miércoles, 14 de febrero de 2018

Extraños en un tren


Se fijó en ella por primera vez un atardecer nublado de invierno. Una mujer absorta en la lectura junto a la ventanilla del vagón. Ligera como un suspiro. Las luces grises de diciembre se colaban a través del cristal dando a su expresión un aire de melancolía que por alguna razón le conmovió de un modo extraño. Parecía perdida en un mundo secreto, quién sabe entre qué nostalgias y se la veía tan frágil, tan desamparada...

 A partir de ese día, cada tarde a la vuelta del trabajo, ilusionado y expectante, Mario la buscaba en el andén, subía tras ella, siempre en el mismo vagón, último tren de la tarde y a distancia y en silencio, cual benéfico ángel guardián, la observaba encandilado disfrutando ese instante precioso en que, abandonada y vulnerable, la tenía para él. Con tremendo desconcierto, alterados alma y corazón, incapaz ya su mente de negar la evidencia, se preguntaba entonces qué era aquello que con tanta fuerza había nacido en su interior y cómo habría sido él capaz de vivir hasta ese momento.

Desesperaba por verla. Nada sabía de su vida pero la tristeza que aquellos ojos traslucían lo atrapó. Adivinó tras ellos un mundo de deseos e inquietudes insatisfechas, de secretos y rabia, de culpa y dolor por no haber sabido amar −no haber podido− a un hombre del que lentamente se alejaba sin remedio, siempre en su mente presente el deseo de otra vida.

Los días se fueron sucediendo, uno tras otro, cada uno parecido al anterior. El tiempo hizo lo suyo y al fin... unos ojos que se encuentran, esbozos de sonrisa, mariposas en el corazón. Almas que se buscan.

Quiso la casualidad que por primera vez hablaran. Porque, sí, existe la casualidad y existe también el destino. Y así, comenzaron poco a poco a conocerse. Llegaron las primeras confidencias. Se hicieron amigos. Inés y Mario. Ocurrió sin apenas darse cuenta. Sin aviso, sin señales, como llega siempre lo imprevisto.

Era Mario quien con frecuencia llevaba el peso de la conversación, hablaba y hablaba sin parar, con vehemencia, bromeaba, sonreía, decía cualquier cosa. Extrovertido, independiente, carismático, imaginativo... Cierta despreocupación había en todos sus actos, una inmensa naturalidad en sus maneras y ese modo extraño, tan especial que él tenía de instalarse en el tiempo, casi al margen del reloj  y el resto del mundo adaptándose a su ritmo.  Así era el hombre que empezaba Inés a descubrir e imposible fue no caer bajo su hechizo.

Amaban ambos la misma música, leían los mismos poetas, reían las mismas bromas, suspiraban los mismos anhelos. Sentían la proximidad del otro como un consuelo. Su espíritu se llenaba de alegría cuando estaban juntos.

Ella escuchaba sus palabras suspendida en el tiempo, cautivada como nunca estuvo −los ojos atentos, la cabeza ligeramente inclinada, el aire cómplice−  atada de nuevo a la vida por una alegría desconocida, por una ilusión inexplicable. Su voz suave y tranquila conmovía todo su ser. Sabía a aquel hombre capaz de robarle hasta los pensamientos. Y cuidado, se decía, cuidado, cuidado.

Él la miraba con la dulzura infinita que de sus ojos negros, revoltosos y burlones, tan llenos de vida, se escapaba sin remedio, maravillado por la increíble suerte de haber tropezado con aquella mujer única a la que sin apenas darse cuenta había entregado una parte de su alma, con la certeza ya entonces de que sin ella no sería capaz de soportar la vida. Inesperadamente frágil.

Ambos componían versos secretos. Morían por dentro. Sus miradas descubrían sentimientos y palabras que aún no se atrevían a nombrar.

Destinados a encontrarse como estaban, impaciente como siempre es el amor, tendió al fin sus puentes el azar. Incontrolable fue la sacudida en sus sentidos.

Caricia, fuego, suspiro, lamento de amor...

Felicidad que brota de la piel y del fondo del alma. Un cuento dentro del corazón.

Horas y palabras no alcanzaron para tanta pasión, para tanta ternura. Sin barreras se entregaron. Sin reservas ni temor. Lejos del mundo. Habitantes únicos de un universo inalcanzable.

Ya la vida no era vida sino un sueño, algo cálido, casi irreal, donde todo sucedía muy despacio, muy profundamente. Piel deshecha en un abrazo. En los labios el corazón. Detenido el tiempo en las fronteras del amor.

