo, herido de  muerte.  Me abandonaron, sí. Todos. Muy poco a poco primero y a la carrera después. No les culpo. No lo hice entonces y tampoco habré de hacerlo ahora. Resistieron a mi lado hasta el último momento, mucho más allá de lo conveniente y sin duda de lo sensato o de lo prudente. Fue, reconozco, cuestión de supervivencia. Debo admitir también por mucho que duela −y cierto es que en lo más hondo del alma me duele− que el día menos pensado yo los hubiera acabado matando. Marcharon resignados, con lágrimas en los ojos y el corazón en pedazos, prometiendo un regreso que ahora sé nunca llegará.
Lenta e implacable, durante días, meses, años, se fraguó mi desgracia. La vi venir de frente. Todos lo hicimos. Supe de inmediato que antes o después me vencería. Pese a ello vendí (vendimos) cara la piel.
Es triste la soledad, esta rutina inclemente de horas vacías, de memoria arrasada y recuerdos borrosos. Voces y rostros  se desdibujan poco a poco entre tanto abandono, entre tantísima nada, aunque a veces −pocas pero a veces− hasta mí trae el viento un eco lejano de juegos, de canciones, de susurros, de alegrías, de amores y risas... y es entonces que, inmerso en ese dulce espejismo, recuerdo con sorpresa quien fui y soy un instante de nuevo feliz.
Nada queda de aquel tiempo. Todo en humo se ha desvanecido. Escenarios, ilusiones, amigos y horizontes. Primero desapareció la escuela, después la carretera, más tarde la mezquita y el mercado y por último el hospital. Fueron días aquellos de horror y desconcierto, de incredulidad, de agonía, de ira y desamparo. Pese a todo, en medio del caos y el espanto, aún nos aferrábamos entonces a un resquicio de esperanza. Cuando la perdimos, cuando dejamos de rezar por un milagro que ya adivinamos imposible, comenzó nuestro éxodo y, al fin, un mal día yo −triste espectro de mí mismo− me hallé deshabitado y solo por completo. En el centro mismo del infierno.
Así permanezco. Las aves carroñeras se adueñaron hace mucho de  mi tierra. Me observan desde lo alto. Una y otra vez, incansables y expectantes, en silencio, trazan círculos sobre mí. El paisaje es desolador. Nada queda de la vida y la belleza de otro tiempo. Cenizas, vegetación muerta, columnas de fuego, destrucción e indiferencia, es cuánto me rodea. Tierra yerma, heridas que supuran, que sangran y no cicatrizan. Que jamás lo harán.
Puntuales, día tras día, las bombas continúan cayendo. Sobre mis escombros. Sobre esta infinita y devastadora soledad.
Me cuenta algunas noches el dolorido vaivén de las olas que alguien −grabada a fuego en mirada y piel nuestra desgracia− grita en ocasiones mi nombre a las puertas de Europa. Murmura su llanto de espuma que, de mi gente nunca nadie se apiada, que nadie nos recuerda, que nadie comprende, que nadie se conmueve, que nadie nos llora, que nunca nadie nuestro dolor escucha. Y así, invisibles y etéreos fantasmas, tristes ánimas torturadas y penitentes, cruzamos −siempre yo junto a ellos y en su corazón mi derrota− cordilleras, desiertos, océanos y mares. Sin fe ni esperanza. Sin descanso. Sin hallar justicia, consuelo ni alivio. Eternos vagabundos sin albergue. Errantes peregrinos sin paz y sin asilo.  








          Reto aniversario "Relatos Compulsivos". Segundo puesto.

