"Todas las penas pueden soportarse si se convierten en una historia". Isak Dinesen.
lunes, 20 de marzo de 2017
Fin
viernes, 10 de marzo de 2017
Zombie
sábado, 4 de marzo de 2017
Ángeles caídos
Con feroz eficacia la mortal consigna se cumplió. Era una guerra, decían los ejecutores. Diferente quizás, sí, pero guerra al fin y órdenes siempre fueron órdenes.
martes, 31 de enero de 2017
Cenizas
Sonríes y, por un instante, el mundo se ilumina. Sueño contigo. Siempre estás ahí. Escondida en algún rincón de mi cabeza. Una sombra del pasado. Un fantasma que ya no duele. Un duendecillo burlón que se ríe de mí y no se deja atrapar. Pero, a veces, de repente, tu recuerdo me asalta y, por un momento, casi creo poder tocarte. Luego te desvaneces. Es mejor así. No me reconocerías en este viejo cansado y solitario que ahora soy, que sonríe con descaro por evitar que sus ojos traicionen el dolor.
Es difícil hacerse viejo, mi amor. Asumir incrédulo el reflejo de un espejo, luchar contra la inseguridad y el miedo, contra el desconsuelo, contra este desamparo...
Hoy estoy triste. Tal vez, aunque me niegue a reconocerlo, me siento solo. Por eso, como siempre, recurro a ti. Al recuerdo de tu risa, de tus palabras, de tus miradas, de tus silencios. A la magia del hada que un día traspasó mi vida y me hechizó para siempre. Gotitas de alegría que curan el dolor del alma.
domingo, 22 de enero de 2017
Destino final
domingo, 15 de enero de 2017
Dulces sueños
lunes, 9 de enero de 2017
Reproches
martes, 3 de enero de 2017
De aquí a la eternidad
viernes, 30 de diciembre de 2016
La chica de los girasoles
Hoy me acordé de ti. No sé porqué. Tal vez porque es verano, hace calor y es época de girasoles. Durante mucho tiempo te vi bajar del tren, tarde tras tarde, a esa hora en que la gente regresa a casa tras su largo día laboral. Seria, sola, fatigada, con aspecto de llevar sobre tus hombros cansados el peso de un mundo siempre a punto de desmoronarse. Una mujer joven todavía, ojos oscuros y profundos y un raro halo de misterio en la mirada. Acostumbrada a esconder sus sentimientos. Quizá endurecida pero valerosa y fuerte. Eso me parecías. Aunque lo que al fin me cautivó y, sin que jamás hubieras podido llegar a imaginarlo, me hacía buscarte cada tarde en el andén y me conmovía de un modo extraño era la sonrisa fugaz que por un instante iluminaba tu rostro cuando, antes de perderte de nuevo entre la multitud, te detenías un momento frente al pequeño puesto de flores de la estación, rebuscabas en tu bolso unas monedas y elegías con cuidado un girasol. Dorado, cálido, luminoso. Nunca ninguna otra flor. Siempre un girasol. Ardiente y bello. Luego, un día, dejé de verte. Te llamabas Cristina. Lo supe tiempo después, al descubrir de improviso tu fotografía bajo un texto breve y sin alma que, en la crónica de sucesos de un periódico local, hablaba de dos pequeños huérfanos, un marido arrepentido a destiempo y alguna estadística dolorosa y fría. Lloré entonces mi rabia y tu impotencia. Lloré el horror, la desesperanza, el desconsuelo... y grabada en mi recuerdo quedaste para siempre como la chica de los girasoles. La chica de la mirada herida a quien la belleza imprevista de una flor embrujada por el sol, regalaba cada tarde una esperanza y robaba una sonrisa.







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