domingo, 24 de septiembre de 2017

Niños de nadie


Elmer Mendoza nació un día de invierno frío y lluvioso. Nadie recuerda con exactitud la fecha pero sí el frío y la lluvia, inmisericorde y torrencial, que por aquel tiempo cayó durante días. Y la niebla. Una niebla espesa que llegó de golpe a la ciudad borrando todas las cosas. Tal vez fuera enero. Tal vez no. Nunca a causa de semejante olvido ha celebrado su cumpleaños. Nunca ha tenido regalos, tartas, ni velas a las que infantiles deseos soplar.
Aquel invierno, el invierno de doce o quizá trece años atrás en que Elmer vino al mundo, habían vendido sus padres la poca tierra que en su aldea natal tenían y, esperanzados como nunca estuvieron, como ya nunca volverían a estarlo, a pesar de la multitud de miedos e incertidumbres que, inclementes, sobre ellos se cernían, habían marchado a la capital en busca de un futuro más próspero para el hijo que en camino venía. Pero sabido es que nunca tuvo compasión con los pobres el destino y sólo un terreno en un suburbio de la periferia, más allá del extrarradio, de las vías, de los edificios grises y las inevitables torres de alta tensión, un terreno próximo en exceso al inmenso vertedero que el contorno de aquella ciudad inhóspita y áspera como pocas delimita, fue lo que el perverso azar les reservó y a lo que hubieron su nueva vida de conformar.
Allí, a escasos metros de la cerca, con incansable y tenaz esfuerzo, cultivan desde entonces berenjenas, calabacines, coles y tomates que pocas veces consiguen vender. Y allí, al filo de la desolación y la impotencia, clavada la angustia en el pecho, hondamente herido  su corazón, casi vencidos, lágrimas de rabia y desaliento, lágrimas con un amargo sabor a exilio y a derrota, lloran sin ruido cada noche -ojos hundidos y cansados- en un triste duelo por la pérdida de aquella ya tan lejana, ingenua y efímera ilusión, desvanecido frente a ellos sin remedio el futuro que juntos un día soñaron.
Y es que, pese a hacer todo lo posible -y cierto es que lo hicieron- a veces sucede que ni aun esto resulta suficiente, nunca mejoran los tiempos y para tal infortunio no existe entonces consuelo. Límites hay que el valor humano jamás a superar alcanza.
Así fue que en este lugar remoto y por todos olvidado, en una vieja barraca de madera y zinc tan mísera como una chabola, nació Elmer. Un muchacho ahora alto y fuerte, espigado, de rostro atezado por el sol y ojos oscuros, brillantes, profundos y esquivos que cada día, mucho antes del amanecer, en ese momento en que el silencio parece devorar las horas, salta de su pequeño camastro y siempre sigiloso para no despertar a los hermanos que tras él llegaron, como una sombra apenas arrancada a las tinieblas, sale a la soledad de unas calles donde hace mucho la miseria se hizo costumbre, de unas calles que a cada paso hablan de dolor. Cabizbajo y lento, un peso insoportable de llanto e injusticia a sus espaldas, al vertedero entonces se encamina y allí confundido entre decenas de chiquillos harapientos -ojos tristes, mejillas hundidas, manos sucias, alma gastada- hace mucho tiempo todos ellos resignados a su suerte, y los perros y buitres que habitan el lugar, armado como todos con su inevitable garfio y como todos de inmediato cubierto por una grasienta costra de mugre, con inocente esmero, escarba entre la basura en busca del quizás único sustento de que ese día dispondrá la maltrecha, siempre exigua, economía familiar.
Elmer no se queja. Nunca se queja. Tampoco se avergüenza. Es su trabajo. Gracias a él -bien lo sabe- subsiste su familia, digna, casi heroica, superviviente de las privaciones y la escasez. Y se siente orgulloso. Mucho. Pero lo odia. Lo odia de un modo profundo y oscuro que por mucho que intenta no logra evitar. Odia la basura, el olor, los insectos,  los camiones, el humo de los gases... Tan desagradable todo, tan sucio, tan insalubre. Tan triste y descorazonador.
En secreto, un secreto nunca con nadie compartido, Elmer sueña estudiar. Quisiera ir a la escuela, merendar en el parque a la salida de las clases, jugar al baloncesto, confundirse y ser uno más, entre todos esos chicos a los que cada tarde espía desde lejos... y un día -como ellos seguro lograrán- llegar a ser maestro o médico, quizás.
Algunas veces, pocas pero a veces, desde lo más alto de su montaña de escombros, golpeado por la pena y la soledad, levanta los ojos a un cielo para él siempre arisco y en penumbra. Susurra entonces una plegaria dolorida, una plegaria de tristeza abrumadora y sólo si por un instante una estrella atraviesa rauda el firmamento, el niño sonríe. Por alguna extraña razón -alguien un día le contó- las estrellas fugaces guardan relación directa con los deseos y esa idea, casi una esperanza, dibuja en sus labios una sonrisa. Una sonrisa breve, apenas un esbozo, tan fugaz como la estrella. La triste e inexpresiva sonrisa de quien nunca aprendió a reír. De quien sabe que algunas historias nunca alcanzan su final feliz.