viernes, 1 de junio de 2018

Cómicos



Mi vida cambió para siempre −quizá más acertado sería decir que de veras comenzó− una tarde de diciembre. Una de esas tardes invernales de oscuridad temprana y frío inmisericorde en que, recuerdo, había llovido sin tregua y, como por entonces solía ocurrir −tanto tiempo hace ya que casi parece imposible− agua y lodo habían vuelto intransitables las calles en algunos trechos. Una pequeña compañía de artistas, tan pequeña que ni nombre tenía, acababa de llegar al pueblo y a punto estuvo la lluvia de arruinar su primera función.  Por suerte, no lo hizo.
No eran aquellos buenos tiempos para los cómicos, nunca ninguno lo fue en realidad. Aunque la nostalgia endulce ahora el recuerdo e, incluso a mí, hoy pueda parecer romántica y hasta divertida  la vida que aquellos trotamundos −pobres actores sin suerte− llevaban: hoy aquí, mañana allí, siempre de pueblo en pueblo, de camino en camino, bultos, alegrías, desamparos, sueños, tristezas e ilusiones al hombro... no, no lo eran en absoluto.
Yo, por entonces un niño, de aquella época apenas ya nada recuerdo. Un estado de ánimo, tal vez, una melancolía permanente que todo lo envolvía. Hasta aquel diciembre. Hasta aquella gélida, desapacible y pese a ello afortunada tarde de diciembre que con tanta fuerza y de tan irreversible modo mi vida marcó.
Apenas cesó la lluvia e iluminó la luna la penumbra, el aire se llenó de voces. Había dado comienzo la función. El público muy escaso pero entregado: campesinos de rostros curtidos por el sol, por los vientos y la vida, gastados por el tiempo y la pobreza que reían, se emocionaban, lloraban y con entusiasmo aplaudían al compás que la historia marcaba, cautivados por el sonido, por la magia y el misterio de unas palabras que quizás no alcanzaran a comprender del todo pero que, en aquel momento, con certeza sabían sólo para ellos rescatadas del olvido y de las sombras.
Fue entonces que en mi fuero interno, en un lugar muy secreto, una ilusión dormida despertó. Una felicidad nueva, desconocida, mía únicamente, de improviso brotó en mi alma y aquel niño algo triste y solitario que hasta entonces yo era, comenzó a soñar sueños que nunca antes había sentido suyos. Un latido dulce y cálido, algo que apenas sabía nombrar, conquistó su corazón. Una belleza desconocida e inesperada que sin remedio para siempre lo apresó.
De allí marcharon poco después los cómicos rumbo a otros destinos sin conocer la huella que tras ellos dejaban: una criatura rendida, enamorada, para siempre cautiva de la más bella profesión que, sin duda, jamás en el mundo existió. Aunque, tal vez... tal vez algo sí que adivinaran después de todo. Imposible debió ser no advertir aquella mirada atónita, hipnotizada, que desde la primera fila, deshecha en llanto, al mundo gritaba su emoción.

Tantos años desde entonces ya pasaron, tantas candilejas, emociones, bambalinas y escenarios, tantos personajes noche a noche en mi piel cobraron vida... e intacta sigue todavía mi pasión, mi admiración y el destello deslumbrante en mi recuerdo, agradecido, de aquel día.


  


            Imagen: Fotograma de la película "Pájaros de papel".

           Este relato aparece publicado en el nº 43 de la revista "Valencia Escribe" (junio 2.018) y obtuvo el tercer premio en el concurso promovido por la comunidad "Relatos Compulsivos" en mayo de 2.018.

https://www.yumpu.com/es/document/view/60349400/ve-43-junio-2018

viernes, 25 de mayo de 2018

Pérfida deserción



No sé que más hacer ¡Ay! Ella se niega a volver y, por mucho que lo intente −y de mil modos lo hice− incapaz soy ya de convencerla. He suplicado, implorado, llorado, rogado hasta la humillación y, aunque algo me avergüenza reconocerlo, si se fijan un poquito podrán ver todavía estos tristes ojos míos húmedos de autocompasión. Mas nada la conmueve. Se muestra implacable la muy perversa, por completo a mi dolor indiferente y fría como el hielo. Sabe que su ausencia me parte el alma porque yo creí de veras que lo nuestro era real y de pronto este abandono... <<Sólo intento ponerte a salvo de tus ilusiones>>, pícara y malévola, al oído me susurró al marchar. Indescifrable jeroglífico para mí. Y vuela el tiempo, apremian plazos y mecenas y esta musa traidora, caprichosa, veleidosa... no regresa.









Imagen: Annie Leibovitz
http://estanochetecuento.com/perfida-desercion/

domingo, 20 de mayo de 2018

Una tarde de primavera



Bernardo Gómez perdió la cabeza una tarde de primavera. Hacía calor y un aroma dulce a vainilla y miel flotaba en el aire. Bernardo Gómez no lo notó. Caminaba como un autómata hacia el trabajo, puntual, catalogando en su mente −urgentes, muy urgentes, extremadamente urgentes− las tareas amontonadas sobre su mesa, las llamadas telefónicas que habría de atender aquella misma tarde sin más dilación, los informes de cuentas aún por revisar... Era Bernardo Gómez un hombre en extremo responsable, grave, prudente, concienzudo, un mago de las finanzas, el valor en alza de la empresa, el hombre del momento, ese hombre que acapara siempre las miradas ante cualquier problema o difícil situación. Pero era también −no resulta arriesgado en exceso decir a causa de todo ello− un hombre gris, un hombre gélido, aburrido, triste y ceniciento, incapaz de percibir el dulce aroma a vainilla y miel que algunas tardes de primavera, cálidas y particularmente luminosas, flota en el aire.
   Así pues, enfrascado en sus pensamientos como andaba, sin presagio alguno que lo advirtiera de lo que a punto estaba de ocurrir en ese momento, dobló Bernardo Gómez la última esquina que lo separaba de su destino. Y en ese recodo del camino, justo en ese recodo, su cabeza para siempre se perdió. No lo supo de inmediato. Fue por los guiños cómplices, por algún cuchicheo malévolo, por la extrañeza en los rostros de quienes con él se cruzaban, que lo advirtió. Tarde. Entre el miedo y la esperanza, con tremendo desconcierto, sintió Bernardo Gómez latir su corazón. Demasiado tarde. Una emoción extraña, desconocida, lo había ya apresado sin remedio.
Atónito y desamparado, tras una sombra de ojos negros, cuentan que un hombre sin cabeza recorre desde entonces noche y día la ciudad. Busca, sin hallarla, una sonrisa. Aquella que a la vuelta de una esquina, un  instante con dulzura lo acunó. Aquella que, sin saber lo que robaba, continuó ligera y despreocupada su camino y, de inmediato, lo que con ella se llevaba olvidó.




