Un
reloj sin péndulo, un violín sin cuerdas, fotografías arañadas de olvido... Ana
vagabundeaba por la tienda a la espera de que amainase la tormenta, acariciaba
los objetos, examinaba las vitrinas, ojeaba algún libro de cubierta llamativa. La
lluvia la había obligado a refugiarse en aquel bazar de antigüedades en el que
nunca antes se había fijado y ahora recorría sus pasillos con un chispazo de
curiosidad, tan lleno todo de muebles, cachivaches y rarezas. El aire olía a
madera y cuero envejecido, las tablas del suelo crujían a su paso y los
estantes acumulaban polvo y descuido. Pero la estancia era confortable e
imperaba en su ambiente una dulce intimidad.
Un espejo de forma ovalada y ribetes de plata llamó de pronto su atención en medio del desorden. De niña jugaba en casa de la abuela con uno parecido, recordó al descubrirlo sobre un tocador. «Espejito, espejito...», parodiaban entre risas a la madrastra del cuento con aspavientos de villana. ¡Ay! Un pellizco de nostalgia la llevó a buscar al dependiente y con ojos brillantes de entusiasmo decidió comprarlo.