Imagen: Meridith Kohut 

44 comentarios:

  1. Hola Marta, te saludo después de ver esa estrella pasar. Un relato real, real como esos niños basura montados en su montaña. Unas descripciones suavizadas con una prosa que abraza esa pobreza esa inhumanidad. Gracias. Un abrazo

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    1. Hola Emerencia. Una realidad tristísima. Muchas gracias por tu comentario. Es precioso lo que me dices.

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  2. Hola Marta,
    Vengo a través de la iniciativa de David.
    Pobre infancia robada, tu relato es muy triste y real.
    Está muy bien descrito y expresado.
    Un saludo.

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    1. Muchas gracias Irene. Me alegro mucho de que te haya gustado.

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  3. Hola Marta
    Muy triste esa infancia de Elmer, compartiendo desesperanza y hambre y por desgracia una realidad que muchos niños es la que tienen. Espero que esa estrella se comporte y al final pueda cumplir su sueño, un precioso sueño.
    Saludos

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    1. Muchas gracias Conxita. Triste realidad pero a veces ocurren los milagros...

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  4. Hola Marta. Me alegro de verte también por el blog de David. Triste e injusta realidad para esos niños, que como dices son niños de nadie, porque no tienen nada salvo esos breves instantes de sonrisas, fugaces como una estrella.

    Un abrazo y suerte.

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    1. Hola Manoli, pues es que me ha parecido muy chula la iniciativa de David. Mucha suerte para ti también. Un beso.

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  5. Hola Marta, te visito a través del concurso "Tintero de oro" de David. Nos traes un relato de denuncia, un relato que desearía mostrarnos esperanza pero es consciente (suponiendo que los cuentos tengan vida propia, que a veces pienso que si) de que no la hay para tantos millones de seres humanos condenados a la pobreza por el mero hecho de haber nacido pobres. Te deseo mucha suerte en el concurso.

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  6. Muchísimas gracias Jorge. Un relato a la espera de un milagro que no llega... Me gusta mucho eso que dices de que los cuentos tienen vida propia. Me alegro de que te haya gustado.

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  7. Hola Marta vengo a tu blog a través de este concurso de David. Me ha parecido un relato donde narras una realidad de esos niños. Una vida de sustento y trabajo donde a pesar de todo miran a las estrellas y esperan un futuro mejor. ¡Suerte! un abrazo

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    1. Muchas gracias M.Carmen. Un relato tristemente real... Mucha suerte para ti también. Un beso.

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  8. Ya solo el título estremece, ningún niño del mundo debería crecer solo.
    Hola Marta, soy compañera de concurso y nunca te había leído, algo que habrá que solucionar, son necesarias voces como la tuya para poder escuchar a los oprimidos, los débiles, los parias, los niños.
    Un cordial saludo y hasta pronto compañera.

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    1. Muchísimas gracias Tara. Es un relato duro y me alegro mucho de que te haya gustado. Mucha suerte para ti también. Besos.

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  9. Me gusta el final con un hilo de esperanza, q nadie se la puede quitar y sólo le pertenece a Elmer

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    1. A veces los milagros suceden... Muchas gracias Belén 😘

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  10. Conmovedor relato, muy bella la sutileza con que lo pintas.
    Disfruté leerte!
    Saludos y suerte en el concurso!!

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    1. Muchas gracias Diana. Me alegro mucho de que te haya gustado. Mucha suerte para ti también.