Mientras tanto, en ese instante incierto en que todo estaba aún por suceder, en el más íntimo y misterioso rincón de un firmamento cubierto de penumbra, indolente entre suaves y mullidas nubes de algodón y orgulloso de su secreta travesura, envainaba Cupido sus flechas al tiempo que una estrella, cómplice y fugaz, quebraba un instante la negrura de la noche. Misión cumplida, la oyeron sus hermanas susurrar. Y es que a veces, sólo a veces, los sueños se cumplen. Es entonces que el destello errante de una estrella, el acompasado latir de dos corazones, el dulce contacto de unas manos que se unen, un abismo de soledad y silencio resquebraja, sombras y desdichas ahuyenta y al mundo deslumbra con su luz, con su embrujo, con su magia y su belleza.


lunes, 12 de febrero de 2018

Contrastes


Noche tras noche,
 en ese vago espacio que la vigilia del sueño separa,
tu sonrisa invoco.
 Y es entonces, en tan inasible frontera,
del día ya la realidad difuminada,
que  un repentino chispazo de ilusión mi mundo ilumina.
Sueño contigo,
bello espejismo siempre inalcanzable.
Estás en mí.
Escondida en algún rincón de mi cabeza.
Una sombra del pasado.
Un duendecito burlón que se ríe de mí.
Que nunca nunca se deja atrapar.
Aunque a veces, por un momento...
Sí, por un momento, casi creo a veces poder alcanzarte.
Luego te desvaneces.
 La magia desaparece y el día comienza.
Llora el poeta su dolor.
Sangran sus versos.




domingo, 11 de febrero de 2018

Entre sus sueños mi esperanza



Sssshhh...
Silencio. Dejad que duerma.
 No la despertéis ¿No veis que sueña?
Miedo, soledad y tristeza a las puertas del sueño a su suerte abandonados.
 Un beso lejano en sus labios de algodón un día olvidado.
 Un recuerdo, un suspiro, una caricia, una ilusión...
 Junto al suyo, el rítmico latir de un gastado corazón.
 Una sombra del pasado, derrotada, enamorada, malherida,
entre sus sueños, dulce y pícara
cada noche se desliza.
No, no la despertéis.
De mi absurda esperanza tened compasión.
 Dejad, os lo ruego, que duerma.
Tal vez, conmigo sueña.




miércoles, 7 de febrero de 2018

II Reto Nos Gustan los Clásicos - Un lector indiscreto


Propone el blog "Un lector indiscreto" un precioso reto de lectura consistente en leer durante el año un mínimo de siete obras clásicas (considerando como tales y en un sentido muy amplio las publicadas con anterioridad al año 1.990) y reseñarlas en el propio blog, debiéndose publicar asimismo una entrada como esta para dar publicidad al reto. El plazo para inscribirse finaliza el 28 de febrero.

Este es el enlace a las bases

sábado, 3 de febrero de 2018

La cantante calva - Reseña


"El hombre es arrojado al mundo, haciéndose cargo de una existencia que le ha sido impuesta..."

La cantante calva, estos días en el Teatro Olympia de Valencia en la versión de Natalia Menéndez y bajo la dirección de Luis Luque, es la obra más representativa del teatro del absurdo de Eugène Ionesco.
Desde la sátira y el surrealismo, entre la risa, el pesimismo y la amargura, tratando de disfrazar de comedia lo que es en realidad un drama muy profundo, aborda esta obra temas tan hondos como la soledad, la incomunicación, el desencanto y lo absurdo y caótico del mundo en que vivimos.
Repleta de situaciones ilógicas, diálogos sin sentido, incongruentes, delirantes, disparatados y muy desconcertantes por momentos, coloca en un mismo plano hechos reales y sucesos que quizá nunca existieron: imaginaciones, deseos, fantasías... Nos enfrenta al vacío y la desventura de unos personajes atrapados sin ellos saberlo en un callejón sin salida del que resulta imposible escapar, que niegan la realidad y viven aturdidos por una ignorancia aparentemente feliz. Personajes cuyo comportamiento esconde una crítica feroz a la familia y sociedad burguesas de la época (segunda mitad del siglo XX) que no ha perdido en absoluto vigencia en este nuevo tiempo de comunicación virtual que ahora vivimos.
Extraña, ágil y divertida, inevitablemente deja sin respuesta la pregunta de fondo que subyace en toda la función acerca del sentido (o sinsentido) de la existencia.

Destacar finalmente las magníficas interpretaciones de Adriana Ozores y Joaquín Climent. Dos grandes.