Quise escribir sobre la muerte pero como de costumbre irrumpió la vida
"Todas las penas pueden soportarse si se convierten en una historia". Isak Dinesen.
martes, 26 de febrero de 2019
Virginia Woolf. Vida de una escritora. Lyndal Gordon - Reseña
domingo, 24 de febrero de 2019
Las óperas perdidas de Francesca Scotto. Elena Casero - Reseña
La vejez sabe y la experiencia recuerda
sábado, 16 de febrero de 2019
Todas las noches de un día - Reseña
Mire esas plantas. Están prisioneras en la tierra pero su espíritu lucha
miércoles, 13 de febrero de 2019
Tragedias cotidianas
«Que le cooorten la
cabeza» sentenció furiosa la avaricia, cual perfecta reina de corazones. Al instante,
de su humilde paraíso un hombre fue expulsado. Condena de indigencia, desamparo
y soledad. Ejecución inmediata.
En un banco del parque, llora un anciano su
miedo y su derrota. De su desgracia, ciega como suele, la justicia aparta la
mirada.
Un vendaval furioso y
destemplado asola cada rincón de la ciudad. «Hagan juego, señores, hagan
juego...», desliza zalamero entre sus ráfagas.
Borrachos de ilusión
y de esperanza, aún ignoran los incautos que siempre en este juego al rojo
ganador apuesta sin riesgo la banca.
domingo, 10 de febrero de 2019
Paradojas
domingo, 3 de febrero de 2019
Cinco horas con Mario - Reseña
Leer y pensar es malo, Mario, convéncete
viernes, 1 de febrero de 2019
Duerme Sherezade
En medio de un bosque espeso y muy oscuro que nunca alumbran los rayos del sol, una dama de nieve duerme entre las sombras. Acuna el viento sus sueños y el aroma de un embrujo, de tan antiguo ya casi olvidado, todo lo inunda. Una lágrima resbala a veces de sus ojos cansados. Quizá entonces murmure su alma una oración. Quizá entonces, tibias la fe y la esperanza, lata en su pecho el recuerdo.
Hubo un tiempo ─el rumor del céfiro desliza melancólico entre sus ráfagas─ que esta fue una región de extraordinaria hermosura. Cedros, almendros y robles se alzaban con orgullo sobre ella, arroyos de aguas claras regaban sus tierras y una ciudad exótica, bellísima y misteriosa, regalaba al mundo su hechizo desde la ribera de un río. Sus calles, estrechas y empinadas, olían a jazmín, a pan recién horneado, a especias dulces y aromáticas: canela y miel, almendras y pistachos. Resonaba en ellas un eco de risas y juegos infantiles, el bullicio alegre de los zocos, la vida y la felicidad. El tañido melodioso de las campanas acompañaba el paso lento de las horas y al anochecer, derrotado al fin el día, cuando todo era ya soledad y silencio, la magia susurraba al aire sus secretos y escribía su leyenda bajo cielos benignos y estrellados. A lo lejos, las cumbres nevadas de las montañas se difuminaban en el gris del horizonte, mientras la luna rompía con delicadeza la neblina.
Un trágico vaticinio eclipsaba, sin embargo, el futuro de aquel reino. El soberano más cruel y perverso que los siglos jamás conocerían habría de gobernar con furia ciega su destino. Con él desaparecerían inocencia y esperanza y una implacable plaga de muerte y desolación todo lo invadiría.
Imposible fue conjurar el sortilegio y, así, un día, un sol de fuego todo lo abrasó. La fantasía de los cuentos de hadas con sus genios, palacios, príncipes y princesas que mil y una noches poblaron los sueños de ilusión huyó despavorida. Aguarda desde entonces la ruptura de un letargo, el despertar de un mundo indiferente a su agonía, el mágico conjuro que al fin quiebre el hechizo que la apresa y a las noches de Oriente devuelva su belleza, su aroma, su poesía...
A la espera, triste y olvidada, duerme Sherezade mientras tanto. Y es su alma rota quien llora entre las sombras cuando aún apenas despunta el día.