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  11. Un relato estremecedor y triste, Marta, pero tan bien narrado que es un placer leerlo, a pesar de todo. Ciertamente hay futuros planos que no albergan luz ni cambio de rumbo posible alguno, futuros como el que tú tan bien has sabido dibujar en tu historia encogiéndonos el corazón. Estupendo, me ha gustado mucho.

    Un saludo y mucha suerte en el concurso.

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    1. Muchísimas gracias Julia, Muy generoso tu comentario. Me alegro mucho de que te haya gustado.

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  12. Gracias a David descubro este blog hasta ahora escondido.
    Me ha gustado tus descripción de la miseria absoluta bañada por la tenue luz de una estrella fugaz que ilumina minimamente el alma esperanzada de Elmer.
    Cuanta tristeza destilan tus letras Marta.
    Un beso y suerte.

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  13. Muchas gracias Francisco. Sí que es un relato triste pero me alegro mucho de que te haya gustado.

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  14. Un relato que te deja con el corazón tocado.Así de bien escrito esta.Saludos.

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    1. Muchísimas gracias. Me alegro mucho de que te haya gustado.

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  15. Qué triste realidad. Cuando nosotros, hartos de todo, soñamos con la nueva videoconsola o el próximo partido de fútbol, otros, a pocos metros, sólo quieren ser uno más del montón, estudiar y ser alguien de provecho.
    Duro y trágico, Marta. Un saludo.

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    1. Cerramos los ojos tantas veces... Muchas gracias Bruno.

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  16. Marta, un relato que describe una dura realidad. Me ha gustado mucho.
    Te deseo lo mejor en el concurso.
    Un abrazo.

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    1. Muchísimas gracias Javier. Me alegro mucho de que te haya gustado.

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  17. Tan duro como desgraciadamente real.
    Un abrazo.

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    1. Muy triste realidad, sí. Muchas gracias David.

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  19. Desgarradora historia, Marta. Lástima que las estrellas fugaces, no siempre estén por la labor, no sean capaces de terminar con la tristeza y responder a todas las ilusiones.
    Me salieron un par de erratas y por eso eliminé el anterior.
    Un beso y mucha suerte.

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    1. Muchas gracias Rosa. A veces hasta las estrellas lloran tristes, impotentes frente a tanto dolor... Me alegro mucho de que te haya gustado.

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  20. Me cautivó el manejo del lenguaje, el narrarlo cómo tu lo haces. Haces ver algo bello dónde sólo hay miseria y desolación. La magia de tus letras deja un resquicio de esperanza para Elmo.

    Suerte en el Concurso promovido por David Rubio.

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    1. Muchísimas gracias. Es precioso lo que me dices y muy muy generoso. Me alegro mucho de que te haya gustado.

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  21. Marta, precioso relato. Duro y con un rayo de esperanza.
    Mucha suerte.
    Besos apretados.

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    1. Muchas gracias Pilar. Me alegro mucho de que te guste. Igualmente, besos y mucha suerte.

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  22. Un relato desperanzado en que la estrella del final abre una pequeña rendija a la esperanza. Un historia que por desgracia no solo es real sino que se repite una otra vez. Marta, he llegado a tu blog de la mano del Tintero de Oro. Te deseo suerte en el concurso. Abrazos.

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    1. Dolores ante los que tantas veces cerramos los ojos. Muchas gracias Lana. Me alegro mucho de que te haya gustado.

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  23. Desesperanzado. Perdón por el lapsus. Estos móviles!!

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  24. Hola Marta, vengo gracias a la iniciativa de David. Me ha encantado tu relato, de verdad. Es una lástima que refleje una oscura realidad en los tiempos que corren y que de verdad haya niños sufriendo esa miseria. Espero que la estrella fugaz cumpliera los deseos de Elmer, de verdad. Que tengas mucha suerte en el concurso y un fuerte abrazo! ; )

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  25. Muchísimas gracias. Una historia tristemente real pero a veces suceden los milagros... Me alegro mucho de que te haya gustado.

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  26. Tal y como he leído a algunos compañeros al comenzar sus comentarios, he llegado hasta aquí gracias a “El Tintero de Oro” de David Rubio Sánchez, y así he podido disfrutar, amiga Marta, de este relato que toca un tema, la miseria, tan dramático como triste, y por desgracia muy real. Sólo me queda darte mi enhorabuena y desearte mucha suerte en el concurso. Un abrazo. Nos leemos…

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    1. Muchísimas gracias Patxi. Un relato duro pero tristemente real... Me alegro mucho de que te haya gustado.

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