martes, 1 de enero de 2019

Cuento de invierno



Anochecía sobre la batalla. La oscuridad temprana del invierno difuminaba lentamente brumas y horizonte y un día para la historia −mortífera y sangrienta como pocas aquella jornada de diciembre, encarnizada y tristísima− dejaba tras ella. Había comenzado a nevar y muy pronto habría de borrar la tempestad las huellas del horror, la borrasca inclemente del combate todavía a esa hora tan visible en la llanura. Hoyos de lodo, charcos de lluvia, caminos destrozados, pasos de hombres a pie o a caballo, carros pesados...  Austerlitz ardía entre las sombras.  
Un viento furioso y glacial recorría el corazón de Europa y el eco lejano de un redoble de  tambores, de un clamor de trompetas y clarines, de una trágica confusión de cascos, gritos, estandartes, sables y bayonetas, arrastraba en su estela.
Un tumulto de lodo y sangre empapaba la tierra a la espera de que al fin, poco a poco, con su inmaculado manto, la nieve o la escarcha lo cubriera.
Caían los copos en ráfagas espesas, muy lentas, muy suaves, muy pesadas, cuando el espíritu de la Navidad, recién apenas iniciado su cándido periplo, en aquellos bosques un instante se detuvo. Miró en torno a sí e, impotente y herido, rumbo a más acogedores o menos inciertos destinos prosiguió su camino.
Ya de regreso en sus tiendas, al calor y la luz de las hogueras, extenuados e insomnes, sobrecogidos y confusos, vivos casi por milagro y por ello a la Providencia agradecidos tras aquella larguísima, casi interminable, jornada de infierno, las tropas napoleónicas celebraban exultantes su victoria.
Bebían y reían entremezclados reclutas y oficiales, confundidos en una intimidad que muy pocas veces antes tuvieron, ebrios de alivio, camaradería y euforia, sin alcanzar todavía en ese instante a sospechar que nunca más vivirían otra noche como aquella, sin poder en ningún momento imaginar que brindaban todos juntos entonces por última vez.
El mundo era blanco y a la vez muy negro y muy oscuro. A un tiempo cálido y helado.
 Esa misma madrugada, sin motivo, sin explicación, sin ataque ni advertencia que pudiera justificar lo que estaba a punto entonces de ocurrir, uno tras otro, los más valientes y leales soldados de cada división −infantería, caballería, artillería− comenzaron misteriosamente a desparecer. Entre la neblina y la llovizna con que despuntaba el nuevo día, para siempre se desvanecieron. Sin rastro. Diluidas sus huellas en el aire. Sombras fugaces eclipsadas por el alba. Humo y cenizas de inocencia perdida.
Imposible resultó ocultar por mucho tiempo tan inquietante y extraño suceso. Rauda como la pólvora, la noticia se propagó y con ella el horror y la angustia frente a lo desconocido −infructuosas resultaron todas las pesquisas− sin piedad acamparon entre los restos de aquel ya tan maltrecho regimiento.
 Pese a ello, al desgarro y al infinito desconcierto que en lo más hondo de su corazón sin duda sintieron, sin haber alcanzado nunca a comprender a qué  se enfrentaban o contra qué luchaban, como héroes −victoria o muerte siempre su consigna, el deshonor su peor condena− cumplieron todos ellos su misión y juntos, imperturbables, tenaces, sin flaquezas, sin llantos ni lamentos, afrontaron el inevitable final.
En mil batallas victoriosos, al cabo vencidos por el silencio, el desamparo y el olvido, amarga y muy cruel resultó su derrota.
 Nuevos inviernos y nuevas nieves llegaron. Inexorables, inmisericordes y monótonos se sucedieron los días, las estaciones, los años... Tiempo sobre tiempo pasó y muy triste es que ya nadie ahora en el mundo los recuerde.
Sólo una lágrima helada y antigua brilla todavía, perpetuamente detenida, en la mirada de cuatro soldaditos abandonados a su suerte que, junto a una desportillada casa de muñecas y un balancín herido, quejumbroso, muy decrépito, muy polvoriento y desvencijado, yacen al fondo de un viejo desván, sin consuelo lloran su deserción y cada diciembre, justo cuando apenas bosteza el invierno, atónitos y expectantes, hechizados por la eterna magia de la mañana santa de Navidad, deslumbrados por la divina pobreza de un pesebre y la luz inalcanzable de su estrella, al Cielo suplican la esquirla de un milagro. Con ella sueñan. Y de continuo anhelan la infantil casualidad que −poderoso e infalible conjuro− quiebre al fin su triste destino de juguetes rotos y olvidados.     




36 comentarios:

  1. Apreciada Marta: un Cuento de Navidad que ni el mismísimo Dickens podría superar en belleza. Siempre te digo que tienes alma de poeta, y es del todo cierto por las metáforas utilizadas en una clara prosa poética. Tu imaginación es fértil, y es que en tu ciudad hay mucho talento.

    Mi más sincera enhorabuena. Un abrazo grande.

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  2. Qué bonito lo que dices! Me alegro muchísimo de que te haya gustado. Un beso grande.

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  3. Marta, te leo bajo las aspas de un abanico silencioso.

    Me sumo a tus admiradores.