Mención honorífica en Certamen Mayo 2.018  "El Tintero de Oro".
        https://relatosensutinta.blogspot.com/2018/06/el-tintero-de-oro-gala-de-premios-ix.html

sábado, 12 de mayo de 2018

Cuentos Completos. Volumen I (1.864 -1.878) Henry James - Reseña.



"Lejos de avergonzarme por esta ambigüedad, me siento orgulloso de ella"

Con ocasión del centenario de la muerte del escritor estadounidense Henry James, ha comenzado la editorial "Páginas de Espuma" la publicación de una trilogía que por primera vez recopila en castellano todos los cuentos del autor. Ordenados de forma cronológica, el primer volumen y único hasta ahora en haber hecho su aparición, recoge los cuentos de juventud y aborda una primera etapa donde surgen ya temas que serán luego muy habituales en su obra posterior: el secreto, la pérdida de la inocencia, la decepción, la derrota, la delgada línea que separa éxito y fracaso...
Son los de James cuentos largos, complejos, ambiguos en muchas ocasiones y que en gran parte quedan pendientes de la interpretación del lector, historias donde más importante que la trama (con frecuencia de engañosa sencillez) resulta lo que en ellas se sugiere o no se acaba de contar del todo. Relatos que juegan con diferentes puntos de vista, que a modo de narrador incluyen habitualmente un cronista ajeno a la historia capaz de aportar cierta dosis de crítica o interpretación propia, que alternan fantasía, romanticismo, realidad... que se nutren en gran medida, en esta primera etapa, de sus viajes por Europa mostrando de ella una versión muy idealizada y entre los que inevitablemente se filtra también la pasión por el arte en general y la pintura en particular que siempre sintió el autor.
Una obra magistral e imprescindible.

domingo, 29 de abril de 2018

Daños colaterales



Presiento −y no preciso para ello recurrir a la dotes adivinatorias que tantos me adjudican− son ustedes parte de ese tipo de personas que adora la primavera. No es un reproche, no ¿cómo iba a serlo? se trata sólo de una simple observación. Y es que son legión los entusiastas de tal estación. Tal vez hasta ahora no hubieran reparado ustedes en ello o no hubieran prestado al asunto la atención que a mi juicio merece pero, créanme, yo sé bien de lo que hablo. Pregunten, pregunten a cualquiera y verán como de inmediato y sin el más leve pestañeo todas las respuestas, sin apenas excepción, se inclinan a favor de la bellísima, fresca, flamante y cautivadora primavera. Conste que lo digo sin atisbo alguno de ironía, no se confundan y no atribuyan a mis palabras un sentido del que por completo carecen. No, nada más lejos. Muy al contrario, entiendo su éxito a la perfección: luminosa, alegre, aromática, poética, romántica a rabiar... La reina de la fiesta, vaya. Aunque, si vamos a ser sinceros, hemos de reconocer también que tras los larguísimos, grises y lluviosos meses invernales que la preceden, mucho mérito tampoco tiene la cosa ¿no creen? Bien fácil ha de resultarle ejercer su hechizo, su calidez y su dulzura bajo esos espléndidos e inmensos cielos azules, tibias y brillantes tardes de sol y mágicas noches estrelladas sobre los que, poco a poco, la muy pícara ha tejido su leyenda.
En fin. El caso, como seguro ya habrán adivinado, es que pese a todas sus excelencias, su belleza, su magia, su poesía... yo la odio. Sí, odio la maldita primavera con toda la fuerza de mi pequeño ser.
Comienza el buen tiempo, alargan los días, se llenan los parques de enamorados cándidos y almibarados hasta la náusea y de rabia e impotencia −también algo de miedo, no lo negaré− tiembla sin remedio mi pobre corazón.
 Y sé que no es su culpa ni mucho menos su intención pero ¡ay! tan crueles e irreparables son los efectos secundarios que, con su aparente inocencia, la muy traidora ejerce sobre mí...  
Deshojada, dolorida y marchita, estupefacta, horrorizada y al límite de mis fuerzas, la luna llena me encuentra cada noche. Sólo con ella desahogo mis penas y aunque, cómplice y comprensiva, en silencio y con paciencia infinita, siempre me escucha, muy leve es el alivio que en tal confesión mi martirizada alma halla e incurable a estas alturas parece la ansiedad y la angustia que, día tras día, mes tras mes, primavera tras primavera, mi maltrecho espíritu corroe.
Hace ya mucho que perdí la esperanza de transitar en paz mis días y eso, me temo, es lo peor. Y es que, aunque de mil modos diferentes lo intenté, esos tontorrones de sonrisa bobalicona, lánguidos ojillos y mirada perdida en sus amorosos abismos, que agotan inclementes mi paciencia, no escarmientan. Por más que siempre a su pregunta −¿romántica, dicen? ¡Ja! ¡Absurda y empalagosa como ninguna!− respondo con un "NO" quizá en exceso rotundo y sin duda −reconozco− algo malévolo, imperturbables y esperanzados, ellos insisten e insisten... ¡Pues van listos! Tan humilde y sencilla como parezco, ni a sospechar han comenzado todavía, lo rencorosa y vengativa que, cuando con interés me lo propongo, puedo llegar a ser.
¿Oráculo del amor yo? ¡Qué ocurrencia! ¡Vamos, hombre!







