Había mal en el mundo. Y mucho del mal provenía de la duda, de una confusión sincera entre los hombres de buena voluntad.
"Todas las penas pueden soportarse si se convierten en una historia". Isak Dinesen.
viernes, 1 de mayo de 2020
El exorcista. William Peter Blatty - Reseña
lunes, 27 de abril de 2020
Fuerzas ocultas
«¡Culpable!», la voz del juez la golpeó como un disparo y un escalofrío de pavor recorrió su cuerpo. A su espalda, el griterío estalló ensordecedor: los vecinos del pueblo repetían su nombre con odio, clamaban venganza y parecían a punto de lanzarse sobre ella. En medio de aquella confusión impenetrable, de aquel escándalo de recriminaciones e insultos, la anciana notó de pronto las manos del alguacil sobre las suyas arrastrándola con fuerza. Giró apenas el rostro hacia la multitud que la hostigaba y un vértigo de perplejidad y espanto nubló al instante su mente con la misericordia de un desmayo amable y sin conciencia.
jueves, 16 de abril de 2020
Muñequita linda
miércoles, 8 de abril de 2020
Piedras
Caminaba
por el bosque con las manos repletas de piedras: densas, opacas, rocosas... Las
elegía con pericia: firmes, macizas, rugosas... Las libraba en un suspiro del
polvo de los siglos y el olvido y, a los pies del viejo sauce donde cada tarde
al borde mismo del río recostaba indolente su cuerpo fatigado tras la caminata,
las apilaba con mimo: plomizas, compactas, terrosas... Extraña colección que desde
hacía días aumentaba en secreto en una irracional pulsión que no lograba detener.
⸺¡Ven...!,
una voz entre las aguas la llamó de pronto.
⸺¡No!
−musitó la mujer con desaliento−, ¡no, no, no!, repitió sacudiendo la cabeza.
Los
fantasmas la acosaban, la ahogaba la rutina, su propia mente conspiraba contra
ella.
⸺Ve...,
nada temas..., descansa..., la animaba el rumor del viento a cada ráfaga.
Una
lágrima solitaria ─trágica señal de rendición─ rodó al fin por su mejilla.
Guardó en los bolsillos del abrigo las piedras que aún tenía entre las manos y
dejó de resistirse.
«Pasaré como una nube entre las olas», murmuró Virginia al adentrarse poco a poco, un paso tras otro, en las hipnóticas aguas del río. Su alma desnuda atisbaba el infinito. Su cuerpo de mujer se desvanecía.
miércoles, 1 de abril de 2020
Crónicas marcianas. Ray Bradbury - Reseña
Cuando no se puede tener la realidad, bastan los sueños
lunes, 16 de marzo de 2020
Con las botas puestas
martes, 10 de marzo de 2020
El final del affaire. Graham Greene - Reseña
Cuando uno no ve la desdicha no cree en ella
sábado, 7 de marzo de 2020
Y te marchas con el alba
jueves, 5 de marzo de 2020
Alas de cristal
«Las
damas no saltan rejas, niña», la voz de la abuela Mary tronó con severidad en
su cabeza y lo inoportuno del recuerdo la hizo sonreír. «¡Pobre abuela! −pensó mientras
se inclinaba levemente hacia la izquierda para mirar por la ventanilla−, ¡si pudiera
verme ahora...!». El cielo estaba sereno y cuajado de estrellas. Pronto
amanecería. Contempló el inmenso espacio que tenía frente a sí y un sentimiento
de grandeza y libertad se adueñó de su espíritu. Todo en torno a ella era vacío
y silencio, aislada por completo como estaba del ruido y la vanidad, ajena a un
mundo que la adoraba, que tenía rendido a su valor, a su inteligencia, a su
encanto. Frágil excepción de un tiempo −tiempo de hombres− donde la
independencia femenina no existía y su reclamo era objeto de burla
Pero
por algún motivo ella lo había logrado. Demostrar a ese mundo ingrato su talento
había sido siempre su obsesión y lo había logrado. Un incontrolable anhelo de
aventura latía en su corazón, tóxico como un veneno: ir donde nadie había ido,
hacer lo que nadie había hecho. Sin
importar el riesgo. Sin importar el precio.
El
parpadeo intermitente de una alarma en el panel de control deshiló el curso de
sus pensamientos y la trajo de vuelta a la realidad. El combustible se agotaba
con rapidez y el islote donde debía repostar antes de alcanzar Australia aún no
aparecía. Conectó con inquietud el micrófono del radiotransmisor e intentó
contactar con el Itasca, el viejo guardacostas
que había de guiarla en la operación de aterrizaje:
⸺Altitud
trescientos metros. Volando norte-sur. Determinen posición.
⸺
...
⸺Electra volando norte-sur. Repito:
determinen posición.
El
silencio al otro lado de la radio resultaba atronador. Se había desviado de su
rumbo, ninguna frecuencia emitía señal y no hallaba referencia que pudiera
orientarla.
Perdida
entre el azul (tan oscuro a esa hora todavía muy temprana) del cielo y el
océano, una mezcla de miedo y de placer se apoderó de ella. El futuro no
existía. Solo el vuelo. Y la gloria. Y la alegría del aviador.
Circunnavegar
el mundo a través del Ecuador era algo que nadie, ni mujer ni hombre, había
intentado jamás. California, Florida, Puerto Rico, Venezuela, África, el Mar
Rojo, Pakistán, Birmania, Indonesia... Había recorrido ya más de treinta y
cinco mil kilómetros. Apenas restaban otros doce mil, un par de etapas, poco
más. Casi rozaba el triunfo. Estaba a su alcance. Lo tenía tan cerca...
El
amanecer la sorprendió con su caleidoscopio de colores y cambios de luz
mientras a lo lejos se formaba una tormenta. Un denso banco de nubes grises e
ingrávidas flotaba en el horizonte y corría veloz hacia ella.
Insistió
de nuevo:
⸺Electra volando hacia Howland Island. Combustible
agotado. ¿Pueden oírme?
⸺...
⸺¡¿Puede
alguien oírme?!
Una
sonrisa triste, un raro gesto mitad insolencia mitad desamparo, asomó a sus
labios. Había intentado lo imposible y había perdido. No se arrepentía. La
aviación había sido siempre su pasión, una experiencia única, romántica,
trascendente; un afán que la atravesó como un flechazo y marcó sin remedio el
rumbo de su vida. Preparada en todo momento para lo imprevisto, acostumbrada a
lo inesperado, coqueteaba sin escrúpulos, día tras día, con el riesgo y la
aventura. Era feliz. Y si atreverse significaba morir, entonces moriría.
«No,
las damas no saltan rejas, abuela −musitó
mientras el Electra se desvanecía despacio
entre la niebla−, atraviesan océanos, ganan mundos y conquistan cielos».
En
algún lugar del Pacífico, una mañana de julio de 1937, la reina de las nubes,
Amelia Earhart, se adentraba entre las brumas del enigma y la leyenda. Aún arrastra
el viento la huella de su estela. Y su nombre
silba con el alba a las estrellas.
domingo, 1 de marzo de 2020
Lo que el viento se llevó. Margaret Mitchell - Reseña
Dios es testigo de que nunca volveré a pasar hambre













