sábado, 25 de febrero de 2017

Latidos de olvido


Hay algo que aún no te he dicho, mi amor: sé que te pierdo. Lentamente. Sin remedio. Y tengo miedo. Tanto como nunca hubiera podido imaginar. El puñal que atraviesa mi corazón a cada instante se retuerce más y más y de tristeza y soledad, impotentes, profundamente heridos, amargas lágrimas lloran mis ojos. Y sin embargo... eres tú quien a pesar de todo me rescata -una vez más, como siempre- del dolor. Sonríes y nada importa. El miedo, el cansancio, el frío, el futuro tan incierto... todo se desvanece. En silencio tomo tu mano. Una ventana de visillos blancos filtra con dulzura el último sol de la tarde y un destello de felicidad, algo que no me atrevo a llamar esperanza, me asalta por sorpresa. La sonrisa fugaz que por un instante ahuyenta de tu rostro el desconcierto embruja mi alma, mi corazón herido. Se clavan tus ojos en los míos y, salvado un momento este abismo de olvido, siento de nuevo la magia que alguna vez habitó mi mundo. Eternidad  robada al más cruel y caprichoso ladrón de recuerdos a quien nadie se enfrentó jamás.


Relato para los Viernes Creativos de https://elbicnaranja.wordpress.com/

domingo, 19 de febrero de 2017

Tren de cercanías


Se fijó en ella por primera vez un atardecer nublado de invierno. Una mujer absorta en la lectura junto a la ventanilla del vagón. Ligera como un suspiro. Las luces grises de diciembre se colaban a través del cristal dando a su expresión un aire de melancolía que por alguna razón le conmovió de un modo extraño. Parecía perdida en un mundo secreto, quién sabe entre qué nostalgias y se la veía tan frágil, tan desamparada...
A partir de ese día, cada tarde a la vuelta del trabajo, Mario la buscaba en el andén, subía tras ella, siempre en el mismo vagón, último tren de la tarde y a distancia y en silencio, cual benéfico ángel guardián, la observaba encandilado disfrutando ese instante precioso en que, abandonada  y vulnerable, la tenía para él. Con tremendo desconcierto se preguntaba entonces cómo había sido capaz de vivir hasta ese momento.
Desesperaba por verla. Nada sabía de ella pero la tristeza que aquellos ojos traslucían lo atrapó. Adivinó tras ellos un mundo de deseos e inquietudes insatisfechas; de secretos y rabia; de culpa y dolor por no haber sabido amar -no haber podido- a un hombre del que lentamente se alejaba sin remedio. Siempre en su mente presente el deseo de otra vida.
Los días se fueron sucediendo, uno tras otro, cada uno parecido al anterior. El tiempo hizo lo suyo y al fin... unos ojos que se encuentran, esbozos de sonrisa, mariposas en el corazón. Almas que se buscan.
Quiso la casualidad que por primera vez hablaran. Porque, sí, existe la casualidad y existe también el destino. Y así, comenzaron poco a poco a conocerse. Llegaron las primeras confidencias. Se hicieron amigos. Inés y Mario. Ocurrió sin apenas darse cuenta. Sin aviso, sin señales, como siempre llega lo imprevisto.
Era Mario quien con frecuencia llevaba el peso de la conversación, hablaba con vehemencia, bromeaba, sonreía, decía cualquier cosa. Extrovertido, independiente, carismático, imaginativo... Cierta despreocupación había en todos sus actos, una inmensa naturalidad y aquella manera tan especial de instalarse en el tiempo que él tenía, casi al margen del reloj, el resto del mundo adaptándose a su ritmo.  Así era el hombre que empezaba Inés a descubrir e imposible fue no caer bajo su hechizo.
Amaban ambos la misma música, leían los mismos poetas, reían las mismas bromas, suspiraban los mismos anhelos. Sentían la proximidad del otro como un consuelo. Su espíritu se llenaba de alegría cuando estaban juntos.
Ella escuchaba sus palabras suspendida en el tiempo, cautivada como nunca estuvo -los ojos atentos, la cabeza ligeramente inclinada, el aire cómplice-  atada de nuevo a la vida por una alegría desconocida, por una ilusión inexplicable. Su voz suave y tranquila conmovía todo su ser. Sabía a aquel hombre capaz de robarle hasta los pensamientos. Y cuidado, se decía, cuidado, cuidado.
Él la miraba con la dulzura infinita que de sus ojos negros, revoltosos y burlones, tan llenos de vida se escapaba irremediablemente, maravillado por la increíble suerte de haber tropezado con aquella mujer única a la que sin apenas darse cuenta había entregado una parte de su alma, con la certeza ya entonces de que sin ella no sería capaz de soportar la vida. Inesperadamente frágil.
Ambos componían versos secretos. Morían por dentro. Sus miradas descubrían las palabras que no se atrevían a nombrar.
Destinados a encontrarse como estaban, impaciente como siempre es el amor, tendió al fin sus puentes el azar. Incontrolable fue la sacudida en sus sentidos.
 Caricia, fuego, suspiro, lamento de amor...
Felicidad que brota de la piel y del fondo del alma. Un cuento dentro del corazón.
 Horas y palabras no alcanzaron para tanta pasión, para tanta ternura. Sin barreras se entregaron. Sin reservas ni temor. Lejos del mundo. Habitantes únicos de un universo inalcanzable.
Ya la vida no era vida sino un sueño, algo irreal donde todo sucedía muy despacio, muy profundamente. Piel deshecha en un abrazo. En los labios el corazón. Detenido el tiempo en las fronteras del amor.
 Mientras tanto, en ese instante incierto en que todo estaba aún por suceder, en el más íntimo y misterioso rincón de un firmamento cubierto de penumbra, indolente entre suaves y mullidas nubes de algodón y orgulloso de su secreta travesura, envainaba Cupido sus flechas al tiempo que una estrella, cómplice y fugaz, quebraba un instante la negrura de la noche. Misión cumplida, la oyeron sus hermanas susurrar. Y es que a veces, sólo a veces, los sueños se cumplen. Es entonces que el destello errante de una estrella, el acompasado latir de dos corazones, el dulce contacto de unas manos que se unen, un abismo de soledad y silencio resquebraja, sombras y desdichas ahuyenta y al mundo deslumbra con su luz y su belleza.