Este relato aparece publicado en el nº 42 (mayo 2.018) de la revista "Valencia Escribe".

martes, 24 de abril de 2018

Eterna condena




Lo ha conseguido. Por fin. Dos mitades exactas de una misma pieza. Contempla su obra con cierta pesadumbre mientras se dice que no ha sido aquello venganza sino justicia. Imposible era dejar impune tamaña osadía y única culpable de su desgracia ha sido esta raza vanidosa e imperfecta que desgajada entre sus manos ahora se encuentra. ¡Desafiar a los dioses! ¡Pecado mayor para los hombres no existe! Vagar en busca de su otra mitad, esa que desconcertados ya no encuentran, será para siempre su condena. Tristes naranjas incompletas que, a fuerza de amor, la ofensa a un dios, redimir anhelan.




Imagen: Kevin Corrado.

sábado, 21 de abril de 2018

Moby Dick - Reseña



"Hay una sabiduría que es dolor y un dolor que es locura..."
Acoge estos días el Teatro Principal de Valencia la versión teatral que, dirigida por Andrés Lima y protagonizada por José Mª Pou,  hace Juan Cavestany de Moby Dick, clásico inmortal de Melville.
Con una puesta en escena muy cuidada e impactante que a la perfección simula la cubierta de un barco y el mar de fondo sobre una pantalla, aparece Pou en escena y, sobre las tablas, de inmediato cobra vida uno de los mayores personajes de la literatura universal. Con él el relato de una aventura mítica, de una obsesión, de una pasión y una venganza. Un relato que nos enfrenta a la fragilidad del ser humano, que nos muestra con absoluta claridad la locura y la desolación de su protagonista, el vacío de su alma, que nos hace acompañarle en el viaje sin rumbo y sin destino tras algo absolutamente inalcanzable en que en algún momento convirtió su vida. Un relato que guía poco a poco al espectador hacia  una reflexión profunda sobre la maldad y la muerte.
Aunque por completo se centra esta adaptación en la figura de Ahab −magnífico José Mª Pou− no es sólo suya su voz, son sus palabras también las del narrador de la historia, incluso quizás las del propio autor de la novela. Narrador y personaje se confunden claramente en el monólogo con el que concluye la obra.
Otros dos actores (Jacob Torres y Óscar Kapoya) interpretan a Starbuck, Ismael, Pip y algún otro miembro de la tripulación, dando con ello mayor profundidad a la narración y completando los matices del personaje principal en un texto amargo y muy corrosivo, sobrecogedor también por momentos: "quien diga que en su vida hubo más alegrías que tristezas no es sincero o está a medio crecer...".
 Muy emotivo también el monólogo de Pip en torno a la soledad, el valor y la cobardía.
En palabras del propio José Mª Pou, "la pieza es una fascinante metáfora de la lucha del ser humano contra sí mismo y la naturaleza".

lunes, 9 de abril de 2018

Cantos de sirena



Una mirada, una sonrisa, un baile, una caricia. Fugaz, remoto, dulcísimo espejismo de un amor que hasta aquellas tierras la condujo. Atrapada para siempre en su leyenda, impasible y resignada, ella oculta su derrota. Y recuerda...  Tal vez, en secreto −ahogado y profundo rumor de sollozos−  su añoranza sueña. Cangrejos y caballitos de mar, algas y olor a sal, arenas blancas, arrecifes de coral, vaivén de olas que vienen y van.
Hasta el fin del mundo marchó su príncipe a buscarla. No importaba la distancia ni los riesgos del camino. Y cuando al fin  la encontró, de una ilusión con pasión se enamoró.
 Intentó quererla. No fue capaz.
 Cubierta ahora su alma está de escamas. Encogido su cuerpo de frustración y desaliento. Tristezas, desconsuelos y abandonos, de espuma inundan sus ojos. Antes de nacer −amargo conjuro− en su garganta mueren las palabras. Y, en silencio, en la opresiva, siempre insomne, quietud de sus noches, a la perversa hechicera que su juventud, su inocencia y su alegría un mal día por embrujo secuestró, sin fe ni esperanza, suplica el milagro de su canto y el regreso de su voz.