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    1. Pues mil gracias, Camilo. Encantada de tenerte por aquí 😉

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  4. Caramba, ¡me pillaste con ese giro final! Un ycuento que comienza con ese halo de suspense y termina sacándote esa lagrimita de nostalgia. Un juguete roto y olvidado es una imagen devastadora, es una metáfora perfecta de la melancolía que nos provoca el fin de la niñez. Afortunadamente, siempre podemos volver a las letras para recuperar aquel mundo de fantasía. ¡Fantástico, Marta! Un abrazo y Feliz Año!!

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    1. Hola, David. Un cuento de Navidad un poquito diferente. Me alegro muchísimo de que te haya gustado. Besos y Feliz Año!

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  5. Un relato-cuento bellísimo y escrito con maestría, que todavía se hace más bello y emotivo, si cabe, cuando se desvela el porqué de la triste e inoxerable desaparición de aquel ejército tan valeroso.
    He disfrutado con cada palabra escrita, de principio a fin.
    Un abrazo, Marta.

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    1. Muchas gracias, Josep. Qué bonito lo que me dices! Besos y Feliz Año Nuevo.

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  6. Arte en tu narrativa Marta; un cuento original, de juguetes rotos pero también con un halo de esperanza de esa eterna magia de la Navidad.
    ¡Feliz año nuevo!

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    1. Hola, Miguel. Me alegro mucho de que te haya gustado. Muchas gracias y Feliz Año Nuevo.

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  7. Fantástico Marta,... especialmente por ese giro final que, creo, nos ha sorprendido a todos!

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    1. Muchas gracias, Norte. Muy contenta porque te haya gustado.

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  8. Una magia pasarme por aquí y leer lo que tu mente escribe
    Me deleitas con tus palabras

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  9. Una belleza este relato. Es emotivo y poético y hay oraciones realmente conmovedoras. El final develador realza además la navideña historia. Excelente Marta, por donde se lo mire!

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    1. Muchísimas gracias, Néstor. Generosísimo tu comentario. Cuánto me alegro de que te haya gustado!

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  10. Marta precioso tu cuento. Escrito utilizando una prosa rica y muy bonita. Me ha encantado, el final es muy emotivo y sorprende al lector que ya tienes atrapado desde el inicio. ¡Felicidades! Un abrazo y besos.

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    1. Hola, Mirta. Precioso lo que me dices. Muchísimas gracias! Un beso grande.

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  11. Qué bien escrito, Marta. Una prosa elaborada que nos lleva desde las guerras napoleónicas hasta un desván polvoriento, donde cuatro soldaditos esperan, como los pastores de un Belén, ser sacados del ovido para esa Navidad.
    Me encantó. Un gran abrazo.

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    1. Un cuento de Navidad algo diferente. Me alegro mucho de que te haya gustado, Mirella. Un beso grande.

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  12. Me gusta como enlazas esos sucesos de guerra de tiempos pasados, la angustia de unos soldados que temen perder sus vidas en el frente, con ese belén de Navidad en tiempos presentes donde los restos de aquel ejército perdido lloran sus penas y maldicen su destino. Nos leemos en el Tintero, Marta. Un abrazo!

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    1. Muchas gracias, Jorge. Contenta por tenerte por aquí y porque te haya gustado 🙂

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  13. Cuentes la historia que cuentes tienes un estilo inconfundible que embellece las frases con ese recurso retórico del que tu prosa hecha mano. Lo cual le da al relato tu sello propio, y por lo tanto elogiable, una muestra de tu talento como narradora. Dicho esto, Marta, te diré que me encantó la historia, sobre todo en el desenlace donde nos muestras a esos cuatro soldaditos, juguetes rotos y olvidados. Una delicia de cuento, en el cual, no sé cómo haces, cargas el desarrollo de sentimiento.
    Mucha suerte en el concurso, Marta!!!
    Ariel

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  14. Muchas gracias, Ariel. Qué bonito lo que me dices siempre! Un beso grande.

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  15. ¡Me encanta como escribes! Siempre que te leo me llevas a lado de la emoción. Genial, Marta. Un abrazo.

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  16. Ay! Mil gracias, Carmen. Cuánto me alegra lo que dices!

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  17. Creo que hay pocas imágenes más tristes que un juguete consciente de haber sido olvidado por su pequeño dueño. Un saludo y mucha suerte en el concurso.

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    1. Cierto. Me salió un cuento triste... Muchas gracias, Bruno.

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  18. Narras con un lenguaje maravilloso y de manera muy descriptiva. Quizá excesiva a veces, pero con mucha elegancia y un estilo clásico impecable. Me ha encantado. Un placer descubrir tu rincón de letras. Te sigo y continuaré leyéndote gustosa.

    Un abrazo.

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    1. Mil gracias por tu comentario, Rebeca. Encantada de tenerte por aquí. Me alegro muchísimo de que te haya gustado.

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  19. !Que elegante y hermoso relato!
    Me e introducido en una guerra donde la escena es cruda, cruel, inhumana. La angustia y la desmoralización de los soldados que saben tarde o temprano puedan morir. Luego, me llevas a ese mundo mágico,inminente donde yacen olvidados los juguetes de una niñez.
    !Mucha suerte en el tintero!
    Saluditos

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    1. Hola, Yessy. Muchísimas gracias! Me alegro de que te haya gustado 🙂

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  20. La desolación de la guerra, la magia de la nieve y la Navidad, y el triste abandono de esos juguetes rotos que conocieron tiempos mejores. Con estos tres ingredientes construyes un relato magistral que dice mucho con poco y sugiere mucho más. Un abrazo, Marta, y Suerte en El Tintero.

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    1. Muchísimas gracias, Paco. Muy contenta porque te haya gustado.

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