miércoles, 15 de febrero de 2017

Lucy

Me llamo Lucía. Un nombre precioso ¿no creen?. A mí me lo parece y odio por eso que me llamen Lucy. Pero... todo el mundo lo hace. A estas alturas sé bien que ya perdí la batalla y trato de no darle demasiada importancia. Aunque lo odio, ya digo, el dichoso diminutivo. Pero, discúlpenme, no vine a hablarles de mí.  ¿O quizá sí?.
Quería yo contarles de Anna y difícil me resulta no colarme en su historia porque es ella mi mejor amiga. Mi amiga del alma. ¡No saben cuán extrañas suenan en mi boca estas palabras!. Ustedes apenas me conocen y esto que les digo buena impresión no les ha de causar, lo sé, pero sinceridad obliga y debo reconocer que siempre fui algo huraña y desconfiada. Nunca me gustaron mucho los humanos, cierto es y poco importa ya la causa.

Anna, les decía, tiene diez años. Es una niña alta, pecosa, enamorada de la música y los libros. Y la chiquilla más valiente que conozco. La única razón -al fin comprendí- de mi aprendizaje y mi canina existencia. Un laberinto de peligros cada día juntas sorteamos. Siempre yo su luz entre las sombras. Sus ojos y su guía. 

lunes, 6 de febrero de 2017

Refugio

El armario donde acababa de encerrar a su muñeca sería también su salvación. ¡Qué gran  idea! pensó Julia mientras, apresurada, recogía las chocolatinas ocultas en el último cajón de su mesita, una linterna, un libro de cuentos y la pequeña manta a la que desde chiquitina siempre dormía abrazada. Atravesó con tan ligero equipaje la puerta del armario, la cerró con cuidado y al fin, acurrucada en el rincón donde su muñeca ya la esperaba paciente, a la oscuridad suplicó en silencio su amparo segura de que aquella noche no descubriría su escondite el monstruo que, siempre cauto y sigiloso, en su habitación se colaba para atormentar sus sueños.


Microrrelato para el concurso "Relatos en Cadena" del programa La Ventana de la Cadena Ser.