Imagen: René Maltête

domingo, 1 de abril de 2018

Café amargo



Fue mi culpa. Lo reconozco. Quisiera poder decir que la luna llena me embrujó, que el brillo fugaz de una estrella me cegó o que la belleza del amanecer quizás me trastornó... No sé, cualquier cursilería que se les ocurra pero no sería cierto. El error, como siempre, para qué negarlo, fue mío. Sé que no existen los cuentos de hadas, por supuesto, o que al menos ya nunca serán lo que solían pero por alguna extraña razón lo olvido siempre en el momento más inoportuno y no puedo evitar, pese a mi catastrófico currículum sentimental, cierta dosis de romanticismo. Así que, ya ven, aquí estoy. Sola. Otra vez. Petrificada desde hace horas frente a la escueta despedida que, amablemente, en algún momento de la noche, mi príncipe azul dejó junto a la cafetera, antes de salir huyendo de mi lado, con nocturnidad y alevosía, como alma que lleva el diablo, al parecer. "Perdóname" dice la nota, emborronada ahora por una lágrima traidora que, sin permiso y por su cuenta, ha ido a posarse sobre ella. En fin. Luego lloraré un poquito más. Ahora lo primero es detener la hemorragia de este pobre corazón que lo está poniendo todo perdido. Aunque, insisto, fue mi culpa. Lo sé mejor que nadie. Nunca debí decir aquel "te quiero".




Este relato aparece publicado en el nº 41 (abril 2.018) de la revista Valencia Escribe.

viernes, 30 de marzo de 2018

Crimen fantasma



Encendió un cigarrillo, aspiró suavemente su perfume y con infinito desconcierto ⸺cruel traición de unos ojos verdes⸺ comprendió que moría. Porque sí, en aquel instante, Jaime murió. Nadie lo sabe todavía y es posible que nadie lo descubra jamás. Siempre fue bueno disimulando. No se hallará el arma homicida. No habrá delito ni culpable. Quizá, ni siquiera cadáver. Y, sin embargo, está muerto. Un disparo al corazón. Certero. Inesperado. Brutal. Inmenso agujero en el pecho por el que, veloz, se le fue la vida. <<Nunca te quise>>, dijo con despiadada indiferencia su asesina. Agónico y obstinado su corazón sigue latiendo.




Imagen: Ole Marius Jorgensen

lunes, 26 de marzo de 2018

La librería. Penélope Fitzgerald - Reseña



"... Y no me diga usted que los libros no constituyen una rareza en sí mismos"

"La librería", obra publicada por primera vez en 1.978, finalista ese año del premio Booker Prize de novela y especialmente de actualidad estos días a raíz de la adaptación cinematográfica realizada por Isabel Coixet, es una novela breve, íntima, delicada, mucho más compleja de lo que en un primer momento pudiera parecer. Una novela repleta, pese a la pequeña cotidianidad que relata, de profundas reflexiones sobre  relaciones personales y sociales; sobre el eterno enfrentamiento entre tradición y modernidad, entre cambio e inmovilismo; sobre el poder del dinero y la presión que determinadas influencias demasiado a menudo ejercen para hacer valer los propios intereses y valores morales; sobre la importancia de la cultura y la inevitable manipulación a que conduce siempre la ignorancia... Todo ello es lo que se esconde tras esa lucha de la protagonista por abrir una librería en un pequeño pueblo de pescadores al Este de Inglaterra y los infinitos obstáculos que en su empeño habrá de encontrar, en que se centra la trama.
Así, más que amable, la lectura de esta novela resulta en realidad bastante inquietante. El doble sentido de muchos de sus diálogos refleja claramente el innegable ambiente de hipocresía social que han construido los habitantes del pueblo, un ambiente que sin remedio impregna todas sus relaciones y contribuye a crear cierta sensación de opresión y claustrofobia. También muy importante en tal sentido resulta el modo del que, para introducirnos de lleno en ese mundo, se vale la autora de la climatología: los larguísimos e inclementes inviernos que sufre la zona, la humedad permanente, el moho que todo lo corroe, los vendavales...
Una historia sutil y sencilla que habla finalmente y por encima de todo de la integridad, el valor y el coraje que se precisa para luchar por un sueño hasta las últimas consecuencias. Un homenaje a la literatura y a su inmenso poder para iluminar la oscuridad y vencer los miedos, que requiere una lectura lenta y pausada para no perder la magia y la belleza que contiene.
Magnífica también por último la adaptación cinematográfica realizada por Isabel Coixet. Una cinta intimista, poética, elegante y serena que recrea a la perfección la atmósfera y el ambiente british de finales de los años cincuenta del S.XX, con una bellísima fotografía, excelentes interpretaciones y un final algo más amable y esperanzador que el de la novela.

viernes, 16 de marzo de 2018

Un cuento gótico



Aquella tarde todo era gris. Todo era pesado, tedioso y triste. Una luz cenicienta y fría se filtraba a través de los cristales del aula dejando entrever levemente el mundo silencioso y helado que, paciente, nos aguardaba tras ellos. Había sido un mal día, los niños estábamos cansados y en la clase reinaba un ambiente de descontento, fatiga e irritabilidad. El maestro hablaba y hablaba sin parar pero nadie, desde hacía ya un buen rato, le escuchaba. Él lo sabía y, de repente, en medio de una frase que dejó inconclusa flotando en el aire, calló de golpe. Los alumnos nos removimos inquietos, temerosos de haber agotado su paciencia hasta que, al fin, seguro ya de haber captado nuestra atención, sus labios dibujaron una sonrisa sabia y fatigada. De acuerdo, dijo, terminemos por hoy pero antes de marchar cerrad los ojos un instante y dejad que os cuente un secreto, algo que a nadie jamás revelé, un recuerdo contra el que tiempo y tiempo luché, desesperado por creer que nunca sucedió, que un horrible sueño fruto de mi imaginación ardiente, fue tan sólo. Jamás lo conseguí.

