sábado, 8 de abril de 2017

Érase una vez


En medio de un bosque espeso y muy oscuro, rodeado de inmensas montañas, despertó Olivia. Miró a su alrededor desconcertada sin comprender cómo había llegado hasta allí. Aquel era, sin duda alguna, un paraje diferente a todos los hasta entonces por ella conocidos. <<Acaso sea éste un bosque embrujado>>, pensó la niña, mientras el viento llenaba de rumores las encinas y tras los helechos creía ella adivinar la sombra fugaz de alguna extraña criatura sólo en sueños antes vista. No sintió miedo, al contrario, el raro embrujo del lugar cautivó veloz su corazón. Desde luego, era un buen espacio aquel para que, de cuando en cuando, se aparecieran las hadas y, en torno a ellas, elfos y gnomos pudieran, traviesos, danzar en las más alegres y brillantes noches de luna llena.
El trino sonoro de los pájaros −ruiseñores, abubillas, petirrojos− anunciaba la llegada inminente de la primavera; bandadas de mariposas blancas y azules revoloteaban entre matojos de humildes florecillas silvestres; el cristalino vibrar de las libélulas rompía el silencio con que, por el centro del valle, discurría un arroyo apenas recién nacido, fruto inesperado de un deshielo raudo y complaciente.
Resplandores casi de cristal arrancaba aquel día el sol a las primeras hojas de los álamos, mientras hacia el cielo alzaban ellos con devoción y esperanza sus ajados  brazos, por tanto tiempo secos y desnudos.
Atrás, a lo lejos, moría el invierno.
Resuelta y valerosa, la niña −espigada, piel canela, un cándido sentimiento de ilusión y libertad prendido a sus iris de azabache− comenzó a caminar por el serpenteante sendero que ante ella se mostraba. Poco a poco, sin saberlo, inquebrantable y decidida, hacia un mágico destino sus pasos dirigía. Dulce y pequeña princesa de un cuento todavía sin contar. Feliz capricho de un hada. Bello sueño por soñar. 





          Este relato aparece publicado en el nº 45 (enero 2019) de la revista  "Valencia Escribe".



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