Y en estos términos, comenzó su relato:

 Era yo muy joven todavía, ingenuo y despreocupado como nunca más lo volví a ser y, por una rara serie de circunstancias y casualidades que en nada afectan a esta historia, me encontraba hospedado por entonces en la casa familiar de un amigo muy querido de la infancia.
 Aquel día, el día en que ocurrieron los acontecimientos que voy a referir, el día que para siempre marcaría mi espíritu con su huella indeleble, se había celebrado allí una boda.
La fiesta había sido alegre, muy bella pero agotadora y larga y al anochecer todos los invitados descansaban ya en sus habitaciones, exhaustos y dichosos. Sólo yo permanecía despierto en la casa. Una sensación extraña, una atmósfera pesada como plomo, ciertos sombríos presentimientos quizá, me impedían conciliar el sueño.
 Las campanadas rítmicas y lejanas de un reloj también insomne marcaron las doce y, tras ellas, el quejumbroso y débil gemido de unos goznes al girar me sobresaltó de pronto. Tendido en mi lecho, en el silencio de la medianoche, ese silencio cuajado de rumores e involuntarios estremecimientos que anuncian con certeza la presencia de algo que no se ve pero claramente se siente en la oscuridad, escuché un ruido grave, sordo, casi imperceptible, unos pasos que se arrastraban sobre la alfombra al tiempo que una voz honda y tristísima  susurraba angustiada mi nombre y decía "ven..."
 Comprendí de inmediato que no era aquello sueño ni alucinación de mis sentidos. No había nadie en la habitación, nadie más que yo, pero el eco repetía insistente "ven... sígueme... ven...". Mi corazón latía de expectación y espanto. Apenas respiraba. ¿Por qué pronunciaba mi nombre aquella voz inexplicable?, ¿quién era?, ¿de dónde procedía?, ¿la había oído yo antes...?
 Al fin, muy turbado, tembloroso y febril, salí tras ella a una calle silenciosa, desierta, muy oscura y comencé a caminar bajo su guía. Perdí la noción del tiempo. Nunca supe cuánto vagué tras ella. Me sabía en trance y sólo recuperé por completo la conciencia al sentir sobre mi hombro el tacto de una mano ligera y suave, gélida como el hielo. Junto a mí una figura espectral vestida de blanco sonreía con dulzura. Un rostro de mujer pálido y demacrado, casi transparente, melancólico y sereno, que al cabo de unos segundos se diluyó −vapor blanco y denso− lentamente en la neblina, murmurando unas palabras que no alcancé a entender.
 Un viento frío me envolvió de golpe, la tempestad bramó súbita e implacable: estrépito de truenos en el aire, incendio de relámpagos en el cielo, furioso el huracán entre las nubes.
 Cuando regresé nada quedaba. Oscuridad y silencio. Polvo, escombros, ruinas...
 Bajo ellas, entre antiguas sombras de vida, de misterio, de sueños y esperanzas, hallarían tiempo después los frágiles restos de dos esqueletos. Aferrados estaban el uno al otro en el eterno y tristísimo abrazo con que los cuerpos que alguna vez fueron quisieron tal vez resguardarse del horror que presentían.
 Marché de allí sobrecogido, atormentado y con el alma rota. Jamás regresé ni volví a ver a la dama vestida de blanco y todavía hoy me pregunto qué extraño azar salvó mi vida aquella noche fatídica.

El maestro calló entonces, profundamente conmovido. La campana que marcaba el fin de las clases sonó en ese instante y el embrujo se rompió de golpe. Sonrió con ternura y muy al fondo de sus ojos castaños hubiera yo jurado entonces que brillaba burlona una chispita de emoción y picardía.

Aún ahora, tantos años después, recuerdo con precisión absoluta cada una de sus palabras, su voz  suave y envolvente y la certeza que todos tuvimos entonces de que algo extraordinario que no alcanzábamos a entender del todo, nos acababa de ser revelado.
 Ese día recibimos el mayor regalo que jamás hubiéramos podido imaginar. Aprendimos a soñar despiertos. Vislumbramos el inmenso poder interior existente en cada uno de nosotros, capaz de transformar el mundo y dotarlo de belleza. Ganamos la certeza de que, en cualquier momento, algo maravilloso e inesperado habría de ocurrir. Fue aquella la lección más importante de nuestras vidas. Aunque eso es algo que no comprenderíamos hasta mucho tiempo después.




Imagen: Ann Mansolino
https://elbicnaranja.wordpress.com/2018/03/16/viernes-creativo-escribe-una-historia-228/

sábado, 10 de marzo de 2018

Un mundo de sueños



Habitan la frontera de un sueño. Son los duendes... Pequeñitos, descarados, tan burlones... Susurran travesuras al oído del viento y al amanecer se desvanecen raudos como estrellas fugaces. Así fueron siempre las reglas de la magia. Hasta que embrujado por un sol de fuego que despertaba radiante entre nubes de algodón, un duendecito rezagado rompió el hechizo. Atrapado en el mundo de los hombres creció y olvidó su magia y sólo en sueños, que de inmediato olvida al despertar, logra atravesar por un momento el umbral entre ambos mundos. Un destello de felicidad ilumina entonces su rostro. Polvo de hadas. Alegría en el alma. Ecos de eternidad...







        https://elbicnaranja.wordpress.com/2018/03/09/viernes-creativo-escribe-una-historia-227/

lunes, 5 de marzo de 2018

Grandes Maestras. Ángeles Caso - Reseña


"¿Se puede llegar a ser un genio del arte cuando lo tienes todo en contra...?"

Con "Grandes Maestras. Mujeres en el Arte Occidental. Renacimiento-Siglo XIX" continúa Ángeles Caso su anterior volumen "Ellas Mismas. Autorretratos de Pintoras" donde analizaba el papel de la mujer en la historia del arte, su eterna invisibilidad y los motivos por los que durante tantos siglos su obra fue silenciada y condenada al olvido.
En este nuevo ensayo, al margen ya del autorretrato, hace la autora un recorrido más profundo por los temas y géneros que interesaron a las artistas que en él se incluyen (cien pintoras, escultoras y fotógrafas europeas y americanas que realizaron sus trabajos entre los siglos XVI y XIX) y nos introduce así en unas vidas en continua lucha contra los omnipresentes prejuicios que inevitablemente −poco importa la época que les tocara vivir− hubo contra ellas. Siempre a contracorriente, hicieron del arte su profesión y pese a que muchas sí lograron en su momento que su trabajo y su talento alcanzara cierto reconocimiento, fueron sin remedio olvidadas por la historiografía oficial o como mucho relegadas a la condición de artistas menores.
Un libro este, necesario, bellísimo y muy riguroso, ilustrado con 272 obras de unas grandes maestras injusta y, sin duda, inmerecidamente olvidadas.

sábado, 3 de marzo de 2018

Culpables de olvido



Recuerdo que te olvidé, murmura la luna culpable y hermosa
Y hace tanto frío...
 Recuerdo que te olvidé, clama en la noche el vaivén de las olas
Y es tan inmenso el miedo...
Recuerdo que te olvidé, susurra en el cielo una estrella lejana y llorosa
Y estoy yo tan sola...
Recuerdo que te olvidé, quiebra entre las ruinas el silencio una plegaria
Un mal día, cobarde y cruel, para siempre te olvidé
Llora desde entonces un corazón su herida
Grita su impotencia, su espanto, su amargura
En nadie hallará consuelo
Fantasma invisible de una guerra antigua y olvidada
Incómodo testigo de la traición, de la infamia y la derrota
Trágico protagonista de un cuento eterno, sin alma ni final feliz


Imagen: Cléa Lala


jueves, 1 de marzo de 2018

Maleficio



Cuando le conocí, Cosme era un hombre feliz. Mujer, niños, perrito  faldero travieso y juguetón... De anuncio, vaya, así era su vida. Días apacibles, rutinarios, empalagosos hasta el hartazgo y siempre felices como perdices. Así que, ¡qué os voy a decir!, aquello era inevitable. Intenté resistir la tentación, de verdad que sí y hasta algún remordimiento tuve luego porque todo resultó tan fácil... Un soplido suave, imperceptibles gotitas de amargura directas a su alma y una vida ya teñida para siempre de hastío y sombra. ¿Perversa, decís? Sí, lo reconozco. Pero, ¿qué esperabais?, todo el mundo sabe que  las brujas no tenemos corazón.


Imagen: Tom Waterhouse

miércoles, 14 de febrero de 2018

Extraños en un tren


Se fijó en ella por primera vez un atardecer nublado de invierno. Una mujer absorta en la lectura junto a la ventanilla del vagón. Ligera como un suspiro. Las luces grises de diciembre se colaban a través del cristal dando a su expresión un aire de melancolía que por alguna razón le conmovió de un modo extraño. Parecía perdida en un mundo secreto, quién sabe entre qué nostalgias y se la veía tan frágil, tan desamparada...

 A partir de ese día, cada tarde a la vuelta del trabajo, ilusionado y expectante, Mario la buscaba en el andén, subía tras ella, siempre en el mismo vagón, último tren de la tarde y a distancia y en silencio, cual benéfico ángel guardián, la observaba encandilado disfrutando ese instante precioso en que, abandonada y vulnerable, la tenía para él. Con tremendo desconcierto, alterados alma y corazón, incapaz ya de negar la evidencia, se preguntaba entonces qué era aquello que con tanta fuerza había nacido en su interior y cómo habría sido él capaz de vivir hasta ese momento.

Desesperaba por verla. Nada sabía de su vida pero la tristeza que aquellos ojos traslucían lo atrapó. Adivinó tras ellos un mundo de deseos e inquietudes insatisfechas, de secretos y rabia, de culpa y dolor por no haber sabido amar −no haber podido− a un hombre del que lentamente se alejaba sin remedio, siempre en su mente presente el deseo de otra vida.

Los días se fueron sucediendo, uno tras otro, cada uno parecido al anterior. El tiempo hizo lo suyo y al fin... unos ojos que se encuentran, esbozos de sonrisa, mariposas en el corazón. Almas que se buscan.

Quiso la casualidad que por primera vez hablaran. Porque, sí, existe la casualidad y existe también el destino. Y así, comenzaron poco a poco a conocerse. Llegaron las primeras confidencias. Se hicieron amigos. Inés y Mario. Ocurrió sin apenas darse cuenta. Sin aviso, sin señales, como llega siempre lo imprevisto.

Era Mario quien con frecuencia llevaba el peso de la conversación, hablaba y hablaba sin parar, con vehemencia, bromeaba, sonreía, decía cualquier cosa. Extrovertido, independiente, carismático, imaginativo... Cierta despreocupación había en todos sus actos, una inmensa naturalidad en sus maneras y ese modo extraño, tan especial que él tenía de instalarse en el tiempo, casi al margen del reloj  y el resto del mundo adaptándose a su ritmo.  Así era el hombre que empezaba Inés a descubrir e imposible fue no caer bajo su hechizo.

Amaban ambos la misma música, leían los mismos poetas, reían las mismas bromas, suspiraban los mismos anhelos. Sentían la proximidad del otro como un consuelo. Su espíritu se llenaba de alegría cuando estaban juntos.

Ella escuchaba sus palabras suspendida en el tiempo, cautivada como nunca estuvo −los ojos atentos, la cabeza ligeramente inclinada, el aire cómplice−  atada de nuevo a la vida por una alegría desconocida, por una ilusión inexplicable. Su voz suave y tranquila conmovía todo su ser. Sabía a aquel hombre capaz de robarle hasta los pensamientos. Y cuidado, se decía, cuidado, cuidado.

Él la miraba con la dulzura infinita que de sus ojos negros, revoltosos y burlones, tan llenos de vida, se escapaba sin remedio, maravillado por la increíble suerte de haber tropezado con aquella mujer única a la que sin apenas darse cuenta había entregado una parte de su alma, con la certeza ya entonces de que sin ella no sería capaz de soportar la vida. Inesperadamente frágil.

Ambos componían versos secretos. Morían por dentro. Sus miradas descubrían sentimientos y palabras que aún no se atrevían a nombrar.

Destinados a encontrarse como estaban, impaciente como siempre es el amor, tendió al fin sus puentes el azar. Incontrolable fue la sacudida en sus sentidos.

Caricia, fuego, suspiro, lamento de amor...

Felicidad que brota de la piel y del fondo del alma. Un cuento dentro del corazón.

Horas y palabras no alcanzaron para tanta pasión, para tanta ternura. Sin barreras se entregaron. Sin reservas ni temor. Lejos del mundo. Habitantes únicos de un universo inalcanzable.

Ya la vida no era vida sino un sueño, algo cálido, casi irreal, donde todo sucedía muy despacio, muy profundamente. Piel deshecha en un abrazo. En los labios el corazón. Detenido el tiempo en las fronteras del amor.

Mientras tanto, en ese instante incierto en que todo estaba aún por suceder, en el más íntimo y misterioso rincón de un firmamento cubierto de penumbra, indolente entre suaves y mullidas nubes de algodón y orgulloso de su secreta travesura, envainaba Cupido sus flechas al tiempo que una estrella, cómplice y fugaz, quebraba un instante la negrura de la noche. Misión cumplida, la oyeron sus hermanas susurrar. Y es que a veces, sólo a veces, los sueños se cumplen. Es entonces que el destello errante de una estrella, el acompasado latir de dos corazones, el dulce contacto de unas manos que se unen, un abismo de soledad y silencio resquebraja, sombras y desdichas ahuyenta y al mundo deslumbra con su luz, con su embrujo, con su magia y su belleza.


lunes, 12 de febrero de 2018

Contrastes


Noche tras noche,
 en ese vago espacio que la vigilia del sueño separa,
tu sonrisa invoco.
 Y es entonces, en tan inasible frontera,
del día ya la realidad difuminada,
que  un repentino chispazo de ilusión mi mundo ilumina.
Sueño contigo,
bello espejismo siempre inalcanzable.
Estás en mí.
Escondida en algún rincón de mi cabeza.
Una sombra del pasado.
Un duendecito burlón que se ríe de mí.
Que nunca nunca se deja atrapar.
Aunque a veces, por un momento...
Sí, por un momento, casi creo a veces poder alcanzarte.
Luego te desvaneces.
 La magia desaparece y el día comienza.
Llora el poeta su dolor.
Sangran sus versos.


Imagen: Pinterest